La actuación de Mikel Merino en este Mundial deja muchas lecciones sobre el liderazgo personal y sobre lo que significa formar parte de un equipo.
Sobre todo, enseña qué hacer con las cartas que te tocan. Sin lamentarte por las que no tienes, sin enfadarte por las decisiones de otros y sin desperdiciar oportunidades mientras miras hacia donde no estás.
Ser titular en una selección es el sueño de cualquier futbolista. Pero pertenecer a un equipo exige entender algo que a veces olvidamos.
Antes de ser protagonista hay que aprender a ser compañero. Algo extrapolable a cualquier faceta de la vida donde tienes un equipo.
Hay que celebrar los goles de otros aunque te hubiese gustado marcarlos tú. Hay que seguir entrenando con la misma intensidad aunque no salgas de inicio. Hay que permanecer disponible y enchufado porque el partido puede cambiar en el último minuto y quizá sea entonces cuando llegue tu oportunidad.
Los grandes equipos no solo se construyen con grandes titulares. Se construyen con personas que entienden que el éxito colectivo está por encima del reconocimiento individual.
Es verdad que la presión que reciben estos jugadores, con apenas unos años de carrera, es enorme. Conviven con expectativas, críticas y responsabilidades que muchos adultos nunca llegarán a experimentar.
Pero también tienen el privilegio de aprender muy pronto una de las lecciones más valiosas de cualquier liderazgo.
No siempre decides cuándo llega tu momento.
Lo que sí decides es quién eres mientras esperas.
Y, muchas veces, esa actitud termina siendo la que abre la puerta cuando por fin alguien la llama.


