POLÍTICA

Me dedico a la política casi desde que tengo uso de razón y, por muchas otras cosas que llenen mi vida, sé que nunca voy a renunciar a ella.

Porque para mí la política no ha sido nunca una escalera, ni un refugio, ni un disfraz. Ha sido una forma de amar lo común. Una manera de comprometerme con mi gente, con mi comunidad, con el lugar en el que vivo y con la posibilidad de mejorarlo.

Tampoco voy a renunciar a mi forma de entenderla. A decir lo que pienso. A defenderlo en público. A sostener una mirada propia aunque a veces no sea lo más cómodo, lo más rentable o lo más conveniente. Porque si algo he aprendido es que la política sin verdad, sin valentía y sin coherencia se convierte enseguida en teatro, en cálculo o en simple supervivencia personal.

Y yo no creo en esa política.

Creo en una política con formas exquisitas y con propuestas responsables y útiles. En una política que emplea el talento para resolver problemas, para tender puentes, para encontrar lugares comunes desde los que empezar y horizontes compartidos a los que llegar. Creo en una política que no se obsesiona con salvar carreras, sino con mejorar vidas.

No entiendo la política como un modo de vida que se protege a sí mismo mientras se retrasan los cambios y las reformas que hacen falta. La entiendo como una obligación de servir, de escuchar, de empujar, de hacerse cargo. De ayudar a que avancemos y de hacerlo procurando que nadie se quede atrás, sin populismos, sin frivolidades y sin esa pobreza moral que convierte lo público en un campo de batalla para egos heridos.

Hoy un amigo, de esos que la política me regaló, me hablaba de una nueva aventura y recordaba nuestra forma de hacer las cosas. Y pensé que quizá no haya legado más valioso que ese. Una forma de hacer que nace de la coherencia con una misma y de una convicción profunda, la política es nosotros y no yo.

La política es resolver problemas, no causarlos. Es escuchar, no imponer. Es construir, no dividir. Es servir, no servirse.

No hay truco. No hay pose. No hay atajo.

Solo compromiso.

Y ojalá no dejemos nunca de reconocer su valor.

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