Seguramente has estado atrapado recientemente en una nube personal de pensamientos negativos que giraban como un carrusel imposible de detener. Hoy quiero proponerte un ejercicio que quizá te sea útil que propone el Greater Good Science Center de Berkeley. Consiste en tomar distancia, hablar a uno mismo en tercera persona y mirar el dolor desde fuera.
Ponlo a prueba y me cuentas. Elige una situación que te moleste, algo que no hayas podido dejar atrás y pregúntate: “¿Por qué sientes [pon aquí tu nombre] esto? ¿Cuáles son las causas profundas?” Intenta describirlo como si fueras un observador externo, no como protagonista atrapado.
Al hacerlo, sentirás cómo la carga afloja. La rabia, la rabieta mental, pierden algo de intensidad. Y serás capaz de ver otros matices: “No era todo culpa mía”, “te duele por esto”, “también hubo cosas buenas que no viste”. Esa presencia de compasión interior abre puertas que la queja constante no ve.
Esto funciona porque cuando hablamos con nosotros mismos desde la distancia, usamos pronombres como “tú” o nuestro propio nombre en lugar de “yo”. Eso genera un cambio cognitivo, nos permite ver lo que nos sucede con más objetividad, sin identificarnos cien por cien con el dolor. Reduce la rumiación, la vergüenza y la intensidad emocional.
Te dejo un pequeño pero poderoso ritual que puedes probar ahora mismo
- Cierra los ojos durante un minuto.
- Piensa en esa experiencia negativa que ronda en tu mente.
- Empieza a narrarla como si fueras otra persona: “¿Por qué siente ella esto? ¿Qué razones tiene?”
- Anota lo que te surja.
Hazlo cuando te sientas atrapado por el malestar. No evitarás las emociones difíciles, pero puedes aflojarlas y aprender de ellas.
La vida no es eliminar el dolor, sino transformarlo en entendimiento. Mirar con compasión desde afuera es una forma de crecer hacia adentro.




















