El entrenador era de perfil bajo y ha llevado a un equipo de buenos jugadores, pero sin grandes estrellas individuales, a la final de un Mundial.
Mientras otros construyen equipos alrededor de nombres que principalmente buscan ser ellos los protagonistas, vender camisetas y conseguir seguidores, él sin grandes alharacas, ha construido un grupo alrededor de una idea. Una forma de jugar. Una forma de relacionarse. Una forma de entender que el talento solo alcanza su máximo potencial cuando está gobernado por la gratitud, la generosidad, la solidaridad y la confianza.
Decía que su equipo era un vínculo de unión y de orgullo para un país. Agradecían todo el apoyo no era lo normal. Que todos cuando hablaban se refiriesen a los 26 en sus declaraciones, no era lo normal.
Y quizá ahí esté la verdadera victoria.
Nos hemos acostumbrado a idolatrar a los galácticos, a medir el éxito por el brillo individual y a olvidar que las grandes transformaciones casi siempre las consiguen equipos que ponen el talento al servicio de un propósito compartido.
Ser fiel a una estrategia cuando los focos apuntan hacia otro lado también es liderazgo. Ser auténticos y normales también es una novedad.
Ahora que hablamos tanto de inteligencia artificial, quizá convenga recordar que la inteligencia que más va a determinar nuestro futuro no sea la artificial, sino la colectiva.
La que aparece cuando las personas dejan de competir entre ellas para empezar a construir juntas.
Porque ninguna tecnología será capaz de sustituir a un grupo de personas que comparte un propósito, confía unas en otras y entiende que el éxito de uno solo tiene sentido cuando hace mejores a los demás.
Esa sigue siendo la inteligencia más difícil de construir.Y probablemente la más valiosa.
Mientras los demás llenamos las redes y opinamos de vídeos robados e impostados.


