¿LEES LA MENTE?

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¿Cuántas veces has interpretado lo que otros pensaban o sentían por su comportamiento, por su tono, lenguaje o gestos?

¿Cuántas veces has juzgado a otros, simplemente por lo que vés? Sin preguntar, ni confirmar, basándote sólo en tu propio análisis.

¿Cuántas veces has sufrido por lo que pudieran pensar los demás sólo por asumir que sus gestos eran de no aprobación?

“Le estoy aburriendo”, “le caigo fatal”, “no me soporta” muchas de estas percepciones se basan en asumir que los gestos o comportamientos de los demás son de desaprobación respecto de algo que decimos o hacemos sin confirmarlo. Y al contrario, opinamos sin más de lo que otros hacen o dicen, sin ir más allá de lo que percibimos, ni contrastar.

¿Cuántas veces nuestros prejuicios y valoraciones nos hacen percibir erróneamente a los demás y cometer graves injusiticias de juicio?

¿Has pensado en que la mayoría de las personas sólo pensamos en nosotras mismas y en nuestras cuestiones y que pocas veces salimos de nuestro ensimismamiento para advertir qué necesitan o qué piensan los demás? Si reparases en esto, podrías entender, que  gran parte de este pensamiento es erróneo.

Este tipo de pensamiento, denominado  “lectura de mente” es uno más de los errores de pensamiento que puede afectarte más negativamente. Dramatiza gran parte de lo que te ocurre y destruye relaciones que ni siquiera habían empezado.

Te dejo esta historia “Las galletitas” que seguro, te suena para que reflexiones sobre ella:

Cuando la señora llegó a la estación, le informaron que su tren se retrasaría aproximadamente una hora. Un poco fastidiada, se compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera.

   Mientras ojeaba la revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario. De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fijamente al joven.

   Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente.

   El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que solo quedaba una galleta, y pensó: «No podrá ser tan caradura», mientras miraba alternativamente al joven y al paquete. Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos. Con un gesto amable, le ofreció la mitad a su compañera de banco.

   —¡Gracias! —dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta.


   —De nada —contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad.

Entonces el tren anunció su partida. La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Desde la ventanilla, vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: «¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!». De pronto sintió la boca reseca por el disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas intacto.

Si no quieres que te juzguen sin razón, no lo hagas tú también. Pregunta, contrasta y confirma.

“Evaluación continua”

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“Aquel es un …”, “mi vecino es…”, “mi compañero es…”, “ mi pareja es…”, “ mi hijo es…”

Si has rellenado los puntos suspensivos con cuestiones positivas,  has modificado la oración o dudado sobre algún apelativo a adjudicar, ¡Enhorabuena!

En otro caso, sé que te interesará reflexionar sobre la evaluación  a la que sometemos a las personas sin ser incluso conscientes. Sólo tienes que estar atento a cuántas veces en una conversación adjudicamos juicios y vertimos opiniones en forma de adjetivos sobre personas, sin ni siquiera darnos cuenta.

Hasta ahora puedes no haber reparado en ello, pero vivir en el mundo de los juicios y las opiniones, asumiéndolos a modo de observación objetiva y de manera inconsciente, te puede estar causando más de un problema, precisamente porque como tú lo haces, juzgar, también te afecta que otros lo hagan sobre ti, no siendo inocuos sus comentarios para la montaña rusa en la que habrás subido a tu autoestima.

Piensa en tu trabajo, con tus empleados, tu jefe. En tu casa con tu familia, con tus amigos. Cuántas veces dices que “ellos son” algo. Esa insostenible y no continua evaluación de una simple acción, que no llega a los estándares que tú exiges para considerarla buena, de repente se pega a la persona etiquetándola para siempre, dándole pocas oportunidades para el cambio.

En primer lugar porque, como te afecta la opinión de alguien a quien le otorgas esa autoridad,  tú crees que eres eso y en segundo lugar para no decepcionar a tu público,¿ para qué cambiar?

Si tú crees que eres o no eres algo, difícilmente estarás abierto al cambio y al aprendizaje porque ser parece un marchamo de serie que te acompañará siempre.

Cuántas veces has oído hablar a personas de alguien que conoció o trató hace años, o que ha visto o tratado una o dos veces y le describe como si hubiese sido fruto de una evaluación continua hasta este momento, cuando en realidad habla de una foto congelada del pasado de la persona.

Como si el cambio no tuviese lugar en la vida de las personas, como si los acontecimientos vitales tanto positivos como negativos no tuviesen impacto en nuestro aprendizaje o en nuestro ser.

 Lo que no parece justo, a mi entender, es que juzguemos a nadie por minutos o acciones de su vida, sin darles la oportunidad de cambiar o mejorar. O que extrapolemos un comportamiento extemporáneo a todos los ámbitos de su vida.

Es cierto que quienes hacen estos juicios tan negativos de los demás también son duros con ellos mismos pero esa reciprocidad no les exime de no generalizar y agotar la libertad que tienen las personas para ejercer su libre albedrío.

 Si pensamos que podemos cambiar lo que somos, abrimos una puerta al aprendizaje y si además tenemos a alguien cerca que nos ayude a dejar de ser lo que nunca fuimos o a dejar de tener la imagen que congelaron de nosotros, más que mejor.

Ni siquiera hace falta que nos lo pidan, concedamos la oportunidad de desligarse de sus propios fantasmas a todos los que nos rodean y dejemos de unirles a situaciones, acciones y eventos pasados que no son potenciadores.

Os cuento mi propósito para 2015 a este respecto: Gracias a alguna conversación con buenos amigos y al sabio consejo del más pacificador, 😉 junto con algunas películas con humor sobre tópicos me han llevado a un firme objetivo: llamaré a todo el mundo por su nombre, no me referiré a nadie, ni por  apodos, cariñosos o no, ni epítetos, ni apellidos, sino por lo que según Carnegie es la palabra que a todo el mundo le suena a música celestial “su propio nombre”.

Cerrar todas las ventanas

cerrar ventanas

Nuestro día a día nos deja poco tiempo para pensar y reflexionar. Vamos de un lado a otro sin reparar en muchos detalles que nos perdemos por intentar llegar antes a un futuro incierto o huir de un pasado cercano.

De repente nos damos cuenta que todo nuestro periplo diario está impregnado de un malestar general que no sabemos muy bien a qué achacar. La sensación, algo sin resolver, sobre qué, no lo tenemos muy claro, la urgencia de llegar a nuestra próxima tarea o nuestro próximo destino, nos impide acertar con la causa.

Llegamos a casa, paramos, qué nos ocurre, nos preguntamos, será el trabajo. Repasamos mentalmente lo que ha sucedido durante el día y lo descartamos, fue más de lo mismo. Será la alergia,el tiempo, que no he hecho ejercicio, he dormido poco, tengo estrés. Sólo sé que tengo un profundo malestar.
Continúo dándole vueltas a todo. Desde cuándo me ocurre, puede que desde hace tres o cuatro meses. Qué ocurrió entonces. Ahora recuerdo, aquello que dejé con aquella persona sin resolver, que no cerré, que me importaba, sobre lo que decidí no pensar, creyendo que el olvido haría de las suyas, librándome del pesar.

Hoy veo claramente que erré, mis sentimientos de angustia, de ansiedad, mi constante malestar, lo que acabo pagando con otros, todo se reduce a mi conversación pendiente con esa persona. Lo que le hubiese dicho, lo que ahora le querría decir, lo que me gustaría zanjar ese tema…
Quizás será mi miedo a saber la verdad. Qué verdad, a lo mejor la que yo interpretaba que iba a recibir. Apenas recuerdo lo que dijo y lo que dije pero la sensación la percibo como si hubiese sido hace un momento y no me deja descansar.

Cuando me impulso para hacerlo, hablar con ella, aparece el miedo y cuando me contengo e intento olvidar, ese maldito malestar otra vez. Dos opciones no son opciones, busco una tercera…

Con las herramientas que tengo, no encuentro otra solución distinta, necesito otros matices, otras perspectivas que me saquen de mi bloqueo, qué hago, será tarde para hablar, qué pensará si me dirijo a ella con un tema de hace meses. Qué va a pensar de mi, seguro que me contesta mal. No, todas estas son excusas para no hacerlo y que no ocurra. Querrá decir eso que tengo que vivir con mi malestar. Hasta cuándo podré manejarlo…
Estoy decidido, no puedo dejar que esa conversación pendiente haga bullir mi cerebro hasta derretirme en una maraña de dudas, tensiones y presión.

Si esto te ha ocurrido alguna vez con alguien de tu familia, amigos, personas del trabajo… no lo dejes, no pasará. No renuncies a un montón de posibilidades que pueden llevarte lejos por no tener esa conversación a tiempo. Por no decirles eso que tienes pendiente.

Te dejo unas reflexiones que te ayudarán:
Si te has parado a pensar y has encontrado la causa, serás consciente de tu responsabilidad, piensa en cómo te comportaste y qué puedes haber hecho para llegar a esa situación.

Deja de interpretar y suponer lo que hizo la otra persona. Apaga tu diálogo interior.Piensa qué pudo haberla hecho reaccionar así. Crees de verdad,que fue intencionado. Podía estar ella pensando, quizá, lo mismo que tú.
Si esa persona te importa y te aporta, no lo dejes pasar. Cuando sueles querer hacerlo ya es tarde y sólo queda arrepentirse. Lo que puedo ser y no fue.

Piensa en una nueva conversación. Escribe, hazte tu guión, que sea lo que tú le quieres decir y que todo esté suficientemente claro. Guárdalo y si lo vuelves a mirar días después, te interesa. Llama.

En cualquier caso, cerrar esa ventana que te está gastando tanta energía, te ralentiza y a veces te bloquea, será lo más “ecológico” para ti.

Elige el momento y el lugar adecuado y lánzate.

“No es porque las cosas son difíciles que no nos atrevemos; es porque no nos atrevemos que son difíciles.”
Séneca