Los bien merecidos siete minutos que ha durado esta mañana el aplauso al papa León XIV en el Congreso de los Diputados bien merecen además un acuerdo para poner en práctica esa admiración.
Si todavía añoramos los Pactos de la Moncloa, y han pasado casi tantos años como tengo, quizá ese intenso aplauso pueda convertirse en algo más que otro episodio del postureo al que nos tiene acostumbrados nuestra política.
Podría ser el inicio, la excusa o incluso la causa para volver a hacer algo conjuntamente. Para dialogar, escuchar y aportar perspectivas diferentes, suponiendo que todavía existan perspectivas propias detrás de las consignas, los argumentarios y la disciplina de partido.
El largo plazo necesita todo el talento del que seamos capaces. Si su buena gestión es lo que permite a las empresas crecer, anticiparse y sobrevivir, también podría convertirse en una nueva seña de identidad para un país que suele dar lo mejor de sí mismo cuando percibe una llama de esperanza.
Esa llama la ha prendido hoy el Papa. Falta saber si nuestros representantes serán capaces de mantenerla encendida cuando terminen los aplausos y vuelvan los cálculos electorales.
La prospectiva madura amplía las posibilidades de un país porque obliga a observar lo que se aproxima antes de que se convierta en una crisis. Permite anticipar los cambios demográficos, tecnológicos, sociales y económicos que amenazan un Estado del bienestar que necesita repensarse para ser sostenible, pero también más eficaz y capaz de no dejar a nadie fuera.
La neurociencia demuestra que nuestro cerebro prefiere la recompensa inmediata y subestima los beneficios futuros. Gobernar consiste precisamente en resistirse a ese impulso y nuestros prebostes no parecen estar por la labor.
Siete minutos son suficientes para aplaudir.
Quizá también deberían serlo para decidir que el futuro importa más que las próximas elecciones.


