Lo que no se ve

nolimits

 

 

Cuando vemos a alguien que, a nuestro juicio, tiene una limitación física, rápidamente se mezclan en nuestra mente distintas emociones que se revuelven  y combinan, casi siempre basándose en lo obvio, lo que se ve,  para acabar compadeciéndola y  agradeciendo no estar en su misma situación.

Seguramente por miedo no hemos entablado una conversación con ella acerca de cómo ve y siente ella misma eso que nosotros desde nuestra “cómoda” posición, consideramos limitación. Si no, podríamos observar y reconocer cómo muchas de las limitaciones y miedos que pueden exteriorizar, coinciden con los que nosotros mismos tenemos  y a los que no damos demasiada importancia, sólo  porque a simple vista no se ven.

Lo que ocurre en ambos casos es que el efecto final, que nosotros vemos tan evidente en cuestiones físicas, es prácticamente el mismo, ejerce una limitación mental en nosotros y es, que al servirnos de excusa, ni siquiera lo intentamos.

En el elaborado proceso de esconder nuestros miedos tras estas “evidentes razones”, atacamos al contrario, desarrollamos comportamientos conservadores y no arriesgamos lo más mínimo para no enfrentarnos a lo que en nuestra mente está escrito en letrero luminoso que alerta ¡Fracaso! o al esfuerzo que conlleva conseguirlo.

Además esa conmiseración que desarrollamos al verlo desde nuestra exigua experiencia y sin ponernos en sus zapatos, nos hace ser excesivamente permisivos, no impulsar ni entusiasmar  a los demás porque pensamos que nosotros no podríamos hacerlo en su lugar. Sin ser conscientes de que hay muchas personas que, animadas por su entorno, han sido capaces de grandes gestas sólo porque creyeron en ellos.

Todo lo que se realiza con maestría lleva aparejadas miles de horas de entrenamiento que en caso de, no creer que puedes, no habrán tenido lugar, por lo que incluso no llegarás a ser siquiera aprendiz de nada.

Hay quienes  no queriendo ser partícipes de estas limitaciones se exceden en sus críticas y vapulean con la intención de mover a la acción sin empatía alguna, como si trasladar  a otros el discurso que ellos mismos  merecen mitigase su responsabilidad y sacase a empujones a los demás de su zona de confort.

Entre las dos posiciones  conseguir que volvamos a creer en nosotros mismos y desarrollemos un equilibrio que empodere a la persona, sin minar su autoestima y sin que se sienta agredida o amenazada es el reto.

 

¿Te atreves?

¿Cómo buscas tu camello?

camello

 

Encuentro muy inspirador este cuento sufí para ilustrar una experiencia que muchos afortunados sentimos cuando conseguimos, hacer un alto en el camino en nuestras ajetreadas vidas, nos proponemos reflexionar sobre adónde queremos ir y del gozo que supone encontrar ese click, ese momento “ajá” que nos hace de repente hallar nuestra senda.

EL CAMELLO PERDIDO
En el momento en que la caravana ha llegado para hacer un alto, se te ha perdido tu camello. Lo buscas por todas partes. Finalmente, la caravana sale de nuevo sin ti y cae la noche. Toda tu carga ha quedado en el suelo y tú preguntas a todos:
“¿Habéis visto mi camello?”
Incluso añades:“¡Daré una recompensa a quien me dé noticias de mi camello!”
Y todo el mundo se burla de ti. Uno dice:“¡Acabo de ver un camello de pelo rojizo y muy gordo! ¡Se fue en esa
dirección!”
Otro: “¿No tenía tu camello una oreja rota?”
Otro: “¿No había una manta bordada en la silla?”
Otro más: “¡He visto irse por allí un camello con el ojo reventado!”
Así, todo el mundo te da una descripción de tu camello con la esperanza de aprovecharse de tu largueza. En el camino del conocimiento, son numerosos los que evocan los atributos de lo Desconocido. Pero tú, si no sabes dónde está tu camello, sí que reconoces la falsedad de todos estos indicios. Encuentras incluso a gente que te dice: “¡También yo he perdido mi camello! ¡Busquemos juntos!”
Y cuando por fin viene alguien que te describe realmente tu camello, tu
alegría no conoce límites y haces de ese hombre tu guía para recobrar tu
camello.

En muchas ocasiones cuando te sales del circuito establecido, del “supuesto” ciclo vital que “debes” seguir, te sientes solo, raro, incómodo. No hacer lo que todo el mundo hace o estar  en una situación diferente, te hace plantearte una y otra vez, “¿ qué es lo que estoy haciendo mal?”.

En lugar de ser capaz de ver en qué te está ayudando esa situación, qué aprendizaje estás obteniendo y para qué te va a servir en el futuro haber vivido esa experiencia, te lamentas y avergüenzas, infravalorándote y autocriticándote, con los porqués.

Esta lucha interior se extiende buscando en los demás que te escuchen y obteniendo en su lugar miles de consejos sobre algo que nunca han experimentado y sobre lo que tienen sobre todo prejuicios, tópicos y una exigua experiencia.

Aún así en tu búsqueda sigues haciéndoles partícipes de tu intranquilidad y de tu necesidad,  obteniendo a cambio más inseguridad, las preguntas erróneas y  consejos que te sobran y atormentan.

Otros creen que dándote la razón y acompañándote con su misma vivencia desde el prisma negativo ayudan, pero en realidad se hunden contigo, arrastrándote a la impotencia y a la desesperación, dejando que te refociles y te estanques en tus males. Haciendo válido que el mal de muchos es el consuelo…

Busca a quien te ayude a describir con exactitud tu camello, al que te ayude a que le encuentres tú, que eres quien mejor le conoce, a herrarle de nuevo, alimentarle con lo que tú sabes que necesita para estar mejor.

No dejes que nadie te traslade sus problemas y te aleje con sus miedos de perseguir tu propio camino, de conseguir  tu sueño. Busca a quien te ayude a dar un paso  cada día para estar más cerca de él.

Nadie dijo que fuese fácil pero esa alegría de encontrarla es digna de sentirse. ¡Suerte en tu búsqueda!

¡Buen fin de semana!