EL NEGOCIO DE ECHARLE MORRO, DIGITAL 

Algunos no hemos nacido para echarle morro y muchas veces me pregunto si es cosa de mi imaginación o si eso es casi lo único que se necesita para triunfar en un mundo que no profundiza y consume lo primero que consigue llamar su atención y ahora sin siquiera dar la cara.

Admiramos a quienes actúan de otra manera. Compartimos sus historias, celebramos su valentía y les dedicamos palabras emocionadas. Sin embargo, los consideramos tan excepcionales y su camino tan costoso que terminamos regresando a lo fácil sin cambiar nada.

En ese terreno prosperan quienes han comprendido que aparentar seguridad suele resultar más rentable que poseer conocimiento.

Ya no es el timo de la estampita. Es el timo de la inteligencia artificial.

Personas que, con una suscripción mínima y unas instrucciones elementales, construyen un agente y lo presentan como una solución revolucionaria. No venden tecnología. Venden el desconocimiento del cliente, su deseo de obtener resultados inmediatos y esa ley del mínimo esfuerzo que convierte cualquier promesa sencilla en un negocio.

Lo preocupante no es que alguien lo intente. Lo verdaderamente grave es que instituciones públicas se sumen al entusiasmo y presenten determinados agentes como recursos de bienestar o salud mental sin explicar quién los ha diseñado, con qué evidencia, bajo qué supervisión profesional y qué sucede cuando una conversación revela una situación de riesgo.

La IA puede ampliar el acceso, orientar y acompañar. Pero no todo agente es una innovación ni toda conversación automatizada es atención psicológica.

Quizá el problema no sea que triunfen quienes le echan morro. Quizá sea que los demás hemos dejado de exigir profundidad, responsabilidad y conocimiento antes de concederles nuestra atención y nuestro dinero sin informarnos. 

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