Sé que no soy profeta en mi tierra. Mi espíritu de early adopter me ha llevado muchas veces a caminar sola durante años hasta que la tendencia, la moda o la demanda alcanzan a los demás. Y aun así soy feliz así. Porque mientras muchos dudaban, otros ya estábamos viendo venir preguntas decisivas sobre las pantallas, la vivienda o la inteligencia artificial.
Ahora, tres años después, casi todo el mundo puede hablar al menos un poco de IA porque la ha usado alguna vez. Ya no suena a ciencia ficción. Su impacto en la productividad es evidente aunque algunos todavía lo oculten como si los demás no fueran a notarlo. Pero la cuestión importante no es cuánto más hacemos gracias a ella. La verdadera pregunta es qué vamos a hacer con el tiempo que nos devuelve.
El tiempo es el lujo más valioso. Y seguir llenándolo con presentismo, horarios rígidos y rutinas absurdas sería convertir este avance en una necedad monumental. Si una tecnología nos libera horas, lo inteligente sería usarlas para vivir mejor.
Propongo que empecemos por cuidarnos más. Que invirtamos ese tiempo en ejercicio, en descanso, en comer mejor, en entrenar cuerpo y mente para llegar más lejos y vivir con más calidad. Siempre será mejor estar en un gimnasio, paseando o haciendo fuerza que pegados a una silla sin necesidad.
Pero no solo eso. También deberíamos usar ese tiempo para mejorar nuestras relaciones. Para ver más a quienes queremos, escuchar con calma, acompañar mejor y construir vínculos menos apresurados y más humanos. Porque vivir más no sirve de mucho si vivimos solos, agotados o desconectados.
Quizá el mejor uso de la inteligencia artificial no sea producir sin parar, sino regalarnos tiempo para estar más sanos, más lúcidos y más cerca unos de otros.





















