El gran elefante en la habitación de la política española es un acuerdo posible entre los partidos históricos que sostienen el bipartidismo. Posible, pero profundamente improbable. No porque falten espacios de entendimiento, sino porque faltan incentivos para asumirlos públicamente.
A derecha y a izquierda, los socios parecen obligados pero son elegidos aunque en los últimos años rara vez han parecido especialmente recomendables. Muchos de sus planteamientos resultan tan atávicos como perjudiciales para el interés general. Sin embargo, ese hecho nunca ha sido obstáculo para pactar cuando ha sido necesario.
La realidad es que entre el todo y el nada existen miles de tonos grises que en Europa negocian constantemente y que en España, en cambio, ocultan. Mientras tanto, nosotros permanecemos entretenidos en la superficie del debate, distraídos con el ruido permanente.
El problema no es la imposibilidad de acordar. El problema es que el acuerdo estructural alteraría el sistema de incentivos que sostiene el actual modelo político. Durante décadas, los grandes partidos han demostrado una notable capacidad de entendimiento cuando se trata de lo suyo. Aumentar prerrogativas. Mejorar sus condiciones personales. Ampliar estructuras de poder. Proteger sus espacios institucionales.
Cuando surgieron nuevas fuerzas políticas y el tablero se fragmentó, ambos pasaron momentos de verdadera incomodidad. Sin embargo, encontraron una estrategia eficaz. Señalar a los recién llegados como responsables de la polarización, del ruido y del bloqueo institucional. El relato funcionó. Poco a poco el tablero volvió a reordenarse a su gusto.
Hoy celebran esa normalidad recuperada repitiendo discursos prácticamente idénticos a los de hace veinte años en los que, cuando ellos ganan, todo el mundo gana.
Desde mi personal mirada, el problema de fondo dista mucho de ser ideológico. Es cultural. Un sistema político maduro exige líderes capaces de cooperar incluso con quien piensa distinto. Sin esa capacidad, la política deja de ser un espacio de construcción y se convierte en una representación permanente de conflicto. Y cuando el conflicto se convierte en estrategia, la sociedad termina aprendiendo exactamente lo mismo. Señor dame paciencia.


