DE LA IRA A LA TIRANÍA

Imaginen que viven en un país donde dos partidos se reparten el poder como si fuera una partida amañada. Años de corrupción, ineficacia y promesas vacías. Gobiernos que parecen gestionarlo todo menos lo que importa.

Imaginen que, hartos de esa farsa, muchos ciudadanos votan por un partido emergente. Uno que habla fuerte, promete acabar con “todo eso” de un plumazo, con soluciones facilonas, frases potentes y mano de hierro. Parece entender vuestro hartazgo, incluso grita por vosotros.

Imaginen que ese partido llega al poder. Y entonces, todo es hierro. Su ley, su orden. Un enemigo interno o externo que sirve de excusa para aplicar el miedo como estrategia de control. El miedo entretiene, paraliza y justifica. Las libertades se estrechan en nombre de la seguridad. Y la crítica se convierte en traición.

Ese ciclo no es nuevo. Ya tiene nombre en muchas partes del mundo. Y lo más inquietante es que empieza con un deseo legítimo de cambio. De justicia. De dignidad. Pero se pervierte cuando los que llegan no quieren arreglar, sino mandar. No quieren representar, sino someter.

Y cuando el pueblo descubre que su rabia fue usada como combustible para otra maquinaria de abuso, ya es tarde. Porque ya hay víctimas. Ya hay guerra. Ya hay enemigos que antes eran vecinos. Ya hay países convertidos en trincheras internas.

El problema no es indignarse. El problema es olvidar que indignarse no debe implicar deshumanizar. Que tenemos una obligación global de proteger, mediar, y garantizar derechos, que no es debilidad, sino la verdadera fuerza.

Ahora pongan nombre. Cualquier nombre. Cualquier país. Cualquier guerra. Porque este patrón se repite, y estamos normalizando verlo desde la barrera. Me recuerda al famoso poema de Martin Niemöller: “primero vinieron por…”

CONSTRUIR PAÍS 

En política, las palabras importan. Y mucho.

No todo vale para captar la atención. No todo se justifica en nombre de la libertad de expresión.

Cuando usamos términos como guerra, adversario, batalla, machacar, estamos sembrando una semilla peligrosa. Puede que, en quien los pronuncia, no haya intención literal. Pero vivimos tiempos en los que muchos, como comprobamos a diario, no distinguen con su brutalidad la metáfora del mandato.

En un contexto de polarización, ansiedad social y crispación permanente, ese lenguaje se convierte en gasolina. No para encender el debate, sino para incendiar la convivencia.

¿De verdad queremos que nuestra democracia suene a guerra?

¿No hemos aprendido que las democracias fuertes siempre se construyen con acuerdos, no con trincheras?

La política no es un espectáculo. No es una guerra de egos. No es un teatro en el que cada actor exagera su papel para salir en el informativo de la noche.

Es la vida de todos y nuestro futuro. Es servicio. Uno que requiere calma, escucha y mucho más diálogo del que se practica. Seguro que es más difícil que hacer la guerra. 

Cuando alguien abandona su función pública para hacer ruido. Cuando se insultan desde la tribuna. Cuando las amenazas ocupan más espacio que las propuestas…Perdemos todos.

Y la próxima vez, harán falta más insultos, más ruido, más amenazas para que alguien escuche.

No se trata de censurar. Se trata de reflexionar.

El respeto también se elige. Y construir país, más que gritarlo, implica practicarlo.

EL FIN DEL VERANO QUE NUNCA SE OLVIDA

El fin del verano para mí siempre tiene un nombre y un lugar, las fiestas en honor a Nuestra Señora de la Nava en mi querido refugio de Navamorcuende.

Llenar la plaza con las jotas, ver las calles adornadas con la procesión y escuchar a la banda municipal recuperar tradiciones es volver a casa. Este año, vestida de serrana, participar en la ofrenda floral con el centro de nuestra Asociación de Mujeres fue un verdadero honor.

Las charangas con amigos, los momentos en nuestros Bar Venecia de toda la vida, los pasodobles y las orquestas en la plaza que llenan el carné de baile con personas de todas las edades son instantes que te reconectan con la infancia. Aunque la agenda apretada agote, la energía que regalan las risas y los recuerdos se queda para todo el año.

Familia, amigos, canciones, bailes y tradiciones que son parte de lo que somos. Y que gracias a los cientos de fotos se convierten en casi eternas, para revivir cada vez que haga falta ese verano que siempre acaba de la mejor manera posible, entre los míos y en mi lugar.

Siempre agradeceré a mis abuelos que decidiesen quedarse aquí de maestros y darnos la oportunidad de pacer en este maravilloso lugar.

JUSTICIA A VOTAR

Hay  cosas que normalizamos y no son normales y debates que no parecen tener solución y nos acostumbramos pero yo no. Pienso llevarla a cabo no tardando mucho.

Durante años hemos asumido como normal que el poder judicial esté mediatizado por los partidos políticos. Que unos y otros repartan a los jueces como si fueran piezas de ajedrez para proteger sus intereses y blindar sus errores. Pero ¿y si la ciudadanía tuviera voz y voto real en la elección del gobierno de los jueces?

Elegir a quienes juzgan en nombre del pueblo no solo es lo más democrático que existe, sino que es la única forma real de devolverle la independencia a un poder que debería ser intocable. En lugar de pactos de despacho y cuotas de poder, someter a voto popular las candidaturas del Consejo General del Poder Judicial haría que respondieran ante quienes de verdad importan: los ciudadanos.

En un país donde la desconfianza hacia las instituciones es ya estructural, donde la corrupción parece enquistada y donde la justicia llega tarde o no llega, recuperar el control sobre el órgano que gobierna a los jueces puede ser el primer paso para cambiarlo todo.

Quizá el miedo no sea tanto a la falta de preparación del pueblo, como al exceso de control de quienes no quieren perder sus privilegios. Pero si los ciudadanos votan al parlamento, ¿por qué no van a poder votar también a quienes deben garantizar su justicia?

La democracia se defiende ampliándola, no restringiéndola. Y en España ya va siendo hora.

EL PODER DE COMPARTIR EN VERANO

Hay experiencias que parecen sencillas y sin embargo lo tienen todo. Gracias a nuestra Asociación de Mujeres “El Piélago” hemos podido compartir una actividad física divertida como el Aquagym. Rodeadas de un escenario de sierra imponentemente verde, con el aire limpio de los pinos y un agua fría que se convierte en tratamiento perfecto para el cuerpo, es un lujo disfrazado de rutina veraniega.

Lo mágico no está solo en el ejercicio ni en la vitamina D que el sol regala con generosidad. Está en las conversaciones espontáneas, en las risas compartidas, en la mezcla de generaciones que van desde los 92 hasta los 18 años. Mujeres que quizá nunca hubieran hablado entre sí encuentran en ese espacio un lugar común donde sentirse parte de algo.

El Aquagym se convierte en excusa para lo esencial, crear vínculos, sentirnos vivas, recordarnos que el bienestar no depende de la edad ni de la condición física, sino de la disposición a compartir. La neurociencia lo confirma: reír y hacer ejercicio en compañía libera endorfinas y oxitocina, potenciando la salud física y emocional.

Si además lo compartes con amigas y familia, la experiencia trasciende lo deportivo y se convierte en un ritual de conexión. Porque lo que realmente nos fortalece no son solo los músculos, sino las relaciones que cultivamos en el proceso.

No dejes que los momentos de desconexión de la rutina no sirvan para conectar con nuevas actividades y nuevas personas. Piensa en lo enriquecedor de una actividad que puedas compartir con distintas generaciones. Descubrirás que lo que parece un simple juego puede convertirse en uno de tus recuerdos más felices.

ENTRENAR LA INCOMODIDAD

Los monjes shaolines dicen que la sociedad es débil porque huye constantemente del esfuerzo y del dolor. Su disciplina no consiste en ganar batallas, sino en entrenar la mente para dominar el cuerpo, la respiración y el sufrimiento. Para ellos, la fortaleza no se improvisa, se construye cada día abrazando lo incómodo.

Algo parecido hicieron los espartanos. Desde niños aprendían a soportar frío, hambre y miedo porque entendían que solo la incomodidad forja resiliencia. No eran héroes por naturaleza, lo eran por entrenamiento.

Nuestra sociedad, en cambio, vive en la paradoja de la abundancia. Nunca hubo tantas comodidades ni tanta fragilidad. Un contratiempo basta para descolocarnos. Y la depresión, a menudo, encuentra terreno fértil en esa falta de tolerancia al malestar. Nadie nos enseñó a convivir con él, solo a evitarlo.

La neurociencia confirma lo que intuían shaolines y espartanos. La exposición gradual a la incomodidad regula la dopamina, fortalece los circuitos de autocontrol y nos ayuda a navegar los altibajos de la vida con más equilibrio. Practicar frío, esfuerzo físico, silencio o espera no es castigo, es entrenamiento.

Empecemos por cosas sencillas. La próxima vez que tengas la tentación de buscar lo cómodo, retrásalo un poco. Meterte en elasticidad agua fría de una piscina, una ducha fría de un minuto, subir escaleras en lugar de usar el ascensor, esperar antes de mirar el móvil. No es el gesto, es la práctica. Entrenar la incomodidad hoy es ganar fortaleza para mañana.

SALIR DEL CASCARÓN

Muchas noches de este verano han tenido como objeto de debate para mí la relación actual de lo padres con sus hijos adolescentes. Vaya por delante que la crianza no creo que sea sencilla, ni ahora, ni antes. Ahora el exceso de información y de presión social lo difunta enormemente.

Si leemos lo que la Fundación BBVA e Ivie han puesto sobre la mesa, reconocemos una verdad incómoda de la que participamos toda la familia.La ansiedad, la soledad y los problemas de salud mental se han convertido en compañeros demasiado habituales de su camino.

Los factores son diversos pero los expertos señalan uno que pocas veces reconocemos, la sobreprotección de los padres. Ese deseo de evitarles cualquier dolor o error termina robándoles algo mucho más valioso, la capacidad de confiar en sí mismos. 

Crecer sin margen para equivocarse o arriesgarse buscando sus propios recursos significa llegar a la adultez sin experiencias para sostenerse en la tormenta. Criamos con amor, pero a veces ese amor, envuelto en miedo, se convierte en una burbuja que tarde o temprano estalla.

Romper esa burbuja no significa dejarlos solos, sino acompañarlos de otra manera a salir del cascarón. Significa confiar en que cada tropiezo fortalece, en que decidir por sí mismos les da alas, en que hablar de emociones sin tabúes abre caminos hacia la ayuda, en que limitar la dependencia tecnológica devuelve espacio a la vida real, y en que el mejor legado no son los consejos, sino el ejemplo de resiliencia que ven en nosotros.

La verdadera protección no consiste en apartar las piedras del camino, sino en enseñarles a caminar sobre ellas. Porque los jóvenes no necesitan alas de cristal que se quiebren al primer golpe, sino raíces firmes y alas fuertes para volar lejos. Invertir en su autonomía y confianza hoy es la mejor manera de regalarles un futuro del que se sientan responsables, capaces de sostenerse y de construir.

UNA FANTÁSTICA EXPERIENCIA REGALO 

Los cumpleaños no siempre necesitan grandes viajes ni aventuras arriesgadas. A veces, el mejor regalo es volver a recorrer los lugares que ya nos hicieron felices.

Con buena compañía hemos atravesado el Puerto del Pico, deteniéndonos en la Venta Rasquilla para saborear de nuevo los productos de la tierra. Hemos visto el mismo río donde los peces nos picaban los pies y, como si el tiempo se hubiera detenido, hemos disfrutado de un café en el Parador de Gredos con esas vistas que nunca decepcionan.

El viaje continuó por Cuevas del Valle, un pueblo delicioso con sus calles en pendiente, sus rincones peculiares y ese río que parece susurrar historias antiguas. Pasear allí es casi un privilegio, como si la memoria y el presente se entrelazaran en cada paso.

La sonrisa de quien recibió este regalo, la certeza de que había elegido bien, fue la mayor recompensa. Porque las experiencias no necesitan etiquetas lujosas ni envoltorios brillantes: lo que realmente importa es compartirlas, repetir lo que ya nos hizo felices y convertirlo en memoria compartida.

Eso sí, nos agarramos fuerte, porque el camino también trajo curvas. Y, quizá, ahí estuvo parte de la magia.

PLANIFICAR CON EL “SI/ENTONCES”

A veces creemos que la fuerza de voluntad es suficiente para alcanzar nuestros objetivos, pero la ciencia demuestra que quienes se preparan mentalmente con un estilo de pensamiento “si/entonces” tienen muchas más probabilidades de lograrlos.

Este enfoque, desarrollado por la psicóloga Gabriele Oettingen, consiste en anticipar situaciones y decidir de antemano cómo actuar. Es como dejar migas de pan en el camino para no perdernos cuando llegue la tentación o la dificultad.

Por ejemplo:

– Si al llegar a casa me siento cansado y quiero tirarme en el sofá, entonces me pondré las zapatillas y saldré a caminar 10 minutos antes de descansar.

– Si me ofrecen un postre en la comida, entonces pediré fruta.

– Si en la reunión alguien interrumpe constantemente, entonces respiraré y volveré a tomar la palabra sin alterarme.

También sirve para lo positivo:

– Si termino mi trabajo antes de lo previsto, entonces aprovecharé para leer ese libro que me inspira.

– Si consigo cumplir una semana de entrenamientos, entonces me recompensaré con una salida que me ilusione.

La neurociencia explica que este tipo de planificación refuerza la conexión entre la corteza prefrontal (decisión) y los ganglios basales (hábitos). En otras palabras, entrenamos al cerebro para que responda automáticamente con lo que queremos hacer en lugar de lo que solemos hacer.

El “si/entonces” no es magia, es estrategia. Y tener un plan siempre nos coloca un paso más cerca de nuestros objetivos.

VIVIR LA ENFERMEDAD

No es la primera vez que pienso en las diferentes formas de vivir una enfermedad propia o de un familiar. Cada persona encuentra su manera.

Hay quienes deciden ser ejemplo, compartir su historia y abrirse a los demás, para que otros en la misma situación no se sientan solos. Transforman el dolor en compañía, la fragilidad en fuerza compartida.

Otros prefieren vivirlo en la intimidad. No en secreto, sino con la serenidad que implica no ser preguntados a cada momento. Buscan que su vida no quede reducida a la etiqueta de “enfermo”, arriesgándose a veces a que esa reserva se convierta en silencio y soledad.

Y están quienes no tienen opción. Porque la enfermedad es tan evidente que no se puede ocultar. Porque, aunque no digas nada, cualquier susurro parece confirmación y cualquier mirada se convierte en lástima más que en empatía.

Seguro que muchos nunca se lo han planteado, y ojalá no tengan que hacerlo. El respeto a la elección de cada persona es la libertad más preciada, y la mayor muestra de cariño es hacer que su deseo prevalezca por encima del nuestro.

En cualquier caso, lo esencial es mostrar toda la humanidad posible. Porque si algún día somos los elegidos para acompañar, que nunca falte nuestra presencia, nuestro apoyo y nuestro silencio respetuoso cuando haga falta. 

En cualquier caso siempre podemos pensar que la persona con la que hablamos puede estar luchando este tipo de batallas y ser amable siempre suma. Así que sé esa persona.  

LA URGENCIA DE VIVIR

Cuando muere alguien joven casi siempre nos impresiona más que cualquier otra muerte. Damos por hecho que la vida tiene un final lejano y tardío, y cuando ocurre antes, el corazón se nos encoge.

A veces es alguien cercano, a veces no, pero siempre nos sacude. Porque olvidamos en qué consiste vivir. Nos enredamos en el pasado con lamentos o en el futuro con miedos, y así dejamos de valorar lo que tenemos delante de los ojos, entre las manos, cerca de nosotros.

De repente, estas noticias nos devuelven al presente de manera radical, recordándonos que el tiempo y la salud son caprichosos y no admiten garantías.

Nada es tan importante como vivir y disfrutar el momento, y sin embargo, la mente nos arrastra a menudo a otro lugar.

La neurociencia demuestra que prácticas tan sencillas como anotar tres cosas concretas por las que agradeces en el día activan circuitos cerebrales que nos conectan con el presente y reducen la ansiedad por lo que no controlamos. Es un entrenamiento para estar aquí y ahora.

Quizá la mejor forma de honrar la vida no sea lamentar las pérdidas, sino asegurarnos de no perdernos lo que tenemos delante de las narices. 

CUANDO EL CUERPO HABLA MÁS QUE LAS PALABRAS

Está mañana un  inocente “Os quiero” de despedida acabó en una solicitud de besos y abrazos y una reflexión sobre la necesidad de muestras de cariño y contacto. Pensé en qué poco percibimos ya las necesidades humanas. 

Pasamos años estudiando idiomas, perfeccionando la escritura, afinando la voz… y sin embargo, lo que más nos delata es lo que callamos. Una postura, una mirada, un gesto distraído dicen más de nosotros que cualquier discurso preparado.

El cuerpo no sabe mentir. Unos brazos cruzados pueden cerrar un diálogo antes de que empiece, mientras que una sonrisa auténtica abre la puerta a la confianza. Lo curioso es que la mayoría no somos conscientes de esa conversación silenciosa que mantenemos a todas horas.

En cada encuentro, lo que transmitimos con el cuerpo pesa tanto o más que nuestras palabras. Por eso se nos quedan grabadas las miradas cómplices, las manos que sostienen, los gestos pequeños que hacen sentir acompañados. La ciencia lo confirma, gran parte de lo que entendemos del otro llega sin pasar por el diccionario.

Quizá la verdadera escucha consista también en aprender a leer esas señales, en detenernos a observar lo que decimos sin hablar. Porque ahí está lo más genuino, lo que nos conecta de verdad.

La próxima vez que estés frente a alguien, en lugar de esperar a que alguien lo diga o en vez de pensar en qué responder, fíjate en cómo lo sientes. El cuerpo siempre nos revela más que las palabras y nos pide más muestras de amor. 

EL CEREBRO OPTIMISTA Y EL CEREBRO PESIMISTA

Leyendo a David Waldman recuerdo lo importante que es recordar que no todos percibimos la vida de la misma manera, algunos cerebros tienden al optimismo y otros al pesimismo. Y no es un detalle menor.

El cerebro optimista, alimentado por la dopamina, encuentra motivos para avanzar incluso en medio de la tormenta. Se atreve, confía y crea. Esa chispa es la que enciende equipos y abre caminos.

El cerebro pesimista, en cambio, funciona con la amígdala más activa y el cortisol siempre vigilante. Ve peligros antes de que aparezcan, detecta fisuras y frena pasos en falso. Puede sonar incómodo, pero también es necesario.

La clave no es elegir uno u otro, sino aprender a integrar ambos. El optimismo como motor, el pesimismo como brújula. El primero para inspirar, el segundo para afinar la estrategia.

Como líderes, cuando sabemos equilibrar estos dos enfoques en nosotros y en nuestros equipos, convertimos la incertidumbre en una oportunidad de crecimiento. Un optimista sin pesimistas a su lado se arriesga demasiado. Un pesimista sin optimistas cerca se paraliza. Juntos, alcanzan el punto de realismo esperanzador que necesitamos.

La buena noticia es que el cerebro se entrena. Practicar la gratitud, visualizar futuros posibles y rodearse de diversidad de pensamiento fortalece ese equilibrio. Porque al final, liderar no es elegir entre la luz o la sombra, sino saber usarlas ambas para alumbrar el camino.

La próxima vez que tengas una decisión importante, escucha primero a tu parte optimista y luego deja que la parte pesimista haga las preguntas incómodas. Solo después de ambas voces toma la decisión.

EL FUEGO QUE NO CESA

Mientras la discusión política se centra en dónde está quien preside cada administración, en este agosto aciago para el fuego, a quienes lo vivimos de cerca se nos encoge el corazón con la impotencia de ver arder nuestro refugio… y, lo más duro, de despedir para siempre a un  ejemplar vecino.

Tras un invierno y primavera de lluvias torrenciales, el verde exuberante se convirtió, bajo el sol incesante y el calor extremo, en un mar de matorrales secos, altos como muros. En nuestros paseos por el parque de Tres Cantos lo comentábamos una y otra vez, hasta que por fin fue desbrozado. Esa simple acción preventiva salvó ese rincón. En Soto, algunos vecinos previsores lo hicieron por su cuenta. En el perímetro de Tres Cantos, no.

La prevención es la diferencia entre un verano seguro y un verano en llamas. Es mantener cortafuegos, limpiar caminos forestales y vigilar el monte todo el año, no solo cuando huele a humo.

Hoy, las tormentas secas acechan, y la hierba alta y seca que rodea nuestras ciudades es leña lista para un fuego explosivo, imposible de apagar con temperaturas tropicales.

Gracias, de corazón, a todos los servicios de emergencia, policías, guardias civiles, bomberos, Cruz Roja, Protección Civil, y a tantos vecinos que, sorprendidos en sus casas, trabajaron sin descanso y pusieron todo lo que tenían.

Cuando llegue la primavera, recordemos que el verano se gana en invierno. No en discursos ni en fotos, sino en prevención. Porque si seguimos dejando que todo dependa de una sola persona, seguiremos viendo arder nuestros refugios.

EL JARDÍN DEL NILO

En la orilla fértil del Nilo, donde las palmeras bailan con el viento y los ibis blancos cruzan el cielo como oraciones al sol, vivía Amón, un joven escultor egipcio. Era conocido por su talento para esculpir figuras perfectas en piedra, pero también por su impaciencia.

Su abuelo, Senenmut, había sido arquitecto de templos y guardaba la sabiduría de muchas generaciones. Pero ahora caminaba lento, hablaba despacio y a veces se perdía en recuerdos.

—Abuelo, ya no tienes fuerza para ayudarme —le dijo Amón una tarde—. Mis obras deben avanzar. Tú ya hiciste lo tuyo.

Senenmut lo miró en silencio, como quien observa el paso del tiempo sobre una pirámide. No dijo nada. Solo volvió al jardín, donde cada día regaba los mismos tres arbustos que él mismo había plantado hacía décadas.

Una mañana, tras una gran tormenta de arena, Amón vio que el jardín seguía intacto. Los arbustos, ahora altos y robustos, protegían su taller del viento y el polvo. Fue entonces cuando notó que todo lo que tenía —las herramientas, la casa, incluso el terreno— había sido construido por su abuelo.

Sintió vergüenza. Corrió al jardín, donde Senenmut lo esperaba con una sonrisa serena.

—Las raíces profundas no se ven —dijo el anciano—, pero son las que sostienen todo lo demás.

Desde entonces, Amón cuidó de su abuelo con la misma devoción con la que esculpía el mármol. Y descubrió que quien honra a los que vinieron antes, siempre tallará su obra sobre piedra firme.

Cuidar a los mayores no es un deber, es un privilegio que nos conecta con la historia que nos sostiene.

ENTRENAR LA PACIENCIA: UNA INVERSIÓN PARA TODA LA VIDA

Las piscinas públicas no deja de ser un fantástico campo para todo tipo de experimentos sociológicos. Observando el comportamiento de los más pequeños y su proporcional paciencia recordé un útil experimento.

En los años 70, un experimento aparentemente inocente con niños y malvaviscos cambió para siempre nuestra forma de entender la paciencia. Se colocaba un dulce frente a cada niño y se les decía, si esperas unos minutos sin comértelo, recibirás dos. Lo que parecía un simple juego demostró algo más profundo, los que lograban retrasar la gratificación desarrollaban mejores habilidades académicas, relaciones más estables y una mayor gestión emocional con el paso de los años.

La buena noticia es que esa habilidad no es un don, se entrena. Y podemos hacerlo cada día.

Cuando escondemos un deseo —un dulce, una compra, un mensaje pendiente— estamos fortaleciendo los circuitos de pausa de nuestro cerebro. Si, en lugar de dejarnos llevar, imaginamos que ya lo tenemos, visualizamos que lo disfrutamos o incluso nos vemos a nosotros mismos resistiendo, estamos creando nuevas conexiones neuronales. La neurociencia demuestra que ese tipo de ensayos mentales activa las mismas áreas que si lo estuviéramos viviendo, y eso reduce el ansia.

No se trata de negarnos placeres. Se trata de aprender a elegir cuándo, cómo y por qué los queremos. Porque lo inmediato nos da alivio, pero lo que llega tras la espera suele traernos crecimiento, sentido y satisfacción más duradera.

Aprender a esperar también es una forma de ganar seas pequeño o mayor.Como los niños del experimento, pero con toda la consciencia de los adultos que ya somos.

LA SUERTE DE TENER PUEBLO

Crecer en un pueblo es aprender a convivir con personas de todas las edades, oficios y mundos distintos sin que eso suponga ningún reto. Es natural. Se comparten estilos musicales entre el pasodoble y el reguetón, pasando por la salsa y el tecno. Se mezclan generaciones en actividades como rutas, charcas, pádel, gimnasia, aquagym o alguna que otra conferencia del centro cultural.

La piscina se convierte en lugar de reuniones, una exposición improvisada de sillas plegables, tumbonas y mesas de terraza donde cada cual busca su rincón de comodidad. Y la plaza se llena de niños,voces, risas, juegos, cafés y cañas, en una coreografía donde descanso y ocio intentan convivir con la mejor voluntad posible de todos.

Quien no tiene pueblo a veces vive encerrado en la burbuja de sus gustos, de sus horarios, de su mundo. Critica lo que no entiende, desprecia lo que no encaja. En cambio, quienes hemos tenido la suerte de tener pueblo, aprendimos desde niños a ceder, a respetar, a disfrutar de lo que otros nos muestran, sin edadismos, sin prejuicios, sin etiquetas.

Esa libertad que se vive en los pueblos, esa diversidad que se acepta con naturalidad, se lleva para siempre en el corazón. Y no hay mayor suerte que esa.

ANAPANASATI: LA RESPIRACIÓN COMO PUERTA AL SILENCIO

Los monjes budistas la utilizan desde hace más de 2.500 años para entrenar la mente. ¿Su base? Observar la respiración, sin controlarla. Solo seguirla con atención: el aire entrando… el aire saliendo.

Este ejercicio no pretende dejar la mente en blanco (algo casi imposible), sino dejar de identificarse con los pensamientos, observarlos como nubes que vienen y van, sin aferrarse ni rechazarlos.

CÓMO PRACTICARLO (3 MINUTOS)

1. Siéntate cómodo, con la espalda recta. O recuéstate si lo prefieres.

2. Cierra los ojos suavemente.

3. Lleva tu atención a la punta de la nariz o al abdomen. Observa cómo entra y sale el aire.

4. Cada vez que aparezca un pensamiento, simplemente dite mentalmente: “pensamiento”… y vuelve a la respiración.

5. No luches. Solo observa. Todo pasa.

Estudios en neurociencia han demostrado que esta práctica activa el córtex prefrontal (zona de regulación emocional) y reduce la actividad de la red neuronal por defecto, responsable del ruido mental, las rumiaciones y el diálogo interno constante.

Empieza con 3 minutos al día, justo al despertar o antes de dormir. Con la práctica, el silencio se vuelve un refugio… y una poderosa forma de reconectar contigo.

No se trata de callar la mente, sino de no dejar que grite más que tú.

VISUALIZAR PARA VIVIR MEJOR

Dicen que antes de que algo suceda fuera, debe suceder dentro. Y eso es justo lo que ocurre cuando visualizamos. Nuestro cerebro no distingue del todo entre lo que imaginamos vívidamente y lo que vivimos realmente. Al visualizar, se activan muchas de las mismas regiones cerebrales implicadas en la acción: la corteza motora, la amígdala emocional y áreas del sistema de recompensa.

Visualizar no es fantasear, es preparar el terreno mental, emocional y fisiológico para vivir mejor.

Uno de los ejercicios que propone el Dr. Andrew Huberman, neurocientífico de Stanford, es el de “el día perfecto”. Consiste en tomarte 2 minutos al despertar para visualizar cómo sería ese día si todo saliese bien: cómo te sentirías, qué harías, cómo te hablarías y cómo terminarías la jornada. No es un deseo, es un ensayo mental.

Este sencillo hábito tiene un impacto directo en tu estado emocional, tu motivación y tu enfoque. Alinea tus expectativas con tu intención y reduce la incertidumbre, uno de los grandes saboteadores del bienestar.

Anímate y haz este ejercicio cada mañana antes de mirar el móvil. Si puedes, acompáñalo con una respiración profunda. Luego actúa desde ese escenario mental que ya has creado.

Lo que visualizas, creas. Lo que entrenas por dentro, se fortalece por fuera. Y si hay que imaginar… que sea para construir.

BOSTEZAR Y ESTIRARSE: DOS PODERES INFRAESTIMADOS

Estirarse y bostezar no tienen buena prensa. Se asocian al aburrimiento, la falta de educación o incluso al desinterés. Pero en realidad, son dos de los gestos más potentes y naturales que tenemos para relajar el cuerpo y resetear la mente.

Bostezar no es solo señal de sueño. La neurociencia ha demostrado que ayuda a regular la temperatura del cerebro, mejora la atención y reduce el estrés. De hecho, muchos atletas de élite lo hacen antes de competir. Incluso se ha observado en neurocirujanos antes de una operación delicada.

Estirarse, por su parte, activa el sistema nervioso parasimpático: ese que te dice “todo está bien, puedes respirar”. Además, mejora la circulación, la postura y nos conecta con el cuerpo, que en momentos de estrés suele quedar completamente olvidado.

Así que la próxima vez que tengas una reunión importante, una charla difícil o un momento tenso, bosteza cinco veces seguidas y estírate como un gato al sol. No hace falta que te vean, pero hazlo.

Integra este mini ritual cada mañana y antes de cualquier situación estresante. Notarás cómo tu mente se aclara y tu cuerpo se prepara sin necesidad de café ni discursos motivacionales.

No subestimes el poder de lo sencillo. A veces el primer paso para estar presente… es bostezar.