LA NUBE QUE NOS RETRATA

Siempre recurro al experimento de los niños y las nubes. Ese en el que les ponen una golosina delante y les dicen que, si esperan sin comérsela, recibirán otra como recompensa. Me interesa mucho más lo que hace cada niño que el resultado final. El que se la come nada más cerrarse la puerta. El que la mira como si estuviera librando una batalla interior. El que se tapa los ojos. El que canta. El que se inventa cualquier estrategia para no caer.

Creo que ese experimento refleja a la perfección la sociedad del futuro y sus elecciones. Porque el cerebro ejecutivo necesita entrenamiento, pero cada vez vivimos más rodeados de estímulos diseñados para que no esperemos. Comida, bebida, compras, drogas, juego, pantallas, aprobación inmediata. Todo está preparado para ofrecernos placer rápido, intenso y disponible.

Si nos detuviéramos a pensar con calma en los beneficios o perjuicios a largo plazo, muchas veces decidiríamos no consumir, no comprar, no apostar, no entrar, no responder, no seguir. Pero el placer momentáneo tiene una fuerza enorme. No promete futuro. Promete alivio ahora. Y eso, cuando estamos cansados, tristes, solos o sobreestimulados, pesa mucho más que cualquier reflexión sensata.

Además, somos bastante conscientes de nuestros propios hábitos. Por eso muchas veces buscamos compañía. No siempre para mejorar, sino para repartir la culpa. Necesitamos mirar alrededor y encontrar a alguien cuyo exceso parezca peor, más perjudicial o más destructivo. Así, en la comparación, nuestra autoestima sale menos dañada.

Pero el verdadero entrenamiento no consiste en no sentir el deseo. Consiste en aprender a no obedecerlo siempre. En crear una distancia mínima entre el impulso y la acción. Un consejo útil desde la neurociencia es retrasar la respuesta unos minutos y cambiar el entorno antes de decidir. Levantarse, alejar el estímulo, respirar más despacio, nombrar lo que sentimos. Ese pequeño intervalo activa la corteza prefrontal y reduce la fuerza automática del sistema de recompensa.

A veces, el futuro no se decide en grandes discursos. Se decide en esa nube que tenemos delante y en lo que somos capaces de hacer mientras esperamos.

Deja un comentario