QUIEN SOLO ESCUCHA LO ÚTIL

Hay una forma muy silenciosa de empobrecer las relaciones y también de empobrecerse una misma. Consiste en escuchar más a quien creemos que puede servirnos para algo y menos a quien, en apariencia, no tiene nada que ofrecernos. 

He comprobado en numerosas ocasiones como una idea que manifiesta alguien no toma relevancia hasta que ma dice alguien del que queremos algo.

Refleja que no siempre prestamos más atención a quien tiene más razón, más verdad o más profundidad. Muchas veces prestamos más atención a quien tiene poder, contactos, influencia o capacidad de abrirnos una puerta.

Ese filtro tiene nombre. Sesgo de utilidad. Y actúa con más frecuencia de la que nos gusta reconocer. No valoramos solo lo que una persona dice. Valoramos en realidad lo que imaginamos que podría hacer por nosotros. Ahí la escucha deja de ser limpia. Se contamina de interés y de cálculo.

Con este comportamiento perdemos mucho más de lo que creemos. Perdemos aprendizaje, porque dejamos de escuchar a personas que podrían enseñarnos algo importante. Perdemos matices, porque reducimos el valor de alguien a su utilidad inmediata. Y perdemos humanidad, porque dejamos de encontrarnos con personas para empezar a clasificar posibilidades.

Lo más incómodo es que esta diferencia se nota. Se percibe en cómo miramos, en cómo atendemos y en cuánto espacio damos a unas personas y a otras. Y quizá mientras pensamos que estamos siendo simplemente prácticos, alguien ya nos ha leído como lo que no queremos parecer. Alguien interesante que ya hizo su juicio sobre nosotros.

Pensarlo incomoda, pero también corrige. Porque quizá una de las formas más honestas de crecer sea revisar a quién escuchamos de verdad y preguntarnos cuántas veces hemos confundido el valor de una persona con la utilidad que podía tener para nosotros.

Deja un comentario