Si algo planteó claramente la aclamada serie sobre la adolescencia actual es el impacto de la tecnología en sus vidas y qué ocurre de puertas para adentro en sus habitaciones y en sus dispositivos en los que incluso los emoticonos pueden herir de muerte.
Tengo claro que la tecnología no es el problema. El problema es dónde, cómo y con quién la aprendemos a usar. En un mundo digitalizado, introducir la tecnología en las aulas no es una opción, es una necesidad. Pero no basta con enseñar a usar herramientas, hay que enseñar a no abusar de ellas, a usarlas con criterio, con conciencia y, sobre todo, con humanidad.
La escuela debe ser ese espacio donde la tecnología se convierte en aliada para crear, pensar y colaborar. Sabiendo que no hacerlo puede suponer ensanchar aún más una brecha digital laboral que marcha espídica.
Pero ese aprendizaje choca, a menudo, con lo que ocurre fuera del aula. En muchas casas, el móvil ya no es una herramienta, es una vía de escape. Hay muchos que pasan horas solos en sus habitaciones, que solo salen para discutir sobre hacer algo común o para pedir algo.
Familias donde cada uno vive en su burbuja de contenidos, sin conversaciones, sin referencias compartidas, sin tiempo real compartido.Algo que queda patente en los múltiples concursos de la televisión en los que hoy nadie sabe lo que ven o escuchan sus hermanos mayores o padres.
Nos preocupa el uso de pantallas en el colegio, pero ¿qué pasa con las horas que pasan en casa con un dispositivo como única compañía? No hablamos solo de adicción, sino de soledad disfrazada de conexión.
Educar en tecnología es también enseñar a parar, a mirar al otro, a conversar, a aburrirse sin pantallas. La tecnología debe formar parte del aprendizaje, sí, pero la convivencia no puede quedarse fuera de cobertura. Porque si no, el aula enseña y la casa deshace. Si no ayudamos a las familias a conectar en el colegio, haciendo comunidad, la brecha, esta vez, no será digital, será emocional.





















