CUANDO TU VOZ TIENE QUE SER LA MÁS FUERTE

Escuchando entrevistas de personas jóvenes que han alcanzado el éxito o al menos la fama muy pronto hay algo que se repite una y otra vez. La importancia de conocerse a uno mismo antes de que el ruido lo invada todo. Antes de que las voces externas pesen más que la propia.

Porque tanto los elogios como las críticas pueden desorientar. Los aplausos inflan el ego y los ataques lo erosionan. Y si no sabes quién eres cualquiera de las dos cosas puede llevarte lejos de ti. Entender de qué es capaz tu ego es una tarea urgente. Puede impulsarte hacia metas individuales pero también puede hacerte perder el rumbo cuando lo que está en juego ya no eres solo tú.

Cuando tus objetivos empiezan a implicar a otros cambia el juego. Ya no basta con brillar. Hay que sostener. Cuidar. Escuchar. Ser resistente cuando las cosas no salen y empático cuando alguien falla. Ahí el ejemplo pesa más que el talento y la coherencia más que el discurso.

En ese punto la voz interior se vuelve clave. Esa voz que entrenaste cuando no ponerte el primero era difícil. Con la que negociaste cuando el ego pedía protagonismo y tú elegiste responsabilidad. Esa voz es la que te mantiene en pie cuando el éxito no llena y la fama no calma.

No conocerse deja un vacío peligroso. Un eco constante que te empuja a decisiones que no te representan. Y ese eco acaba dinamitando lo poco o lo mucho que hayas construido.

Conocerte no te protege del error pero te protege de perderte. Y en un mundo que grita sin parar escuchar tu propia voz es uno de los mayores actos de madurez que existen.

DEMASIADO HIELO EN EL CORAZON

Demasiadas casualidades en un día. Demasiadas casualidades que ponen los pelos de punta por lo real que parece que puedan ocurrir aquí mismo.
Viendo “Una batalla tras otra” la premiada película de Leonardo di Caprio se puede entender la injusticia, el temor y el sufrimiento de los que son perseguidos por soñar con una lugar mejor para sus familias. No donde los sueños se hagan realidad sino donde la lucha por la supervivencia se tome un pequeño descanso.

Pasé un verano en Minnesota, en concreto en Mineápolis, con una fantástica familia que me enseñó lo importante que era vivir en una comunidad cálida, generosa en la que todos eran importantes aunque fuesen prescindibles.

En esa misma ciudad me llena de esperanza y admiro el discurso de su Alcalde y de su Jefe de Policía ante el frío asesinato de dos de sus conciudadanos. Una madre con la suficiente sensibilidad para dedicarse a la poesía y un vocacional dedicado al cuidado con el enorme compromiso para plantarle cara a la inhumanidad del poder.

Sin sopesar tener el suficiente miedo para como muchos, aterrorizarse ante los miembros del “ICE” y es que se debe tener el corazón de hielo para dedicarse separar familias, a perseguir a quienes han construido durante años esa comunidad a base de esfuerzo y tesón.

La historia tiene demasiados ejemplos de persecuciones y atrocidades para seguir en el siglo XXI permitiendo esta inhumanidad en sociedades que considerándose avanzadas solo saben recurrir al terror para mantener un orden que solo les beneficia a ellos.

CLOCO: CUANDO EL YO NO NECESITA POSEER

Hay una diferencia sutil pero decisiva entre lo que somos y lo que creemos que nos pertenece. Entre el yo y el mío. Muchas veces construimos nuestra identidad a partir de lo que poseemos. Mi casa, mi ropa, mi coche, mis cosas. Como si al perderlas nos perdiéramos un poco también. Y así vamos dando a las propiedades un peso que no siempre nos devuelve nada parecido a sentido.

Pero y si fuera al revés. Y si nuestra identidad no se hiciera más grande por lo que acumulamos sino por el uso que damos a las cosas. Por la intención. Por la creatividad. Por la manera única en la que las incorporamos a nuestra vida. Usar algo con conciencia, con juego, con libertad, dice mucho más de quién eres que tenerlo guardado como prueba de estatus.

Ahí está el verdadero cambio de mirada. Pasar del mío al yo. Entender que lo que te define no es la posesión sino la experiencia. No es tener más sino usar mejor. No es comprar para sentir algo sino sentir para vivir más.

Eso es lo que quiero hacer con la ropa. Cambiar el mundo desde el uso. Demostrar que podemos obtener los mismos beneficios emocionales, expresivos y sociales sin comprar más, sin generar residuos, sin gastar por inercia y sin acumular frustración en armarios llenos y almas cansadas.

Compartir, reutilizar, experimentar. Vestir para vivir y no para poseer. Porque cuando el foco vuelve al yo, el mío pierde poder. Y en ese gesto pequeño pero profundo aparece una identidad más ligera, más libre y mucho más rica. 

LA TRAMPA DE TENER RAZÓN

Somos capaces de hacer casi cualquier cosa por llevar la razón. Discutir hasta romper amistades. Dañar lazos familiares. Hundir negocios. Tomar malas decisiones. Deshacer equipos que funcionaban. Todo porque alguien nos enseñó que el poder siempre tiene razón y que para mantener la autoridad hay que imponerla sin dudar.

Lo sorprendente es que sigamos creyendo esto en un mundo que cambia a una velocidad inédita, lleno de incertidumbre y de información accesible para cualquiera. Aun así, dudamos poco y afirmamos mucho. Y en ese empeño por no cuestionarnos mostramos justo lo contrario de lo que pretendemos demostrar. No fortaleza, sino incapacidad para liderar en contextos complejos.

Cuando todo se mueve, cuando ninguna verdad es definitiva, cualquier experiencia o punto de vista puede aportar algo valioso. Sin embargo, nos aferramos a lo que nuestros sentidos han percibido una vez, aunque esté incompleto o sea erróneo. Defendemos esa versión contra viento y marea convencidos de que resistir nos hace fuertes.

Pero ocurre lo contrario. La verdadera debilidad aparece cuando no sabemos escuchar, cuando confundimos autoridad con rigidez y seguridad con soberbia. Esa debilidad es la que rompe proyectos, enturbia relaciones y expulsa a las personas con más talento y potencial. Nadie quiere crecer donde no puede pensar en voz alta.

Quizá ha llegado el momento de dejar de tratar la obstinación como una virtud. Dudar no resta poder. Preguntar no debilita. Escuchar no te hace menos. Insistir en tener razón cuando la realidad cambia es tan absurdo como seguir defendiendo que la tierra es plana. Y sí, todavía hay quien lo hace.

EL VALOR OLVIDADO DE ACOMPAÑAR

Vivimos entrenados para buscar lo placentero y esquivar lo incómodo. Si algo duele, lo silenciamos. Si alguien sufre, cambiamos de tema. Queremos experiencias rápidas, emociones agradables y soluciones a golpe de clic. Y sin darnos cuenta, hemos desaprendido algo esencial, escuchar, consolar, estar.

No estamos acostumbrados a acompañar el dolor ajeno porque tampoco sabemos habitar el propio. Nos incomoda no tener respuestas, no poder arreglarlo todo. Preferimos la distracción a la presencia. Pero ahí hay una gran confusión. Creemos que la felicidad vive en la dopamina, en el subidón, en la recompensa inmediata. Y no es así. La felicidad que sostiene la vida está en la oxitocina. En la confianza, en el vínculo, en la compasión. En sentir que no estás solo cuando algo se rompe.

Escuchar de verdad es un acto profundo. No interrumpir. No minimizar. No correr a aconsejar. Consolar no es quitar el dolor, es decir sin palabras estoy aquí contigo. Y eso, aunque parezca pequeño, es lo que más nos repara como humanos.

Saber acompañar también nos prepara para algo igual de importante, dejarnos acompañar. Nadie puede sostenerse solo todo el tiempo. La compasión no es debilidad, es tejido social. Es lo que nos constituye y lo que nos mantiene unidos cuando lo demás falla.

Quizá hemos sobrevalorado la felicidad brillante y hemos infravalorado la que cuida. La que no se muestra, pero permanece. La que nace cuando alguien escucha sin huir y consuela sin querer brillar. Ahí, justo ahí, sigue viviendo lo más humano que tenemos.

CUANDO LA VIDA NOS PONE A PRUEBA

Un accidente fortuito. Un instante. Un cruce de trayectorias que nadie esperaba, como el choque de trenes ocurrido anoche en Adamuz, Córdoba. Y de pronto, todo se detiene. La rutina salta por los aires y a mí siempre me asalta la misma pregunta, ¿estamos preparados para ayudar cuando la vida nos lo pide?

No hablamos de heroísmo, hablamos de humanidad.De si sabemos mantener la calma, la unidad  y colaborar en lo que podamos, con lo que tengamos. Incluso en redes también podemos hacer algo sin echar más leña al fuego intencionalmente. 

Y sí encargarnos de aprender cuestiones básicas,  qué hacer ante una hemorragia, una parada cardiorrespiratoria, un grito de auxilio.

De si, en lugar de mirar, sabemos actuar.

Nunca sabemos cuándo será ese día en el que subamos a un tren, a un avión, a un autobús… o simplemente estemos en el lugar donde todo cambia. Y quizá la persona que necesita ayuda no sea un desconocido. Quizá sea alguien a quien amamos.Y sentir que no pudimos hacer nada… duele más que haberlo vivido.

Hoy es para mandar fuerza y plegarias a quienes siguen hospitalizados y a quienes han perdido a un ser querido. Mañana será para además,  honrar con acción a los que ya no están.Porque al margen de las responsabilidades que se deriven de las investigaciones, nuestro deber es adquirir conocimientos en primeros auxilios, no debería ser un gesto altruista de unos pocos voluntarios de Protección Civil a los que admiramos y agradecemos. Debería ser un compromiso colectivo. Una formación obligatoria. Inexcusable.

Porque una sociedad verdaderamente cívica no solo se conmueve.También se prepara.

VESTIR LIBERTAD

La ropa no es solo tela, es lenguaje, identidad y en muchos casos, rebeldía. Vestirse bien hoy, con autenticidad y estilo, es casi un acto político. En un mundo que castiga lo diferente y premia la obediencia estética, arreglarse a tu manera es una forma de decir “aquí estoy, sin esconderme”.

Mientras en muchos rincones del planeta, como Irán, las mujeres arriesgan la vida por mostrar un mechón de pelo, por elegir sus colores, por pisar la calle sin el disfraz del sometimiento, en otros lugares parece que olvidamos el valor de poder elegir. El velo obligatorio, la peluca impuesta, las túnicas que simulan jaulas… son símbolos de control. Y también lo es aquí esa oficina gris donde vestirse fuera de la norma es mal visto, donde se cree que la seriedad va de la mano del uniforme.

La creatividad nace de lo diverso. La innovación no florece donde todo se iguala por abajo. Y sin autenticidad, no hay liderazgo que inspire ni presencia que transforme.

Vestirse con libertad es honrar a quienes no pueden hacerlo. Es un gesto cotidiano que celebra la diferencia y nos conecta con nuestras hermanas del mundo. Es un recordatorio de que ninguna mujer debería esconderse para sentirse segura, ni disfrazarse para ser aceptada.

Porque no queremos ser como los demás. Queremos ser como somos. Y que eso, sin más, sea suficiente.

CUANDO TODO SE MIDE EN DINERO 

¿Qué ocurre cuando el dinero se convierte en la medida de todas las cosas?

Cuando se cree que el éxito lo marca la cuenta corriente y no se atiende a nada más que no pueda ser comprado.

Vivimos en una plutocracia que lo impregna todo. Donde el que más tiene puede comprar hasta una nacionalidad de un país “molón”, pagar lo que haga falta por el capricho de parecer ciudadano de otro lugar, y hasta adquirir territorios y voluntades calculando su precio por habitante.

Y mientras tanto, los de abajo miran con los dientes largos esos cheques al portador de 100.000 euros, imaginando que eso les cambiaría la vida. ¡Vaya si les cambiará!

Recuerdo mi primera clase de Ciencia Política, cuando la profesora nos preguntó qué pasaría si Francia nos invadiera. Éramos alumnos de siete países diferentes y lo primero que surgió fue: “¿Pero tendríamos que hablar en francés?”. La de ahora es ¿por cuánto dinero venderías tu nacionalidad? Y a lo mejor sería interesante ¿a qué país? Para comprobar que el dinero no entiende de raza, sexo o condición pero sí de tenerlo o no.  

Ese era el nivel de preocupación. Como si lo importante fuera el idioma y no todo lo demás. Y eso que era el el área idónea. 

Así funciona este mundo que parece un resort de lujo lleno de fichas y dados, donde la banca nunca pierde y cada vez hay menos reglas y más dueños. Un mundo en el que la política se convierte en espectáculo y el poder en mercancía. 

Y a este paso, no sabremos ni cuánto valemos… solo cuánto costamos. Todo eso si no vuela todo por lo aires al grito de “All in”. 

“ZOMBIE” NO DEJA DE SONAR EN MI CABEZA

The Cranberries es uno de mis grupos favoritos y sin duda “Zombie” es mi canción preferida. Siempre que la escucho vuelve ese nudo en el estómago pero también me recuerda por qué merece la pena, a pesar de los obstáculos y frustraciones, dedicar tiempo y esfuerzo a defender la conexión, el entendimiento, lo común.

Hay canciones que trascienden el tiempo porque no solo narran lo que pasó, sino lo que sigue pasando. Está canción escrita por mi querida Dolores O’Riordan tras un atentado del IRA que costó la vida de dos niños, es una de ellas. Nacida como una protesta visceral contra la violencia, hoy sigue siendo un eco incómodo en un mundo que no deja de repetir su historia.

“It’s not me, it’s not my family…” cantaba Dolores con rabia y dolor, recordándonos que hay guerras que no elegimos, pero cuyas consecuencias terminamos llevando todos. Nos hablaba del conflicto en Irlanda del Norte, pero también nos hablaba del miedo, del odio heredado, del rencor que se disfraza de causa. Nos hablaba de nosotros.

Hoy, mientras vemos cómo nuevos conflictos estallan, continúan latentes o se reavivan en tantos rincones del mundo, la letra resuena con fuerza casi profética. En nuestras cabezas, siguen peleando. Seguimos creando zombies, personas atrapadas en la violencia de ideas impuestas, incapaces de romper ciclos de odio.

Pero también hay otra lectura. Una más esperanzadora. Zombie nos confronta, sí, pero también nos despierta. Nos recuerda que tenemos una responsabilidad, al menos pensar por nosotros mismos, no repetir la violencia como reflejo. Romper la cadena.

Porque tal vez el verdadero antídoto contra un zombie no sea una bala, sino la conciencia. La compasión. La memoria. Y sobre todo, el coraje de decir basta.

QUIÉN TE HACE HUECO EN LA MESA

La vida se parece mucho a una mesa. Te acercas con cuidado, con ganas de compartir, y entonces observas. Hay quien actúa como si no hubieras llegado. Siguen hablando, siguen comiendo, siguen en lo suyo. Tu presencia no altera nada. No es hostilidad, es indiferencia, y eso también pesa.

Hay otros que te miran. Te reconocen. Incluso sonríen. Pero no se mueven. No desplazan un plato, no acercan una silla. Te hacen saber que existes, pero no que importas. Te dejan en el borde, en ese lugar incómodo donde no sabes si sentarte o marcharte.

También están quienes te dicen algo amable mientras continúan a lo suyo. Una frase correcta, un gesto educado, pero ninguna acción que cambie el espacio. Cumplen, pero no acogen.

Y luego están los últimos. Los que sin pensarlo corren un poco el codo, apartan el vaso, buscan una silla y dicen pasa, aquí hay sitio. No hacen discursos. Actúan. Te hacen sentir bienvenida sin esfuerzo, sin deuda, sin tener que demostrar nada.

Esta metáfora sirve para la amistad, el trabajo, la familia y la vida entera. No se trata de educación ni de buenos modales. Se trata de disposición. De querer compartir espacio real, no solo palabras.

Aprender a quedarte con quienes te hacen hueco es una forma de autocuidado. Elegir a esas personas no es excluir a nadie, es elegirte a ti. Porque donde tienes que forzarte para encajar, no es. Y donde te hacen sitio, casi siempre sí.

MAQUIAVELO DE MODA

Mi primer pensamiento va hacia la alegría de muchos venezolanos que llevan años resistiendo, soñando con una salida democrática y digna. Quienes han vivido en carne propia la asfixia de una dictadura no necesitan muchas explicaciones sobre lo que está en juego.

Pero un segundo después, la reflexión se llena de ruido. ¿Cuántos escenarios se abren? ¿Cuántos intereses se solapan en esta partida geopolítica que se juega sobre vidas humanas? ¿qué tipo de acciones unilaterales legitima este hecho? 

Hablan de expandir la democracia o de defender la soberanía, pero solo actúan cuando el crudo tiene la viscosidad adecuada o el lugar es estratégico para el comercio aunque se haga renunciando a la elección democrática del pueblo. 

El derecho internacional parece hoy más un argumento que una norma. Lo que debería justificar una intervención no la garantiza en otros lugares con la misma vulneración de libertades y derechos. El mundo se divide en bloques cada vez más rígidos, pero ninguna opción parece representar lo que anhelamos, libertad real, justicia global, dignidad sin condiciones.

Entre dictaduras de nuevo y viejo cuño, de izquierda o derecha y democracias selectivas y teatrales, la esperanza sigue siendo una rareza.

Y sin embargo, verla encenderse de nuevo en los ojos de quienes no se rinden, aunque el tablero esté amañado, sigue siendo lo único auténtico en este gran espectáculo.

RECIBE 2026 SABIENDO QUE NO ES PARA SIEMPRE

En estudios sociológicos y psicológicos bien diseñados apenas un uno por ciento de las personas querría saber el día exacto en el que va a morir. Sin contexto. Sin para qué. Solo el dato desnudo. La cifra es reveladora. Preferimos no saber. Preferimos convivir con la incertidumbre de algo que, paradójicamente, es lo único seguro.

Cuando la pregunta cambia y se introduce el para qué, cuando se abre el plano a la posibilidad de planificar, el porcentaje sube. Aun así sigue siendo minoritario. Y quizá eso diga más de nosotros que del miedo a la muerte. Nos cuesta mirar de frente el tiempo. Nos cuesta asumir que cada día que pasa, sin excepción, estamos un día más cerca del final.

Lo curioso es que esa certeza no suele empujarnos a vivir mejor. Vivimos como si hubiera prórroga infinita. Postergamos decisiones. Aplazamos conversaciones. Aceptamos vidas que no nos representan del todo. Nos dejamos llevar por modas, estereotipos y expectativas ajenas sin detenernos a preguntarnos qué nos hace felices de verdad.

Cualquier momento es bueno para hacerlo. Pero cambiar de año tiene algo simbólico. Nos invita a ordenar. A revisar. A soltar lo que pesa y a quedarnos con lo esencial. No hace falta una mala noticia para reaccionar. No hace falta tocar fondo para elegir con conciencia.

Llegar a 2026 con los valores claros y las prioridades ordenadas no es una cuestión de control. Es un acto de honestidad. Vivir sabiendo que no es para siempre no quita alegría. Le da sentido. Y quizá ahí empiece una felicidad más real, menos prestada y más propia.

CUANDO LA FELICIDAD NO SE COMPRA

Durante años hemos buscado la felicidad en el tener. Después nos dijeron que estaba en el ser. Y mientras saltábamos de una fórmula a otra, algo esencial quedaba en segundo plano. Todos los estudios serios coinciden en lo mismo. La felicidad se sostiene en el amor. Y aun así seguimos tratándolo como un complemento y no como el centro.

Ser y tener importan, claro. Construyen identidad y seguridad. Pero no bastan. Puedes ser mucho y tener de todo y aun así sentir un vacío difícil de nombrar. Porque lo que de verdad nos expande es sentirnos queridos. No admirados ni reconocidos sino queridos de verdad. Desde ahí nos atrevemos. A cambiar. A arriesgar. A mostrarnos sin armadura. A intentar cosas que nunca haríamos si nos sintiéramos solos.

Sentirse querido crea suelo firme. Da permiso interno para fallar y volver a empezar. Reduce el miedo al juicio. Nos recuerda que no todo depende de acertar. El amor bien entendido no nos hace frágiles. Nos hace valientes.

Y querer es algo igual de profundo. No es idealizar ni moldear al otro. Es abrazar las diferencias. Aceptar las luces y también las zonas incómodas. Entender que lo que nos hace únicos no siempre es lo más fácil de amar pero sí lo más real.

Quizá por eso el amor decide más de nuestra vida de lo que estamos dispuestos a admitir. Porque cuando hay amor el ser se ordena y el tener deja de mandar. Y ahí aparece algo que se parece mucho a la felicidad.

LAS ELECCIONES QUE CARGA EL DIABLO

Convocar elecciones se ha convertido en una herramienta de estrategia partidista, no de democracia. Ya no se vota al acabar un mandato ni por responsabilidad institucional. Se vota cuando interesa. Cuando las encuestas sonríen. Cuando se quiere evitar responsabilidades. Y si no sale bien, se vuelve a convocar. Como si el dinero público, la estabilidad y la paciencia ciudadana no tuvieran límite.

La política ha sustituido la acción por el teatro. Los lugares comunes y no decir nada es la tónica. Hablar sobre ella es más rentable que ejercerla. Y las urnas, que deberían ser un ejercicio sagrado de soberanía popular, se usan hoy como salvavidas para partidos sin propósito y sin rumbo o trampolín para los que solo entienden el poder en clave de mayorías absolutas.

Pero lo verdaderamente escandaloso es que nadie asuma el coste del error. Nadie dimite si la jugada no sale. Nadie devuelve el tiempo perdido ni el dinero gastado. Los partidos se conforman con quedar segundos, terceros, o al menos no últimos, mientras los ciudadanos, una y otra vez, perdemos.

Quizás habría que exigir al menos, que si alguien convoca elecciones y no solo no obtiene lo que buscaba, sino que pierde votos  aunque suba escaños, se marche. Porque la democracia no es un casino.Y tampoco somos tan tontos. Y ya va siendo hora de que las urnas vuelvan a ser un instrumento para decidir el futuro, no una excusa para retrasarlo frívolamente. 

KASHIWA: 25 AÑOS DE SABOR, ARTE Y TESÓN

Ayer no solo se celebró un aniversario, se rindió  homenaje a una historia de esfuerzo, pasión y excelencia en nuestra ciudad. Hace 25 años mi querida amiga Asun abrió las puertas de su restaurante japonés en Tres Cantos. Una pionera que arriesgó,con una comida entonces poco conocida, sin imaginar que se convertiría en uno de los mejores de todo Madrid.

Cada plato que sale de su cocina lleva el delicioso sello de su dedicación silenciosa y constante. Detrás de cada vino elegido con mimo, su constante aprendizaje y de cada detalle cuidado, hay una mujer que ha convertido su restaurante en un lugar donde el tiempo se detiene y los sentidos despiertan. No hay nada que no lleve un mmmm aparejado. 

Admiro profundamente su manera de trabajar, de crecer sin alardes, de mejorar cada día. Su compromiso con la calidad no es solo profesional, es un acto de amor. Y ese amor se nota. En el plato perfecto, en el ambiente  divertido y acogedor, en cada sonrisa con la que te recibe.

Gracias por regalarnos  felicidad a través de tu casa y tu cocina, tu ejemplo y tu amistad. Que sigamos brindando muchos años más por esta aventura tuya que también sentimos un poco nuestra.

Porque cuando una mujer como tú inspira querida Asun, deja huella.

Y tú, amiga, has dejado muchas.

乾杯 (kanpai) por ti y por todo lo que viene.

EL MITO DE NO TENER TIEMPO

Cuando alguien dice no tengo tiempo casi siempre está diciendo otra cosa. No lo he decidido. No lo he priorizado. No me veo haciéndolo de verdad. Porque cuando algo nunca ha estado en tu mapa mental no aparece hueco alguno en la agenda. El tiempo no se encuentra, se asigna. Y en el caso de la actividad física, más. 

Algunos de mis coachees insisten en que pasan el día trabajando y que no queda espacio para nada más. Es decir para ellos y su cuidado, no. Lo dicen convencidos. 

Recuerdo a mi padre llevándonos, a mis hermanos y a mí,  al gimnasio todos los días. Refunfuñábamos claro. Decía que el día que inventaran un jarabe que te mantuviera sano y fuerte dejaríamos de ir. Hasta entonces había que encargarse uno mismo. A día de hoy ,ese jarabe sigue sin aparecer.

Sin llamarme nadie por el camino del deporte encuentro el momento. Cambio de actividad cuando hace falta. Caminar, pilates, yoga, fuerza. Cambio de horario por la mañana, a mediodía o por la noche. No lo idealizo. No lo hago perfecto. Hago posible. Todo mientras sigo esperando el elixir de la vida sin perder la esperanza.

Para quienes siguen convencidos de que no tienen tiempo propongo un ejercicio incómodo pero revelador. Sentarse con papel y boli. Dibujar un horario como los que teníamos de pequeños. Todas las horas del día. Rellenar con obligaciones reales. Siendo honestos. Y luego mirar los huecos.

La pregunta no es si tienes tiempo. La pregunta es si estás dispuesto a verte cuidándote. Porque cuando algo importa de verdad siempre encuentra su lugar. Aunque no sea bonito. Aunque no sea ideal. Aunque sea tarde.

LOS DE SIEMPRE, PARA TODO

Hoy lo hemos visto con “Alegría” y es que, a veces parece que en la televisión, en las redes, en la política es como esa casa en la que se siguen usando los mismos muebles por costumbre, aunque chirríen y ya no encajen en los tiempos que vivimos. No importa el reto ni la función, siempre aparecen las mismas caras, los mismos nombres, los de siempre, los que hacen y saben de todo.

Este fenómeno tiene un nombre del que todos abusan por la ley del mínimo esfuerzo, el efecto de la familiaridad. Cuanto más vemos a alguien, más confianza nos genera. Aunque no sea la persona más preparada. Aunque no tenga la mejor propuesta. Aunque haya fallado antes. La repetición nos tranquiliza, y el marketing y ma política lo saben.

Pero a diferencia de la televisión, la democracia necesita urgentemente algo más que familiaridad, necesita energía, diversidad, nuevas voces, nuevos enfoques. Requiere de personas que no estén desgastadas, que aún escuchen, que tengan algo distinto que aportar para mejorar el sistema.

Sin embargo, seguimos atrapados en un bucle de caras repetidas. Algunos porque les viene bien. Otros porque no se atreven a cuestionarlo. Y muchos porque, simplemente, no saben que hay alternativa.

Lo previsible da seguridad, pero también puede ser el mayor freno al cambio. En tiempos de transformación acelerada, repetir fórmulas caducas solo nos garantiza más de lo mismo. Y lo de siempre ya no basta.Ya queda menos. 

CUANDO TODO SUCEDE EN TU CABEZA

Hay días en los que llegas al final de la jornada agotada. No queda luz, no queda energía y sin embargo, si haces un repaso honesto, descubres algo inquietante: casi todo ocurrió en tu cabeza. Pensaste, anticipaste, analizaste, imaginaste escenarios. Viviste muchas vidas… pero ninguna en la realidad.

Cuanto más inteligente eres, más intensa es esa actividad interna. Más variables, más peros, más capas. La mente se vuelve brillante, pero también exigente. Cada decisión pasa por un filtro infinito y cada paso se retrasa porque hay demasiado que considerar. Así, lo que podría ser un gesto sencillo se transforma en un laberinto. No es falta de capacidad, es exceso de análisis.

El problema no es pensar. El problema es convertir el pensamiento en sustituto de la acción. La cabeza se cansa porque trabaja sin descanso, mientras el cuerpo espera. Y cuando eso ocurre, la realidad empieza a parecer más difícil de lo que es. Todo se vuelve obstáculo porque no se contrasta con hechos, solo con hipótesis.

La salida no está en pensar mejor, sino en pensar menos y probar más. Hacer de la realidad tu campo de pruebas. Avanzar aunque no tengas todas las respuestas. Permitir que la experiencia corrija lo que la mente exagera.

Estar alerta a este patrón es clave. Detectar cuándo llevas horas viviendo hacia dentro y recordarte que la vida ocurre fuera. La cabeza necesita descansar del análisis constante y el descanso real llega cuando el cuerpo actúa.

A veces, la claridad no aparece pensando un poco más, sino atreviéndote a hacer algo antes. Porque no todo se resuelve en la mente. Algunas cosas solo se entienden cuando se viven.

DE LA INVISIBILIDAD A LA DIGNIDAD

Hoy he tenido la suerte de asistir a una jornada de la Fundación del Secretariado Gitano como  cierre  del año dedicado a este pueblo, y me ha resultado imposible no sentir  indignación y vergüenza por todo lo que aún no está resuelto desde hace tantos años.

No por falta de discursos, que palabra y postureo no falta sino de leyes. Porque como han recordado   “convivir no es coexistir.”Porque “normalizar no es legislar”. Porque hablar de igualdad sin acción es seguir alimentando una desigualdad disfrazada.

Discriminar por identidad, por aspecto o por cultura es una herida que desangra cualquier democracia y es para mí  una injusticia a extinguir. Y esa herida se agrava cuando se mezcla con la pobreza, con la falta de datos oficiales, con el silencio institucional. Con lo que  llaman “el discurso del asco”.

La comunidad gitana ha sido ejemplo de resistencia pacífica, pero no me extraña que esté cansada de luchar frente a etiquetas. Harta de promesas huecas, de una supuesta discriminación positiva que solo perpetúa el estigma. Harta de que se cuestione su derecho a tener derechos.

No se trata solo de incluir. Se trata de reparar. De reconocer. De legislar. De garantizar, por ley, lo que ya debería ser normal, igualdad de oportunidades, acceso real a la educación, conexión digna con la formación profesional, respeto y protección frente a la discriminación.

Decimos que somos un país avanzado. Pero seguimos sin mirar de frente a quienes llevamos siglos empujando a los márgenes y enjaulándolos en tópicos. Quizá sea hora de que la justicia vuelva a ser también cosa de los juristas.Y de que esta ley deje de ser una promesa. 

Agradezco también la oportunidad de conocer al genial Catedrático de Constitucional, Fernando Rey y su arte para arrojar luz y esperanza desde el humor al profundo drama que rodea la discriminación. Menudo Inluencer!  Toda mi admiración.

CUANDO LA VOZ INTERNA IMPORTA MÁS QUE LOS SUPLEMENTOS

Estamos tan metidos en la carrera por vivir más y mejor que se nos olvida lo esencial. Tomamos magnesio, omega 3, vitaminas, antioxidantes y cualquier cosa que prometa longevidad, pero prestamos poca atención a cómo nos hablamos. Y esa conversación silenciosa vale más que todos los suplementos que podamos ingerir en años.

Si te fijas, cada vez que aparece un pensamiento que te inquieta tu cuerpo reacciona al instante. El corazón se acelera, las manos tiemblan, la piel se enrojece y el estómago se encoge. Esa reacción no es casual, es la fisiología de lo que piensas. Tus palabras internas se convierten en señales químicas que recorren tu cuerpo como si fueran verdad absoluta.

Lo que no se ve se olvida. Por eso ignoramos la salud mental hasta que duele. Reaccionamos tarde porque los pensamientos no hacen ruido, pero desgastan igual que cualquier enfermedad. Y sin una mente tratada con cariño ningún suplemento podrá hacer el trabajo por ti.

Si quieres empezar a cuidarte de verdad, empieza por cambiar la forma en la que te hablas. Háblate como te hablaría tu mejor amiga, esa que te conoce, que te quiere sin condiciones, que te recuerda tus virtudes cuando tú solo ves defectos. A partir de ahora, pregúntate por qué pudiendo usar su voz eliges hablarte con dureza.

Imagínala sentada a tu lado. Pregúntate qué diría ella cuando fallas, cuando dudas, cuando no llegas. Esa es la voz que necesitas. Esa es la voz que sana. Porque al final el cuerpo responde a lo que le dices. Y si puedes hablarte con amor, para qué seguir haciéndolo desde la herida.