
Es sorprendente contemplar la capacidad humana para la brutalidad, el odio despiadado dirigido hacia inocentes en aras de conseguir, matando, objetivos cuestionables. En un mundo globalizado donde las fronteras necesitan desvanecerse, se elevan incesantemente.
Debemos adoptar una visión más cosmopolita, reconociendo que todo lo que sucede nos afecta y que un territorio ya no es autónomo para asumir reto alguno.
La crueldad se disfraza de heroísmo en actos atroces, convirtiendo asesinatos, secuestros y violaciones en un bestializado espectáculo. ¿Acaso no somos todos habitantes de una tierra compartida, unidos por hilos históricos y genéticos que nos conectan?
La verdadera evolución debería ser humana, razonada, centrada en el cuidado y respeto hacia el otro, el distinto, el diferente. Entendiendo que las religiones y las ideologías deben ser útiles para la prosperidad, la paz y la convivencia.
En un mundo marcado por la incertidumbre, levantamos fronteras en lugar de tender puentes. Sin embargo, la respuesta no está en la división, sino en la condena unánime de la barbarie, sin matices ni justificaciones. A miles de kilómetros, necesitamos unirnos en un claro y rotundo no contra el terrorismo y la violencia.
La democracia, imperfecta pero el mal menor, nos ofrece la posibilidad de participar en las decisiones que moldean nuestras sociedades. Ni el terror ni la violencia deben alterar la esencia de nuestras comunidades que debe seguir la senda del acuerdo y la negociación.
En lugar de ceder ante la oscuridad, elevemos la voz al unísono, abrazando la humanidad que nos une y rechazando la brutalidad de los que intentan dividirnos.




















