CUANDO LA COMODIDAD DRAMATIZA

Desde el drama exagerado de mi simple resfriado que ni siquiera llega a gripe me he sorprendido pensando en la comodidad que disfrutamos cada día y en el efecto silencioso que está teniendo en nuestras vidas. 

Con el frigorífico lleno, el armario desbordado, la calefacción funcionando sin límite, el agua caliente siempre lista y una farmacia entera en casa para cualquier síntoma es fácil creer que todo está bajo control. Sobre todo ahora con una IA que de vez en cuando alucina en nuestros teléfonos. Pero esa ilusión nos está llevando a un lugar confuso y peligroso.

Muchos de los males que nos inquietan y castigan nuestra salud mental, vienen de nuestra poca acción y nuestro exceso de pensamiento. De vivir tan cómodas que tememos perder esa comodidad en un futuro cada vez más incierto. Y el miedo, cuando se instala, quita fuerza, quita energía y convierte la vida en un espacio pequeño. Llegando a  hacer de la supuesta  zona de confort un lugar asfixiante. 

Las modas de las duchas frías, los baños de hielo o los ayunos intermitentes van por ahí. Son intentos de recordarnos algo que nuestra rutina ha borrado. Que salir del confort, aunque sea un poco, nos despierta. Nos hace fuertes. Nos devuelve la sensación de que aún tenemos poder sobre nosotras mismas. Pero incluso así solemos practicarlas poco. Lo probamos un día, lo abandonamos al siguiente y volvemos al calor de la comodidad.

Todo sin pensar que cada pequeña victoria sobre lo cómodo aumenta nuestro autocontrol. Nos demuestra que todavía podemos con mucho más de lo que imaginamos. Que el cuerpo responde. Que la mente se aclara. Que la voluntad existe.

Y aun así aquí estamos, dramatizando un constipado como si fuera una tragedia épica y haciendo que dar un paseo cada día sea una gesta inigualable. Quizá por eso es tan necesario recordarnos que la incomodidad, en dosis pequeñas, no nos quita bienestar. Nos lo devuelve.

¿Qué vas a hacer tú? 

CARTA A LA NIÑA DEL ARMARIO MÁGICO

Querida pequeña mía,

Hoy cumples 6  años. Te miras al espejo con esa falda de tul que te hace sentir valiente, con ese sombrero de flores que te transporta a París, ya te gustaban los monos y es jardín  era tu  pasarela secreta. No lo sabes, pero estás entrenando tu mirada, tu alma… y tu revolución.

He pasado la vida intentando cambiar el mundo y sigo haciéndolo desde muchos lugares, la política, el coaching, el liderazgo. Y aunque cada paso ha sembrado algo, hoy siento que el proyecto que nace es aún más grande, más útil y más yo.

Hoy empiezo a compartir mi armario.

Ese que he construido durante años con mimo, con estilo, con piezas únicas llenas de historia y emoción. No es solo ropa, es un legado de historias e ideas. Una colección de versiones de mí misma que quiero poner al servicio de otras.

Y lo hago para que muchas mujeres puedan vestirse sintiéndose vistas, cómodas con su cuerpo, aceptadas por otras, sin necesidad de seguir comprando sin alma ni llenar el planeta de residuos.

Ahora sé que tu sueño tenía forma de prenda. Que detrás del juego había propósito. Y que cada vez que alguien se prueba algo tuyo, una semilla de transformación germina.

Gracias por soñar sin medida. Gracias por vestirte como si pudieras volar.

Hoy, la moda se convierte en puente.

Y tú, en arquitecta de un mundo más humano.

Con amor,

Yo, cincuenta y un años después

P.D.  A veces, la revolución comienza abriendo un armario con amor y dejando entrar a otras mujeres.

CUANDO LA MODA SE CONVIERTE EN UN REGRESO A NOSOTRAS

Muchas de las mujeres que vemos en reels, posts y vídeos viven en un universo que parece ajeno. Cuerpos perfectos. Edades eternas. Armarios infinitos. Outfits diarios que no encajan ni con nuestra vida ni con nuestro tiempo. Ese bombardeo constante nos va alejando de algo esencial, no de la ropa, sino de nosotras mismas.

Desde que la vida femenina se reduce a parecer lo más joven posible todo se vuelve una carrera. Tratamientos imposibles. Expectativas sin sentido. Comparaciones que duelen. Y mientras intentamos parecernos a esas mujeres de pantalla, nos alejamos de nuestro cuerpo real, de nuestra historia, de nuestra belleza verdadera. No solo dejamos de aceptarnos, dejamos de querernos.

La moda, en su origen, nunca fue una cárcel. Es un juego. Una posibilidad infinita de expresar quién somos cada día. Una forma de crear atmósferas y no disfraces. No se trata de vestirte según tu humor, sino de vestirte para acompañarlo, elevarlo, transformarlo. Cuando llevas algo que te hace sentir bien, el mundo lo nota. Cambia tu postura, tu energía, tu manera de pisar la vida.

Mi intención con #ClosetConnection es precisamente esa. Conectarnos con nosotras mismas. Explorarnos. Atrevernos. Recuperar la alegría de vestir y usarla como una forma de autoestima, no de castigo. Descubrir lo que somos a través de lo que elegimos ponernos.

He abierto las redes sociales de este proyecto que quiero que sea de todas las #ClosetSisters. Un espacio donde mostremos al mundo lo que somos capaces de hacer sin decir una sola palabra. Porque a veces, una prenda bien elegida es un acto de amor propio.

YA NO JUEGAN A LA LIMA

El otro día recordaba con algunos amigos nuestros juegos en la plaza del pueblo, a la lima, el truque, el béisbol, rescate, balón prisionero, patinar sobre ruedas, al rescate… ¿qué tienen todos ellos en común? 

Dos cosas principales se jugaban al aire libre a pesar del frío, el viento y la lluvia y se jugaban en grupo. Además también conllevaban movimiento y actividad física. Todas esas cuestiones parece que ocurren ahora dentro de una pantalla.

En la que no hay compañeros, tampoco aire libre y menos movimiento. Cuando el mundo no ha sido nunca tan seguro como ahora el acceso a tanta información hace que temamos por los pequeños más que nunca, asfixiándolos entre nosotros y  enjaulándoles en nuestras casas. 

Es más importante para nosotros su rendimiento y multiplicar sus habilidades que que disfruten de su infancia. Quizá no  dure tanto tiempo y a lo mejor tampoco les estamos preparando para el mundo que van  a vivir. 

Apenas se aburren, tampoco saben hacer más amigos que los que la propia proximidad física les procura en clase o la parental con los hijos de sus amigos. Tan aislados son carne de cañón de los infames de las redes. 

Todo está protección afecta a su autonomía a su desarrollo y sobre todo a la frustración que les genera. no conseguir con la inmediatez que exige su tiempo, lo que quieren. 

No lo estamos haciendo demasiado bien con los jóvenes pero parece que tampoco con los pequeños que a pesar de ser responsabilidad de sus padres, todos formamos parte de su comunidad en la que deben vivir y ahora parece que también sobrevivir. 

ANGUSTIA: SIN NADIE A LOS MANDOS

Eso es lo que me produce observar con detenimiento la situación actual. Las distintas velocidades, capacidades, perspectivas, preocupaciones y soluciones que se proponen a los escenarios tan dispares que cada uno ve.

Mientras unos vaticinan la desaparición de muchos de los empleos que conocemos y nos remiten a rentas básicas y un ocio obligado, otros lo comentan entre risas nerviosas por todavía conservar los suyos.

Unos hablan de ampliar la edad de jubilación mientras empresas antaño públicas prejubilan a los nacidos en 1971 y cuando los mayores de 50 que salen del mercado laboral apenas pueden volver a entrar en condiciones dignas para sumar algún beneficio a la nunca asegurada jubilación.

Mientras quienes adquieren habilidades novedosas pueden hacer el trabajo de tres, otros tratan de reducir  en el discurso la jornada que en particular ninguno de los que tiene que aplicársela a sus  trabajadores piensa hacerlo. 

Mientras los que necesitan conciliar son obligados a volver a las oficinas, los que requieren por salud mental hacerlo son obligados al remoto en cualquier caso. Todo al revés. 

Nunca ha sido tan fácil ir dal detalle y tenerlo en cuenta con tantas tecnologías  y algoritmos pero parece que solo es interesante para buscar la manera de manipular el comportamiento de los scrollers irredentos. 

Mientras por encima de las capas de los  gobiernos están los que van y vienen al espacio y a Marte y nada les aplica, los de debajo tratamos de sacar la cabeza entre tanta capa de grasa que asfixian y angustian.

CUANDO UNA PRENDA CAMBIA TU MUNDO

Hoy ha sido mi primer día de prueba en mi Closet Connection. Ha sido un éxito compartido con las que ya son mis tres Closet Sisters. A ellas y su apuesta agradezco lo que he disfrutado y a la vez comprobado que la moda es medicina. 

Por muy frívola que le parezca a algunos detrás de como te ves y como esto te afecta hay mucha ciencia. Hay días en los que basta ponerse algo distinto para que algo dentro de nosotros también cambie. Un color que nunca te atreviste a usar, un corte que te hace sentir más alta, un tejido que te abraza de otra manera. Y de pronto el espejo te devuelve una versión nueva de ti, o quizás una antigua que habías olvidado. La ropa no solo viste el cuerpo, viste la percepción.

La neurociencia lo llama enclothed cognition: lo que llevas afecta a cómo piensas, cómo te mueves y cómo te relacionas con el mundo. No es magia, es biología. Si el cuerpo se siente poderoso, la mente responde como si lo fuera. Si el cuerpo se siente cuidado, el interior respira con más calma. Una prenda puede elevarte o encogerte, abrir el pecho o cerrar los hombros. La ropa es mensaje. Hacia afuera, pero sobre todo hacia adentro.

Porque cuando cambias la manera de vestirte cambias la narrativa. Te atreves más, cuestionas menos, te sostienes mejor. Y algo aún más curioso sucede: el mundo responde. Una mirada que antes te pasaba por alto se detiene. Una conversación nace donde ayer había silencio. No es que el mundo haya cambiado, es que tú te muestras.

Vestirse no es esconderse ni decorarse. Es declararse. Es elegir quién quieres ser hoy y permitir que esa versión camine, ocupe espacio y respire.

Estoy segura que habrá muchas más Closet Sisters que se atrevan a comprobar cómo  una prenda que te puede hacer sentir siendo capaz  de activar tu corteza prefrontal y reducir la autocrítica. El cuerpo le recuerda al cerebro quién puede ser y el cerebro, cuando se lo cree, empieza a actuar en consecuencia. Atrévete a ser la siguiente #ClosetSister. 

CUANDO EL PÁNICO SE CONTAGIA

Cada vez que intentas salir de tu zona de confort tu cerebro levanta todas las barreras posibles. Es su forma de quererte, aunque a veces parezca lo contrario. Te protege con exceso, te susurra peligros, te recuerda fracasos que no existieron e inventa otros posibles. Quiere que vuelvas a lo conocido, a lo repetido, a lo cómodo. Ese lugar pequeño donde no pasa nada… pero tampoco crece nada.

Y si lo compartes, el miedo se multiplica. Ya no es solo tu voz interna repitiendo “cuidado”. Se suman las de quienes te quieren bien, pero te imaginan débil. Personas que te sostienen pero también te frenan porque proyectan en ti sus propios temores, sus propios límites no cruzados. No te aconsejan desde tu capacidad sino desde la suya. No te protegen del riesgo, te protegen del movimiento.

El pánico se contagia rápido. Si no estás despierto acaba filtrándose en tus decisiones, apagando tu impulso inicial, saboteando el resultado. Después, como una sombra muy educada, confirma que no debiste intentarlo. La profecía se cumple. Pero no porque no pudieras, sino porque cediste al miedo que no era tuyo.

Hay antídotos. Buscar a quienes también se atreven, a quienes se equivocan creando en lugar de quedarse quietos mirando. Pero hay otro más poderoso aún: avanzar. Empezar aunque tiemble el pulso, aunque la mente grite que vuelvas atrás. Demostrarte que puedes antes de demostrar nada al mundo.

Porque los sueños no se discuten, se construyen. Paso a paso, fallo a fallo, con el miedo sentado al lado pero sin el volante en la mano.

A veces lo único que necesitas para que el pánico deje de contagiarse es convertirlo en acción. Y entonces, el miedo ya no manda. Solo acompaña.

CUANDO LA MODA VUELVE A SER LIBERTAD

Nuestra relación con la moda se ha vuelto tóxica cuando dejamos que ponga el foco en un solo tipo de cuerpo. Lo verdaderamente interesante de la moda nunca fue la perfección sino la creatividad. No es una talla lo que nos define sino la intención. Esa pierna que se ve, ese gesto de color o esa silueta inesperada hablan más de lo que queremos transmitir que de lo que queremos ocultar.

La moda no va de belleza sino de atracción. No va de delgadez sino de seguridad. No va de tapar debilidades sino de mostrar orgullo. Cuando nos reconciliamos con esa idea entendemos que vestir no es disfrazarnos de una versión aceptable sino mostrarnos con fuerza.

A veces creemos que usamos la ropa como terapia pero lo que realmente nos daña son esas compras impulsivas que terminan restando libertad. La creatividad se pierde entre prendas que no amamos y que solo sirven para llenar huecos emocionales. Así se crea un armario lleno de culpa y de distancia, un lugar que nos aísla de lo que somos en lugar de ayudarnos a expresarlo.

Cambiar nuestra relación con la ropa es cambiar la relación con nosotros mismos. Es dejar de pelear con el cuerpo y empezar a escucharlo. Es abandonar el juicio y recuperar la presencia. Son muchos años soportando una violencia silenciosa que ha debilitado nuestra seguridad. Por eso es urgente rebelarnos.

Es momento de apoyarnos, de mirarnos sin miedo y de volver a vestirnos con intención. Que la creatividad sea visible. Que nuestra fuerza se note. Que dejemos atrás las chaquetas negras que esconden y volvamos a elegir lo que nos sostiene. Porque cuando la moda recupera su libertad también lo hacemos nosotros.

CUANDO LA OTRA CARA DE LA MONEDA NOS SALVA

A pesar de que muchas veces no tenemos ningún dato sobre cómo irá algo,la mente se empeña en mostrarnos siempre la misma cara de la moneda. La gris. La pesada. La que nos recuerda lo que falta, lo que falló, lo que podría ir mal. Y sin darnos cuenta nos quedamos atrapados en ese lado, convencidos de que es toda la realidad. Pero ninguna moneda tiene una sola cara. Ningún pensamiento tampoco.

Quiero compartir con vosotros algo que hago a menudo. Cuando aparece una idea que oscurece el día, basta un gesto interior para recordarlo. Darle la vuelta. No para negar lo que duele, sino para ampliar el horizonte. 

Ver la otra cara de la moneda no es un pensamiento mágico, es una perspectiva distinta, una útil herramienta.Es preguntarte qué más puede ser verdad además de lo que te estás contando. Es permitir que la mente busque alternativas en lugar de hundirse en un único relato. Mirar el otro porcentaje que evitamos. 

La creatividad empieza ahí, en ese giro pequeño que lo cambia todo. Cada vez que transformas un “y si sale mal” en un “y si sale bien”, tu cerebro activa nuevas rutas, reduce el estado de alerta y abre espacio a la calma. Ese giro contrario no es autoengaño, es equilibrio. Es recordar que tu mente, igual que la moneda, siempre tiene dos lados.

A veces basta imaginar esa moneda girando en el aire para sentir que la rigidez se afloja. Porque mientras gira, todo es posible. Mientras gira, la historia no está escrita. Palabra de emprendedora. 

Es importante detener la rumiación, permitiendo que el cerebro encuentre soluciones creativas en lugar de repetir viejos miedos. Cada pensamiento tiene otra cara, tan real como la primera. Solo hay que atreverse a mirarla. Tú, ¿te atreves? 

CUANDO NO ESCUCHAMOS, NOS PERDEMOS

Para alguien que quiere sacar sus propias conclusiones  escuchando todas las versiones el mundo se han convertido en un infierno. Primero para separar los hechos de lo inventado y después no desesperar entre la guerra entre unos y otros, sin reparar en cuestiones de sentido común.

Aún así todos  vivimos  rodeados de información y opiniones. Nos cruzamos con ideas distintas a las nuestras cada día. Y sin embargo, cada vez escuchamos menos. No porque no tengamos oídos, sino porque nos cuesta aceptar que podríamos estar equivocados.

Este fenómeno se llama sesgo de confirmación, esa tendencia del cerebro a buscar, procesar y recordar solo aquello que refuerza lo que ya creemos. En el fondo, ignoramos lo que desafía nuestras ideas, no porque no sea cierto, sino porque resulta incómodo.

En un mundo tan polarizado, esto se vuelve un peligro real ser objeto de burdas manipulaciones para que todo siga igual. Si no somos capaces de escuchar a quienes piensan diferente, si nos cerramos al diálogo, lo único que conseguimos es encerrarnos en burbujas que no reflejan el mundo, sino solo nuestros miedos y certezas.

Ocurre que cuando escuchamos un argumento contrario, nuestro cerebro entra en “modo defensa”. El área encargada del razonamiento lógico se desconecta y activa el sistema límbico, el de las emociones. Lo tomamos como un ataque personal. Pero si aprendemos a reconocer este mecanismo y calmarnos, recuperamos la capacidad de razonar con apertura.

Escuchar de verdad no significa ceder. Significa aprender. Porque incluso si no cambiamos de opinión, entender al otro nos hace más fuertes, más sabios y más humanos.

Aunque hoy no hay sido el mejor día, la próxima vez que sientas rechazo automático ante una idea u opinión diferente, respira. Escucha. Pregunta. Ahí empieza el pensamiento crítico. Ahí empieza el verdadero liderazgo de uno mismo. 

CAMBIAR EL MUNDO COMPARTIENDO ARMARIO

Hoy Día de la Mujer Emprendedora quiero contaros mi nueva aventura

Siempre he querido cambiar el mundo desde las ideas y las decisiones, primero a través del coaching después también desde la política. Ayudar a las personas a pensar mejor a elegir mejor y a liderar mejor ha sido siempre mi manera de hacerlo.

Ahora siento que también puedo cambiar el mundo desde algo tan cotidiano como la ropa cambiando la forma en que consumimos moda y la forma en que nos conectamos entre nosotras.

He creado Closet Connection, un armario compartido por suscripción para mujeres que quieren experimentar con prendas especiales sin llenar el armario ni vaciar la cartera

Probar estilos nuevos, sentirse distintas sin compras impulsivas ni perchas llenas de culpa. 

Y empieza hoy. Si lo sigo pensando me quedo en la zona de confort y mi ilusión de conectar personas se queda en teoría. Prefiero probar en pequeño aprender rápido y hacerlo acompañada

Busco tres mujeres que quieran ser la avanzadilla de este proyecto piloto compartir propósito estilo y ganas de hablarle al mundo sin tener que usar palabras compartiendo armario conmigo

Si te vibra escríbeme por mensaje privado y te cuento. 

Acaba de empezar Closet Connection!! 🚀

LA CUESTA ABAJO DEL SISTEMA

La decadencia de un sistema se hace evidente cuando los propios actores principales no solo no lo respetan, sino que como ellos mismos dicen “les importa tres pepinos en vinagre”, por decirlo de manera educada y probiótica.

Abrir cualquier periódico o escuchar los cinco primeros minutos de un telediario basta para que, a diestra y siniestra, se sienta el mismo desapego y la misma vergüenza, a partes iguales.

Ya vivimos momentos en nuestra historia en los que el buenismo inútil y la corrupción terminaron en una dictadura. Hoy, el hartazgo y los sainetes hacen que incluso eso parezca, a algunos, oportuno, aunque solo pensarlo de forma reflexiva ya debería abrirnos las carnes.

La solución ya no pasa por otros partidos con otras caras. Porque el sistema termina captando a los que quieren vivir de la política y expulsando a muchos de los que llegan a servir desde ella.

Esto necesita un cambio que no lo reconozca ni la madre de aquel. Que impida que una posición jerárquica lo domine todo para no hacer nada. Y que ahora, con la digitalización, permita que esté todo en manos de todos.

Una mirada honesta entre lo que nos dirige y lo que nos entretiene da buena cuenta de que esta cuesta abajo no se salva como se nos tiene acostumbrados. Ni llamando a un teléfono, ni enviando un mensaje. Porque no es que cuatro años sean eternos para votar.

Es que ya no queremos que esté solo en sus manos.

CUANDO EL MUNDO  ES DE LAS MENTES FLEXIBLES 

Cada día sentimos que el suelo se mueve un poco bajo los pies. La tecnología avanza, las certezas se deshacen y el futuro parece más una pregunta que una respuesta. En un mundo así, aferrarse a lo de siempre solo genera miedo. Lo que verdaderamente nos sostiene es la capacidad de adaptarnos, de ser flexibles, de abrir la mente sin rompernos por dentro.

Quienes cuidan de una familia, quienes lideran un equipo o quienes sostienen una organización ya no pueden hacerlo dando órdenes o pretendiendo tener el control absoluto. Hoy el liderazgo se parece más a acompañar que a dirigir, más a escuchar que a mandar, más a sumar miradas que a imponer una sola.

La creatividad es una aliada, no un adorno. Es la manera de transformar la incertidumbre en posibilidad. La colaboración es la nueva fuerza. No porque suene bien, sino porque nadie puede con todo solo. Y la participación es la energía que hace que las ideas cobren vida. Con la información al alcance de cualquiera, el poder dejó de estar en saber más que los demás y pasó a estar en saber construir juntos.

El futuro no se dominará desde la rigidez, sino desde la capacidad de movernos con él. Ser flexibles no es ceder, es crecer. Adaptarnos no es renunciar, es elegir seguir avanzando.

Practicar la flexibilidad mental reduce el estrés y mejora la capacidad de tomar decisiones creativas. El cerebro se expande cuando dejamos de proteger certezas y empezamos a explorar posibilidades. En un mundo incierto, esa es la verdadera fortaleza.

EL CÍRCULO DE LAS TAZAS ROTAS

En un pueblo rodeado de colinas, cinco mujeres que habían compartido la infancia, la juventud y los silencios de la madurez, decidieron reunirse cada jueves para tomar té.

Eran diferentes: una hablaba sin parar, otra escuchaba con profundidad. Una se había casado joven, otra nunca, otra había amado en secreto. Y aunque sus vidas tomaron caminos distintos, algo las unía más allá del tiempo: el deseo de no quedarse solas por dentro.

Cada una llevaba su propia taza. Un día, la de Lina cayó y se rompió.

—Lo siento —dijo avergonzada—, soy tan torpe últimamente…

Eva, sin decir nada, se levantó, recogió los pedazos y los guardó.

—Vamos a repararla con oro —dijo al día siguiente—. Como hacen los japoneses. Así recordaremos que las cicatrices bien acompañadas se convierten en arte.

Desde ese día, cada vez que una hablaba de su miedo, su duelo o su duda, las demás no intentaban resolverlo. Solo sostenían la taza.

Y así, en cada encuentro, las grietas se volvían doradas. No porque desaparecieran, sino porque eran compartidas.

Con el tiempo, las reuniones se volvieron sagradas. Nadie juzgaba, nadie exigía. Solo se escuchaba, se reía, se lloraba y se tejía la red invisible del cuidado mutuo.

Porque entendieron que, en la vejez, la amistad no es un lujo.

Es el lugar donde el alma respira.

Os dejo esta reflexión sobre la importancia de las relaciones de calidad cuando vamos siendo más mayores. Las tazas se rompen. Pero las que se reparan entre amigas… sostienen más vida que las nuevas.

Conectar no es hablar mucho, es estar de verdad.

CUANDO EL SILENCIO TAMBIÉN PRODUCE

Esperas que desesperan, cámaras apagadas, intervenciones eternas, horarios imposibles y aportaciones de paso. Así se siente a veces el trabajo digital, ese que prometía libertad, productividad y equilibrio, y que sin embargo muchas veces termina agotando más que antes. Si lo que buscábamos era flexibilidad y calidad de vida, no podemos quedarnos a medias ni seguir reproduciendo el mismo modelo presencial, solo que a través de una pantalla.

Hoy tenemos herramientas que permiten que la sincronía sea asíncrona, o lo que es lo mismo, que no todo deba ocurrir al mismo tiempo para ser útil. Porque el eterno debate entre búhos y alondras, quienes piensan mejor de noche o de mañana, nunca tendrá solución. Los bostezos de unos son la lucidez de otros, y no todos brillamos al mismo ritmo.

Hay quien reacciona rápido y lanza ideas por minuto, y quien necesita reposarlas sin presión para poder aportar con claridad. Y en medio, las cámaras apagadas, las multitareas disfrazadas de atención y la sensación de que todo ocurre sin verdadera conexión.

Quizá haya que empezar a aceptar que no siempre estar “en línea” es estar presentes. Que una respuesta tardía no es desinterés, sino respeto por el propio ritmo. Que el silencio no es vacío, sino tiempo fértil.

Nuestro cerebro necesita pausas para integrar la información. Las redes neuronales que crean ideas nuevas se activan justo cuando no hacemos nada. Así que la próxima vez que alguien te deje en leído, tal vez esté pensando mejor.

¿APAGAS O APOYAS?

Hay momentos en los que alguien nos comparte una idea nueva, una ilusión o un proyecto y, sin querer, algo en nosotros se encoge. En lugar de subirnos a la ola del entusiasmo, sentimos una mezcla de incomodidad, prudencia o incluso envidia disimulada. Respondemos con nuestros miedos, con cautela o con un silencio que enfría el momento. Sin darnos cuenta, apagamos una chispa que no nos pertenecía, pero que podríamos haber ayudado a encender.

Nuestro cerebro explica esto con  una tendencia natural a proteger el estatus quo. Lo nuevo activa el centro del miedo, y despierta sesgos como el de confirmación, que nos lleva a buscar razones para no salir de lo que conocemos, o el de comparación, que nos hace medir el éxito ajeno con nuestra propia vara. A veces lo que rechazamos no es la idea del otro, sino la incomodidad de ver reflejado un deseo no cumplido.

Pero apoyar no exige compartir el entusiasmo, basta con reconocerlo. Preguntar, interesarse, dejar que la curiosidad venza al juicio. La empatía es una forma de acompañar sin apropiarse, y la curiosidad, una manera de celebrar sin envidia.

Cada vez que alguien nos habla con brillo en los ojos tenemos una elección silenciosa. Podemos apagar o podemos apoyar. Elegir lo segundo no solo alimenta al otro, también fortalece nuestras propias redes neuronales de cooperación y conexión. Porque cuando celebramos la luz ajena, algo en nosotros también se enciende.

LAS HUELLAS DE NEFERU

Hace miles de años, en las orillas del Nilo, vivía Neferu, una joven escriba al servicio del templo de Thoth. Cada día, al salir el sol, copiaba con esmero las enseñanzas sagradas en papiros, pero en su corazón crecía una sombra: sentía que nadie valoraba su trabajo. Los sacerdotes no la miraban, los discípulos pasaban de largo y su nombre nunca era pronunciado en los rituales.

Un día, molesta y triste, decidió dejar de escribir.

Esa noche, soñó que caminaba por un templo vacío, y en sus paredes no había ni una sola palabra. Un anciano de barba blanca le habló:

—Cuando las palabras del alma dejan de fluir, la sabiduría se convierte en polvo. No escribes para ser vista, Neferu. Escribes para que otros vean.

—Pero nadie agradece —dijo ella.

El anciano sonrió.

—¿Tú lo haces?

Al despertar, Neferu salió al alba y comenzó a agradecer. Al barquero que cruzaba el río. A la mujer que limpiaba el templo. Al anciano que barría la entrada. Y también a sí misma, por no rendirse.

Con cada agradecimiento, sentía cómo algo dentro de ella se encendía.

Semanas después, alguien dejó flores en su escritorio. Luego un joven discípulo se le acercó:

—Gracias por escribir lo que leí anoche. Me dio esperanza.

Y entonces comprendió: el agradecimiento no es una respuesta… es una siembra.

La gratitud que das hoy es la luz que vuelve a ti cuando más lo necesitas.

Os dejo este cuento para reflexionar sobre la importancia de Agradecer es una forma de escribir belleza en los corazones, incluso cuando nadie mira. ¿ Tú lo haces? 

Pues que sepas que, quien agradece… florece.

¡LEVANTA LA CABEZA!

Vivimos con la mirada hundida en una pantalla. Bajamos la cabeza cientos de veces al día para revisar el móvil, responder mensajes o distraernos del silencio. Pero ese gesto, tan cotidiano y aparentemente inocente, está cambiando no solo nuestra postura, sino también nuestra forma de sentirnos.

Cuando inclinamos el cuello hacia abajo, el peso que soporta se multiplica. Lo que pesa unos cinco kilos en posición neutra puede llegar a ejercer una presión de más de veintisiete kilos sobre las cervicales. Los músculos del cuello, la mandíbula y la espalda se tensan, los hombros se encogen y el rostro se relaja hacia abajo, proyectando cansancio o tristeza incluso cuando no la sentimos. Con el tiempo, esa posición constante puede generar lo que los fisioterapeutas llaman text neck, el cuello del móvil, acompañado de dolores de cabeza, rigidez y pérdida de movilidad.

Pero más allá del cuerpo, hay algo más sutil. La postura comunica y moldea el estado emocional. Mirar hacia abajo reduce la confianza, el contacto visual y la capacidad de conexión. Nuestro cerebro interpreta esa posición como señal de sumisión o abatimiento y responde activando circuitos relacionados con la tristeza o la falta de energía.

Levantar la cabeza no es solo cuidar la postura, es un acto simbólico. Significa mirar el mundo, respirar más profundo y recordar que hay vida más allá de la pantalla.

Si necesitas ponerte una alarma o anclar esta alerta con algún movimiento, hazlo. Si consigues elevar la mirada y abrir el pecho estimulas el nervio vago y la liberación de dopamina, mejorando la concentración, el ánimo y la percepción de bienestar.

CUANDO EL YO NO TIENE FRENOS

Vivimos tiempos en los que la palabra “responsabilidad” parece haberse diluido entre excusas, impulsos y emociones momentáneas. Decimos lo que pensamos sin pensar en lo que decimos, actuamos guiados por deseos inmediatos y justificamos todo en nombre de la autenticidad o la libertad personal. Pero sin responsabilidad, la libertad se vuelve puro instinto.

Cuando solo tenemos en cuenta nuestro propio punto de vista, el mundo es más pequeño . La empatía se vuelve selectiva, y el compromiso con la verdad o con el bien común se debilita. Lo vemos cada día en redes, en la política o en la vida cotidiana, personas que critican sin medida, que culpan al entorno o que defienden lo indefendible según quién sea el protagonista.

El gran riesgo social de esta falta de responsabilidad es la pérdida de confianza. Una comunidad que deja de exigir coherencia, de llamar a las cosas por su nombre, se fragmenta. Sin responsabilidad, no hay diálogo real, ni justicia, ni progreso. Solo ruido, polarización y autoindulgencia.

Asumir la responsabilidad de lo que decimos y hacemos no nos limita, nos dignifica. Nos convierte en adultos morales, no en espectadores del caos. Tal vez el cambio empiece por algo tan simple como preguntarnos antes de hablar si nuestras palabras construyen o destruyen.

Todo esto ocurre cuando se activa la corteza prefrontal, el área del cerebro vinculada al juicio ético y la autorregulación. Al ejercitarla con coherencia, fortalecemos tanto nuestra madurez emocional como nuestra capacidad de convivencia.

LAS DOS  PALABRAS ESENCIALES QUE TE CREAN

A veces reparamos poco en que solo dos palabras pueden cambiarlo todo. Yo soy. Con ellas construimos nuestro mundo interior y damos forma a la manera en que nos mostramos ante los demás. Cada vez que las pronunciamos, el cerebro registra una identidad, refuerza una emoción y da instrucciones al cuerpo para comportarse de acuerdo con esa idea. Por eso es tan importante cuidar lo que decimos después.

Cuando repetimos frases como yo soy torpe, yo soy despistado, yo soy incapaz, estamos grabando un patrón neuronal que termina convirtiéndose en hábito. La mente no distingue entre lo real y lo repetido, lo que afirmamos con frecuencia se vuelve familiar y por tanto, creencia, y la creencia moldea nuestra conducta. Si además vivimos en entornos negativos, esas etiquetas se refuerzan aún más y terminamos atrapados en una versión reducida de nosotros mismos.

El lenguaje crea realidad. Si aprendemos a usarlo a nuestro favor, podemos empezar a cambiarla. Sustituir un yo soy un desastre por yo estoy aprendiendo, o un yo soy nervioso por yo estoy entrenando mi calma, no es autoengaño, es neuroeducación. Es enseñarle al cerebro una nueva posibilidad.

Cada yo soy es una semilla en tu identidad. Decide con cuáles quieres poblar tu jardín mental. Porque cada palabra que eliges es un acto de creación, y cada pensamiento repetido una forma de destino.

Acostúmbrate a las  afirmaciones positivas, activa el sistema de recompensa del cerebro y refuerza las conexiones asociadas a la confianza y la motivación. Cambiar el lenguaje cambia literalmente tu mente y cuerpo. Si dices algo malo de ti cuando lo repitan los demás siempre podrán decir que así te definiste tú.