Tus grandes éxitos

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Un sábado por la mañana cualquiera, pones pie a tierra. En realidad no recuerdas qué fue lo primero que pensaste pero ya es tarde. Te pesa el cuerpo y no te apetece hacer nada. Dando tumbos vas de la cama al sofá, sin saber por qué lo único que quieres es seguir aletargado y no pensar en nada. Como si eso fuese posible. Haces una rápida pasada sobre lo que te espera ese fin de semana. Cumpleaños, cine, ruta de senderismo. La lista está repleta y aún así, lo único que te pide el cuerpo es descansar.

Imagina que entras en una tienda de discos, de vinilos y que estás decidido a llevarte uno para probar ese gran dispositivo láser que te regalaron tus amigos. Por cierto, qué grandes sabiendo que es tu mejor colección, hicieron un esfuerzo y con la mayor de las ilusiones te regalaron ese caprichito. Deambulas por la tienda, echas un vistazo a todos esos increibles éxitos que son parte de tu vida. La primera canción que cantaste en inglés, la última que ponían en tu garito especial, aquella con la que recuerdas tu fiesta de fin de curso, aquel viaje fantástico, cuando conseguiste acabar esa carrera, tu canción poderosa que te llena de energía en el gimnasio, la que te relaja, la que te recuerda a tu madre, a tus hermanos, a aquella persona, la que bailaste sin parar por enésima vez o la que cantas a grito pelado en el coche cuando vas solo.

Todos esos grandes éxitos que te hacen vibrar, que te devuelven a la vida en momentos que ésta parece haberse disipado, todas esas notas que alguien escribió para que tú las dieses contenido, las llenases con tus grandes éxitos, todas esas veces que te has sentido invencible después de tener una pequeña victoria sobre ti. Te das cuenta de qué pocas veces los escuchas, qué hace que no tengas estos discos a mano para poder ponerlos una y otra vez rememorando esos buenos tiempos.

Sigues dando vueltas por la tienda y de repente te topas con ese disco que hace tiempo guardaste en el más recóndito armario de tu casa. Ese que te recuerda cuando aquella persona desapareció de tu vida, cuando los pasaste mal en aquel momento, cuando más echabas de menos a los tuyos, cuando tu seguridad faltaba, vivías esa injusticia o te preocupaba en exceso un mañana incierto. Ese viejo disco ahora estaba allí, podías coger cualquier disco que te inspirase buenos recuerdos de esas cajas de cristal y  sin embargo aquel, captaba toda tu atención.

Era imposible dejar aquella posición, que se iba inclinando sobre la portada, hombros caídos, gesto serio, todo pesaba entonces. Sin darle más vueltas cogiste ese disco y lo llevaste al tocadiscos que la tienda ponía a tu disposición para escucharlo, fue posar la aguja sobre él y comenzar a rememorar todo aquellos que habías conseguido superar, y sin embargo eras incapaz de quitar el disco. De repente era una y otra vez el mismo sonido, el disco rayado, que habías escuchado miles de veces. Ese torturador sonido que hacía que mi vida fuese un infierno y lo había sacado de su funda y puesto yo mismo. De nuevo.

¿Qué esperaba escuchando esto de nuevo?

¿Qué discos pinchas tú en tu mente? ¿tus grandes éxitos o tu tortura?

De tí depende que tu vida sea una lista de tus grandes éxitos. Si no sabes cómo pincharlos busca ayuda y deja de escuchar el ruido de siempre.

¿Y si empiezas por hacer una lista de todos esos éxitos?

Los pensamientos que alimentan tu mente, te harán infinitamente feliz o infeliz, tú decides.

¿Afilas tu hacha?

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En cierta ocasión, un joven llegó a un campo de leñadores con el propósito de obtener trabajo. Habló con el responsable y éste, al ver el aspecto y la fortaleza de aquel joven, lo aceptó sin pensárselo y le dijo que podía empezar al días siguiente.

Durante su primer día en la montaña trabajó duramente y cortó muchos árboles.
El segundo día trabajó tanto como el primero, pero su producción fue escasamente la mitad del primer día.
El tercer día se propuso mejorar su producción. Desde el primer momento golpeaba el hacha con toda su furia contra los árboles. Aun así, los resultados fueron nulos.

Cuando el leñador jefe se dio cuenta del escaso rendimiento del joven leñador, le preguntó:
-¿Cuándo fue la última vez que afilaste tu hacha?
El joven respondió:
-Realmente, no he tenido tiempo… He estado demasiado ocupado cortando árboles…”

Compartir con vosotros este cuento oriental que leí hace tiempo y que recuerdo con frecuencia, me sirve para pensar en la poca importancia que damos a reflexionar sobre muchos de los pensamientos que tenemos y el poco tiempo que dedicamos a aprender cuestiones nuevas.

La mayoría de las veces nos conformamos con seguir utilizando las mismas estrategias de siempre a pesar de que seguimos consiguiendo los mismos resultados. Sin mejorar nuestras elecciones o buscar opciones nuevas.

A veces creemos que, por obvias que sean nuestras cualidades y capacidades, nos van a ser útiles, sin más desarrollo durante toda la vida, sin tener que esforzarnos en afilar nuestro hacha. Con lo que aprendimos en los primeros años, de estudios, de vida, de trabajo.

Si te cuestiones hace cuánto que leíste algo diferente, nuevo, que aprendiste algo por primera vez, que pusiste en marcha otra manera de enfrentarte a las cosas, serás consciente de la poca importancia que das a mantener tu mente activada y tu cerebro en marcha.

Si a esto le sumas que cada vez desarrollas más rutinas para vivir de manera automática sin ser consciente de la mayoría de tus decisiones podrás ver lo poco que entrenas para mejorar.

Cuando te levantas, haces siempre lo mismo y en el mismo orden, vas al trabajo por el mismo sitio, usando el mismo transporte y allí desarrollas las mismas rutinas, así continúas durante todo el día, hasta que regresas a casa.

Toda esa disciplina monónota hace que tus autopistas cerebrales sean cada vez menos y menos transitadas. De ahí la importancia de afilar tu hacha siempre que puedas, es en estas sencillas cosas, en las que puedes empezar a trabajar para hacerlo.

Acostumbra a tu mente a la decisión consciente y a la novedad. Eso será un buen primer paso.