SER DE VERDAD

Últimamente tengo la sensación de que vivimos demasiado pendientes de llamar la atención.

De decir algo que impacte, de tener una opinión tajante, de aparecer, de no pasar desapercibidos. Como si lo importante fuese conseguir que alguien se detenga unos segundos a mirarnos, aunque después no recuerde nada de lo que hemos dicho.

Y quizá por eso cada vez valoro más a las personas que no necesitan inventarse un personaje para existir. Las que no convierten cada cosa que viven en un escaparate. Las que no utilizan sus heridas para gustar ni sus causas para conseguir seguidores. Las que no aparentan saber de todo y son capaces de decir no lo sé, déjame pensarlo o me he equivocado.

Porque ser auténtico no es contarlo todo.

Tampoco es exponerse sin medida ni hacer de cada emoción un contenido. Ser auténtico es que haya coherencia entre lo que dices, lo que haces y lo que sostienes cuando nadie te está mirando.

Y eso, que parece tan sencillo, cada vez es más difícil.

Vivimos en un momento en el que una imagen puede no ser real, una voz puede no pertenecer a quien parece hablar y una opinión puede repetirse miles de veces sin que detrás haya una persona que haya pensado de verdad en lo que está diciendo.

No me preocupa solo que nos engañen. Me preocupa que terminemos desconfiando de todo.

Porque cuando todo parece una estrategia, dejamos de escuchar. Cuando todo parece una campaña, dejamos de creer. Y cuando ya no creemos en nadie, acabamos refugiándonos únicamente en quienes piensan como nosotros.

La neurociencia explica que el cerebro busca atajos y se deja atrapar por lo llamativo, lo inmediato y lo emocional. Por eso conviene parar un momento antes de reaccionar y preguntarnos si eso que tenemos delante es verdad o solo ruido.

La autenticidad no siempre llama la atención. A veces incluso incomoda.

Pero quizá en un tiempo lleno de apariencias, ser de verdad sea una de las formas más valientes de estar en el mundo.

Deja un comentario