COMPROMISO

Cuando ocurre una desgracia en un país como Venezuela, tan castigado ya por tantas otras, a cualquiera se le rompe el corazón y le entran ganas de ayudar con lo que sea y como sea.

Esos momentos en los que el dolor atraviesa fronteras demuestran algo valioso. Que, a pesar de todo lo que nos enfrenta, de todo lo que nos divide y de todo el ruido que nos dispersa, para lo importante seguimos estando. La empatía aparece. La solidaridad se activa. El mundo se mueve.

Pero también ahí asoma una contradicción que convendría mirar de frente.

No siempre entendemos que el día a día, lo pequeño, lo repetido, lo que hacemos cuando no hay focos ni urgencia, es lo que de verdad forja nuestro carácter individual y colectivo. Son los hábitos, los modos, la forma de tratarnos, de convivir y de sostenernos lo que hace que una casa, una sociedad o un país sean o no un lugar respirable.

Y entonces la pregunta incomoda es otra.

Qué tendría que ocurrir para que esa empatía innata nos acompañara también a diario y no solo cuando todo estalla. Por qué nos resulta más fácil conmovernos ante la tragedia que comprometernos con hacer la vida más vivible antes de que llegue. Por qué reaccionamos mejor ante el desastre que ante el deterioro cotidiano que lo prepara.

Porque quizá no sea solo la emoción la que salva. Quizá sea el compromiso.

El compromiso con una convivencia más decente. Con una política menos tóxica. Con una ciudadanía más consciente. Con una forma de vivir que no reserve su mejor versión para los momentos límite.

Tal vez así estaríamos en mejores condiciones para afrontar lo grave cuando llegue, con más recursos, más tejido humano y más fortaleza moral.

La urgencia llama la atención. La conmoción moviliza.

Pero lo que sostiene de verdad a una sociedad no es el impacto.

Es el compromiso diario. Empecemos por Venezuela.

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