En una antigua ciudad mediterránea, había una fuente en el centro de la plaza que abastecía de agua a todos. El agua era limpia, fresca y abundante. Los comerciantes prosperaban, los niños jugaban alrededor y los viajeros hablaban maravillados de aquella ciudad donde todo parecía funcionar.
Pero con el tiempo, algunos comenzaron a tomar más agua de la que necesitaban. Otros desviaban pequeños canales hacia sus casas. “Solo un poco”, decían. “Nadie lo notará.”
Los ciudadanos sí lo notaban. El agua llegaba con menos fuerza. Algunas zonas empezaron a quedarse secas. Pero nadie decía nada. Cada uno pensaba que vigilar aquello era responsabilidad de otro.
Hasta que un verano, la fuente dejó de brotar.
La plaza quedó en silencio.
Entonces, una mujer llamada Nerea, directora del gremio de artesanos, reunió a comerciantes, jueces, vecinos y aprendices.
—La corrupción no vacía las fuentes de golpe —dijo—. Las vacía gota a gota… mientras los demás miramos hacia otro lado.
Decidieron actuar juntos. Crearon normas claras. Las cuentas comenzaron a ser públicas. Quien robaba agua devolvía el doble y perdía el derecho a gestionar recursos comunes. Pero, sobre todo, la ciudad dejó de admirar al tramposo “listo” y empezó a respetar al que cuidaba lo común.
Pasaron meses difíciles. Hubo enfados, resistencias y nombres importantes señalados. Pero poco a poco, la fuente volvió a brotar.
Y entonces entendieron algo esencial:
las ciudades no se destruyen solo por quienes roban, sino por quienes dejan de proteger lo que pertenece a todos.
Os dejo este cuento porque cada uno debemos plantearnos qué hacemos con la corrupción a nuestro alrededor.
“La corrupción crece donde la indiferencia la riega. Lo común solo sobrevive cuando todos lo cuidan.”


