EL CEREBRO OPTIMISTA Y EL CEREBRO PESIMISTA

Leyendo a David Waldman recuerdo lo importante que es recordar que no todos percibimos la vida de la misma manera, algunos cerebros tienden al optimismo y otros al pesimismo. Y no es un detalle menor.

El cerebro optimista, alimentado por la dopamina, encuentra motivos para avanzar incluso en medio de la tormenta. Se atreve, confía y crea. Esa chispa es la que enciende equipos y abre caminos.

El cerebro pesimista, en cambio, funciona con la amígdala más activa y el cortisol siempre vigilante. Ve peligros antes de que aparezcan, detecta fisuras y frena pasos en falso. Puede sonar incómodo, pero también es necesario.

La clave no es elegir uno u otro, sino aprender a integrar ambos. El optimismo como motor, el pesimismo como brújula. El primero para inspirar, el segundo para afinar la estrategia.

Como líderes, cuando sabemos equilibrar estos dos enfoques en nosotros y en nuestros equipos, convertimos la incertidumbre en una oportunidad de crecimiento. Un optimista sin pesimistas a su lado se arriesga demasiado. Un pesimista sin optimistas cerca se paraliza. Juntos, alcanzan el punto de realismo esperanzador que necesitamos.

La buena noticia es que el cerebro se entrena. Practicar la gratitud, visualizar futuros posibles y rodearse de diversidad de pensamiento fortalece ese equilibrio. Porque al final, liderar no es elegir entre la luz o la sombra, sino saber usarlas ambas para alumbrar el camino.

La próxima vez que tengas una decisión importante, escucha primero a tu parte optimista y luego deja que la parte pesimista haga las preguntas incómodas. Solo después de ambas voces toma la decisión.

EL FUEGO QUE NO CESA

Mientras la discusión política se centra en dónde está quien preside cada administración, en este agosto aciago para el fuego, a quienes lo vivimos de cerca se nos encoge el corazón con la impotencia de ver arder nuestro refugio… y, lo más duro, de despedir para siempre a un  ejemplar vecino.

Tras un invierno y primavera de lluvias torrenciales, el verde exuberante se convirtió, bajo el sol incesante y el calor extremo, en un mar de matorrales secos, altos como muros. En nuestros paseos por el parque de Tres Cantos lo comentábamos una y otra vez, hasta que por fin fue desbrozado. Esa simple acción preventiva salvó ese rincón. En Soto, algunos vecinos previsores lo hicieron por su cuenta. En el perímetro de Tres Cantos, no.

La prevención es la diferencia entre un verano seguro y un verano en llamas. Es mantener cortafuegos, limpiar caminos forestales y vigilar el monte todo el año, no solo cuando huele a humo.

Hoy, las tormentas secas acechan, y la hierba alta y seca que rodea nuestras ciudades es leña lista para un fuego explosivo, imposible de apagar con temperaturas tropicales.

Gracias, de corazón, a todos los servicios de emergencia, policías, guardias civiles, bomberos, Cruz Roja, Protección Civil, y a tantos vecinos que, sorprendidos en sus casas, trabajaron sin descanso y pusieron todo lo que tenían.

Cuando llegue la primavera, recordemos que el verano se gana en invierno. No en discursos ni en fotos, sino en prevención. Porque si seguimos dejando que todo dependa de una sola persona, seguiremos viendo arder nuestros refugios.

EL JARDÍN DEL NILO

En la orilla fértil del Nilo, donde las palmeras bailan con el viento y los ibis blancos cruzan el cielo como oraciones al sol, vivía Amón, un joven escultor egipcio. Era conocido por su talento para esculpir figuras perfectas en piedra, pero también por su impaciencia.

Su abuelo, Senenmut, había sido arquitecto de templos y guardaba la sabiduría de muchas generaciones. Pero ahora caminaba lento, hablaba despacio y a veces se perdía en recuerdos.

—Abuelo, ya no tienes fuerza para ayudarme —le dijo Amón una tarde—. Mis obras deben avanzar. Tú ya hiciste lo tuyo.

Senenmut lo miró en silencio, como quien observa el paso del tiempo sobre una pirámide. No dijo nada. Solo volvió al jardín, donde cada día regaba los mismos tres arbustos que él mismo había plantado hacía décadas.

Una mañana, tras una gran tormenta de arena, Amón vio que el jardín seguía intacto. Los arbustos, ahora altos y robustos, protegían su taller del viento y el polvo. Fue entonces cuando notó que todo lo que tenía —las herramientas, la casa, incluso el terreno— había sido construido por su abuelo.

Sintió vergüenza. Corrió al jardín, donde Senenmut lo esperaba con una sonrisa serena.

—Las raíces profundas no se ven —dijo el anciano—, pero son las que sostienen todo lo demás.

Desde entonces, Amón cuidó de su abuelo con la misma devoción con la que esculpía el mármol. Y descubrió que quien honra a los que vinieron antes, siempre tallará su obra sobre piedra firme.

Cuidar a los mayores no es un deber, es un privilegio que nos conecta con la historia que nos sostiene.

ENTRENAR LA PACIENCIA: UNA INVERSIÓN PARA TODA LA VIDA

Las piscinas públicas no deja de ser un fantástico campo para todo tipo de experimentos sociológicos. Observando el comportamiento de los más pequeños y su proporcional paciencia recordé un útil experimento.

En los años 70, un experimento aparentemente inocente con niños y malvaviscos cambió para siempre nuestra forma de entender la paciencia. Se colocaba un dulce frente a cada niño y se les decía, si esperas unos minutos sin comértelo, recibirás dos. Lo que parecía un simple juego demostró algo más profundo, los que lograban retrasar la gratificación desarrollaban mejores habilidades académicas, relaciones más estables y una mayor gestión emocional con el paso de los años.

La buena noticia es que esa habilidad no es un don, se entrena. Y podemos hacerlo cada día.

Cuando escondemos un deseo —un dulce, una compra, un mensaje pendiente— estamos fortaleciendo los circuitos de pausa de nuestro cerebro. Si, en lugar de dejarnos llevar, imaginamos que ya lo tenemos, visualizamos que lo disfrutamos o incluso nos vemos a nosotros mismos resistiendo, estamos creando nuevas conexiones neuronales. La neurociencia demuestra que ese tipo de ensayos mentales activa las mismas áreas que si lo estuviéramos viviendo, y eso reduce el ansia.

No se trata de negarnos placeres. Se trata de aprender a elegir cuándo, cómo y por qué los queremos. Porque lo inmediato nos da alivio, pero lo que llega tras la espera suele traernos crecimiento, sentido y satisfacción más duradera.

Aprender a esperar también es una forma de ganar seas pequeño o mayor.Como los niños del experimento, pero con toda la consciencia de los adultos que ya somos.

LA SUERTE DE TENER PUEBLO

Crecer en un pueblo es aprender a convivir con personas de todas las edades, oficios y mundos distintos sin que eso suponga ningún reto. Es natural. Se comparten estilos musicales entre el pasodoble y el reguetón, pasando por la salsa y el tecno. Se mezclan generaciones en actividades como rutas, charcas, pádel, gimnasia, aquagym o alguna que otra conferencia del centro cultural.

La piscina se convierte en lugar de reuniones, una exposición improvisada de sillas plegables, tumbonas y mesas de terraza donde cada cual busca su rincón de comodidad. Y la plaza se llena de niños,voces, risas, juegos, cafés y cañas, en una coreografía donde descanso y ocio intentan convivir con la mejor voluntad posible de todos.

Quien no tiene pueblo a veces vive encerrado en la burbuja de sus gustos, de sus horarios, de su mundo. Critica lo que no entiende, desprecia lo que no encaja. En cambio, quienes hemos tenido la suerte de tener pueblo, aprendimos desde niños a ceder, a respetar, a disfrutar de lo que otros nos muestran, sin edadismos, sin prejuicios, sin etiquetas.

Esa libertad que se vive en los pueblos, esa diversidad que se acepta con naturalidad, se lleva para siempre en el corazón. Y no hay mayor suerte que esa.

ANAPANASATI: LA RESPIRACIÓN COMO PUERTA AL SILENCIO

Los monjes budistas la utilizan desde hace más de 2.500 años para entrenar la mente. ¿Su base? Observar la respiración, sin controlarla. Solo seguirla con atención: el aire entrando… el aire saliendo.

Este ejercicio no pretende dejar la mente en blanco (algo casi imposible), sino dejar de identificarse con los pensamientos, observarlos como nubes que vienen y van, sin aferrarse ni rechazarlos.

CÓMO PRACTICARLO (3 MINUTOS)

1. Siéntate cómodo, con la espalda recta. O recuéstate si lo prefieres.

2. Cierra los ojos suavemente.

3. Lleva tu atención a la punta de la nariz o al abdomen. Observa cómo entra y sale el aire.

4. Cada vez que aparezca un pensamiento, simplemente dite mentalmente: “pensamiento”… y vuelve a la respiración.

5. No luches. Solo observa. Todo pasa.

Estudios en neurociencia han demostrado que esta práctica activa el córtex prefrontal (zona de regulación emocional) y reduce la actividad de la red neuronal por defecto, responsable del ruido mental, las rumiaciones y el diálogo interno constante.

Empieza con 3 minutos al día, justo al despertar o antes de dormir. Con la práctica, el silencio se vuelve un refugio… y una poderosa forma de reconectar contigo.

No se trata de callar la mente, sino de no dejar que grite más que tú.

VISUALIZAR PARA VIVIR MEJOR

Dicen que antes de que algo suceda fuera, debe suceder dentro. Y eso es justo lo que ocurre cuando visualizamos. Nuestro cerebro no distingue del todo entre lo que imaginamos vívidamente y lo que vivimos realmente. Al visualizar, se activan muchas de las mismas regiones cerebrales implicadas en la acción: la corteza motora, la amígdala emocional y áreas del sistema de recompensa.

Visualizar no es fantasear, es preparar el terreno mental, emocional y fisiológico para vivir mejor.

Uno de los ejercicios que propone el Dr. Andrew Huberman, neurocientífico de Stanford, es el de “el día perfecto”. Consiste en tomarte 2 minutos al despertar para visualizar cómo sería ese día si todo saliese bien: cómo te sentirías, qué harías, cómo te hablarías y cómo terminarías la jornada. No es un deseo, es un ensayo mental.

Este sencillo hábito tiene un impacto directo en tu estado emocional, tu motivación y tu enfoque. Alinea tus expectativas con tu intención y reduce la incertidumbre, uno de los grandes saboteadores del bienestar.

Anímate y haz este ejercicio cada mañana antes de mirar el móvil. Si puedes, acompáñalo con una respiración profunda. Luego actúa desde ese escenario mental que ya has creado.

Lo que visualizas, creas. Lo que entrenas por dentro, se fortalece por fuera. Y si hay que imaginar… que sea para construir.

BOSTEZAR Y ESTIRARSE: DOS PODERES INFRAESTIMADOS

Estirarse y bostezar no tienen buena prensa. Se asocian al aburrimiento, la falta de educación o incluso al desinterés. Pero en realidad, son dos de los gestos más potentes y naturales que tenemos para relajar el cuerpo y resetear la mente.

Bostezar no es solo señal de sueño. La neurociencia ha demostrado que ayuda a regular la temperatura del cerebro, mejora la atención y reduce el estrés. De hecho, muchos atletas de élite lo hacen antes de competir. Incluso se ha observado en neurocirujanos antes de una operación delicada.

Estirarse, por su parte, activa el sistema nervioso parasimpático: ese que te dice “todo está bien, puedes respirar”. Además, mejora la circulación, la postura y nos conecta con el cuerpo, que en momentos de estrés suele quedar completamente olvidado.

Así que la próxima vez que tengas una reunión importante, una charla difícil o un momento tenso, bosteza cinco veces seguidas y estírate como un gato al sol. No hace falta que te vean, pero hazlo.

Integra este mini ritual cada mañana y antes de cualquier situación estresante. Notarás cómo tu mente se aclara y tu cuerpo se prepara sin necesidad de café ni discursos motivacionales.

No subestimes el poder de lo sencillo. A veces el primer paso para estar presente… es bostezar.

MIRAR POR ENCIMA DEL MÓVIL

Da igual el lugar del mundo en el que estés, miramos tanto la pantalla del teléfono que levantar la vista ya nos da rubor. Nos incomoda mirar directamente o ser mirados. No estamos acostumbrados.Preferimos escrutar la vida de los demás con dos dedos, ampliando cada detalle por más oculto que esté.

Eso no nos incomoda. Lo hacemos sin reparos, sin que nadie lo sepa. A veces incluso juzgamos, amenazamos, opinamos bajo seudónimos… sin darnos cuenta de que frente a frente no tendríamos el valor de decir una sola palabra de lo escrito.

Observar a través de una pantalla muchas veces nos deshumaniza. Nos aleja de la empatía. Y nos hace olvidar que la verdadera conexión no se mide en likes, sino en miradas que sostienen, en gestos que apoyan. Lejos de haters desconectados. 

El anonimato no es un escudo. Y el móvil no debería ser una barrera entre nosotros y el mundo.

Atrévete a levantar la vista. A mirar con intención. A encontrarte con el otro.

Porque esos centímetros de cristal que nos separan, a veces también nos hacen peores.

Hoy, en tu paseo, en la piscina, en la cola del supermercado o en la terraza del  bar… levanta la mirada. Mira a alguien a los ojos y regala una sonrisa. Quizá ese gesto sencillo te devuelva algo que no sabías que necesitabas.

¿Y SI VOLVIÉRAMOS A CONSTRUIR PIRÁMIDES?

Hace más de 4.500 años, miles de personas dedicaban su vida —sí, su vida— a construir una pirámide. No eran esclavos como se creyó durante siglos, sino trabajadores bien alimentados que sentían que participaban en algo más grande que ellos mismos: honrar al faraón y dejar huella.

La Gran Pirámide de Guiza tardó unos 20 años en completarse. Dos décadas de esfuerzo, precisión y propósito. Hoy, nos cuesta esperar más de 20 segundos a que cargue una web.

Vivimos en la era de la inmediatez, donde lo que no es útil ya, ahora, enseguida, se descarta. Creamos contenido que desaparece en 24 horas, decisiones que se toman en segundos y relaciones que a veces duran lo que tarda un mensaje en ser leído. Nada parece estar hecho para perdurar.

Y sin embargo, nuestro cerebro anhela lo contrario. La neurociencia nos recuerda que el sentido de propósito y pertenencia activa las mismas zonas que se estimulan con el placer o la conexión emocional. Es decir: lo duradero, lo que cuenta una historia, lo que se construye con intención, nos hace bien.

Quizá las pirámides no fueron solo tumbas monumentales, sino un símbolo de lo que puede lograrse cuando pensamos a largo plazo. Tal vez hoy no necesitemos piedras, pero sí proyectos, relaciones y vidas que valga la pena sostener.

Dediquemos  hoy 5 minutos a imaginar algo que queramos construir en los próximos 5 años. No para publicarlo, sino para dejarlo crecer. Como las pirámides. En silencio. Y con sentido.

HATHOR, LA DIOSA QUE ABRAZA AL MUNDO

En lo alto de Egipto, en el templo de Dendera, se respira la energía de una de las deidades más queridas del antiguo panteón egipcio: Hathor. Diosa del amor, la música, la maternidad y la alegría, Hathor no solo era venerada por su poder, sino también por su dulzura. Era aquella a quien se pedía consuelo, fertilidad y renovación emocional.

Su templo en Dendera, uno de los mejor conservados del país, es un testimonio de cómo los antiguos egipcios entendían la conexión entre el cielo y la tierra. En él, Hathor aparece representada con un rostro sereno, orejas de vaca y el disco solar entre sus cuernos, símbolos de nutrición, protección y vínculo celestial. 

Los techos del templo conservan aún sus azules estrellados, y gracias a todos los profesionales que con cariño y esfuerzo trabajan en su restauración podemos disfrutarlos, incluso una de las joyas que guarda es el famoso zodíaco de Dendera, prueba de cómo las estrellas y la espiritualidad caminaban juntas.

Curiosamente, Hathor también era considerada la protectora de los viajeros y del renacimiento tras la muerte. En los rituales, era quien guiaba a las almas al otro lado, como una madre que lleva en brazos al recién nacido, pero esta vez en dirección al más allá.

Caminar por su templo es recibir un abrazo invisible, una invitación a conectar con lo femenino sagrado, con la capacidad de amar, sanar y renacer. Sacad a vuestra diosa ya! 

LIDERAZGO ESCULPIDO EN PIEDRA Y AGUA

Al llegar en barca al Templo de Philae, uno siente que algo cambia. El aire es más suave, el silencio pesa distinto. Esta isla sagrada, dedicada a la diosa Isis, fue durante siglos un faro espiritual en Egipto. Y estoy segura de que lo sigue siendo.

Isis no era cualquier diosa. Fue esposa, madre, hermana, hechicera, reina. Su liderazgo no era de trono y espada, sino de compasión, sabiduría y reconstrucción. Cuando Osiris fue despedazado, fue ella quien recorrió el mundo para recomponerlo. Os suena al rol que ocupan muchas mujeres de unión. Ella lo logró. Isis es símbolo de un liderazgo que une lo roto, que no abandona en el caos, que sostiene incluso cuando todo parece perdido.

Philae fue uno de los últimos lugares donde se escribieron jeroglíficos. Y resistió hasta bien entrado el siglo VI. Su historia es la de la resistencia, la devoción y la capacidad de preservar lo esencial más allá del cambio. Como los verdaderos líderes.

Mientras el templo fue rescatado piedra a piedra por la UNESCO, tras la amenaza de ser devorado por las aguas tras la construcción de la presa de Asuán. Salvaron lo sagrado, aunque cueste reconstruirlo desde cero.

La última inscripción jeroglífica conocida está en este templo. Es del año 394 d.C., y con ella, se cerró una era. No con violencia, sino con silencio. Como muchas transiciones de liderazgo sin que se note, como debería ser. 

Liderar no siempre es hablar más alto. A veces es escuchar mejor, reconstruir con paciencia, y honrar lo que otros han olvidado. Como Isis, como Philae. Como tú, cuando eliges sostener en vez de imponer.

NEFERTARI, TALLADA EN IGUALDAD

A veces, el pasado grita más alto que el presente.

Frente a los colosos de Abu Simbel, donde Ramsés II ordenó esculpir su grandeza en piedra, hay algo aún más poderoso: la presencia de su esposa Nefertari, representada a la misma escala. En una época en la que el tamaño era sinónimo de poder divino, verla tallada igual que el faraón no es un detalle estético, es un manifiesto: “a quien el sol brilla por igual”.

Egipto no fue solo la cuna de las pirámides, también fue el hogar de mujeres médicas, juezas y escribas. Merit Ptah, considerada la primera médica de la historia registrada, vivió 2.700 años antes de Cristo. La reina Hatshepsut gobernó como faraón absoluto durante más de dos décadas. No como esposa, no como sombra, sino como líder plena, con barba ceremonial y todo.

Y aún así, siglos después, muchas culturas eligieron reinterpretar estos símbolos, escondiendo a las mujeres entre márgenes y silencios. Lo que antes se cincelaba con orgullo en granito, se fue diluyendo bajo las arenas del patriarcado.

Pero las piedras no mienten. En Abu Simbel, el templo pequeño dedicado a Nefertari está lleno de escenas de amor, devoción y respeto. Ramsés no la esconde: la eleva. Incluso los jeroglíficos dicen que fue “la amada por Mut”, la diosa madre. 

Los egipcios creían que el nombre de una persona debía ser repetido para seguir viva. Así que cuando nombras a Nefertari, a Hatshepsut, a Merit Ptah… estás devolviéndoles su poder.

Observa cómo representas a los demás en tu vida. ¿Los haces grandes a tu lado, o prefieres brillar solo? El verdadero liderazgo no teme compartir el pedestal.

ESCRIBIR PARA NO OLVIDAR

Pasear por Egipto es como caminar entre las palabras de una civilización que no quiso ser olvidada. Cada muro, cada columna y cada sarcófago está cubierto de jeroglíficos, esos dibujos sagrados que hablaban con los dioses y con el tiempo. Y no solo contaban historias… las hacían eternas.

En este viaje me he dado cuenta de algo poderoso: los egipcios no escribían solo para comunicarse, escribían para permanecer. Cada símbolo era un acto de memoria, de magia, de conexión con lo divino y con lo humano. Su escritura nació hace más de 5.000 años y aún hoy sigue hablándonos. No con voz, sino con forma, belleza y sentido.

Aquí, ser escriba era ser puente entre mundos. No todos podían aprender a escribir, pero quienes lo hacían llevaban en sus manos el poder de guardar las leyes, los mitos, las vidas. De hecho, el título de “escriba real” era tan prestigioso que muchos preferían esa función a ser militares o sacerdotes. La tinta, hecha con carbón y ocre, era su arma más poderosa.

Y mientras pienso en esto, recuerdo algo que confirma la ciencia actual, escribir a mano activa zonas del cerebro relacionadas con la comprensión, la memoria a largo plazo y la creatividad. No es casualidad que recordemos mejor lo que escribimos a mano, nuestro cerebro crea un mapa sensorial que refuerza el aprendizaje.

Escribe hoy algo a mano. Una idea, un sueño, una emoción. Hazlo sin prisa. Porque como en Egipto, escribir sigue siendo una forma de dejar huella… en el mundo y en ti mismo.

CUANDO LAS MUJERES NO QUIEREN GUERRA

Las mujeres no hacen guerras. Las sufren.

Pierden padres, maridos, hermanos e hijos. Cargan con la reconstrucción. Sostienen la vida cuando otros la destruyen.

Por eso no es casualidad que, a lo largo de la historia, los períodos liderados por mujeres hayan tenido un tinte distinto. Uno de ellos fue el reinado de Hatshepsut, la gran faraona de Egipto. Gobernó con firmeza, sabiduría y visión durante más de 20 años, en uno de los momentos más prósperos y pacíficos de su tiempo.

Hatshepsut no se obsesionó con expandir fronteras a golpe de espada. Lo hizo a través del comercio, la diplomacia y la arquitectura. Trajo riquezas a Egipto desde Punt, construyó templos majestuosos y consolidó alianzas duraderas. Su legado fue de esplendor, no de conquista sangrienta.

Su historia nos recuerda que la fuerza no siempre ruge, a veces construye. Que gobernar con compasión, inteligencia y propósito es más poderoso que imponer con miedo. Y que cuando una mujer lidera, no siempre quiere parecerse a un hombre: muchas veces quiere cambiar las reglas del juego.

Estudios recientes confirman que los cerebros femeninos, en situaciones de liderazgo, muestran mayor activación en áreas relacionadas con la empatía y la cooperación. Esto no es debilidad, es una ventaja evolutiva. Y necesitamos más de ella.

LLENA TU CAJA DE LAS PEQUEÑAS COSAS

Es un lugar común decir que la felicidad está en disfrutar de las pequeñas cosas. Así, en general, sin concretar. Y como no rellenamos ese archivo mental, pierde fuerza dentro de nosotros. Nuestra mente, rápida, se va hacia grandes viajes, posesiones materiales o actividades exclusivas.

Y eso, a pesar de que quienes estudian a fondo la felicidad nos insisten en lo contrario: pequeños gestos amables, gratitud diaria, relaciones sociales sanas y profundas.

Seguimos, sin embargo, atrapados en el bucle de lo grandioso.

Hoy te propongo algo sencillo: llenar la caja de las pequeñas cosas. Esas que te sacan una sonrisa, que te inspiran, que te calman. Que a veces ni sabías que estaban ahí. Es verdad, da pereza coger papel y boli, o abrir una nota en el móvil. Pero merece la pena.

Porque cuando detectamos con claridad lo que nos proporciona ese pequeño placer, lo reconocemos antes, lo valoramos más y lo disfrutamos mejor.

Y es entonces cuando entendemos que la vida sí está hecha de esas pequeñas cosas. Que no son accesorias. Que, unidas, pueden cambiar por completo la forma en que percibimos nuestra felicidad.

Anota ahora mismo tan solo tres pequeñas cosas placenteras que pueden cada día activar tu sistema de recompensa y refuerza los circuitos neuronales ligados al bienestar. En pocas semanas, tu cerebro empezará a detectarlas más fácilmente… y a disfrutarlas más intensamente.

EL FAROL DE ARROZ

En un antiguo pueblo del Japón, donde los tejados eran de madera y los caminos de piedra, vivía un joven llamado Kaito. Era introspectivo, profundo, siempre pensando en su propósito, en su destino, en lo que la vida tenía reservado para él.

Un día, una gran tormenta azotó la región. Los ríos se desbordaron, los campos se anegaron y la noche llegó sin luna ni estrellas. Las calles quedaron oscuras, y la gente del pueblo, desorientada, no sabía cómo volver a sus casas.

Kaito, en su refugio, meditaba:

—¿Qué me enseña esta oscuridad? ¿Qué parte de mí necesita luz?

Mientras pensaba, oyó golpes en su puerta. Era la anciana vecina, temblando de frío y miedo.

—¿Tienes un farol, hijo? No veo nada y no puedo volver a casa.

Kaito, molesto por la interrupción, le ofreció un farol de arroz, de esos que él mismo fabricaba con esmero. Ella lo tomó agradecida y desapareció en la oscuridad.

Al rato, volvió otro vecino. Y luego otro. Uno a uno, Kaito fue entregando todos sus faroles. Al final de la noche, no quedaba ninguno… pero el pueblo entero brillaba. Desde lo alto, las calles parecían un río de luz.

Kaito salió y sintió el aire fresco en la cara. Por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en sí mismo, sino en los demás. Y esa noche, se dio cuenta de algo que ningún pergamino le había enseñado:

A veces, la mejor manera de encontrarse… es alumbrando el camino de otros.

Cuando dejas de buscar tu luz y comienzas a ofrecerla, descubres que siempre la tuviste.

MEJOR QUE NADA

Muchos luchamos contra la personalidad “todo o nada”, esa que nos empuja a desfondarnos por un objetivo… o directamente a no empezar, porque hacer algo a medias no encaja en nuestro esquema.

Vivir así durante años desgasta. Y por eso, algunos hemos aprendido a aplicar estrategias que suavicen ese patrón. Una de las más simples —y a la vez más poderosas— es esta: “mejor que nada”.

Escuchar una charla TED en inglés para practicar, aunque solo dure 15 minutos, es mejor que nada. Dar un paseo de media hora, mejor que no moverse. Hacer 20 sentadillas, mejor que posponerlo al lunes perfecto. Escribir unas líneas, grabar un vídeo rápido, tener un gesto amable con alguien. Todo eso suma. Todo eso cuenta. Todo eso… es mejor que nada.

No es solo una frase. Es una manera de ganar pequeñas batallas frente a la rigidez mental que nos frena. Una forma de construir una visión más flexible y compasiva sobre nosotros mismos. Porque avanzar un poco, todos los días, nos lleva mucho más lejos que esperar a que todo esté perfecto.

El cerebro refuerza hábitos con la repetición, no con la intensidad. Cada pequeña acción activa los circuitos de logro y motivación. Si repites con frecuencia algo manejable, la dopamina se alinea contigo. Así que recuerda: no necesitas hacerlo todo… solo empezar con algo. Mejor que nada.

LA IRONÍA DEL MIEDO

Resulta cuanto menos irónico que, mientras se plantea aprobar una ley que prohíba el uso del miedo en la publicidad, nuestros propios políticos y gobernantes utilicen el miedo como herramienta diaria de comunicación. Amenazas veladas, alarmismo constante y discursos que recuerdan más al síndrome de Estocolmo que a una democracia madura: cuanto más inútiles se muestran, más insisten en que sigamos confiando en ellos.

El problema es que el miedo no es neutro. La neurociencia ha demostrado que, ante estímulos de amenaza constante, el cerebro activa de forma repetida la amígdala y el sistema límbico, lo que dificulta el pensamiento crítico y favorece la obediencia automática. Vivir en alerta impide planificar a largo plazo, reduce la empatía y bloquea funciones ejecutivas como la toma de decisiones racionales.

En un mundo donde la colaboración real —no la cooperación interesada— será imprescindible para afrontar los desafíos globales que impactan directamente en nuestros problemas cotidianos, promover la confianza, la conexión y la visión a largo plazo debería ser prioritario.

Pero no. Aquí se gobierna apagando fuegos, se legisla por titulares y se comunica en función del último barómetro electoral. Lo importante es mover la aguja demoscópica, no resolver problemas. Lo urgente es el próximo eslogan, no el bienestar de los ciudadanos.

Mientras tanto, la confianza se erosiona, el diálogo se quiebra y la ciudadanía se acostumbra al ruido como si fuera normalidad. Y eso sí que debería darnos miedo.

Cuando sientas que una noticia o discurso te agita o te paraliza, haz una pausa de 90 segundos y respira profundamente por la nariz. Según la neurocientífica Jill Bolte Taylor, ese es el tiempo que necesita tu cerebro para procesar una emoción sin dejarse arrastrar por ella. Después, pregúntate: ¿Esto que siento es mío o inducido? Esa simple pregunta puede devolverte el control.

OBSERVAR PARA ENTENDER

En mis paseos observo —con cada vez más claridad— cómo pocas personas caminan o hacen ejercicio sin una distracción constante. La mayoría lleva auriculares escuchando música, noticias o podcasts. Algunos incluso hablan por teléfono y otros, a pesar del riesgo, caminan viendo vídeos en la pantalla.

Estamos perdiendo el hábito de estar. De observar. De escuchar. De ser conscientes de lo que nos rodea. De escuchar en el caso de mi paseo, chicharras, gritos de quienes juegan a algo,palomas, risas y conversaciones lejanas. 

Leía que en la cultura Sioux, cuando un joven se acercaba al momento de crecer, se le alejaba de la tribu durante varios días, solo, en la naturaleza. No se trataba de una prueba de supervivencia, sino de percepción. Al volver, los líderes de la tribu le preguntaban qué había escuchado, qué había visto. Si había reconocido el sonido distinto de los pájaros cuando se acerca una tormenta. Si había notado los movimientos del viento, la presencia de un animal, el lenguaje del entorno.

Nosotros, tan modernos, tan conectados, rara vez dejamos espacio para ese tipo de atención. Queremos saber más, pero prestamos menos atención. Queremos consumirlo todo, pero no nos damos el tiempo de digerir nada.

Quizá deberíamos, como ellos, salir un poco más de nosotros. Alejarnos del ruido artificial, entrenar nuestra mirada, afinar nuestro oído. No para volvernos expertos en la naturaleza, sino para volvernos un poco más humanos. Para descubrir que cuanto más entendemos lo que nos rodea, menos necesitamos para sentirnos en paz.