LA TRIBU SIGUE SIENDO EL ANTÍDOTO

Aislados, solos y conectados a nuestros teléfonos, somos presa fácil de todos los miedos imaginables que llegan entre ceros y unos. Juntos, mirándonos a los ojos y conectados fuera de las pantallas, somos mucho más fuertes. Y eso lo sabe mucha gente.

Por eso resulta tan inquietante este momento. Los pequeños ya se han acostumbrado a las redes y a los dispositivos y ahora algunos gobiernos quieren prohibírselos, mientras los adultos seguimos viviendo en una jungla salvaje que apenas sabemos gestionar. Una jungla de mensajes, comparaciones, ruido, miedo, manipulación y sobreexposición de la que solo parece defenderse quien cierra la ventana. Y, aun así, seguimos sin ver del todo lo que está pasando.

Lo más paradójico es que la ayuda para muchos de nuestros males sigue estando donde siempre estuvo. En esas otras redes que tienen manos, oídos, abrazos, tiempo, voz y presencia. En la tribu. En la pertenencia. En el cuidado. En la posibilidad de decir no estoy bien y encontrar a alguien delante de verdad.

Nunca hemos tenido tantas cosas materiales, tanto acceso, tanta inmediatez y, sin embargo, el vacío crece. Porque si algo nos ha enseñado la vida es que lo principal no era acumular, ni exhibir, ni consumir sin descanso. Lo principal era sentirnos parte de algo. Saber que había alguien. Poder sostener y ser sostenidos.

Y, sin embargo, hemos llegado a un punto en el que pedir ayuda casi parece una rareza. O algo que se busca en espacios confidenciales y pagando, como si la escucha, el cuidado y la atención no hubiesen sido siempre patrimonio de lo humano.

Si seguimos deshumanizándonos así, quizá no haga falta que una máquina nos sustituya.

Quizá antes nos habremos convertido nosotros en una.

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