LAS FRONTERAS YA NO BASTAN

Aunque la pandemia del COVID debería habernos enseñado que hay problemas que solo pueden afrontarse por encima de las fronteras, seguimos empeñados en resolver con herramientas del pasado los desafíos del presente.

Los virus no entienden de países. Tampoco los incendios los podemos apagar solos, el terrorismo, el crimen organizadok, la inteligencia artificial o las migraciones.

España convive desde hace décadas con una de las fronteras más complejas de Europa. A pocos kilómetros de nuestras costas, dos mundos conviven separados por una distancia mínima y por una enorme diferencia de oportunidades.

Nuestra relación con Marruecos rara vez es sencilla. Unas veces es la pesca. Otras la inmigración. O el Sáhara. Mientras al otro lado la población sigue creciendo y millones de jóvenes buscan un futuro, aquí envejecemos, nuestros pueblos se vacían y cada vez necesitamos más personas para sostener nuestro modelo económico y nuestro Estado del bienestar.

Hace años que me pregunto cuánto tiempo podremos seguir levantando vallas, reforzando fronteras o hundiendo barreras en el mar para contener algo tan poderoso como el hambre, la esperanza o el deseo de ofrecer una vida mejor a los hijos.

El dinero hace tiempo que dejó de respetar las fronteras. Las grandes empresas operan donde quieren. Los mercados mueven miles de millones en segundos. Quien tiene recursos puede invertir, estudiar o incluso comprar una residencia en otro país.

La paradoja es que el capital viaja con libertad mientras las personas más vulnerables encuentran cada vez más obstáculos.

No creo que la respuesta sea abrirlo todo ni cerrarlo todo.

Creo que la respuesta pasa por reconocer que la frontera no empieza donde termina un país. Empieza mucho antes, allí donde nacen la pobreza, la falta de oportunidades, la corrupción, la inestabilidad o la ausencia de expectativas.

Seguiremos discutiendo sobre concertinas, patrulleras o muros mientras no abordemos las causas que empujan a millones de personas a jugarse la vida para cruzarlos.

Quizá el liderazgo del siglo XXI no consista en construir fronteras más altas, sino en ser capaces de construir vecinos más prósperos, más estables y más libres.

Porque las fronteras pueden contener durante un tiempo a las personas.

Lo que nunca conseguirán contener son los sueños.

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