A veces no nos falta capacidad. Nos falta foco.
Y no porque seamos débiles ni desordenadas, sino porque vivimos rodeadas de cosas diseñadas para robárnoslo. El móvil, el ruido, la prisa, la costumbre de saltar de una cosa a otra y esa sensación de que estar ocupadas es lo mismo que estar presentes.
Por eso creo tanto en los rituales.
No en nada complicado. No en grandes ceremonias. En pequeños gestos que le dicen a tu cerebro que ahora toca estar aquí. Una taza caliente. Una vela. Tres respiraciones profundas. Música que siempre usas para escribir o trabajar. Un cuaderno abierto. El teléfono lejos. La puerta cerrada. La mesa despejada.
Parece poco, pero no lo es.
El cerebro aprende por repetición. Y cuando repites una secuencia que asocia con calma, presencia y concentración, cada vez le cuesta menos entrar. Como si le fueses enseñando el camino de vuelta.
A mí me gusta pensar que los rituales son una forma de ternura con una misma. No te exigen de golpe. No te empujan. Te acompañan a entrar. Te ayudan a dejar fuera el ruido y a recordarte que tu atención merece cuidado.
En un mundo que compite todo el tiempo por distraernos, entrenar la atención es casi una forma de dignidad.
Y quizá por eso conviene dejar de esperar a tener ganas.
Y empezar a crear las condiciones.
Porque muchas veces el foco no aparece.
Se prepara.


