Hace años que la exageración ha tomado la política hasta el punto de que Torrente y su aventura política ya no quedan tan lejos de ser un meme calcado de una situación que, a menor escala, plasmó Vota a Juan.
En una democracia como la nuestra, hablar de prioridad nacional, además de ser hiperbólico, roza lo ilegal, porque atentar contra el artículo que prohíbe la discriminación es algo absolutamente claro y, además, protegido por la legislación europea.
Pero es que, además, en democracia los votos pueden blindarlo todo o desblindarlo todo, por mucho que quieran hacernos creer en la inmovilidad de ciertas cosas y en su supuesta protección, por mucho que lo cacareen.
Confunden la poca atención que les prestamos con nuestro nivel intelectual. Y eso, además de ser un error, supone minusvalorar la dirección que, una vez interiorizada esta percepción, podría tomar nuestro voto.
No necesariamente hacia lo que parece el blanco fácil de nuestro hartazgo y nuestro cabreo. No hacia lo obvio, el trazo gordo y las soluciones radicales.
Puede que, precisamente por eso, acabemos apostando por ciudadanos sin excentricidades, ni mentiras que den un paso al frente con una consideración más cercana a lo que ocurre en el mundo. Y es que cada vez más, queremos ponernos todos a los mandos, cuando la tecnología lo pone cada día más fácil.


