LO QUE EVITAS TAMBIÉN TE DIRIGE

A veces lo llamamos bloqueo. Otras veces lo disfrazamos de prudencia, de falta de tiempo, de cansancio, de no ser el momento adecuado. Nuestro cerebro sabe encontrar razones muy convincentes para no acercarse a aquello que le incomoda. Nos las presenta como argumentos de peso, pero, si nos detenemos a mirarlas de frente, muchas veces lo que aparece no es una imposibilidad real, sino algo que queremos evitar. Los emprendedores lo conocemos bien. 

A veces evitamos algo porque podría salir bien y eso también da miedo. Porque el éxito obliga. Porque salir de la zona conocida exige sostener una versión más valiente de nosotras mismas. Otras veces lo evitamos porque implicaría decidir, exponernos, cambiar hábitos o hacer cosas a las que no estamos acostumbrados. Pero casi siempre, en el fondo, lo que estamos posponiendo es una incomodidad.

Y, sin embargo, pocas veces pensamos con la misma intensidad en todo lo bueno que podría traernos atravesarla. En lo que crecería nuestra vida si dejásemos de negociar tanto con el miedo. En lo que aprendería nuestro cerebro si, en lugar de seguir huyendo, empezáramos a exponernos poco a poco a eso que evitamos.

Porque cuando dejamos de escapar, la ansiedad no manda igual. Va bajando. El malestar se vuelve más tolerable. El cerebro aprende que no todo lo incómodo es peligroso y que muchas veces solo era desconocido. Ahí empieza una libertad distinta.

Cada pequeño paso cuenta. Cada vez que no retrocedemos, la autoestima también recibe un mensaje nuevo. Uno mucho más poderoso que cualquier frase bonita. El de comprobar que sí podíamos. Que no era tan imposible. Que quizá el miedo no tenía tanta razón como parecía.

A veces la vida no cambia porque nos falten capacidades.Cambia cuando dejamos de obedecer todo lo que intentábamos evitar.

Y entonces conviene preguntarse algo muy simple.

¿Qué es lo peor que podría pasar?  Y mejor aún, ¿qué es lo mejor que podría empezar por fin?

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