CUANDO VOLVEMOS ATRÁS

Cuando por fin el ejercicio se pone de moda de verdad y las pesas empiezan a pesar también en las rutinas de las mujeres, justo entonces vuelve a aparecer el mismo modelo de siempre. El de parecer que comes celulosa para quitarte el hambre. El de una delgadez extrema presentada otra vez como aspiración, como éxito, como disciplina, como estética deseable.

Yo creí que ese terreno estaba más conquistado. Creí que empezar a comer más proteína, más comida y mejor comida, dejar de tener al cuerpo muerto de hambre y entrenar para estar fuertes y compactas era ya un avance real. Creí que habíamos entendido por fin que la fortaleza no se construye desde la privación y que estar sana no debería parecer un fracaso estético frente a una extrema delgadez celebrada.

Pero no. Vuelvo a ver alfombras rojas, influencers y otros modelos a las que casi habría que sujetar para caminar cuando llegan a los photocalls. Y sé que esto va mucho más allá de lo que vestimos. Porque a las mujeres nunca se nos absorbe solo con la ropa. Se nos absorbe también con el ideal corporal que se cuela detrás, con la exigencia que parece moderna pero no deja de ser la misma de siempre, con esa presión silenciosa que vuelve a decirnos que ocupar menos espacio sigue siendo preferible.

Siempre he creído que las opiniones gratuitas sobre los demás sobran. Todos tenemos espejo y ya somos suficientemente duros con nosotros mismos como para que otros refuercen eso sin que nadie se lo haya pedido. También he pensado que, en caso de opinar, debería ser sobre algo en lo que puedas ayudar, algo que se pueda cambiar con tiempo, con cuidado o con alternativas.

Los  medicamentos están para tratar problemas, no para crearlos donde no los había. O al menos donde no los había hasta que alguien decidió convertir un cuerpo normal en algo que había que corregir.

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