Y SI NO TODO TUVIERA UN “PARA QUÉ”

Estudiamos para además de adquirir habilidades, aprobar exámenes y conseguir un título. Hacemos másteres y cursos para seguir afilando el hacha. Aprendemos idiomas para abrirnos más  puertas. Practicamos deporte para envejecer mejor. Leemos para pensar más, para crear más. Escuchamos podcasts mientras caminamos para no perder el ritmo del mundo.

Todo parece tener un propósito. Todo se mide en función del rendimiento, del logro, de la utilidad.

Pero ¿y si no todo tuviera que tener un “para qué”?

¿Y si sentarse a mirar por la ventana, sin más, nos enseñara algo que ningún máster puede ofrecer?

¿Y si hacer algo sin ningún objetivo concreto fuese, en realidad, una de las formas más profundas y exitosas de aprender del entorno?

La revista Nature acaba de publicar un estudio que demuestra que el cerebro puede aprender del entorno sin necesidad de recompensas ni supervisión. En el experimento, los ratones que solo fueron expuestos al entorno sin entrenamientos activos desarrollaron las mismas conexiones neuronales que los que habían recibido recompensas.

La exposición pasiva, sin “para qué”, reconfiguró su aprendizaje. La plasticidad cerebral no depende solo de metas, sino de permitirnos estar presentes.

Quizá aprender sin propósito visible sea el único espacio que nos queda para cultivar la libertad interior. Para reconectar con la curiosidad más genuina, esa que no responde a ningún KPI, pero que transforma silenciosamente la manera en que entendemos el mundo.

No subestimes ese rato en el que no haces nada. Quizá la gente no aprende más porque teme la presión, los exámenes y tiene un recuerdo d un sistema que está superado y obsoleto. Quizá cuando no haces nada, estés aprendiendo más que nunca. Y eso, aunque no lo parezca, también te cambia. ¿Recuerdas la última vez que estuviste horas sin hacer nada? 

Aprovecha este verano y observa los cambios, la ciencia te los asegura. 

GUERRAS CIVILES 

Leo con estupor que Rusia recluta en conciertos de música. Jóvenes que una noche salen a cantar y la mañana siguiente despiertan designados para morir. Me espeluzna pensar que esto, que parece lejano, pueda convertirse en norma también aquí, como si los derechos fueran un lujo que se nos pudiera retirar cuando conviene.

En Ucrania, hoy eres desertor por querer vivir. Por decidir, con miedo, que cualquier otro destino es mejor que una muerte tan absurda como asegurada. Porque en estas guerras modernas, los que las declaran no son los que las combaten. Los que gritan “honor”, “patria” o “valor” desde despachos con pantallas y botones, no pisan el barro, no escuchan los gritos, no ven la sangre.

No puedo entender cómo los que empiezan guerras no son los primeros en alistarse a ellas, como antiguamente para ser verdaderos héroes. Csin embargo su poder sigue intacto y su integridad a salvo mientras las calles se vacían de jóvenes, de sueños, de futuro.

Es injusto. Injusto que decisiones tomadas con arrogancia, sin riesgo personal, se cobren vidas civiles de quienes solo querrían luchar por un trabajo digno, una casa, una vida mejor para los suyos.Que se confundan los ciudadanos con sus dirigentes y sus decisiones. 

En pleno siglo XXI, deberíamos estar hablando de nacionalidades flexibles, de equidad, de prosperidad compartida. Y sin embargo, nos estamos resignando a una maquinaria de guerra constante, que ya ni siquiera necesita razones claras.

Nos acostumbramos tanto a las guerras que cada vez hay más y entendemos menos. Se nos olvida el motivo y normalizamos la pérdida.

Y pienso en el poema de Niemöller que hizo famoso Brecht:

“Vinieron a por otros… y como no era yo, no dije nada.”

Hasta que vengan a por ti.

Hasta que el silencio ya no sirva de refugio.

Hasta que sea demasiado tarde para decir que no era mi guerra… pero era mi mundo.

CUANDO EL LIDERAZGO HUELE A PODRIDO

Cuando los privilegios son solo para los líderes, no hacen ningún sacrificio y esperan pleitesía, algo huele a podrido en ese liderazgo.

Es difícil, siendo humano, no rendirse a los cantos de sirena: ser “el especial” en la sala, el que recibe halagos, invitaciones, deferencias. Pero el problema no es que existan esos gestos, sino que uno empiece a creerse que los merece por encima del resto. Que cualquier crítica o distancia es traición. Que quien no sigue tu juego es envidioso.

Si has llegado a una posición donde se espera que dirijas, lo primero que deberías preguntarte es: ¿qué está dispuesto a sacrificar mi ego por el bien común? Porque eso es liderar.

Muchos hablan de servicio, de liderar para servir, pero a la mínima oportunidad pisotean a quien haga sombra, interrumpen para brillar, compiten por el elogio. Y lo hacen creyendo que no se nota.

El verdadero liderazgo no reclama atención, la reparte. No necesita casting continuo. No alimenta la inseguridad de su equipo. Suma, acompaña, sostiene, sin hacer de eso una campaña de branding personal.

El prestigio no se impone. Se gana en la carrera de fondo de sacar lo mejor de los demás, en silencio, sin recordárselo a nadie. Si hay que recordar que lideras, quizá no estés liderando.

¿LA FELICIDAD SE PUBLICA? 

Dice mi amigo Fernando  en su libro que hay quien asegura  que ahora la felicidad es contarla en redes. Si se no se cuenta, no se tiene. En un país donde quienes nos quieren mal afirman que la envidia es el deporte nacional, no puede ser que provocar esa envidia sea la nueva forma de sentirnos felices.

La neurociencia ha demostrado que las redes sociales, lejos de ser solo entretenimiento, activan en muchas personas la sensación de exclusión. Ver ese carrusel constante de viajes, compras y experiencias donde uno no aparece, enciende en el cerebro los mismos circuitos que el dolor físico. El efecto no es menor ni inocuo.

En mi caso, como curiosa impenitente, las redes me han traído muchas cosas buenas. Descubrimientos constantes, acceso a estudios, instituciones, cursos, entrenamientos y consejos de salud que de otro modo habría sido difícil conocer. Incluso han convertido mi cocina en un pequeño restaurante Thai bastante decente.

Nunca he publicado nada con la intención de presumir ni de provocar exclusión. Si algo comparto, es porque creo que puede servir, inspirar o al menos invitar a la reflexión.

Corren tiempos complejos para nuestra salud mental, y las redes juegan un papel silencioso pero poderoso. No las estamos usando todo lo bien que podríamos, pero quizá estamos justo en esa etapa en la que solo sabemos esto. Lo importante es no olvidar que lo verdaderamente valioso no siempre se publica. A veces, solo se vive.

POR CORTESÍA DE TUS IMPUESTOS

La escasa pedagogía sobre lo público, su eficacia y su eficiencia se nota en todos los ámbitos. Lo pensaba en mi paseo diario de seis kilómetros, tras ver cómo en los aseos móviles y en una sala de lactancia instalados en el recinto ferial con motivo de nuestras Fiestas Mayores, podía leerse un cartel: “Cortesía de tu Ayuntamiento”.

Qué bien saben algunos empresarios cómo engatusar a un político con cualquier fruslería para que este, en su fuero interno, se sienta orgulloso de tamaña hazaña y crea que su pueblo le querrá más porque tiene unos baños mejores que los del municipio de al lado. Lo que cuesten, da igual, total, ese dinero “no es de nadie”.

Pues no. Debería decir “Cortesía de tus impuestos”. Porque eso es lo que son. Servicios pagados con el esfuerzo de quienes cotizan, no favores personales del político de turno. No hay pleitesía que deber. Hay derecho a exigir rendición de cuentas, buen trato y buen gobierno.

Todo lo que organiza un ayuntamiento se financia con tus impuestos. Ese debería ser el patrocinio. Y son los empresarios —los que arriesgan, invierten y trabajan— quienes se acercan a las administraciones para ofrecer propuestas. El político escoge, sí, pero pocas veces piensa, organiza o arriesga.

Seamos exigentes. Cívicos. Serios. No permitamos que nos deslumbren con contrataciones como si fueran celebrities en gira. Disfrutemos, sí. Pero recordando siempre: las Fiestas Tricantinas son por cortesía de nuestros impuestos. Ni más, ni menos.

EL LIDERAZGO INEXISTENTE 

Querer liderar no puede ser una cuestión de nombramiento ni de ocupar una silla. Liderar es comportarse de un modo que inspire, que movilice, que deje huella. Sin embargo, cuando no tenemos cerca un ejemplo de liderazgo real, tendemos a copiar a quienes dirigen, aunque no lideren. Creemos que imitándolos llegaremos lejos, sin darnos cuenta de que lo que vale no es el rol, sino el modo en que se ejerce.

Lo que deberíamos preguntarnos es: ¿qué habilidades y valores nos gustaría que tuviese la persona que nos guía? ¿Qué necesitamos de quien tiene la responsabilidad de marcar el rumbo? Lo mismo que ocurre con la amistad: todos quieren tener amigos, pero pocos se preguntan cómo ser uno de verdad. Con el liderazgo pasa igual.

La política española, por desgracia, como si fuese una maldición a la que hay que resignarse, hace tiempo que no nos ofrece verdaderos liderazgos. Nos empuja, una y otra vez, a elegir lo menos malo. Hasta que la corrupción o el desgaste hacen caer al partido en el poder, y otro cualquiera, en el extremo contrario, toma su lugar. Se reinicia el ciclo. Sin ilusión. Sin ideas. Con discursos vacíos trufados de alarmismo, frases enlatadas y estrategias de marketing carísimas.

Pongan el partido que quieran en cada lado del ring: el resultado, lamentablemente, se parece demasiado. Solo nos queda observar quién es más creativo en la forma, porque de soluciones, ni una palabra. Y mientras tanto, seguimos huérfanos de liderazgo. De ese que no se proclama, se demuestra.

A ver si va a resultar que el propio sistema que se han procurado ellos mismos es el que una y otra vez proporciona más de lo mismo y quizá la solución sea abrir esas puertas y que entre un vendaval que impida el ciclo. 

HOY NO ES UN DÍA CUALQUIERA

Hoy no es un día especial porque sea el día de nada , haya fiesta o celebración oficial. Es el Aniversario de mis padres, y celebro que sin su amor, su generosidad y su dedicación, yo no estaría aquí. No sería la persona que soy. Les quiero tanto.

Es una alegría agridulce, porque mi papi ya no está para celebrarlo con él. Y porque sus últimos años de vida, marcados por la afasia, dejaron muchas conversaciones pendientes, preguntas sin hacer y muchas historias sin contar. Aprovecho y disfruto de mis queridas mamis. 

Os comparto esto para animaros a no dejar pasar los momentos que tenemos con ellos. Agradeced a vuestros padres todo lo que hicieron y hacen  por vosotros, con lo que sabían, o saben, con lo que tienen y tenían, con lo que son. 

No les juzguéis duramente y no seréis juzgados igualmente. Ningún padre o madre lo hace perfecto, nadie.A todos nos podrían reprochar algo. Pero, con los años, lo que permanece no son los errores, sino todo lo bueno, cómo te cuidaron y cómo te hicieron sentir.

Eso es lo que de verdad se queda. Lo que no olvida el cuerpo ni el alma. ¡Felicidades papá y mamá! 

LOS FELICES AÑOS 20

Ayer hablando sobre felicidad reparé en los dos periodos que la historia refiere como felices y me entristeció recordar que fueron periodos tras dos devastadores guerras. Decidí escribir un cuento:

“En una ciudad próspera y vibrante, donde los rascacielos comenzaban a rozar las nubes y la música del jazz llenaba las calles, vivía un joven periodista llamado Rubén. Cada mañana, Rubén paseaba por el bullicioso distrito financiero, tomando notas de las conversaciones, observando el ir y venir de los coches brillantes y las mujeres con vestidos de flecos.

Un día, intrigado por la alegría contagiosa que respiraba en cada esquina, decidió investigar qué hacía de aquellos años algo tan feliz. Se acercó a un anciano barbero que había visto crecer la ciudad.

—¿Por qué son tan felices estos años? —preguntó Rubén, libreta en mano.

El barbero afiló su navaja y sonrió.

—Son felices porque la gente ha decidido vivir el momento, hijo. Después de la guerra, la vida parecía demasiado frágil como para no celebrarla. Aprendieron a bailar sin miedo, a cantar a pleno pulmón y a inventar el mañana con cada paso que daban.

Rubén  anotó las palabras con cuidado.

—¿Y qué pasa cuando todo cambie? —insistió.

El barbero miró por la ventana y dijo:

—El viento siempre cambia, pero la semilla de la felicidad está en aprender a disfrutar cuando sopla a favor, sin pensar en el próximo vendaval.

Y Rubén comprendió que los años 20 fueron felices no por las luces o el jazz, sino porque la gente aprendió a vivir en el presente y a celebrar la vida antes de que llegara la tormenta.”

¿Qué vas a hacer tú hoy? 

EL PODER DE TU ECOSISTEMA

A veces pensamos que somos islas. Que podemos mantenernos firmes y positivos aunque todo a nuestro alrededor esté nublado. Pero no funciona así. Somos seres profundamente sociales y nuestro ecosistema —las personas con las que compartimos el día a día— influye en cómo nos sentimos, en cómo pensamos e incluso en cómo funciona nuestro cuerpo.

Un entorno tóxico puede hacer que el cuerpo se cargue de estrés, que el ánimo se apague y que la salud física y psicológica se resienta. La neurociencia nos recuerda que las neuronas espejo y los circuitos cerebrales de la empatía nos conectan con los estados emocionales de los demás.

Un comentario negativo puede instalarse en tu cabeza como una semilla que germina con cada mirada, cada suspiro, cada silencio incómodo. Por el contrario, un entorno de apoyo y optimismo tiene el poder de transformar incluso los días más oscuros.

No es casualidad que las culturas más saludables cuiden el vínculo social y lo celebren. Rodearte de personas que te hagan sentir valorado, que te inspiren y te reten a crecer es una de las mejores inversiones que puedes hacer en ti mismo.

No puedes controlar todo lo que pasa fuera, pero sí puedes elegir en quién confías y a quién escuchas. Porque el mundo que habitas no es solo geografía, es también emoción. Y cada sonrisa o palabra de aliento puede ser la medicina más poderosa.

Te invito a hacer conmigo un escaneo de tu ecosistema. Haz una lista de las personas con las que más tiempo compartes ya sea online o en persona cada semana. ¿Te inspiran? ¿Te drenan? Ajustar ese círculo no siempre es fácil pero puede ser la clave para vivir con más salud y alegría.

LA LIBERTAD DE VIVIR EL ÉXITO

La necesidad de relacionar causa y efecto en los acontecimientos nos lleva a llenar nuestras opiniones de sesgos inútiles que nos hacen opinar y molestar, sin pensar.

Alcaraz no había hecho más que la gesta de ganar Roland Garros y ya había muchos que criticaban su desconexión para recuperarse con su familia y amigos. Como si ganar solo fuera legítimo si se hace de la manera que los demás deciden.

Estoy segura de que hay muchos que sacrifican su vida por algo que les apasiona y que, con el tiempo, acaban odiándolo. Miran hacia atrás y se lamentan de no haber disfrutado más del camino.

Parece que nos cuesta soportar que otros disfruten, aunque sea fruto de un esfuerzo intenso y admirable. Nos creemos jueces implacables de la vida de los demás y a la vez esperamos que ellos sean comprensivos y magnánimos con nosotros.

El partido del domingo nos hizo vibrar a miles de personas con un tenis increíble y una perseverancia heroica. En lugar de celebrar y reconocer ese logro, algunos cargan contra un joven de 22 años que también quiere vivir. Como si tuviera que tener prohibido disfrutar.

Lo mismo ocurre cuando como a Morata un error —que puede ser tan fortuito como humano— se convierte en la excusa perfecta para que algunos descarguen su odio y hasta amenacen de muerte. Como si un fallo aislado en un partido valiera más que una carrera entera.

Cada uno vivimos nuestros éxito y  errores como podemos. Y aprender a respetar el modo en que otros celebran sus victorias —y sobrellevan sus derrotas— es un ejercicio de humildad y madurez que nos haría mejores como sociedad. Porque al final, detrás de cada victoria o error, hay una persona que merece vivir, aprender y crecer como desee.

Agradecerles su esfuerzo para nuestro disfrute es tan lógico como sencillo. Entiendo que  hay muchas personas muy duras con ellas mismas y que hablándose fatal y avergonzándose de todo prefieren contagiar  y hacer lo mismo con los demás pero esa, no es tampoco su solución. 

LA SOMBRA DEL PASADO

Solo pensar en chivatazos y deportaciones en la misma frase me hace retrotraerme a tiempos brutales de la historia que creí ya olvidados. Evoca las peores imágenes de la humanidad, esas que se suponía que habíamos superado, esas que prometimos no repetir jamás y a los que algunos partidos han abierto las puertas avivando el miedo. 

Es un retroceso tan grande para las democracias y para los países que se enorgullecen de ser libres y justos que no me sorprende que los estadounidenses, mezcla donde las haya, más de un 50% de latinos en California, se hayan echado a la calle para defender un país que siempre ha sido sinónimo de acogida y oportunidades.

Porque Estados Unidos, con todas sus contradicciones, ha sido un país de oportunidades, de sueños compartidos, de mezcla y de futuro. Y eso no se defiende con leyes que señalan al diferente ni con medidas que discriminan al que llegó después.

Los norteamericanos, que no son nada súbditos y que esperan poco de su gobierno pero mucho de su libertad, han salido a decir basta. Porque su grandeza no está en las vallas ni en los muros ni en las listas de sospechosos, sino en su capacidad para integrar, para convivir y para defender la libertad que les define.

Me duele ver que el mundo se repliega, que el miedo al otro vuelve a estar de moda. Porque detrás de cada chivatazo hay un interés vergonzante, un silencio cómplice y detrás de cada deportación hay un trozo de dignidad que perdemos todos.

EL ERROR DEL CAFÉ PARA TODOS

Mucho se estudia e investiga sobre la motivación laboral y muchas teorías se repiten como si aún fueran útiles para el reto de mantener el talento que enfrentan las corporaciones. Viejas fórmulas con atávicos liderazgos que pretenden hacer pasar por vino nuevo lo que no deja de ser la misma botella de siempre.

La ley del mínimo esfuerzo a la hora de averiguar qué motiva a cada uno de sus empleados acaba imponiendo el mismo sistema para todos. Un café para todos que en realidad amplifica la inequidad y refuerza la sensación de que nadie tiene en cuenta tu esfuerzo ni tu talento.

Somos seres sociales. Por mucho que nos vendan la idea de competir con las máquinas lo cierto es que la comparación consciente o no forma parte de nuestras herramientas favoritas. De ahí nace una de las causas más comunes de la desmotivación: la inequidad. Muchas veces no se trata de lo que tengo sino de cómo el sistema reparte.

He vivido lo suficiente entre funcionarios para saber que su fórmula mágica para la paz social es precisamente el café para todos. Y es la peor de las opciones. No hablaré de la lealtad política y otras cuestiones que contaminan el trabajo pero desde luego gran parte de los problemas de nuestra burocracia nacen ahí.

Si quieres empezar a atajar la desmotivación revisa tu sistema de recompensas. Pregúntate si es equitativo. Porque motivar no es dar lo mismo a todos sino dar a cada uno lo que merece y asegurar lo que necesita para crecer.

TURNISMO Y EL JUEGO DE LAS URNAS

Desde que acaban las elecciones, los partidos políticos tradicionales solo tienen un objetivo en la cabeza: las siguientes elecciones. Los primeros meses del año que toque volver a votar son el escaparate perfecto para las inauguraciones, las obras y las concesiones, todo cuidadosamente planificado para que la foto salga bien y el voto caiga donde debe.

Ahora que las aguas están más tranquilas, tras eliminar opciones y competidores, toca controlar la estrategia de qué se vota antes y qué después. Las primeras urnas que caigan serán las que reciban el castigo de la desilusión, del desencanto y de las manifestaciones que llevan meses cebándose. Por eso, la pugna está servida.

Algunos políticos autonómicos y locales rezan para que las primeras sean las elecciones nacionales, a ver si así el desgaste se lo comen otros. Se visten de dignos en declaraciones públicas, aunque su lealtad al partido sea de conveniencia. Y otros políticos nacionales también miran con desconfianza al calendario, porque saben que si las elecciones van primero en las autonomías, puede que el suflé se desinfle y el resultado les pase factura.

Vuelven los tiempos del turnismo corrupto que tantas veces hemos padecido. Ese que reparte prebendas, compensa silencios y paga fidelidades con promesas de futuro. Y mientras, la mayoría de los ciudadanos —que somos quienes más perdemos en este juego— asistimos con resignación al espectáculo de siempre.

Porque cuando el objetivo de la política es el poder y no el bien común, lo único que cambia es el actor principal. El guion, por desgracia, sigue siendo el mismo.

LA RED SIN JAULAS

Eva siempre había pensado que la libertad era poder decir lo que quisieras, cuando quisieras. Pero cada vez que publicaba algo en la red social de moda sentía una punzada de miedo. ¿Quién lo vería? ¿Cuántos “me gusta” conseguiría? ¿Cuánto valía su voz en ese mundo de algoritmos y aplausos vacíos?

Una tarde, mientras tomaba café en su rincón favorito, escuchó hablar a un chico de barba descuidada sobre un sitio donde no había algoritmos decidiendo por ti. Un lugar donde las redes no tenían dueño, y donde cada comunidad era como un pequeño pueblo donde todos se conocían.

—¿Un pueblo digital? —preguntó Eva con curiosidad.

—Sí —respondió él—. Lo llaman Fediverso. Imagínate una red de redes, donde cada uno puede elegir cómo participar y a quién escuchar.

Aquella noche, Eva entró en uno de esos nodos. No había anuncios. No había sugerencias. Solo un timeline lleno de ideas, conversaciones y gente real. Sintió una calma que había olvidado. Publicó algo y, por primera vez en mucho tiempo, no se preguntó cuántos likes obtendría.

A la mañana siguiente, mientras caminaba al trabajo, pensó en todas las veces que había sentido que su voz no valía si no era medida por un corazón digital. Sonrió. Porque entendió que la verdadera libertad no estaba en tener muchos seguidores, sino en poder ser uno mismo sin miedo.

Y así, Eva decidió que, aunque el mundo le ofreciera jaulas de oro, prefería una pequeña casa de madera en un lugar donde su voz fuera de verdad.

Tú qué prefieres?

CUANDO LA VIDA SE REDUCE A BULLETS POINTS

Me encanta la gente que tiene la vida tan clara que la puede resumir en unos bullets points y encima numerados. Y si los demás no lo saben, no lo tienen claro o no lo practican es porque no quieren. Ese afán de superioridad que presume de no necesitar ayuda aunque la anhele es un grito de reconocimiento disfrazado de certeza.

Esos, los que  creen que el aprendizaje solo depende de uno mismo. Como si los libros, conferencias, clases y consejos los hubieran obtenido por ciencia infusa. Sí a mí también me gustaría tener ese superpoder pero siempre aprendemos de los demás y hay que agradecerles que en lugar de dar lecciones, compartan su experiencia y conocimiento sin darse tanta importancia.

La vida no cabe en un esquema perfecto. Ni la nuestra ni la de nadie. Porque si todo fuera tan fácil como escribirlo, no habría entrenadores de nada ni apenas profesiones. Hoy la información es accesible para casi todo el mundo y no por ello sabemos hacer de todo y menos, bien aunque hemos mejorado en muchos asuntos.

Y ahí es donde aparece la compasión. Para recordar que todos tenemos diferentes habilidades, gustos y emociones. Que nos adaptamos por nuestras vivencias, convicciones y conocimientos de forma distinta por lo que nos ocurre. Que la vida no siempre se deja explicar en un punteo aunque nos encantaría.

Entrenar para ser y sentirnos bien no es solo aprender de los clásicos o de las lecciones ajenas. Es reconocer que detrás de cada lista perfecta hay un ser humano que duda, que cae, que se levanta y que necesita ayuda de los demás para avanzar.

Ese camino de compasión, humildad y reconocimiento personal nos hará mejores. Porque enseñar no es exhibir la propia fortaleza sino acompañar la fragilidad de quien todavía no sabe por dónde empezar.

Decía Erasmo «Cuanto menor es el talento, mayor es el orgullo, la vanidad y la arrogancia que se exhiben».

NUESTRO PROPIO AGUJERO NEGRO 

Cuando algunas de las personas a las que acompaño me trasladan su temor de estar bajo la lupa de sus compañeros y  empleados,  hacemos varias dinámicos para demostrarles que cada uno, donde pasa más tiempo, es en sí mismo. 

Vamos tan rápido que no reparamos en la rueda en la que estamos. Buscamos constantemente un mejor trabajo,  ganar un mejor sueldo, todo para comprar más cosas o hacer más cosas. Pero cada vez más en solitario.

Cada vez más trabajo y menos tiempo para disfrutar y pensar. Y cuando por fin tenemos unos minutos los dedicamos a seguir pensando en nosotros. En lo que nos falta. En lo que podríamos tener. En lo que aún no hemos logrado.

Quizá no sea que estemos desmotivados sino que el foco está mal dirigido. Quizá hacer tanto solo para uno mismo no sea tan gratificante como nos vendieron.

Somos seres sociales. No estamos diseñados para vivir encerrados en nuestros logros ni en nuestros planes. Cuando todo gira solo en torno a nuestro propio disfrute aparece un vacío. Sutil al principio. Pero insistente.

Ese vacío se convierte en un agujero negro que empieza a tragarse todo. El esfuerzo. La alegría. El disfrute. Nada parece suficiente. Todo se acelera. Y cuanto más tratamos de llenarlo con cosas, más crece.

Pero si movemos el foco. Si compartimos aunque sea un poco. Si hacemos algo con otros o para otros. Si dejamos de preguntarnos todo el tiempo qué más necesitamos y empezamos a mirar alrededor.

Quizá el agujero no desaparezca. Pero se volverá más pequeño. Menos negro. Y más humano.

TUS HÁBITOS HABLAN MÁS QUE TUS DECISIONES

Pensamos que tomamos decisiones solo cuando alguien nos plantea una elección clara. Pero la mayoría de las veces decidimos sin darnos cuenta. A través de lo que repetimos. De lo que hacemos cada día sin pensarlo.

Muchos de nuestros hábitos no los elegimos, los heredamos o los automatizamos. Los convertimos en parte de nuestra rutina sin cuestionarlos. Y sin embargo, cuando queremos cambiarlos, sentimos que no podemos. Que no tenemos fuerza de voluntad. Que no tenemos elección.

Eso es un sesgo cognitivo. Creer que el cambio requiere una gran revelación o un futuro perfecto es una trampa. Como decía Aristóteles, somos lo que hacemos repetidamente. No lo que decimos que queremos hacer.

Y repetir no necesita planificación, necesita práctica. Necesita revisar lo que ya hacemos en piloto automático y preguntarnos si nos está llevando donde queremos ir. Porque más de lo mismo solo produce más de lo mismo.

Cambiar un hábito no requiere cambiar tu vida entera. Solo empezar por un gesto. Por una mínima acción distinta. Una que puedas sostener. Una que tenga sentido para ti.

No estás condenado a lo que haces. Estás entrenado en ello. Y si has aprendido algo, puedes desaprenderlo. Puedes practicar una versión de ti más coherente con lo que sueñas.

Busca ayuda si lo necesitas. Merece la pena salir del bucle. Porque vivir en automático no es vivir, es repetir. Y tú mereces algo más que eso.

CONECTADOS, NO ENCHUFADOS

En España, demasiadas veces, los gobiernos no los elige la ciudadanía, los pone la corrupción. No importa tanto la ilusión que generen, ni los proyectos que prometan. Lo que marca el ritmo son los pactos ocultos, los favores devueltos, los nombres heredados.

Es triste, sí. Triste que nadie ilusione, que ni siquiera parezca capaz de abordar los problemas que cada vez nos apremian más: la vivienda, la precariedad, la salud mental, la sostenibilidad, la justicia.

Nos hemos acostumbrado al nepotismo, al enchufismo y a todos esos “ismos” que convierten el interés público en algo privado y cada vez más personal, más de unos pocos. Quien gobierna no representa: ocupa. Y quien no forma parte de esa red de influencias queda fuera, aunque valga más.

No pensé mucho el lema de campaña, siempre lo tuve claro: “Conectados, no enchufados”. Y dos años después, sigue más vigente que nunca, tristemente. Porque el objetivo no es unirnos, sino separarnos. No es escucharnos, sino enfrentarnos. Cuanto más desconectados estemos unos de otros, más fácil será manejarnos.

Nos quieren más enfadados que implicados, más sospechosos que solidarios. Porque en el río revuelto de la desconfianza y la apatía, los mismos de siempre siguen pescando el poder.

Pero aún podemos cambiar el rumbo. Volver a conectarnos de verdad. Entre nosotros, con las ideas, con lo que importa. Porque una sociedad enchufada a la esperanza y no al privilegio… aún es posible.

ELIGE BIEN TU 50%

Una vez leí que el gobierno chino a los mejores expedientes universitarios les contrataba para pensar sobre cómo mejorar el futuro del país, me pareció tan interesante que desde entonces he intentado que se pudiese hacer aquí sin mucho éxito la verdad.

Pensar en el futuro de tu país debería ser un acto honorífico de esperanza. Un ejercicio de imaginación en el que proyectar nuestra mejor versión y al que acercarnos con pasos conscientes. Pero muchas veces, al imaginar lo que viene, lo hacemos desde el miedo. Nos vemos fallando, perdiendo, quedándonos atrás.

¿Por qué pudiendo elegir vernos exitosos pudiendo tener de inicio al menos  un 50% de razón, preferimos anticipar el fracaso? Porque el cerebro prefiere lo conocido, incluso si duele. Porque anticipar lo malo parece protegernos de la decepción. Porque crecer da vértigo.

El problema es que imaginar un futuro oscuro no nos prepara, nos paraliza. Esa visión pesimista moldea nuestras decisiones, debilita nuestras habilidades, limita nuestras capacidades. Nos hace pequeños en lugar de hacernos fuertes.

Cuando dejamos de pensar en el futuro dejamos de construirlo. Actuamos sin dirección. Nos conformamos con sobrevivir en lugar de diseñar. Son los chinos también los que han replicado para sus escolares, una estación espacial en Marte y les animan a encontrar innovaciones  divirtiéndose en ella. 

Nuestro hábito se puede cambiar y es importante enseñar a nuestros pequeños a hacerlo.Visualizar escenarios positivos activa redes cerebrales asociadas a la motivación, la planificación y la acción. No se trata de ingenuidad sino de entrenar la mente para trabajar a favor, no en contra.

Ayúdales a imaginar  quién puedes llegar a ser. Escríbelo. Visualízalo. Hazlo hábito. Porque el futuro no se adivina, se entrena. Y pensar bien de uno mismo no es vanidad, es compromiso. Con tu presente y con todo lo que aún puedes llegar a ser.

LA DANZA DE LAS SARDINAS

En las profundidades del océano, donde la luz apenas alcanza, vivía un enorme banco de sardinas. Cada día nadaban juntas en un movimiento armónico, formando figuras imposibles en el agua: espirales, olas, remolinos que desorientaban a los depredadores y dejaban asombrados incluso a los tiburones.

Pero dentro del banco, había tensión. Algunas sardinas jóvenes querían nadar más rápido, otras decían que debían formar nuevas figuras, y unas pocas pensaban que debían romper la formación y buscar su propio camino.

—¿Por qué debemos movernos siempre en grupo? —preguntó una.

—¿Y quién decide hacia dónde vamos? —reclamó otra.

Entonces, una vieja sardina, de escamas desgastadas pero mirada profunda, se detuvo en medio del banco.

—No somos muchas sardinas nadando juntas —dijo—. Somos un solo cuerpo en movimiento. No hay una líder fija. A veces una va al frente, a veces otra. El liderazgo aquí no se impone: se intercambia, se escucha, se adapta.

Las sardinas se miraron en silencio. Comprendieron que su fuerza no venía de una orden rígida ni de un pez imponente al frente, sino de la coordinación, la confianza mutua y la flexibilidad para liderar y seguir según lo necesitara el momento.

Desde ese día, dejaron de discutir y volvieron a nadar como una sola mente con miles de cuerpos. Y aunque ninguna sardina era la jefa, todas eran esenciales.

Os dejo este interesante cuento con bien de Omega3 para vuestra reflexión sobre el liderazgo verdadero, en el que a veces se guía, a veces se sigue. Lo importante es moverse en armonía hacia un propósito común.