Los monjes shaolines dicen que la sociedad es débil porque huye constantemente del esfuerzo y del dolor. Su disciplina no consiste en ganar batallas, sino en entrenar la mente para dominar el cuerpo, la respiración y el sufrimiento. Para ellos, la fortaleza no se improvisa, se construye cada día abrazando lo incómodo.
Algo parecido hicieron los espartanos. Desde niños aprendían a soportar frío, hambre y miedo porque entendían que solo la incomodidad forja resiliencia. No eran héroes por naturaleza, lo eran por entrenamiento.
Nuestra sociedad, en cambio, vive en la paradoja de la abundancia. Nunca hubo tantas comodidades ni tanta fragilidad. Un contratiempo basta para descolocarnos. Y la depresión, a menudo, encuentra terreno fértil en esa falta de tolerancia al malestar. Nadie nos enseñó a convivir con él, solo a evitarlo.
La neurociencia confirma lo que intuían shaolines y espartanos. La exposición gradual a la incomodidad regula la dopamina, fortalece los circuitos de autocontrol y nos ayuda a navegar los altibajos de la vida con más equilibrio. Practicar frío, esfuerzo físico, silencio o espera no es castigo, es entrenamiento.
Empecemos por cosas sencillas. La próxima vez que tengas la tentación de buscar lo cómodo, retrásalo un poco. Meterte en elasticidad agua fría de una piscina, una ducha fría de un minuto, subir escaleras en lugar de usar el ascensor, esperar antes de mirar el móvil. No es el gesto, es la práctica. Entrenar la incomodidad hoy es ganar fortaleza para mañana.




















