Opiniones navideñas

reunionesnavideñas

 

Se acercan las Navidades y las reuniones familiares. A veces no estamos acostumbrados  a compartir tanto tiempo con la familia y en otras ocasiones, son estas fechas las únicas que nos reunen, por lo tanto, de año en año vamos almacenando emociones de todo tipo asociadas a las personas que vemos tan poco, hasta hacerlas idénticas a las etiquetas que les hemos puesto desde  hace años, sin apenas cuestionarlas.

Una gran ayuda para combatir ese efecto es estar prevenido frente a estos mecanismos automáticos que hacen que, de una opinión inoportuna o desafortunada, pensemos que una persona es así o asá, sin darle una nueva  oportunidad.

Si por algo parece que reconocemos estas fechas es por el ambiente que promueven de generosidad y bondad, a pesar de que a más de uno les parezca caramelizar forzosamente unos días del año, ese espíritu puede ser el que nos ayude a mejorar nuestras relaciones familiares, algo que abundará en nuestra seguridad y confianza personal al poder extrapolarlo a nuestra vida cotidiana y laboral.

Recordar la diferencia que hay entre las observaciones y las opiniones, esto es lo que nos ayudará enormemente a no destruir nuestra felicidad, ni nuestra paz interior en estas fechas.

Las observaciones son hechos que se sostienen y comprueban por sí solos y se diferencian por esto de las opiniones que son juicios  que emitimos las personas, conforme a nuestra experiencia. A veces vertimos opiniones como si fuesen hechos irrefutables y esto produce un efecto decisivo en nuestro interlocutor, haciendo que empiece una discusión por cualquier frivolidad.

Seguro que con este simple ejemplo lo podemos entender, si yo digo “hace frío debemos subir la calefacción”, otro persona puede refutar esa opinión diciendo que “hay 23 grados, no puedes tener frío”. Esa simple introducción que parece inocua puede derivar en una conversación crucial que fastidie toda una noche al poder derivar en pensar que alguien quien imponer su criterio, en qué es lo que creemos que es cada uno, en qué gasta el dinero, en fin… en virtudes y  defectos que se convierten en una batalla campal, a cuenta de una simple opinión. Sin entender que el hecho es que “hace 23 grados” y a esa temperatura unos tienen frío y otros, calor, algo que depende  de múltiples variables, de si se está en movimiento, más o menos abrigado, alimentado…

Si conseguimos distinguir entre lo que es una opinión y lo que es observable podemos entender que lo primero es una cuestión exclusiva de la persona con su propia autoria, una interpretación personal que nada tiene que ver con nosotros o con querer ofendernos o molestarnos, es simplemente fruto de su análisis con los recursos que posea, que pueden ser más o  menos pero casi siempre distintos a los nuestros.

Muchas de estas opiniones que vertimos son automáticas y por lo tanto inconscientes, no nos damos ni cuenta de que entre nuestro público, hay personas a las que sin querer podamos aludir. Además lo escondemos con frases impersonales para no ser responsables de la opinión, no decimos “yo tengo frío” que sería lo correcto, sino “hace frío”. Muchas de estas opiniones se convierten en juicios tóxicos. No añaden ni aportan nada, sólo molestan.

El no hacerlos, supone que pensamos antes de hablar. Reflexionar sobre si mostrar este tipo de opiniones merece la pena o quizá hacer este análisis previo, puede significar un aprendizaje definitivo en tu persona para saber opinar de forma productiva. Expresando “nuestra verdad”, como una opción más, sin imposición y basándola en hechos que tampoco son definitivos para tener razón.

Además para que una opinión produzca un efecto en ti tienes que autorizar al emisor para que su evaluación te afecte. Ese es el momento  en el que va a hacer entrada tu espíritu navideño, encontrando mil razones por las que ese familiar tuyo ha hecho esa apreciación y por cuántas razones no te va a afectar, ni a tu humor,  ni a tu opinión sobre él. Si cambias tu actitud hacia él, cambiará la suya hacia ti.

Rompe el círculo tóxico. Diferénciate. Convierte tus Navidades en un gran aprendizaje.

Opinión: todo el mundo tiene una

opinion

En cuántas ocasiones una sencilla “opinión”, sobre un tema ha desembocado en una tormenta emocional, en la que una de las partes ha quedado petrificada por la reacción de la otra y ésta exhausta con el secuestro emocional  que ha sufrido.

Si recurrimos al Diccionario la acepción sobre opinión, explica” dictamen o juicio que se forma de algo cuestionable, dudoso o problemático” para a continuación decir” forma o concepto  que se tiene de algo o de alguien”. Más de mil millones de entradas en Google abalan una palabra que además de poder ser pública, lo que es cierto es que la posee todo el público.

Quiero reflexionar hoy sobre las opiniones, sobre los juicios que nos afectan, sobre los cambios de opinión, sobre las opiniones gratuitas, sobre las opiniones negativas, sobre si se debe opinar alegremente, sobre qué opina la mayoría…

Muchos hemos sido testigos  de lo que influyen las opiniones en  las personas y  el efecto que tienen sobre nosotros, hasta la más nimia alusión dicha en el momento preciso ( momentos de duda, de zozobra, de cambio), por la persona idónea (un jefe, un amigo, un familiar, un extraño)    y en la cantidad justa,  pueden tener, dependiendo de su contenido , efectos motivadores ( mensajes positivos , de confianza y ánimo) o devastadores (críticas con afirmaciones generalizadas y universales).

Es cierto, que debemos desarrollar herramientas internas que nos ayuden a bajarle el volumen a todo este ”ruido “y sea lo que tú piensas de ti mismo, lo fundamental. Aunque ejercitar nuestra persona para no provocar esos efectos tampoco es desdeñable, sobre todo, por los réditos que a largo plazo nos puede dar, tanto en nuestra vida laboral, como en la familiar.

La opinión soporta estadísticas sin fuente (el 30% de las personas no hacen eso, no son así),  afirmaciones sin constatación ( porque lo digo yo o me parece a mi), aseveraciones  sin conocimiento experto ( opinamos sobre medicina, religión, carácter) y la mayoría de ellas las archivamos en nuestro cerebro, sin darnos cuenta, como verdades incuestionables que en poco tiempo regirán nuestras vidas. Siendo, como asegura Vicenzo Gioberti, “enemigas directas de la verdad”

Bien están las opiniones pedidas, que lo que  requieren  y realmente solicitan de nosotros, es una confirmación de lo preguntado, ya que la cuestión casi siempre se plantea de manera que implícitamente, leyendo  el lenguaje corporal, traslada el resultado. Si nuestro interlocutor no nos presta la suficiente atención y o bien contesta lo que cree, o lo primero que se le pasa por la cabeza, no entenderá para nada el arrebato de quien preguntó, quien sin embargo, si detectó, en su contestación, su “falta de tacto”. En este caso, prueben a repetir al “indagador” la misma pregunta pero con otras palabras, puesto que lo que muchos pretendemos, no es más que reflexionar en voz alta, y somos nosotros mismos los que tenemos todas las claves para su resolución. Simplemente sé el reflejo amigo, eso demostrará que prestas atención y que tienes interés en ayudar.

En cualquier caso, a ninguno  se nos  pasa por la cabeza la responsabilidad que supone opinar-aconsejar sin que sea algo científica o técnicamente probado, y aún así… y si nos culpan de su fracaso, tendrían o no razón… Y de su parte, si nosotros no vamos a soportar las consecuencias de nuestras opiniones, qué grado de fiabilidad pueden tener éstas. Y si piensan  que “lo bueno” es aconsejar, sea como sea y sobre lo que sea,  es porque si no, puede parecer que no te preocupas lo suficiente…

Otra cuestión es la opinión espontánea, gratuita. En más ocasiones de las que deseamos,  además, las expresamos  en forma negativa, si a esto le añadimos que las más numerosas versan sobre temas de los que “todo el mundo  puede hablar”, sin conocimiento experto, se tornan en agresiones continuas de las que en muchas ocasiones, es duro recuperarse. Es un tópico cierto, que es deporte nacional,  opinar sobre la imagen o “vida” de personas a nuestro alrededor, sin que nadie nos lo pida, a bocajarro ( estás más …, menos …, te queda mejor aquello, tú  eres muy…. Como instintivamente sabemos que para esto nunca es el momento, lo soltamos cuando menos se lo esperan, con lo que el efecto pernicioso es doble, si coincide en que esa inoportunidad proviene de la misma persona, se activará en nuestro cerebro un automatismo, que llevará a un secuestro emocional, encenderá un sistema de alarma y  almacenará a esa persona como atacante  y todo lo que nos diga o nos haga, a partir de entonces,  será visto desde un prisma negativo. Ya pocas opciones tendrá de pasar esa persona  a la lista A, y  el  comportamiento del agraviado basculará entre víctima inocente y/o justa indignación.

Si no puede remediarlo, no puede permanecer callado, describa, no opine, le entretendrá y ya que como dice Pla es mucho más difícil,que opinar, cuando haya acabado no le quedarán ánimos.

Tiene esto algo que ver con el respeto?

Os dejo como reflexión práctica un Diálogo de Sócrates:

Los tres filtros: Verdad, Bondad, Utilidad

– ¿Sabes, Sócrates, lo que acabo de oír sobre uno de tus discípulos?

– Antes me gustaría que pasaras la prueba del triple filtro.

El primero es el de la Verdad. ¿Estás seguro de que lo que vas a decirme es cierto? Platón

– Me acabo de enterar y …

– … o sea, que no sabes si es cierto.

El segundo filtro es el de la Bondad. ¿Quieres contarme algo bueno sobre mi discípulo?

– Todo lo contrario.

– Conque quieres contarme algo malo de él y sin saber si es cierto. No obstante aún podría pasar el tercer filtro, el de la Utilidad, ¿me va a ser útil?

– No mucho.

– Si no es ni cierto, ni bueno, ni útil, ¿para qué contarlo?

foto: http://www.educared.org.ar/comunidades/tamtam/ciclopedia/1212_Estereotipos.jpg