UN PAPA DE PUENTES EN TIEMPOS DE MUROS

Nació bajo el signo de Sagitario y, como muchos nacidos bajo ese fuego inquieto, nacimos libres. Libre de protocolos innecesarios, libre de miedos cómodos, libre de dogmas disfrazados de verdades absolutas. Llegó al papado como figura de transición y, sin embargo, marcó la diferencia con cada paso que dio.

Desde que tengo ocho años, he formado parte de organizaciones de todo tipo. Sé lo difícil que es cambiar algo, incluso cuando no funciona. El status quo es una trinchera, el miedo al cambio una religión paralela. Imagino el titánico esfuerzo que debe suponer mover una idea, una palabra o una intención dentro de una institución milenaria como la Iglesia. Ahí, cada movimiento es casi una heroicidad.

Francisco no ha callado. Ha arriesgado. Ha hablado cuando lo más fácil era mantenerse neutral. Ha defendido a los migrantes, a los excluidos, a los que algunos prefieren invisibilizar. Ha sido un hombre con los pies en la tierra y el corazón en las heridas del mundo.

Sé que muchos ya le han etiquetado, buscando color político en cada gesto, que intentarán encasillar su pensamiento como si no fuese humano, complejo, lleno de matices. Pero para mí es un referente de valentía y de ternura. Porque no basta con tener ideas claras, hay que dar un paso al frente y sostenerlas en medio de la tormenta.

Ha conciliado religiones sin titulares ruidosos, ha tendido puentes entre generaciones. Una metáfora que para mí simboliza su papado es bajarse del Papa-móvil, desmontado símbolos de distancia y acercándose, literalmente, al pueblo y a sus tribulaciones.

Su papado es una invitación a volver a lo esencial y eso es lo que me guardo, al amor, a la compasión, al encuentro. En un mundo que grita para imponer, él susurra para unir. Y ese susurro, cuando lo pronuncia un hombre libre en el corazón de una institución tan antigua, es más poderoso que cualquier grito.

LA RESISTENCIA HARVARD

Es admirable la posición que ha adoptado Harvard frente a las presiones de Trump. En un tiempo en que tantos medios y empresas ceden con rapidez ante el poder o el dinero, ver que una institución académica decide sostener sus valores por encima de las amenazas externas no solo es valiente y esencial, es ejemplar.

He visto en demasiados espacios cómo el dinero partidiza, justifica y erosiona el pensamiento crítico, cómo instituciones que nacieron para cultivar la libertad de ideas se pliegan por conveniencia, miedo o supuesto pragmatismo económico. Meses han tardado algunos en abandonar principios que defendían a capa y espada, como la diversidad, la sostenibilidad o la inclusión, para rendir pleitesía a quienes prometen beneficios rápidos o menos problemas.

Pero el conocimiento y el aprendizaje no son neutrales, se construyen sobre pilares firmes como la independencia, el rigor y compromiso social. Y cuando esos pilares se tambalean por presiones políticas o intereses económicos, lo que se derrumba no es solo una institución, es la confianza colectiva en que hay espacios donde todavía se piensa con libertad y se actúa con propósito.

Nuestros valores y el avance de la sociedad deberían ser irrenunciables. Porque solo desde ahí podemos construir una prosperidad compartida, basada en la cooperación, la colaboración y el bien común. Es cierto que se siente cierta soledad pero dormir con la conciencia tranquila merece la pena.

Harvard, hoy nos recuerda que todavía hay lugares donde la dignidad pesa más que la cuenta bancaria, y donde no todo se vende ni se negocia. Que sea una Universidad me emociona y esperanza a partes iguales y espero que así sea por mucho tiempo. Porque el día que las universidades empezaron a dejar de ser faros, el mundo empezó a ser más oscuro.

LAS MUJERES QUE ECHO DE MENOS

Echo de menos a Jacinda Ardern, que lideraba desde la empatía y la cercanía, demostrando que la firmeza no está reñida con la humanidad. En un mundo que premia la agresividad y el ruido, ella apostaba por la calma y la coherencia. Durante la pandemia, mientras otros líderes proyectaban fuerza con discursos duros, ella se dirigía a la nación desde el salón de su casa, con un lenguaje claro y humano. Porque la verdadera fortaleza no es imponer, sino convencer y unir.

Echo de menos a Angela Merkel, que durante años fue el centro de gravedad de Europa. Con su carácter pragmático y su capacidad para manejar las crisis sin perder la compostura, Merkel fue el reflejo de un liderazgo basado en la lógica y no en la emoción. No levantaba la voz, pero cuando hablaba, el mercado escuchaba.

Echo de menos a Kamala Harris, que se convirtió en símbolo de un cambio histórico pero que ha quedado atrapada en las sombras de una administración que no sabe cómo aprovecharla. Su voz debería estar liderando el discurso político, pero ha sido relegada a un papel secundario cuando más se necesita un liderazgo femenino visible y activo.

Echo de menos a Sanna Marin, que demostró que la juventud y la modernidad pueden convivir con la responsabilidad y el buen gobierno. Fue criticada por bailar en una fiesta, como si ser líder significara renunciar a ser humana. Pero cuando tuvo que tomar decisiones difíciles, lo hizo con valentía y claridad.

Echo de menos a Ellen Johnson Sirleaf, que con su mandato en Liberia no solo consolidó la paz tras una guerra civil, sino que mostró al mundo que las mujeres pueden gobernar con una mezcla de fuerza y sensibilidad.

Echo de menos a Michelle Bachelet, que supo construir desde el consenso, equilibrando políticas sociales y económicas con una capacidad de negociación que dejó huella en Chile y en la región.

Lo que echo de menos, en realidad, no son solo sus nombres. Es su estilo de liderazgo. Un liderazgo que apuesta por la colaboración en lugar de la imposición, por la calma en lugar del ruido y por la visión de futuro en lugar de la reacción constante. Una política que no nace del ego, sino del propósito.

Porque es una pena que en muchos países las mujeres que llegan al poder sigan empeñadas en emular el liderazgo masculino: agresivo, cortoplacista, de confrontación y fuerza. Como si para ser tomadas en serio necesitaran levantar la voz o marcar territorio. Pero ese no es el camino. 

Las líderes que dejaron huella lo hicieron precisamente porque no intentaron ser una versión femenina de sus colegas masculinos, sino porque aportaron algo nuevo, más estrategia, más empatía, más visión de largo plazo.

Echo de menos ese tipo de política. Y creo que no soy la única.

EL CERCANO Y SALVAJE  OESTE

Cuando el mundo empieza a parecerse al Lejano Oeste, lo primero que desaparece son las reglas. A los aranceles en marcha y pausados, se les suma ahora el ósculo en la retaguardia, una mezcla entre amenaza y servilismo que define este nuevo orden sin orden. Un escenario donde la diplomacia se ha vuelto espectáculo, y las relaciones internacionales, una partida de póker entre forasteros armados.

Basta mirar series como 1923 o  American Primeval para entender lo que ocurre cuando el mundo no avanza, sino que involuciona hacia el aislamiento, no solo de los países, sino de las personas. La crueldad y la ley del más fuerte prima, cada cual negocia en solitario, cada líder se cree más listo que el resto, y el que más grita e insulta es el que impone su voluntad.

Íbamos hacia un mundo que había que equilibrar para sostener la prosperidad, donde cada vez más países podían sumarse a un progreso compartido. Pero ahora caminamos hacia la más burda extorsión, donde el acuerdo se da solo tras la humillación pública y el chantaje se disfraza de liderazgo fuerte.

Ya no se compite por construir, sino por aplastar. El multilateralismo se deshace en nombre de la “soberanía”, y la cooperación se ve como debilidad.

Este futuro no es futurista. Es retroceso maquillado de audacia. Y si seguimos aplaudiendo a los que se presentan como “outsiders” justicieros, acabaremos en una distopía sin leyes, donde la única regla será la ley del más desconfiado.

Y ahí, nadie gana. Ni siquiera los que creen que vinieron a conquistar el nuevo mundo.

VEINTE AÑOS NO ES NADA… ¿O SÍ?

Hace veinte años incluímos por primera vez en un programa político el impulso a las instalaciones solares. Entonces ya era evidente que el futuro, al menos en España, pasaba por ahí. Pero como dice la canción, “veinte años no es nada”, y aquí estamos, con sol de sobra, con tecnología avanzada, y con Elon Musk sugiriendo que España debería construir una gran matriz solar para alimentar a toda Europa .

Antes seremos la Central de Europa que el auxilio de nuestros ciudadanos. Y sí el hazmereír del generador y las linternas en el kit de supervivencia, pudiendo ser todos autónomos energéticamente pero sería que eliminar la barrera económica de entrada era muy gravoso.

Este es el precio de hacer política mirando por el retrovisor. No se proyectan escenarios, se repite el guion de ayer, esperando que funcione en el mundo de mañana. Y el problema no es solo de visión, de no prever escenarios, sino de voluntad.

Durante dos décadas se tuvo la oportunidad de convertir la energía solar en una herramienta de transformación social y económica. Las placas se convirtieron  tristemente en una cuestión de ahorro y de hacer cuentitas y no estratégica, convirtiéndolo absurdamente en un símbolo de opción política , no de justicia y autonomía energética.

Aunque no se trataba claramente solo de ahorro, se trataba de soberanía, de sostenibilidad, de dignidad. Y ahora, lo que pudo ser una oportunidad compartida es una frustración colectiva.

El sol sigue ahí, disponible cada día. Pero el liderazgo que se necesitaba para aprovecharlo, ese sí que ha sido intermitente o mejor dicho inexistente.

Veinte años no es nada… si seguimos sin cambiar la forma de mirar el futuro al menos cambiemos a los que no lo ven. 

CUANDO LAS BARCAS SE ROZAN

Hace poco hemos celebrado el cumpleaños de  quien comparte mi vida y también he reflexionado sobre lo necesario para seguir cumpliendo años juntos,  esa sabiduría que se necesita para convivir con alguien cada día.

Convivir es como la vieja metáfora de tener dos barcas amarradas en el mismo embarcadero. Aunque cada una tenga su forma, su historia y su rumbo, inevitablemente se rozan. A veces con ternura y otras con fuerza. No hay forma de compartir espacio sin que eso ocurra.

Por eso es tan valioso desarrollar habilidades que nos permitan vivir juntos sin dañarnos. La tolerancia para aceptar que el otro no piensa ni siente igual y no tomárselo todo como una afrenta personal. El imprescindible respeto para entender que las diferencias no son amenazas sino oportunidades para entender y el perdón para soltar el rencor antes de que se haga ancla.

La convivencia es un reto diario. No solo entre parejas. También entre hermanos, amigos, compañeros de trabajo o familia. Estar cerca implica fricción pero también oportunidad. Oportunidad de crecer, de escuchar, de mirarse a uno mismo y no solo al otro.

Porque cuando el foco se pone solo en lo que el otro hace mal, olvidamos lo único que realmente podemos cambiar. Nuestra propia forma de estar. Nuestra forma de reaccionar de hablar, de responder o  no hacerlo.

Hoy más que nunca os animo a que agradezcamos la compañía que nos ayuda a mejorar. No desde el juicio sino desde la presencia. Porque al final lo que cuenta no es que las barcas no se toquen sino que el roce no rompa sino una.

EL PESCADOR DE CUATRO REDES

En un pequeño pueblo costero de Japón, vivía Haruki, un pescador conocido por su sonrisa tranquila y su manera serena de vivir. Cada mañana, antes del amanecer, salía en su barca con cuatro redes diferentes.

Un día, un joven ejecutivo que buscaba sentido en su vida llegó al pueblo. Había probado de todo: empresas, viajes, retos… pero seguía sintiéndose vacío. Al ver a Haruki tan en paz, le preguntó:

—¿Cuál es tu secreto? ¿Por qué pareces tan pleno todos los días?

Haruki lo miró con amabilidad y le dijo:

—Yo pesco con cuatro redes. Cada una representa una parte de mi vida que me sostiene y da sentido.

Lo llevó a su barca y comenzó a explicarle:

—La primera red es lo que amo: pescar al amanecer, sentir el mar, escuchar los silencios.

—La segunda red es lo que el mundo necesita: alimento fresco para el pueblo.

—La tercera red es por lo que me pagan: mi pescado es valorado y me permite vivir con dignidad.

—Y la cuarta red es lo que sé hacer bien: conozco las mareas, los vientos y los secretos del océano.

—Cuando lanzo las cuatro redes al mar —continuó— no solo pesco peces… pesco propósito.

El joven se quedó en silencio. Comprendió que el equilibrio no estaba en hacer mucho, sino en alinear sus pasiones, su utilidad, su talento y su sustento.

Desde entonces, empezó a construir su vida con sus propias cuatro redes.

“Tu ikigai es el mar donde se encuentran lo que amas, lo que sabes hacer, lo que el mundo necesita y por lo que te pueden pagar.”

MI HEROÍNA HABLA EN SILENCIO

Ella no sale en las noticias. No la verás dando discursos ni alzando pancartas. Pero cada día escribe una historia de resistencia con las manos vacías y el corazón lleno.

Es una mujer joven que huyó de la guerra en Ucrania con un solo propósito, proteger a su familia. En España, nada fue fácil. El idioma, una muralla. Su título universitario, sin valor. Y como si no bastara, el trastorno del espectro autista les sorprendió nada más llegar aquí con su hijo pequeño  y el mayor llegando a la adolescencia en un país que no entiende del todo.

Ella no se rindió. Movió cielo y tierra para que su hijo tuviera una plaza en un colegio especial que potencia sus capacidades. Se organizó sin red de apoyo, sin certezas, con una fuerza que nace del amor y la urgencia.

Pero hay batallas que no deberían existir. En los parques de bolas, su hijo recibe burlas. Le señalan, le evitan, le empujan. Y lo más doloroso no es solo la crueldad de algunos niños, sino el silencio cómplice de los adultos que miran hacia otro lado o, incluso, lo aprueban.

No podemos seguir educando con indiferencia. Debemos transformar estos espacios, que deberían ser de juego y descanso, en lugares inclusivos, amables y seguros. La diferencia no debería ser un motivo de exclusión, sino una oportunidad para aprender a convivir.

Nuestros hijos aprenden de lo que hacemos, no de lo que decimos. Y si no educamos en la diferencia, valorando la diversidad y enseñamos empatía, seguiremos fabricando un mundo hostil para quienes más apoyo necesitan.

Ella, mi heroína, no pide homenajes. Solo que dejemos de poner piedras en el camino de quienes ya cargan demasiado.

EL FENÓMENO FAN FAKE 

Repítelo las suficientes veces y lo creerán eso que el  político nazi hizo que pasara a la historia es una realidad cotidiana de la que no podemos permanecer al margen ni inadvertidos. Demasiada terrorífica casualidad  oír y ver tanta alusión a ese aberrante periodo de la Historia. 

Repítelo con entusiasmo y se convertirá en verdad. No importa si fue una acción inventada, una historia distorsionada o una imagen manipulada. Si genera emoción, si crea adhesión, si enciende el fenómeno fan, ya está hecho.

 Cialdini lo explicó con claridad, el principio de la prueba social nos lleva a confiar más en una afirmación cuando vemos que otros la aceptan. No investigamos, no cuestionamos; simplemente seguimos la corriente porque el grupo ya decidió por nosotros. Y en la era de las redes, esa corriente se mueve con la velocidad de un clic.

Un ejemplo clásico de manipulación es cuando se exagera el apoyo de un sector a un político  o se utiliza un gesto mínimo para inflar una narrativa regando medios y redes previamente. Basta con que un solo familiar  fan o ellos mismos se envíen una carta o un mensaje de apoyo para que el líder lo publique como si representara la voz de todo un colectivo. 

Se usa un tuit de un trabajador para decir que “todos los empleados están con él”, una foto con un científico para afirmar que “la comunidad científica le apoya” o un mensaje de un empresario para declarar que “el sector está de su lado”. Lo anecdótico se convierte en generalidad, lo particular en una verdad incuestionable.

El fanatismo político, cultural o ideológico funciona igual que el de un concierto, se alimenta de la emoción, de la identificación, de la sensación de pertenecer a algo más grande. Y cuando eso ocurre, los hechos dejan de importar.

El problema no es solo que alguien manipule la verdad. El problema es lo fácil que es manipularnos cuando ya no nos interesa contrastarla. Sobre todo cuando el aislamiento y la desconexión a la que nos someten con el miedo y es más fuerte que nuestro deseo de colaborar y cooperar que siempre han sido las señas de identidad para salir adelante. 

DE VÍCTIMAS A VERDUGOS 

La polarización es el mejor caldo de cultivo para los líderes que quieren eternizarse en el poder. En contextos donde la sociedad se divide en extremos, la emoción suplanta al juicio y el miedo alimenta el poder sin límites.

Muchos de estos líderes empiezan posicionándose como víctimas, del boicot de determinadas facciones, de un sistema corrupto, de una élite que los persigue, de una prensa que los “difama”, o de una justicia que, curiosamente, solo les incomoda cuando les toca. La manida mano negra que solo ellos ven. Cualquier acusación, error o delito se convierte en prueba irrefutable de la conspiración en su contra. Y así se fortalece su relato, cuanto más los cuestionan, más se autolegitiman.

El problema es que cuando acceden al poder, la máscara de víctima cae y emerge el verdadero rostro del poder sin frenos. Comienzan a modificar leyes a su antojo para perpetuarse, debilitan las instituciones, silencian a la prensa libre y convierten la democracia en un decorado vacío. Imitan a los mismos autoritarismos que antes prometían combatir, pero ahora con el control absoluto como objetivo.

La polarización no solo fragmenta a la sociedad, justifica el abuso, normaliza el desvío de poder y silencia la crítica. En lugar de alternancia, hay revancha. En lugar de justicia, ajuste de cuentas.

El verdadero liderazgo no necesita victimismo ni culto a la personalidad. Y una democracia sólida no se construye desde el resentimiento, sino desde la ley, el diálogo y los límites al poder. Porque si no se detiene a tiempo, el líder que ayer pedía justicia, mañana será el que la impida. A qué esperamos. 

¿QUÉ RUMIA TU VACA?

En un tranquilo valle, vivía una vaca llamada Mina. A simple vista, parecía como todas las demás: pastaba, rumiaba y descansaba bajo la sombra de los árboles. Pero había algo distinto en ella. Mientras las otras vacas masticaban hierba, Mina rumiaba pensamientos.

—¿Y si no soy lo suficientemente buena? —se decía mientras masticaba—. ¿Y si el granjero me reemplaza? ¿Y si mañana no hay pasto?

Día tras día, su cuerpo estaba quieto, pero su mente no paraba. Cada pensamiento negativo volvía una y otra vez, como el mismo bocado que nunca se traga del todo. Empezó a aislarse, a caminar menos, a comer sin hambre. Aunque todo a su alrededor estaba en calma, dentro de ella había una tormenta.

Una tarde, una vieja vaca se le acercó. Había visto muchas estaciones pasar, y su mirada era serena.

—¿Por qué no te unes al rebaño en la colina? El sol está tibio y el pasto fresco —dijo con dulzura.

—No puedo —respondió Mina—. Estoy ocupada… pensando.

La anciana sonrió.

—No todo lo que rumiamos alimenta. Algunas ideas, como la hierba seca, solo llenan sin nutrir. Si masticas lo mismo todo el tiempo, se pudre en tu boca y en tu mente.

Mina la miró, sorprendida. Por primera vez, dejó que el pensamiento se detuviera. Respiró hondo. Y al hacerlo, sintió que el pecho se le abría como un campo al amanecer.

Desde ese día, Mina aprendió a elegir sus pensamientos como elegía la hierba: con cuidado, buscando los que la hacían crecer.

CONDENA AL OSTRACISMO

Demasiado me recuerda todo a la antigua Grecia pero es que hay que volver a las raíces para no perder la perspectiva. En ella, el ostracismo era una condena sin barrotes, el destierro del nombre, la exclusión del relato, el olvido como forma de justicia. A quien se consideraba una amenaza para la polis se le negaba el lugar en la historia.

Hoy, hacemos justo lo contrario. A los asesinos más atroces les regalamos lo que más anhelaban, protagonismo. Les dedicamos series, documentales, biopics, entrevistas. Analizamos sus traumas, sus motivaciones, sus métodos. Les damos voz, rostro, narrativa. Les convertimos en personajes.

Entendiendo la necesidad de buscar los porqués de tales brutalidades, cualquier razón nunca va a ser suficiente. Y mientras tanto, las víctimas quedan desdibujadas sin derecho a protegerse de un vendaval mediático que, de nuevo, arrase su vida. Quedamos en un número, una foto en blanco y negro, una mención breve. Se habla más del asesino que del daño que causó. Se convierte en leyenda, ellas, en nota al pie.

Carnegie decía que una de las motivaciones humanas más profundas es sentirse importante. Muchos de estos criminales lo sabían. Mataron para existir, para dejar dolor y huella. De otra manera nunca hubiesen hecho nada que les sacase de la zona baja del montón. Y lo lograron. No por su crimen, sino porque nosotros les dimos escenario.

Es la neurociencia la que nos ayuda entender el efecto devastador  que se produce cuanto más exposición damos a un rostro, más familiar se vuelve. Y con la familiaridad, viene la empatía distorsionada, el morbo, la deshumanización de las víctimas.

Es hora de aplicar el ostracismo moderno, convenir como sociedad negarles la posteridad. Dejar de contar su historia como si fuera ficción y porque vende y empezar a dar espacio a quienes ya no pueden hablar.

El olvido no es siempre una injusticia. A veces, es la única condena que protege a los que aún estamos aquí. Solo basta ponerse en la situación de esa madre. 

TECNOLOGÍA EN LAS AULAS QUE AYUDE EN CASA

Si algo planteó claramente la aclamada serie sobre la adolescencia actual es el impacto de la tecnología en sus vidas y qué ocurre de puertas para adentro en sus habitaciones y en sus dispositivos en los que incluso los emoticonos pueden herir de muerte.

Tengo claro que la tecnología no es el problema. El problema es dónde, cómo y con quién la aprendemos a usar. En un mundo digitalizado, introducir la tecnología en las aulas no es una opción, es una necesidad. Pero no basta con enseñar a usar herramientas, hay que enseñar a no abusar de ellas, a usarlas con criterio, con conciencia y, sobre todo, con humanidad.

La escuela debe ser ese espacio donde la tecnología se convierte en aliada para crear, pensar y colaborar. Sabiendo que no hacerlo puede suponer ensanchar aún más una brecha digital laboral que marcha espídica.

Pero ese aprendizaje choca, a menudo, con lo que ocurre fuera del aula. En muchas casas, el móvil ya no es una herramienta, es una vía de escape. Hay muchos que pasan horas solos en sus habitaciones, que solo salen para discutir sobre hacer algo común o para pedir algo.

Familias donde cada uno vive en su burbuja de contenidos, sin conversaciones, sin referencias compartidas, sin tiempo real compartido.Algo que queda patente en los múltiples concursos de la televisión en los que hoy nadie sabe lo que ven o escuchan sus hermanos mayores o padres.

Nos preocupa el uso de pantallas en el colegio, pero ¿qué pasa con las horas que pasan en casa con un dispositivo como única compañía? No hablamos solo de adicción, sino de soledad disfrazada de conexión.

Educar en tecnología es también enseñar a parar, a mirar al otro, a conversar, a aburrirse sin pantallas. La tecnología debe formar parte del aprendizaje, sí, pero la convivencia no puede quedarse fuera de cobertura. Porque si no, el aula enseña y la casa deshace. Si no ayudamos a las familias a conectar en el colegio, haciendo comunidad, la brecha, esta vez, no será digital, será emocional.

PAY PER PERSON: METECOS MILLONARIOS

La nacionalidad, que alguna vez fue un derecho ligado a la identidad y la pertenencia, se ha convertido en otro producto de lujo cuando Trump lo ha llevado al siguiente nivel, proponiendo un modelo de ciudadanía por pasta, vendiendo tarjetas de residencia a cambio de una inversión económica considerable. Ya dice ha vendido más de 1000, solo accesible para quienes tienen suficiente capital.

Esos que no tienen fronteras y sí jurisdicciones favorables. Los que pueden nacionalizarse donde haya menos impuestos, donde la regulación los proteja o donde comprar un pasaporte les abra puertas.

Es, en esencia, la versión moderna de los metecos de la antigua Grecia. En Atenas, los metecos eran extranjeros que podían vivir, trabajar y contribuir económicamente a la ciudad, pero sin ser ciudadanos. No podían votar ni ocupar cargos públicos. La residencia era un privilegio económico, no un derecho político.

La diferencia es que, en la Atenas clásica, cualquier extranjero podía convertirse en meteco. En la versión moderna de Trump, solo los millonarios podrán serlo.

La ironía es que nos venden la idea de patriotismo mientras los que realmente mandan no son de ninguna nación, solo de su propio interés.El acceso a los derechos civiles y sociales, que alguna vez fueron el núcleo del contrato social, ahora es un lujo sujeto a una transferencia bancaria.

Si en la antigua Grecia los metecos sostenían la economía sin ser parte del cuerpo político, en la actualidad los nuevos metecos millonarios harán lo mismo, pero con una diferencia clave, no habrá ningún prostatés que los regule, porque los gobiernos ya están diseñando las leyes proteccionistas a medida. Si la lealtad se mide en capital, ¿qué queda del acuerdo social que construyó nuestras democracias?

Tal vez la verdadera pregunta no es qué país nos pertenece, sino a quién pertenece el país en el que vivimos. Y la respuesta parece clara “Make the rich even richer again.”

LA LLUVIA QUE NO SE DETENÍA

En una ciudad moderna, en medio de un distrito financiero, vivía Martinho, un ejecutivo brillante pero siempre insatisfecho. A pesar de su éxito, nada parecía ser suficiente: las metas eran demasiado exigentes, los clientes demasiado difíciles, el mercado demasiado inestable. Y cada vez que algo no salía como esperaba, Martinho se quejaba.

—Si las cosas fueran más fáciles… —decía—. Si el mercado fuera más estable… Si mi equipo trabajara mejor…

Un día, comenzó a llover. Primero una llovizna fina, luego un aguacero implacable. Los informes financieros se empapaban, las reuniones se cancelaban, los clientes se quejaban. Martinho, frustrado, miraba por la ventana con el ceño fruncido.

—¡Siempre llueve cuando menos lo necesito! —gritó.

Pero la lluvia no se detuvo. Al día siguiente, siguió lloviendo. Y el siguiente también. Martinho dejó de quejarse y comenzó a observar. Vio a algunos colegas esconderse bajo paraguas, otros apresurarse para no mojarse, pero también vio algo curioso: algunos salían a la lluvia sin quejarse. Se ponían un impermeable, seguían caminando, seguían trabajando.

Intrigado, Martinho salió a la calle sin paraguas. Sintió el agua fría en el rostro, pero siguió avanzando. Y se dio cuenta de algo: la lluvia no podía detenerlo a menos que él se lo permitiera.

Desde ese día, cada vez que algo salía mal en el trabajo, cada vez que las circunstancias eran adversas, Martinho recordaba la lluvia. Dejó de quejarse y comenzó a buscar soluciones. Comprendió que el problema no es la lluvia, sino la actitud con la que la enfrentas.

¿SUSPIRÁIS?

Perdonadme la broma y la referencia del título pero no he podido reprimir recordar lo que de pequeña contestábamos a esto a modo de chiste diciendo “ no todavía me quedo un ratito más”. Algo con lo que también quiero hacerle un mímito a mi papi al que se lo debí contar mil veces entonces.  

No sé si habrás reparado en que respiramos unas 20.000 veces al día, pero pocas de manera consciente. La mayor parte de nuestra respiración es automática y no recordamos que es una herramienta poderosa para regular el estado emocional y el rendimiento mental… si sabemos cómo usarla.

Siempre pienso que de pequeños si nos enseñaran a respirar avanzaríamos mucho en la gestión del estrés, de las emociones y en vivir el presente. Una respiración profunda y fuerte activa el sistema encargado de la relajación y la recuperación. Y ahora voy a lo que a mí me ayuda tanto en mi trabajo en el gimnasio que  indagué sobre ello, suspirar. Un suspiro largo y consciente no solo oxigena el cerebro, también baja el ritmo cardíaco y reduce la producción de cortisol, la hormona del estrés. Es como pulsar un botón interno de reset.

Un estudio de Stanford demostró que los suspiros tienen una función clave para el equilibrio emocional. Cuando suspiramos se produce  un intercambio de oxígeno más eficiente, mejorando la claridad mental y la sensación de calma. Es por eso que, cuando estás nervioso o ansioso, tu cuerpo suspira de manera involuntaria para intentar estabilizarse.

Un ejercicio práctico que te puede ayudar mucho es el siguiente: hacer una respiración doble (inhalación profunda, seguida de una inhalación corta) y luego exhala lentamente por la boca. Esto activa el nervio vago, facilitando una respuesta de relajación inmediata. Hazlo tres veces seguidas y notarás cómo la tensión baja casi al instante.

No subestimes el poder de un suspiro consciente. Es tu sistema nervioso intentando ayudarte. La próxima vez que sientas que el mundo va demasiado rápido, detente. Suspira fuerte. Tu cuerpo ya sabe cómo encontrar el equilibrio —solo tienes que recordárselo.

¿CUÁNTO VALE TU FELICIDAD?

Hoy he pasado unas horas comiendo con un amigo, uno de los que la política me regaló hace años, nuestra conversación me ha hecho reflexionar sobre todos los años que hemos dedicado apasionadamente a la política, lo que nos ha dado y lo que nos ha quitado y quiero compartir algo con vosotros.

He tenido la suerte de no tener que renunciar nunca a mi familia, ellos que son las rocas de mi vida y tengo tan claro que pocas cosas pueden aportarme más que compartir tiempo con ellos. Para mí nunca ha sido una elección difícil, o era compatible, o no era. Y ellos me lo pusieron muy fácil, siempre se sumaron a mi compromiso, a mi entusiasmo, a mis locuras, a mis ilusas ilusiones.

Son ellos los que, a veces hoy, me recuerdan el coste de no haber usado en otro lugar mis capacidades y habilidades, y cómo parezco desaprovecharlas. Sí, realmente a veces han creído que estar ocupada en infinitas reuniones, atada por infinitos ceros, dando charlas y viajando sin parar —es decir, siendo “importante” para otros— me proporcionaría felicidad y bienestar. Pero yo sé que no.

Hace años, estudiando la pirámide de Maslow, entendí que las necesidades sociales son tan importantes, o más, que las físicas. Basta con mirar a otros lugares del mundo donde las privaciones materiales son enormes, pero la felicidad no es directamente proporcional a la riqueza.

Pienso en todas esas personas que, por la presión personal o social, sacrifican tiempo con quienes más quieren para conseguir más cosas que ofrecerles. ¿Más estabilidad, más seguridad, más reconocimiento? Pero me pregunto, si esas personas, sus rocas, desaparecieran de la faz de la Tierra, ¿cuánto dinero serían capaz de pagar para que volvieran?

Esa es la verdadera medida de la felicidad. No está en el éxito, ni en los logros profesionales, ni en la admiración externa. Está en la gente que te espera en casa, en las conversaciones compartidas, en las risas y los silencios cómodos. La felicidad no es tenerlo todo, es saber que, aunque lo perdieras todo, habría alguien dispuesto a sentarse contigo para empezar de nuevo. Gracias amigo.

ADOLESCENCIA

La serie Adolescencia  es una interesante  rareza en estos tiempos, son solo cuatro capítulos y no es una historia de acción, sino de diálogos. En lugar de explosiones o giros dramáticos, lo que atrapa es la tensión que se genera en las conversaciones, esas que tanto echamos de menos ahora.

Atrapa en los silencios y en lo que no se dice. Invita a la reflexión porque muestra una verdad incómoda, la situación actual de ser padres, una tarea imposible para los que intentan controlar todo lo que hacen sus hijos, pero nunca saben realmente qué ocurre detrás de una puerta cerrada.

El asesinato reciente de la educadora social a manos de unos adolescentes  nos ha recordado brutalmente la  realidad de las familias que nos saben qué hacer con sus hijos. Nos aferramos a la idea de que podemos proteger a nuestros hijos controlando su entorno, supervisando sus amistades y limitando el acceso a ciertas plataformas. 

Pero la verdad es que tienen en sus manos, una ventana infinita abierta al mundo, y lo que ocurre al otro lado es casi incontrolable. Internet no solo expone a los jóvenes a influencias externas, sino que también normaliza muchas dinámicas de violencia y desconexión emocional.

Vivimos en una sociedad que busca culpables. Si un adolescente comete un acto violento, la culpa recae en los padres, en los educadores, en el sistema. Pero nadie habla de cuáles son las habilidades que tienen para vivir en un mundo tan diferente al nuestro, su soledad emocional, la desconexión que sienten muchos jóvenes, atrapados en una red de estímulos que les desborda y les aísla al mismo tiempo.

La serie refleja con precisión esa angustia parental. Padres que intentan anticiparse, proteger y prevenir, pero que chocan con la realidad de que los hijos, como todos, también tienen derecho a sus propios errores y secretos. La sobreprotección genera distancia y, en muchos casos, empuja a los adolescentes a buscar respuestas fuera del entorno familiar.

El verdadero reto no está en controlar cada paso que dan, sino en que entre todos creemos  un espacio de confianza donde puedan hablar cuando algo no funciona. Porque, al final, no se trata de cerrar la ventana, ni de buscar culpables sino de que sepan que pueden volver a casa cuando sientan que el mundo se vuelve demasiado oscuro

LA SERPIENTE Y EL LIDERAZGO SILENCIOSO

Hace muchos siglos, en Irlanda, vivía San Patricio, un hombre que no buscaba el poder, pero que tenía la capacidad de ver más allá de las apariencias. La isla estaba infestada de serpientes que no solo traían veneno y miedo, sino que simbolizaban los conflictos internos y la desunión entre los pueblos.

Los líderes de las tribus intentaron acabar con las serpientes por la fuerza: algunos ordenaron incendiar los campos, otros organizaron cacerías, pero las serpientes siempre volvían, más numerosas y más agresivas. La tensión entre los líderes aumentaba, y la población, agotada y sin esperanza, empezaba a creer que nunca encontrarían una solución.

Entonces, San Patricio hizo algo inesperado. En lugar de enfrentarse directamente a las serpientes, se acercó a ellas en silencio. No las atacó ni las desafió; simplemente tocó una campana y caminó hacia el mar. Las serpientes, atraídas por el sonido, lo siguieron en una larga y ordenada procesión. Cuando llegaron al borde del acantilado, San Patricio caminó hacia el agua, y las serpientes lo siguieron, desapareciendo para siempre en las profundidades.

Los líderes quedaron atónitos.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntaron.

—En lugar de luchar contra el caos, hice que el caos se dirigiera hacia un propósito —respondió San Patricio.

Desde ese día, los líderes entendieron que el verdadero liderazgo no siempre está en la fuerza, sino en la capacidad de guiar con calma, de escuchar el ruido y convertirlo en orden. No se trata de destruir los problemas, sino de darles una dirección.

¿El verdadero líder impone el orden o guía el caos hacia una solución?

ESFUÉRZATE EN EL ELOGIO

En la actualidad es dificil salir del lugar común de “ya no se puede hablar de nada, ni decir nada” en cuanto a elogios se refiere. Aunque la cuestión física sea la más recurrente es la menos efectiva y la más molesta de todas a las que podemos recurrir para captar la atención o valorar a alguien o su conducta.

El elogio tiene el mágico poder de transformar. Pero no cualquier elogio y menos alguno básico y tópico sino el que reconoce el esfuerzo y la actitud que es el que realmente impulsa el crecimiento. Un estudio de la Universidad de Stanford demostró que los niños elogiados por su esfuerzo con expresiones como ¡Qué bien que insististe hasta lograrlo!”desarrollan una mentalidad de crecimiento y son más propensos a afrontar desafíos. En cambio, si solo elogiamos el talento o el resultado ¡Qué inteligente eres!”,reforzamos una mentalidad fija que puede limitar la capacidad de asumir riesgos y mejorar.

Esta misma dinámica ocurre en el trabajo y en las relaciones personales. Cuando alguien resuelve un problema bajo presión, no basta con lo recurrente, decir “¡Buen trabajo!”. Es mucho más poderoso reconocer el proceso “Me impresionó cómo analizaste la situación y mantuviste la calma para encontrar una solución.” Ese tipo de elogio refuerza la conducta efectiva, no solo el resultado, y genera confianza y motivación para seguir intentándolo.

Ya sabes que todo lo que te traslado para tu utilidad tiene base científica en el siglo de los descubrimientos de la mente y sabemos que el elogio activa la liberación de dopamina y fortalece las conexiones neuronales asociadas a la motivación y la recompensa. Al elogiar el proceso en lugar del talento, estás entrenando al cerebro para buscar el aprendizaje continuo y la superación.

A partir de ahora, haz el esfuerzo, en lugar de elogiar solo el éxito, reconoce el camino que llevó a él. Elogiar el esfuerzo no solo refuerza el comportamiento positivo, sino que enseña que lo que realmente importa no es el resultado, sino la valentía de intentarlo. Y hace que consigamos ser una sociedad en la que crecer sea el propósito de muchos.