EL FARO Y LA NIEBLA

En la costa sur de la India había un faro famoso por guiar a los barcos incluso en las peores tormentas. Durante generaciones, los marineros habían confiado en aquella luz para regresar a casa. No importaba quién gobernara el puerto. La luz permanecía. Firme. Visible. Estable.

Cuando el nuevo director del faro fue elegido, el pueblo celebró su llegada. Era un hombre carismático, rápido al hablar y hábil para convencer. Prometió modernidad, eficiencia y una nueva era para el puerto.

Los primeros cambios parecieron pequeños.

Dijo que las revisiones de seguridad eran exageradas porque retrasaban el trabajo.

Después se burló de los marineros veteranos, llamándolos anticuados.

Más tarde empezó a ascender a quienes le aplaudían y apartó a quienes cuestionaban sus decisiones.

Poco a poco, el ambiente cambió.

Los trabajadores dejaron de avisar de los errores.

Los más preparados comenzaron a marcharse.

Los nuevos aprendieron que era más importante agradar que hacer bien su trabajo.

Y aunque la torre seguía en pie y la luz seguía encendiéndose cada noche, algo esencial había desaparecido.

La responsabilidad.

Una madrugada de niebla espesa, un barco se estrelló contra las rocas.

El director culpó al clima.

Los marineros culparon al azar.

Pero un anciano que llevaba cuarenta años trabajando en el puerto dijo en voz baja:

“No fue la niebla. Fue todo lo que dejamos de corregir antes de que llegara”.

Porque la involución de una sociedad rara vez comienza con un gran desastre. Empieza cuando el comportamiento de quien lidera convierte la mediocridad, el miedo o la arrogancia en algo normal.

Y cuando eso ocurre, incluso las estructuras más sólidas empiezan a perder el rumbo.

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