Resulta cuanto menos irónico que, mientras se plantea aprobar una ley que prohíba el uso del miedo en la publicidad, nuestros propios políticos y gobernantes utilicen el miedo como herramienta diaria de comunicación. Amenazas veladas, alarmismo constante y discursos que recuerdan más al síndrome de Estocolmo que a una democracia madura: cuanto más inútiles se muestran, más insisten en que sigamos confiando en ellos.
El problema es que el miedo no es neutro. La neurociencia ha demostrado que, ante estímulos de amenaza constante, el cerebro activa de forma repetida la amígdala y el sistema límbico, lo que dificulta el pensamiento crítico y favorece la obediencia automática. Vivir en alerta impide planificar a largo plazo, reduce la empatía y bloquea funciones ejecutivas como la toma de decisiones racionales.
En un mundo donde la colaboración real —no la cooperación interesada— será imprescindible para afrontar los desafíos globales que impactan directamente en nuestros problemas cotidianos, promover la confianza, la conexión y la visión a largo plazo debería ser prioritario.
Pero no. Aquí se gobierna apagando fuegos, se legisla por titulares y se comunica en función del último barómetro electoral. Lo importante es mover la aguja demoscópica, no resolver problemas. Lo urgente es el próximo eslogan, no el bienestar de los ciudadanos.
Mientras tanto, la confianza se erosiona, el diálogo se quiebra y la ciudadanía se acostumbra al ruido como si fuera normalidad. Y eso sí que debería darnos miedo.
Cuando sientas que una noticia o discurso te agita o te paraliza, haz una pausa de 90 segundos y respira profundamente por la nariz. Según la neurocientífica Jill Bolte Taylor, ese es el tiempo que necesita tu cerebro para procesar una emoción sin dejarse arrastrar por ella. Después, pregúntate: ¿Esto que siento es mío o inducido? Esa simple pregunta puede devolverte el control.





















