EL HOMBRE QUE NO MIRABA ATRÁS

En un antiguo reino de Oriente, vivía un hombre llamado Hao, famoso por su inteligencia… y por su orgullo. Siempre tenía razón. Aunque se equivocara, encontraba formas elegantes de justificar sus errores. Nunca pedía perdón, porque creía que hacerlo lo haría parecer débil.

Un día, mientras caminaba por un estrecho sendero de montaña, tropezó con un anciano que cargaba leña. Hao cayó al suelo, se levantó furioso y gritó:

—¡Deberías mirar por dónde vas!

El anciano, sereno, le respondió:

—Tal vez fui torpe… pero tú venías tan centrado en ti mismo, que no viste nada más.

Hao se alejó refunfuñando, sin mirar atrás.

Días después, se perdió en una espesa niebla. Dio vueltas y vueltas sin encontrar salida. Entonces, escuchó una voz familiar: era el anciano. Había seguido las huellas de Hao, sabiendo que no volvería por donde vino, pues los que no reconocen su error, nunca regresan sobre sus pasos.

El anciano lo guió hasta la salida sin decir nada más.

Al llegar, Hao se giró y, por primera vez, inclinó la cabeza.

—Gracias. Me equivoqué. Perdón.

El anciano sonrió:

—A veces, el camino más sabio no es el que avanza… sino el que se atreve a volver atrás.

Desde ese día, Hao siguió siendo sabio, pero más aún por saber cuándo callar, cuándo pedir perdón… y cuándo dejar de tener razón para tener paz.

Os dejo un magnífico cuento para pensar en todas esas veces que  no reconocemos un error porque creemos que nos hace más fuertes cuando volver   sobre nuestros  pasos no es retroceder, es aprender a ver.

EL PODER DE CREAR

Pocas cosas me han provocado tanta emoción como la creatividad. Es una energía que me empuja a mirar el mundo con ojos nuevos, a conectar ideas que parecían no tener relación y a descubrir belleza en los lugares más insospechados. Admito que me ha vuelto adicta a la curiosidad, al cambio y a la novedad, pero a cambio me ha regalado algo inigualable, esos momentos “ajá” en los que el corazón se acelera, los ojos brillan, todo encaja y el alma sonríe.

Me interesa cualquier campo, porque todos pueden dialogar entre sí. Políticas públicas, ciencia, moda, decoración, desarrollo personal, tecnología…Todo sirve para llenar ese baúl interior que se convierte en un laboratorio de ideas vivas. Sin embargo, esta efervescencia también necesita su contrapunto, el silencio. Es en el silencio que creo a veces, es donde las piezas se ordenan y las intuiciones se transforman en claridad. Meditar también me ayuda a frenar la divagación y a separar el ruido de la esencia.

La creatividad me emociona tanto que he decidido compartirla, acompañar a otros a reencontrarse con ese poder innato que todos tenemos. Lo domesticamos para encajar en una sociedad que no siempre lo valora, pero sigue ahí, esperando ser despertado.

Pensar no es dar vueltas a lo mismo. Eso es rumiar. Crear es expandir, explorar y conectar. Para ello necesitamos un entorno que inspire y una mente abierta. Si quieres empezar, mira tu contexto, revisa tus espacios y las personas que te rodean. A veces, cambiar el aire es el primer paso para volver a crear.

EL RESPETO QUE NOS SOSTIENE

Escuchando su discurso en los premios Princesa de Asturias hace poco me volvió a cautivar la forma que tiene de provocarnos. Pero comprobé el efecto que tuvo mencionar liberalismo y capitalismo. Esto evitó que una parte de la sociedad se diera por aludida con el relato y siguiese con su sesgo de confirmación sin atender a nada más.

Siendo de defensora de la libertad podría haberme ocurrido lo mismo y  sin embargo, como otras veces, me hizo reflexionar sobre la esencia de la misma. 

Es cierto que vivimos en un tiempo en el que opinar parece más importante que escuchar y en el que confundimos libertad con decirlo todo, sin pausa ni filtro. Sin embargo, Byung-Chul Han nos recuerda algo esencial y casi olvidado, el respeto no es una formalidad, es un pilar que sostiene nuestra humanidad. Y hoy está en riesgo.

Sobre todo porque aunque es algo que no depende de nosotros, ya que quien no nos quiera respetar encontrará la manera de no hacerlo, es la base de nuestra sociedad. 

El respeto no significa estar de acuerdo ni compartir visión. Significa reconocer al otro como alguien completo, distinto, con un mundo interno que merece ser mirado con delicadeza. Han advierte que la hiperexposición y el deseo constante de mostrarlo todo, explicarlo todo y validarlo todo ha vaciado el espacio sagrado donde el respeto crece, donde algunos nos sentimos cómodos, en el silencio, la intimidad, la pausa, la escucha. 

Cuando todo se convierte en espectáculo, dejamos de ver al otro como un ser humano y empezamos a verlo como contenido, opinión o amenaza. Consumimos personas.

Defender el respeto se ha convertido casi en un acto de rebeldía. Implica bajar el volumen del ego y subir el de la presencia. Implica hablar menos de uno mismo y preguntarle más al otro. Implica sostener la diferencia sin querer moldearla.

Empieza en lo cotidiano. En cómo te diriges a quien piensa distinto. En cómo hablas cuando nadie te escucha. En cómo reaccionas cuando no tienes razón. Esa pequeña ética personal es el cemento de cualquier convivencia sana.

Si quieres contribuir a un mundo más humano, no necesitas grandes gestos. Basta con mirar a los demás con dignidad y recordar que ninguna transformación profunda es posible sin respeto. Date por aludido con sus palabras. Haz del mundo un lugar mejor. 

Querida Jacinta,

Ahora que lo moderno es la diferencia de edad, nosotras fuimos pioneras en que esos cuarenta años que nos separaban fuesen lo más interesante de nuestra relación de amistad.

No puedo recordar ni un momento  contigo que no fuese entre risas y carcajadas porque como tú decías, eras única. Este próximo 4 de Noviembre celebrarías tu cumpleaños con esas momentos y cervezas que le ponían salsa a nuestros aperitivos y a nuestro inmenso cariño.

Recuerdo todos y cada uno de esos momentos en los que te ponías el mundo por montera tanto en inglés como en francés y eran incontables las anécdotas de tu vida. Cuando esos “Fantasmas de Goya” te dieron la oportunidad de mostrar tu talento para el cine y el orgullos de ir a verla juntas. 

Todos esos relatos de tus viajes y bailes, los  consejos que me dabas y los  numeritos que no dudabas en montar para que todo me fuese bien, llenándome de cariño y de cuidado.

Recuerdo todos esos días de pandemia en que las videollamadas nos tenían unidas y tranquilas, más cerca que nunca. Todos esos momentos en los que estábamos al lado la una de la otra para querernos y ayudarnos.

Me quedo con lo que mejor aprendí de ti amiga y es la importancia de la alegría, lo luminoso que está el mundo cuando corre alrededor  y lo poco que tiene que ver con la situación personal y sí con una forma de ver la vida.

Siempre seguirás conmigo segura de que nos volveremos a ver. 

LO QUE NO DECIMOS A TIEMPO

La cantidad de veces que pensamos en alguien con cariño y dejamos pasar el momento. Recordamos una risa, una mirada, un consejo o un gesto que nos marcó y sin embargo no lo decimos. No enviamos ese mensaje, no hacemos esa llamada, no dejamos ese comentario ni constancia de que en algún rincón de nuestra memoria esa persona está. 

Curiosamente, cuando algo nos molesta, cuando algo falla, entonces sí encontramos las palabras. Decimos lo que no nos gusta, lo que haríamos distinto, lo que el otro no hizo bien. Pero creo que la diferencia la marca la costumbre de decir lo contrario. De reconocer, de agradecer, de recordar en voz alta.

Hacer del mundo un lugar mejor no empieza en los grandes discursos ni en los planes perfectos. Empieza con un mensaje sencillo que diga “me acordé de ti” o “me hiciste bien”. Esa frase puede cambiarle el día a alguien, incluso la vida.

Salir del yo y mirar al otro con aprecio genuino transforma más de lo que parece. Cuando expresamos gratitud, agrandamos nuestro mundo, y liberamos las hormonas del bienestar y del vínculo. Así que cada palabra amable no solo mejora el ánimo de quien la recibe, también reconfigura nuestra mente hacia una versión más empática y luminosa.

No esperes a los reencuentros o a los finales para decir lo que sientes. Hazlo hoy, mientras aún puedes. Quizá para el otro sea un detalle pequeño, pero para ti será una forma de recordar que amar y agradecer, también se dice.

LA BANDERA QUE NO DEBERÍA SER PIRATA

Hace poco hablando con una de mis sobris sobre las distintas generaciones y cómo ha sido su compromiso político y social en cada momento me encontré con una imagen que me detuvo, una bandera negra con una calavera que lleva un sombrero de paja ondeando entre un grupo de jóvenes en manifestación. 

Busqué esa imagen que me llevó directo al universo manga  japonés reconozco que poco conocido por mí. Pero también comprobé  que ese símbolo ya no es solo ficción.

Para muchas personas de la generación Z la bandera de los “Sombrero de Paja” no es un accesorio . Es un emblema vivo de libertad, de insurgencia incluso. En lugares tan distintos como Marruecos, Madagascar, Japón, Indonesia, Nepal o Filipinas, jóvenes han llevado esa enseña para protestar contra la corrupción, la opresión y un futuro que consideran heredado sin participación.  

La historia del manga lo explica bien  y a todos nos suena, un gobierno mundial corrupto, poblaciones oprimidas, piratas que luchan por un sueño y por los más débiles.   Segundo porque ese símbolo llega limpio de ideologías tradicionales, no es un partido, no es un sindicato, sino una calavera-sombrero que todos reconocen y que muchos sienten que representa algo personal.

Y tercero porque vivimos en un mundo tan globalizado que los íconos viajan más rápido que los discursos. Una serie japonesa vista de niño puede convertirse en bandera de protesta en Asia y luego inspirar algo parecido en otro continente.  

Pero aquí viene lo interesante para mí  y es que los jóvenes, están tomando las calles para acabar con eso gobiernos y sistemas  corruptos , inútiles e injustos que nos les proporcionan esperanza alguna en su futuro. 

Que lejos de verse solo su ombligo se alinean entorno a una bandera que significa algo diferente, nuevo y  útil que no se queda en su país. Es una ironía ver cómo cuando el mundo está dirigido en su mayor parte por seniors nacidos en los cuarenta. 

Ellos no quieren participar de cuotas diversas  floreo en sistemas que perpetúan  el status quo en un mundo que no les gusta.  ¿Quiénes son los piratas? 

ELEGIR CÓMO QUIERES SENTIRTE

Me encantan los libros de Joe Dispenza. Siempre aprendes algo interesante recuerdo que habla de algo que parece simple pero que cambió por completo la forma en que vivo y lo quiero compartir. 

Sostiene que podemos elegir nuestro estado de ánimo igual que elegimos la ropa cada mañana. Y no se trata de fingir o de negar lo que sentimos, sino de asumir que el cuerpo y la mente pueden entrenarse para no quedar atrapados en emociones repetitivas.

Cuando vivimos anclados en el pasado, el cerebro repite los mismos pensamientos, genera las mismas sustancias químicas y mantiene al cuerpo en los mismos estados de estrés, miedo o tristeza. Es como si cada emoción fuera un programa que se ejecuta automáticamente. Dispenza propone interrumpir ese ciclo eligiendo conscientemente un nuevo estado interior.

El proceso comienza con la observación. Cuando notas que estás enfadado o triste, en lugar de reaccionar, respira y pregúntate qué emoción quieres cultivar en ese momento. Gratitud, calma o alegría. Al hacerlo, el cerebro empieza a crear nuevas conexiones y el cuerpo, nuevas memorias emocionales. No es inmediato, pero la repetición convierte la elección en hábito.

Cambiar el foco mental modifica la actividad cerebral responsable de la autorregulación y la toma de decisiones. No podemos controlar lo que nos ocurre, pero sí la forma en que lo interpretamos y respondemos.

Estoy segura de que puede convertir en un hábito lo que hice yo, empezar el día dedica un minuto a sentir de forma consciente la emoción que quieres experimentar. El cerebro no distingue entre lo real y lo imaginado y acabará adaptando tu biología a esa elección.

A por ello! 

LA RECETA VERDE

Es curioso leer, casi en la misma página, que un porcentaje altísimo de los medicamentos que consumimos no nos producen efecto y que, en otros países, los médicos prescriben paseos por la naturaleza para recuperar la salud, sobre todo la mental.

Nos gusta la ley del mínimo esfuerzo. Buscamos en el botiquín antes que en el zapatero. Es más cómodo abrir una caja que atarse las zapatillas, más fácil creer que el alivio viene de fuera que asumir que parte de nuestra curación depende de nosotros. Esa comodidad tiene un precio, nos acostumbra a ser espectadores pasivos de nuestra propia vida.

Caminar no necesita explicación ni inversión. No exige un horario ni una meta, solo decisión. Cada paso estimula la producción de endorfinas, baja los niveles de cortisol y activa regiones cerebrales vinculadas a la creatividad y al equilibrio emocional. La ciencia lo ha demostrado una y otra vez, pero a menudo lo olvidamos entre pantallas, excusas y urgencias.

Caminar también ordena los pensamientos. Puedes hacer llamadas, tomar decisiones o simplemente dejar que las ideas se acomoden solas. El cuerpo se mueve y la mente, sin darse cuenta, se despeja.

La próxima vez que busques alivio en una pastilla sin diagnóstico, prueba a darte un paseo. No para negar la medicina, sino para recordar que el cuerpo también cura cuando lo dejamos respirar. No esperes a que el médico te lo recete. La naturaleza lleva siglos ofreciendo la dosis perfecta, gratuita y sin contraindicaciones.

Al menos anda veinte minutos al aire libre activa la corteza prefrontal, reduce la rumiación y mejora la conectividad entre las áreas del cerebro asociadas a la calma y la claridad mental.

LA RED DE LOS TIEMPOS DIFÍCILES

Cuentan que en una aldea olvidada por los mapas, cinco familias vivían rodeadas por un desierto creciente. El pozo del que todos bebían estaba secándose, y la comida ya no alcanzaba. Fue entonces cuando surgió el miedo.

Cada familia comenzó a esconder lo poco que tenía. Tapaban los granos, cerraban las puertas, miraban con recelo a sus vecinos. Nadie pedía ayuda por miedo a parecer débil. Nadie ofrecía por miedo a quedarse sin nada.

Un anciano llamado Aran, que había vivido muchas sequías, reunió a todos en la plaza y les contó una historia:

—Durante una gran tormenta de arena, mis antepasados tejieron cuerdas entre sus casas para no perderse al salir. Cuando alguien caía, otro tiraba de la cuerda y lo salvaba. Las cuerdas no eran posesión de nadie, eran la salvación de todos.

Y añadió:

—Hoy el viento es el miedo. Y la única cuerda posible… es la cooperación.

Al principio dudaron. Pero una familia ofreció sus semillas, otra compartió su pozo, otra sus herramientas. La última ofreció tiempo y fuerza para trabajar la tierra de todos.

Pasaron semanas. La tierra no era más fértil, ni llovía más… pero nadie volvió a pasar hambre. Porque ya no sobrevivían como islas, sino como red.

Os dejo este cuento para reflexionar. En tiempos de incertidumbre, la cooperación no es un ideal: es un salvavidas.

El miedo encierra, pero la red humana nos mantiene de pie.

CUANDO EL ALGORITMO NOS DA LA RAZÓN

Hace poco, en una conversación sobre tecnología, alguien me confesó que hablaba a diario con una inteligencia artificial porque “era quien mejor la conocía”. Durante unos segundos recordé Her, la película en la que un hombre acaba enamorado de su asistente virtual. Me quedé pensando en cuánto nos seduce esa idea, alguien que siempre entiende, siempre escucha y nunca contradice.

Pero el cerebro humano no evolucionó para vivir en la comodidad de la confirmación. Crece en la fricción, en la diferencia, en el roce de pensamientos que no coinciden. La neurociencia muestra que la confrontación respetuosa activa las redes de aprendizaje y estimula la corteza prefrontal, la zona encargada del pensamiento crítico y la empatía. Rodearnos solo de quienes nos dan la razón debilita esas conexiones es como alimentar la mente con un solo sabor hasta que se vuelve incapaz de digerir otros.

Las inteligencias artificiales, por más útiles que sean, corren el riesgo de reforzar el sesgo de espejo, de devolvernos solo aquello que ya somos o pensamos. Y eso puede ser cómodo, pero también empobrecedor.

El reto no es renunciar a la tecnología, que me encanta, sino no perder la capacidad de asombro ante lo distinto, de diálogo con lo que incomoda. Tal vez la inteligencia más humana siga siendo la que se atreve a escuchar lo que no quiere oír.

Ten una mente abierta, exponte  a perspectivas diferentes, activa tu neuroplasticidad, ampliando la red de conexiones sinápticas. Pensar con otros, no iguales sino distintos, mantiene el cerebro vivo y el alma despierta. 

Recordad a Lippmann cuando decía que “cuando todos piensan igual, ninguno piensa.”

LA ALEGRÍA COMO ACTO DE INTELIGENCIA

La alegría está infravalorada. Parece sospechosa, frívola o poco profesional. Aún creemos que la seriedad es sinónimo de rigor, como si reír restara profundidad o compromiso. Es una creencia absurda que nos roba energía, creatividad y conexión.

Pasar tiempo con alguien que irradia alegría,lo que yo he hecho hoy, es una experiencia fisiológica. Vuelves diferente, el cerebro imita emociones gracias a las neuronas espejo. Por eso, estar cerca de una persona alegre cambia literalmente nuestro estado interno. La dopamina se eleva, la amígdala se calma y la percepción del tiempo se suaviza. La alegría no solo se contagia, también se aprende.

Cada uno puede cultivarla desde distintos lugares. Algunos la encuentran en la gratitud, otros en la naturaleza, en el arte, o en una conversación sincera. No se trata de negar el dolor, sino de equilibrarlo. Fingir alegría, incluso cuando no se siente del todo, activa las mismas redes neuronales que cuando es real. Con el tiempo, el cerebro termina creyéndosela, y eso la convierte en auténtica.

La alegría no nos distrae del esfuerzo, lo sostiene. Nos permite persistir, adaptarnos y conectar mejor. No es una frivolidad emocional, es una herramienta de supervivencia mental.

Igual que nos obsesionamos con penar en lo que nos apena o aterra y si probamos a sonreír, aunque sea de forma voluntaria, quizá activemos el nervio vago y regulemos  el sistema nervioso parasimpático, reduciendo la tensión y mejorando la atención. Entrenar la alegría es una forma de entrenar la inteligencia emocional.

¿ATRAPADO EN TU MALESTAR?

Seguramente has estado atrapado recientemente en una nube personal de pensamientos negativos que giraban como un carrusel imposible de detener. Hoy quiero proponerte un ejercicio que quizá te sea útil que propone el Greater Good Science Center de Berkeley. Consiste en tomar distancia, hablar a uno mismo en tercera persona y mirar el dolor desde fuera.

Ponlo a prueba y me cuentas. Elige una situación que te moleste, algo que no hayas podido dejar atrás y pregúntate: “¿Por qué sientes [pon aquí tu nombre] esto? ¿Cuáles son las causas profundas?” Intenta describirlo como si fueras un observador externo, no como protagonista atrapado. 

Al hacerlo, sentirás cómo la carga afloja. La rabia, la rabieta mental, pierden algo de intensidad. Y serás capaz de ver otros matices: “No era todo culpa mía”, “te duele por esto”, “también hubo cosas buenas que no viste”. Esa presencia de compasión interior abre puertas que la queja constante no ve.


Esto funciona porque cuando hablamos con nosotros mismos desde la distancia, usamos pronombres como “tú” o nuestro propio nombre en lugar de “yo”. Eso genera un cambio cognitivo, nos permite ver lo que nos sucede con más objetividad, sin identificarnos cien por cien con el dolor. Reduce la rumiación, la vergüenza y la intensidad emocional.

Te dejo un pequeño pero poderoso ritual que puedes probar ahora mismo

  1. Cierra los ojos durante un minuto.
  2. Piensa en esa experiencia negativa que ronda en tu mente.
  3. Empieza a narrarla como si fueras otra persona: “¿Por qué siente ella esto? ¿Qué razones tiene?”
  4. Anota lo que te surja.

Hazlo cuando te sientas atrapado por el malestar. No evitarás las emociones difíciles, pero puedes aflojarlas y aprender de ellas.

La vida no es eliminar el dolor, sino transformarlo en entendimiento. Mirar con compasión desde afuera es una forma de crecer hacia adentro.

EL ESPEJO DEL MONJE

En un antiguo monasterio del Tíbet, vivía el joven monje Tenzin, quien era muy rápido para ver los defectos en los demás. Decía que el cocinero era torpe, que el hermano mayor era arrogante, que el novicio nuevo era demasiado lento… y así cada día encontraba un nuevo blanco para su crítica silenciosa.

Un día, su maestro, el anciano Karma, lo llevó a una sala vacía. En el centro había un gran espejo de cobre, ligeramente empañado por el tiempo.

—Observa —le dijo.

Tenzin se acercó y vio su rostro reflejado, pero también las huellas de sus propias manos marcadas en el metal, dejadas allí sin notarlo.

—¿Qué ves? —preguntó el maestro.

—Veo mi cara, pero también manchas.

—Las manchas no están en tu cara, pero tampoco en el espejo. Son tuyas. Así sucede con lo que juzgas en los demás: muchas veces no estás viendo al otro… te estás viendo a ti mismo, pero no lo sabes.

Tenzin guardó silencio.

Desde ese día, cada vez que algo en otro le molestaba, se preguntaba:

“¿Dónde está esto en mí que no quiero ver?”

Con el tiempo, se volvió más compasivo. Ya no señalaba, sino que se preguntaba. Ya no juzgaba, sino que comprendía. Y en esa comprensión, se conoció a sí mismo.

Quizá lo  que te molesta del otro es, a menudo, el espejo que te muestra lo que aún no has sanado en ti.

CUANDO EL CEREBRO NECESITA COMPAÑÍA

En Egipto me llamó la atención algo que parecía inacabado y, sin embargo, estaba lleno de propósito, las casas se construyen por etapas. Cada familia deja un piso sin terminar para que, algún día, sus hijos levanten allí su hogar. No era abandono, era previsión, un símbolo de continuidad y pertenencia. Aquella imagen me recordó que el ser humano está diseñado para crecer junto a otros, no en soledad.

El neurólogo Facundo Manes lo explica con claridad, el cerebro es un órgano social. Su equilibrio depende del contacto humano, de la sensación de formar parte de algo más grande que uno mismo. La soledad crónica, según diversos estudios, tiene efectos comparables al tabaquismo o la obesidad, no solo afecta al ánimo, también daña el sistema inmunitario, el corazón y la memoria. Sentirse solo duele porque el cerebro procesa el aislamiento como una amenaza física.

Antes, las familias convivíamos o vivíamos muy cerca. Compartíamos tiempo, cuidados, problemas y celebraciones. Esa red de vínculos sostenía la salud emocional y creaba sentido. Hoy habitamos casas más cómodas pero emociones más frías. Hemos ganado metros y perdido contacto. La modernidad nos hizo independientes, pero también nos volvió invisibles unos para otros.

Quizás debamos aprender de aquellas construcciones egipcias, dejar espacio para que otros continúen, para seguir conectados a una historia común.

Conviene recordar que las relaciones cercanas y el contacto afectivo liberan oxitocina, dopamina y serotonina, neurotransmisores que fortalecen la memoria, la empatía y la resiliencia. Cuidar los vínculos no solo da sentido a la vida, también cuida el cerebro.

LA MÚSICA QUE DESPIERTA LA CALMA

A quienes nos apasiona la música tenemos claro el efecto que tiene sobre nosotros y nuestro estado interior. Hay canciones que no solo se escuchan, se sienten. Entran en el cuerpo, bajan el pulso y aquietan la mente. 

Existe reciente estudio de Mindlab International y demostró que la música puede ser medicina. En su experimento, los participantes realizaban tareas estresantes mientras se medían su ritmo cardíaco, presión arterial y respiración. Al escuchar distintas piezas, una canción destacó sobre todas Weightless, de Marconi Union. Diseñada junto a terapeutas del sonido, logró reducir la ansiedad hasta un 65 % y disminuir la frecuencia cardíaca en torno al 35 %.

La ciencia explica este efecto con precisión. Weightless comienza a unos 60 latidos por minuto y desciende lentamente hasta los 50, ayudando a que el cuerpo sincronice su ritmo con el de la música, un fenómeno conocido como entrainment. 

Además, su estructura fluida evita que el cerebro anticipe los compases, liberándolo de la tensión de estar siempre “preparado”. Este tipo de armonía reduce el cortisol y activa circuitos de recompensa y bienestar en el sistema límbico. Escucharla es permitir que el cerebro y el corazón respiren al mismo tiempo.

Incorporar esta práctica al día a día es sencillo. Basta con reservar unos minutos, cerrar los ojos y dejar que el sonido haga su trabajo. La música no necesita que la entiendas, solo que la sientas. 

Convertirla en un ritual antes de dormir o en momentos de sobrecarga puede ser un antídoto real contra el estrés. Cuando el cuerpo se armoniza, la mente se aquieta. Lo mismo que la usamos para activarnos y bailar. 

Si escuchas música con ritmos progresivamente más lentos entrenas al sistema nervioso para entrar en coherencia, fortaleciendo la autorregulación emocional y la capacidad de concentración. Prueba con Weightless aquí te dejo en enlace. 

LA MEMORIA DEL DOLOR

Debemos ser conscientes de los despegos que tiene nuestro cerebro, es decir, de cómo funciona en automático. El cerebro tiene un sesgo curioso. Guarda los insultos durante veinte años y olvida los halagos en apenas treinta días. No es casualidad, es supervivencia. Evolucionamos para recordar el peligro, para anticiparlo y protegernos. Pero esa misma estrategia que nos salvó de los depredadores nos juega hoy una mala pasada.

Guardamos frases, miradas, desprecios que se quedaron grabados a fuego y seguimos rumiándolos cada vez que algo nos hace sentir inseguros. En cambio, los elogios se desvanecen rápido, como si no tuviésemos derecho a creerlos del todo.Imagina a estas alturas como está tu balance. 

La neurociencia demuestra que las palabras activan los mismos circuitos que el dolor físico. Por eso un comentario hiriente puede doler igual que una caída. Sin embargo, también sabemos que el cerebro es plástico y puede reentrenarse.

Cada vez que registras un reconocimiento o un gesto amable, estás fortaleciendo las conexiones de la amígdala con la corteza prefrontal, la zona donde se regula la emoción y se equilibra la razón.

El cerebro olvida rápido lo positivo porque no lo repetimos. No lo escribimos. No lo celebramos.

Te propongo entrenar otra forma de guardar en tu cerebro que te sea más favorable para ti y para los que conviven contigo. 

Durante 30 días anota tres halagos o gestos amables que hayas recibido. No importa si son pequeños. Leerlos de nuevo activa los mismos circuitos de placer y autoconfianza que cuando los viviste. Así, poco a poco, tu cerebro aprenderá a darles el mismo valor que a los recuerdos dolorosos.

NO ESCONDAS EL AMOR

Quiero reflexionar sobre la importancia de no esconder el amor y practicar decirlo, y demostrarlo conscientemente, a la familia, a los amigos, a quienes muestran su amabilidad y a quienes lo necesitan para minar esa coraza que, de forma consciente o inconsciente, han decidido tristemente vestir para la vida.

Hace años que la edad no perdona, de forma natural, perdemos  a seres queridos y les echamos mucho de menos, pero lo que sí es imperdonable es tenerles y no decirles, y demostrarles, lo mucho que les queremos en lugar de esperar a llorar su ausencia.

Querer y sentirse queridos es una necesidad humana a la que prestamos poca atención, empeñados en disfrazarla con cosas materiales, planes exóticos y una búsqueda constante del placer, cuando tenemos desatendido lo más importante, el amor a nuestro alrededor.

No esperes ni un día más. Sobre todo, no esperes a tener que susurrarlo cuando la otra persona ya no lo pueda oír. Llena tu corazón y el suyo. Haz algo por este mundo. Aunque no estés acostumbrado y te sientas ridículo al principio, la práctica hace al maestro y quien más lo va a agradecer es tu corazón. Si no lo haces ya, empieza hoy.

VIVIR DESPACIO

Cada vez que hablo con alguien y me cuenta sus planes  creo que vivimos atrapados en la prisa como si cada minuto debiera llenarse de tareas, conversaciones, pantallas o productividad y planes y más planes.

Creemos absurdamente  que parar es perder el tiempo, que debemos prestar atención a nuestra mente productiva, cuando en realidad es la mejor inversión para nuestra salud mental y física. El cerebro no está diseñado para un bombardeo constante de estímulos, necesita momentos de vacío para reorganizarse y generar nuevas conexiones.

El llamado “modo por defecto” del cerebro, ese que se activa cuando no hacemos nada, es clave para la creatividad, la memoria y la autorreflexión. Cuando descansamos la mente, las ideas se reordenan, surgen soluciones inesperadas y recuperamos energía para lo que viene después.

En culturas como la japonesa existe el “ma”, ese espacio entre cosas que da sentido a todo lo demás. Igual que las pausas en la música permiten apreciar la melodía, el silencio y la calma en nuestra vida permiten que lo esencial destaque.

Vivir despacio no significa renunciar a los sueños ni a los logros, significa sostenerlos con un ritmo humano. Dar un paseo sin auriculares, mirar por la ventana sin propósito, sentarse a respirar y sentir el cuerpo sin esperar nada. Esos instantes son los que nos devuelven la claridad y la fuerza para seguir.

Te dejo un pequeño consejo práctico, programa en tu día diez minutos de “no hacer nada” de verdad, sin móvil ni distracciones. Deja que tu mente vague y observa lo que aparece. Quizás descubras que no perder el tiempo es, justamente, aprender a vivirlo.

EL JARDÍN DE LAS MANOS ABIERTAS

“En lo alto de una montaña japonesa, existía un jardín legendario que florecía todo el año. No por su clima, ni por la tierra, sino por las manos que lo cuidaban. El maestro de ese jardín era un anciano llamado Takumi, conocido no por su fuerza, sino por su delicadeza.

Un día, un grupo de ejecutivos viajó hasta allí para conocer su secreto. Al llegar, encontraron a Takumi regando en silencio, observando cada brote con una atención casi sagrada.

—¿Qué técnica usa? —preguntó uno.

—¿Qué fertilizante? —añadió otro.

—¿Cuál es su planificación semanal? —insistió el tercero.

Takumi sonrió y les ofreció una taza de té. Luego les dijo:

—Cada planta es distinta: algunas necesitan sombra, otras sol. Algunas crecen si las dejas en paz, otras si les hablas cada día. Yo no impongo mi ritmo al jardín… me adapto al suyo. No lo exijo: lo escucho.

Los ejecutivos se miraron, incómodos.

—Pero eso lleva mucho tiempo…

—Cuidar nunca es perder el tiempo —respondió Takumi—. Un líder no es quien ordena desde arriba, sino quien cultiva desde abajo. Como el jardinero, observa, nutre, poda con compasión y riega con constancia. La flor no florece por presión, sino por cuidado.

Esa tarde, cada uno volvió a su empresa con una semilla en el bolsillo… y la idea clara de que su equipo no era un ejército que se dirige, sino un jardín que se cuida.”

Os dejo este cuento con el quiero que reflexionemos sobre qué “ Liderar es saber cuándo regar, cuándo podar y cuándo simplemente esperar en silencio a que tu equipo florezca.”

Cualquier equipo, tu familia, tus amigos, tu trabajo. Sé buen jardinero.

LO QUE IMAGINAMOS NOS GOBIERNA

Hoy reflexionando sobre lo que pensamos y el efecto que tiene en nosotros recordé una habilidad que entreno desde hace tiempo y puede que ayude. Seguro que ya sabéis que nuestro cerebro no espera a que ocurra algo para reaccionar. Lo imagina.

Cuando algo nos genera incertidumbre, como una elección, una reforma, una conversación, una noticia, un giro inesperado en nuestras vidas, no esperamos a ver qué sucede. Imaginamos y casi siempre nos ponemos en lo peor. Y esa imaginación nos genera miedo, bloqueo o rabia, aunque nada haya pasado todavía.

Esa simulación mental es una función esencial del cerebro, prever. Pero cuando no somos conscientes de ella, terminamos reaccionando más a lo que hemos imaginado que a lo que es real.

Lo peor es que cuanto más incierto es el futuro, más negativa es nuestra simulación. Imaginamos más miedos y menos recursos para resolver. Una especie de sesgo evolutivo para sobrevivir… que hoy es seguro un lastre para muchos que incluso aunque no ha ocurrido, ellos mismo etiquetan como “realista” 

¿Y si empezáramos a entrenar otras simulaciones? ¿Y si imaginamos futuros posibles que nos motiven, nos conecten, nos empujen a actuar desde el cuidado y la colaboración?

La tolerancia a la incertidumbre no es resignación. Es la capacidad de vivir sin certezas absolutas, de decidir con valentía en medio del caos, de no dejar que nuestros miedos nos gobiernen por adelantado.

Porque el problema no es no saber, sino lo que imaginamos cuando no sabemos.

Y eso sí podemos cambiarlo. ¿Te atreves?