Empieza por respirar

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A algunas personas les cuesta encontrar el término medio entre decir absolutamente todo lo que piensan sin paliativos y ponerse enfermo al secuestrar todas las emociones y sentimientos en su interior por múltiples cuestiones, sin poder decir nada.

En el primer caso hay personas que consideran ser honesto y sincero, y tienen a gala decirle a los demás la mayoría de sus opiniones sin analizar si son de ayuda, convirtiéndose en un vómito de basura tóxica que enrarecerá la relación bastante más y hará cualquier búsqueda de solución un infructuoso camino. Esta tarea improductiva y antisocial  de liberar los impulsos emocionales con la única intención de sentirse bien con uno mismo, conllevan los más perniciosos efectos secundarios, convirtiéndote en una persona tóxica en tu entorno.

La otra versión es, ser tóxico para ti mismo. Siendo incapaz de verbalizar lo que está ocurriendo en tu interior y que realmente aportaría contexto y raciocinio a la conversación. El miedo a no ser entendido, a ser agresivo, a molestar a los demás… hacen que, a veces, prefiramos no decirlo y seguir almacenando estos  radioactivos residuos, cuando son cada vez más las voces que los vinculan a graves complicaciones físicas.

Entre estas dos opciones, que serían el blanco y negro, hay una infinidad de grises que están deseando pintar nuestras conversaciones para favorecer nuestras relaciones, pero estad seguros de que nadie aprendió algo de esto leyéndolo, sino poniendo en práctica este tipo de conversaciones generativas y productivas.

¿Qué es lo que nos ocurre para comenzar una conversación con una intención muy clara al principio, y tras un giro inesperado hemos acabado donde nunca quisimos llegar?

Precisamente el autocontrol que no entrenamos y que pasa por cuestiones tan cotidianas como usar la respiración para poder parar, ver dónde queremos llegar y continuar el diálogo sin interferencias de emociones y pensamientos que nos desvíen de la solución.

¿Cuántas veces has oído que contar hasta diez y respirar nos puede ayudar? y ¿cuántas veces lo has hecho?

Una de las cuestiones más difíciles para aprender a tener productivas conversaciones es prepararlas y entrenarlas, ser consciente  y mantenerte consciente  y posteriormente reflexionar para poder aprender de ellas.

Si ya has podido comprobar lo indispensable y útil que te puede ser resultar  saber conversar  para conseguir objetivos y éxito, tanto en tu vida laboral como personal, comienza por respirar o busca ayuda. Tu futuro depende seguro de ello.  

 

Tú, ¿cambias de idea?

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Me encanta debatir. Algunas personas creen, por mi insistencia, que quiero imponer mis planteamientos cuando pregunto y repregunto, pero nada más lejos de mi intención, lo único que pretendo es indagar en  la perspectiva de los demás y revisar mi proceso lógico para mejorar mi planteamiento y solución.

 Hace tiempo que entendí que lo que pienso es fruto de mis creencias, experiencias, emociones y sentimientos, por lo que de lo que yo veo o intuyo del asunto, es una infinitésima parte de lo que puede ser una realidad vista por muchas más miradas  gestadas en otras miles de circunstancias. No quiero tener razón, quiero ir limpiando mi mente de mis juicios y prejuicios para que pueda llegar a una idea compartida, común, porque sé que es en ese estadio, en el que ganamos todos.

 ¿Qué  cosas he descubierto con esta “afición”?

Hay quien asocia el debate con el conflicto y lo rechaza de entrada, les pone nerviosos, les parece que les hace vulnerables o que es demasiado agresivo y lo evitan.

Hay quien  no escucha, porque insiste una y otra vez en su planteamiento sin referirse a los argumentos del otro y cuando lo haces con los suyos, sintiéndose “acosado” cambia de tema o introduce un elemento disuasorio.

Hay quien no quiere un planteamiento holístico que vaya conectando unas cuestiones con otras y relacionando sus efectos, pero tampoco uno específico en el que haya que darle bastantes vueltas a detalles de la posición propia y a la ajena. Además de no querer reconocer, en algún caso, que en algunas cuestiones, o  no habíamos visto esa perspectiva, o necesitamos un tiempo para pensarlo.

 Cuando uno sabe que no tiene la verdad suprema y que su punto de vista es uno más, se enfrenta mejor a esta indagación a través de la palabra, sin miedos, sin tomarlo personal, sin sentirse mal, acosado, avergonzado o culpable.

 Cuando uno sabe que cambiar de opinión no sólo es sano y saludable, sino que también demuestra que utilizamos  nuestra cabeza para analizar, incorporar y matizar ideas, mejora. Lejos de entenderlo como una falta de seguridad y de confianza, cambiar de idea, significa más fortaleza, integridad y respeto por los otros, fruto del aprendizaje mutuo.

La fuerza, ocurre como con los metales, está más relacionada con la elasticidad y la flexibilidad que con la rigidez. Como decía el dramaturgo noruego Francis Picabla que  “nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección”.

Tú, ¿utilizas tu cabeza?