GLADIADORES MODERNOS 

Pude ver en directo el Gran Premio de Cataluña en el que se accidentaron varios pilotos de MotoGP. Tras el breve letrero en televisión anunciando que estaban conscientes, la carrera volvió a ponerse en marcha. Hasta tres veces.

Como si saber que respiraban fuese suficiente para que el resto pudiera borrar de sus retinas las caídas, olvidar el miedo y volver a acelerar a más de trescientos kilómetros por hora porque el espectáculo debía continuar.

Algo parecido vimos en Roland Garros con los tenistas disputando sets a temperaturas insoportables. Una bolsa de hielo escondida bajo una toalla parece suficiente para mantener el siguiente juego interesante hasta que el cuerpo dice basta y alguno termina desplomándose sobre la pista.

No hablaré todavía del documental de Nadal porque no lo he visto, pero los fragmentos muestran una vida de sacrificios físicos que no está al alcance de cualquiera y que quizá tampoco debería presentarse siempre como un ejemplo indiscutible de superación.

Lo que ha colmado el vaso ha sido la pelea de Topuria en la Casa Blanca. No por el combate, que es voluntario y tiene sus reglas, y llevo años cerca de deportes como el boxeo sino porque pasase del segundo asalto  y que además formara parte de los fastos del cumpleaños del presidente de una democracia.

La escena me recordó a los emperadores y a los gladiadores de otro tiempo. Unos exponían el cuerpo mientras otros contemplaban el espectáculo hasta el límite , celebrando al gobernante y olvidando durante unas horas todo aquello que deberían exigirle. 

El deporte necesita esfuerzo, competencia y ambición. Pero cuando el dolor del deportista se convierte en contenido y su vulnerabilidad amenaza los horarios, las audiencias o los ingresos, dejamos de admirar su capacidad y empezamos a consumir su sufrimiento.

¿Hasta dónde debe llegar la competición para satisfacernos y qué precio deben pagar quienes participan para poder seguir pareciendo invencibles?

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