CUANDO EL CUERPO HABLA

Dicen los budistas que todos tenemos muchas preocupaciones, muchas urgencias y muchas cosas en las que pensar, hasta que nos falta la salud. Entonces, casi todo lo demás pasa a un segundo plano.

Y quizá esa sea una de las grandes trampas de nuestra forma de vivir. Necesitamos que algo se rompa para entender lo que ya sabíamos. Necesitamos que la vida nos frene en seco, que el cuerpo nos limite o que el miedo nos despierte para recordar que no somos máquinas.

Pero qué tendría que ocurrir para que esa fragilidad formara parte de nuestra manera diaria de pensar. No desde el miedo, sino desde la lucidez. No para vivir encogidos, sino para apreciar mejor el momento, el cuerpo que habitamos y la situación real en la que estamos.

Para qué esperar a que la vida nos ate a una silla, a una cama o a una dependencia que no elegimos, para preguntarnos si ese FOMO, esa prisa, esa necesidad de estar en todo y esa forma de vivir son realmente ecológicas para nosotros y para nuestro sistema.

A veces no queremos más. Simplemente no sabemos parar. ¿Qué creencias tenemos sobre ello que nos impiden hacerlo?

Mientras tanto, seguimos nadando en cortisol, confundiendo tensión con compromiso, agotamiento con responsabilidad y velocidad con vida.

Prestar atención al cuerpo en el que vas a vivir el resto de tu vida no es un lujo, ni una moda, ni una señal de debilidad. Es una forma básica de inteligencia.

Porque el cuerpo siempre acaba hablando. Primero susurra. Después insiste. Y, si no lo escuchas, un día decide parar por ti.

Quizá cuidarse no sea retirarse del mundo. Quizá sea la única manera sensata de poder seguir habitándolo.

Y si antes de decir que sí a algo, respiras, notas tu cuerpo y te preguntas si esa decisión te expande o te contrae.

¿Qué tendría que decirte hoy tu cuerpo para que empezaras a escucharlo antes de que tenga que gritar?

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