Navidad por puntos

Deberíamos acordar un carné por puntos para tener acceso a poder disfrutar de la Navidad. No son aptas para todos los públicos.

Recuerda a ese capítulo de Black Mirror en el que los demás te quitan y te dan puntos en función de tu amabilidad y actitud. Algo que los chinos han trasladado rápidamente a su app de urbanidad.

Hay a gente que le va mal desde el turrón hasta el misterio que se cierne sobre los Reyes Magos pasando por lo secos que están los polvorones, el gasto que son las luces, lo pesados que son los familiares por no hablar de lo insufrible de los villancicos.

A otros les invade una terrible nostalgia que no dudan no solo en compartir sino que lo manifiestan constantemente, incapaces de remontar en aras de mejorar el ambiente en el que además de la paz reine la fraternidad.

Estamos muy poco acostumbrados a hacer esfuerzos con nuestro estado de ánimo y a pensar en el efecto que este tiene en nosotros, en nuestro entorno y en las personas que queremos. Sin embargo solo debemos recordar cómo nuestras familias siempre hicieron lo posible para que nuestras Navidades fuesen felices y en qué consistía conseguirlo.

Os propongo que pongamos en marcha estos días nuestro carné Navideño propio y sumemos puntos. Tanto por acción como por omisión. Si somos capaces de evitar una queja o crítica que no sume, apuntamos y cada gesto amable, generoso y detallista que tengamos, apuntamos.

A ver quién tiene el suyo lleno cuando comencemos el año. No esperemos a que lo mejor esté por llegar, formemos parte de ello. ¡Feliz Navidad!
Gracias por estar siempre ahí! ♥️

FORQUÉ O EL VALOR DE LA SENSIBILIDAD

Sigo con el corazón encogido desde que este país y este mundo ha perdido de esta forma a Verónica Forqué con su eterna sonrisa, talento y sensibilidad.

Casualmente y estoy segura de que gracias a ella, seguí su reciente paso por Masterchef que por supuesto no me dejó indiferente. Sobre todo porque observé una deriva muy preocupante.

Su alta sensibilidad y su delicada situación anímica era palpables durante cada episodio del programa y aún así seguían haciéndola participar de cruentas críticas por parte del jurado mezcladas con la incomprensión de sus compañeros. Aunque todo eso ocurrió en el verano, en la actualidad la amplificación de su participación en las redes ha sido bestial. Incluso cuando ella misma dijo basta.

Acaso si estamos viviendo esos momentos tan difíciles dentro de nosotros mismos, nadie es capaz de darse cuenta y decidir que no todo vale para entretener y ganar audiencia. De ver igual que muchos que eso no formaba parte de ninguna actuación.

Siempre he pensado que todos y cada uno de nosotros vivimos continuamente luchas internas que nos hacen sufrir. No entro en si existen o no razones objetivas porque lo que importa es cómo lo vive uno mismo y las herramientas con las que cuenta para afrontarlo.

Ser de las personas que pueden suponer y evitar sufrimiento gratuito a los demás es una obligación en el propósito de hacer un mundo mejor. En algunos casos simplemente se trata de no echar leña al fuego o de no ser descarnado al expresar una queja o evaluación sobre el comportamiento o la obra de cualquiera.

Sobre todo no entiendo cómo unos cuantos días cocinando en prime time pueden acabar con lo que una persona ha estado sembrando maravillosamente en nuestras vidas durante años. Esa sensibilidad arrolladora que fue su mayor fortaleza para llegarnos con sus emociones, ha sido su talón de Aquiles para enfrentarse a una sociedad que nos cree a todos replicantes.

Humanicémonos.

SALUD, DINERO Y AMOR

Salud, dinero y amor son las tres cosas que cantan que hay en la vida. A día de hoy sigue respondiendo al orden de prioridades que los españoles tenemos para una vida plena según el último estudio del Pew Research Center.

Sin embargo creo que el orden no es exactamente el idóneo y merece una reflexión. Creo que la salud depende tanto del amor como del dinero por lo tanto su cuidado depende más de nosotros de lo que creemos.

Que la soledad mata a más personas que cualquier evento o enfermedad por sí solo es la muestra de que el amor lo es todo aunque a veces el de la familia o el de los amigos lo damos por hecho y no lo valoramos con la decisiva importancia que tiene.

Que el dinero no da la felicidad aunque definitivamente ayuda hasta superar el nivel de subsistencia es algo a tener en cuenta pero insisto en que el amor- compañía supera con creces esa otra necesidad. Sentirse querido y apreciado es lo que los seres humanos ansiamos y lo que nos da salud y éxito.

Nos hemos vuelto cada vez más, no solo individualistas sino materialistas y egoístas creyendo que la panacea es la acumulación y nuestro bienestar personal. Lo que en realidad nos hace cada vez más miedosos. Lo que nos hará felices es dar y compartir.

No hace falta que los que tengas alrededor lo hagan. Esperar a que otro dé el primer paso no trabaja tu felicidad sino que da el control a los demás sobre tu comportamiento.

La búsqueda de la felicidad es un viaje, no un fin o una sola cosa. Comparte, disfruta, vive y haz felices a los que tienes cerca. Reorganiza tus prioridades para el viaje. Aunque no rimen igual, disfruta.

FUERA DE MÍ

Me encanta la gente que habla en primera persona del singular de los logros y éxitos y sin embargo socializa los fallos o errores con la primera persona del plural.

Dice mucho de ellos. Del sentido que tiene del equipo que solo les sirve para esconder sus errores y minimizar su responsabilidad. De la confianza que puede inspirar alguien que hace algo así, puedes esperar poca diferencia en la ejecución. Además a la hora de las medallas, no hay mucha intención de compartir.

Tenemos la suerte de que la mayoría de las personas no reparan en todas estas cosas que os cuento porque están tan ensimismadas y ocupadas en su yo particular que no son capaces de escuchar a los demás con la intención de entender cómo piensan.

Si fuésemos capaces de salir más de nosotros y de nuestro mundo podríamos advertir muchos de estos comportamientos. Saber más de quienes nos rodean para poder, no sólo ayudarles con sus luchas internas, sino inspirarles pasión y entusiasmo por ayudar a los demás. La vida compartida siempre es mejor.

DE LA NECESIDAD DE PEDIR AYUDA

No es nada nuevo que el ser humano es la ley del mínimo esfuerzo. Para cualquier cosa que hacemos elegimos el camino que suponemos nos consumirá menos energía.

Por eso no es fácil que cambiemos de hábitos que hemos automatizado, ni de creencias que hemos heredado. Todo para que nuestro sistema tenga su indicativo de batería en un alto porcentaje.

Si a esto le sumamos que nuestra concentración ahora es mínima, imagínense el análisis de los temas que se suceden a velocidad de vértigo en la actualidad. Superficial es poco. Es más, estoy segura de que solo leemos y escuchamos lo que nos interesa para nuestra posición. Por lo que albergar esperanzas de cambio es una quimera.

La cuestión es que hay personas cuyas creencias, pensamientos y estrategias no son demasiado ecológicas para ellos. Es decir, no les acercan para nada a sus objetivos y en algunos casos incluso no dimensionarlas bien hacen que trabajen en su contra indisponiendo a su entorno contra ellos.

Si no somos capaces de darnos cuenta por nosotros mismos y tampoco tenemos una persona de confianza cercana que nos pueda advertir, probablemente acabaremos cometiendo errores sin ni siquiera darnos cuenta.

La humildad que requiere pedir opinión sobre nuestro comportamiento a quienes nos pueden ayudar no está al alcance de quien no soporta sentirse vulnerable pero a veces es la única forma de crecer.

ELIGE TU LIDERAZGO, NO COPIES.

El carácter de las personas se revela en las adversidades. Cuando a uno le va bien puede adoptar miles de roles y actitudes diferentes sin que ninguna responda a su propia naturaleza.

Sin embargo cuando las cosas van mal, cuando la supervivencia asoma, cuando nuestro instinto animal nos precede, eso que vemos es lo que podemos esperar de esa persona, siendo su naturaleza el no vencerse o tener entrenadas otras opciones.

Hay quien requiere de un viento especial para ser un buen navegante y en cuando la nave zozobra prefiere encontrar un culpable ya sea en la propia nave o en la naturaleza del clima. Todo antes que asumir que incluso en aquellas circunstancias podía haber hecho algo.

Porque ocurre que si hace algo o asume responsabilidad ya no puede beneficiarse de esa actitud en la que el foco, la responsabilidad, la crítica y el escrutinio se vierten sin rebozo en el otro. Implicaría reconocer que a pesar de su escaso control sí podía hacer algo.

Hay personas que se quejan una y otra vez de las actitudes de otros y una vez llegan a ese lugar en el que se pueden cambiar las cosas, acaban replicando el modelo produciendo el mismo rechazo en los que habían albergado alguna esperanza en el relevo.

Es devastador para el grupo que no acostumbra de resiliencias, ni malos vientos puesto que si algo agota al ser humano es renovadas las expectativas, se vuelvan a frustrar.

Creerse poseedor de la solución por el mero hecho de creerse imprescindible o infalible no es más que el principio del fin de quien pudo cambiar más cosas y no escuchó.

Trabaja en equipo, sé responsable, contagia, convence, escucha, comparte, anima, halaga, involucra. Haz algo diferente de lo que te hicieron a ti. No repliques el modelo. Puedes elegir.

Reflexión del día/ Daily dose

“Necesitamos recordar que las circunstancias no hacen a la persona, la revelan.”

Enma Jameson

  • ¿Cómo puedes rebelarte contra esas circunstancias que no te gustan?
  • Si no puedes cambiarlas, ¿cómo pueden jugar en tu favor?

Y si empiezas la semana revelando tu mejor versión 😉

Reflexión del día/ Daily dose

«Voy a intentarlo una y otra vez porque en el momento que me rinda, me he fallado»

Nick Vujicic

Conoce a Nick, en el siguiente enlace, pregúntate de qué te quejas y si te vas a rendir hoy 😉

https://youtu.be/wBCfxhyEDB0

TÚ, ¿QUÉ PREFIERES?

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Determinados términos, han llegado a tal grado de uso, que los significados para cada uno son totalmente distintos, para algunos se convierten en algo melifluo, ridículo, reiterado, absurdo, inalcanzable, para otros poseen un elemento motivador, de entusiasmo, que les empuja a explorar nuevos campos, ensayar y probar consejos, reglas y herramientas. Si algún concepto tiene todos estos condicionantes en su máxima expresión, ese es el de felicidad.

No creo que exista una definición que aglutine lo que es, o lo que no es, puesto que he llegado a comprobar que hasta la infelicidad puede llegar a ser una suerte de «felicidad», la forma de tener un protagonismo extremo en el entorno, en la que no importa el sufrimiento propio, sino lo bueno que te reporta como víctima que, a base de quejarse, dar pena y rebajar el ambiente de entusiasmo, consigue salirse con la suya.

Después de leer bastante literatura, a favor y en contra, lo único que me queda claro es, que tanto unos como otros, hacen de su dedicación una empresa al servicio del espíritu humano que les permite vivir. Además de recordar que desde los clásicos antiguos es reiterado el fondo y la forma de esta búsqueda. Lo que hago con lo que recomiendan es probarlo, practicar y ver, si a mí me sirve algo de lo que leo y tengo que admitir que a raíz de todo esto, mi visión y misión cambiaron de repente y por eso me dedico al coaching.

Ahora veo claramente por qué hay personas que tienen éxito, hagan lo que hagan, vayan donde vayan. Qué les hace ser líderes en sus grupos, queridos, respetados y seguidos. Principalmente porque reúnen unas características que a todos nos gustaría tener. Pero ocurre eso, que lo deseamos en modo condicional, lo que quiere decir que no estamos en absoluto dispuestos a poner entusiasmo alguno en entrenar las habilidades que nos llevarán cerca de ese objetivo deseado. No tener esa autodisciplina nos deja ya en una incómoda situación de partida.

Un sencillo ejemplo, a todos nos gusta que nos den la razón, que nos hagan caso, que no tengan en cuenta aunque no dudamos en querer obtener estos privilegios de los demás por cualquier método, desde interrumpir constantemente, hasta humillar, mentir, amenazar o insultar si no nos salimos con la nuestra.

En lugar de tratar de conocernos mejor, modificar nuestra estrategia y dar ejemplo de comprensión y proactividad, utilizamos las viejas herramientas que tenemos más que usadas, sin modificarlas para obtener resultados nuevos.

No me extraña que, como en este caso, liderados por nuestra ira interior, no consigamos más que reírnos de todos esos artículos y estudios que procuran una vida feliz lejos de estos sentimientos. Eso nos da una clara excusa para no tener que invertir nada para conseguirlo y sin embargo sí a estar dispuesto a invertir tu energía y por ende, tu humor, para trabajar más horas y conseguir un montón de cosas, que por sí solas nunca te harán feliz. Nunca serán suficientes, a no ser que tu interior esté sano y libre para poder albergar nuevos y potenciadores sentimientos.

Si algo he sacado claro en estos años de lo que puede estar cerca de la felicidad es conseguir “estar bien por dentro”. Como recomendaba el ancestral Oráculo de Delfos, conocerse a uno mismo y después entrenar para ser quien tú decidas ser.

Si sigue sin convencerte qué puede ser más beneficioso para ti, quizá debas preguntarte qué prefieres.

Vivir al lado de quien te enseña el lado positivo de las cosas y cómo aprender a verlo o con alguien a quien todo le parece mal, triste, injusto y que encima puede ir a peor.

Estar al lado de alguien que te impulsa, te ve capaz y te ayuda a mejorar o al lado de quien te dice lo que no le gusta de ti o lo que debes cambiar constantemente.

A alguien que te recibe y te despide con una sonrisa y te hace sentirme querido y bien o con alguien que siempre está melancólico, enfadado o serio que incluso se permite recordarte qué te hace estar tan bien con lo que te ocurre.

Entrenar consejos y recomendaciones de investigadores y expertos para mejorar tu visión de la vida o seguir con tus automatismos de siempre que se reducen a ser tan negativo que no sabes distinguir cuando te quejas.

Estar con personas con las que creces en conocimientos, con las que puedes analizar tus creencias, pudiendo cambiar de opinión o con quienes hablan de otros, la mayor parte del tiempo mal y no para construir precisamente.

Estoy segura de que después de estas reflexiones, te has decidido a ser ese alguien.
Busca ayuda y conócete. Será tu mejor inversión.

¿Buscáis la fama?

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Algo con lo que no cuentas, cuando tienes la suerte de dedicarte a lo que te gusta y que entrenas, practicas y trabajas tantas horas,  es que el resultado de ese esfuerzo o pasión, puede pasar de ser tu éxito y a convertirse en tu  fama.

No creo que nadie esté preparado para ella, para que te reconozcan en cualquier lugar al que vas, para que opinen sobre todas tus cuestiones, públicas o privadas, verdades o mentiras, alegremente o  creyéndose con derecho, o para que te traten, para bien o para mal, con ese exceso de confianza.

No estoy hablando de quienes buscan la fama por la fama, quienes buscan que las referencias y las opiniones externas llenen el vacío de no crecer desde el interior, con bases fuertes. Quienes creen que lo que le va a reportar este tipo de «conocimiento» es positivo y sin embargo, cuando se apagan las candilejas sigue padeciendo el mismo vacío interior.

Me refiero, a quienes de repente, por su dedicación, se encuentra con esta faceta sin buscarla. A quienes, estar en el juicio público constantemente le agota y abruma. A quienes les causa inseguridad verse escrutado por unos ojos donde quiera que van y agredidos en su intimidad, puesto que, a través de los medios, forman parte ya de nuestra cotidianeidad.

Esta cara de muchas dedicaciones requiere un entrenamiento arduo, un crecimiento interior a una velocidad envidiable y una concentración en el objetivo a prueba de todo.

Nadie se puede imaginar lo que llegas a escuchar, a leer sobre ti, cosas que no tienen nada que ver con tu dedicación, ni con nada que se le parezca. Sin querer, este «reconocimiento social» llega y es algo que no sabes, o no puedes manejar.
Si encima te consideras perfeccionista, si te afecta en demasía lo que digan los demás y no te gusta la fama, el sufrimiento acecha seguro.
No voy a hablar sobre el exceso que se produce en cuanto esta parte de la fama, nos toca a las mujeres ya que los apelativos y opiniones se quedan, la mayoría de las veces en algo tan básico y atávico, lo que se ve.

Si en realidad te motiva lo que haces, y dejas de actuar en automático, analizando que la felicidad que te proporciona tu dedicación, no puede irse al traste por la opinión de unos cuantos -que seguramente son los que más gritan pero no los más numerosos- podrás levantar el vuelo, y ver con distancia todas estas cuestiones. Con entrenamiento y esfuerzo, se consigue.

Si te ocurre algo así, es el momento de reconocer que necesitas alguien que te ayude, antes de que te rindas o renuncies a algo que te encanta hacer. Antes de que  adviertas sensaciones que intentando disimular y evitar, acabes por exteriorizar de manera agresiva en unas manifestaciones que nadie entenderá, puesto que pocos creen que te pueda estar ocurriendo eso en tu situación.

Incluso si le debes a alguien la oportunidad de estar ahí, lo mejor que puedes hacer es continuar con tu labor , haciéndola lo mejor posible, sin ponerte la presión de agradarle en cada momento.

El verdadero triunfo es sentirse bien con uno mismo, conseguir tu razón de vivir y llegar al compromiso con tu objetivo.

Si recuerdas a la Directora Grant en la serie de los 80 “Fama” decía: “Buscáis la fama, pero la fama cuesta, pues aquí es donde vais a empezar a pagar…con sudor”. Tened claro que entrenando puedes hacer de ella, de la fama, una aliada para tu éxito.

Puedes empezar por:

Enfocarte en tu propósito último.
Rodearte de personas que te impulsen y mejoren.
Y decidirte a pedir ayuda para crecer.

¡No te rindas!

 

Lo lees y ¿qué haces?

mobbing      bullying

 

Supongo que a muchos de vosotros como a mí, se os habrá encogido el corazón al leer o escuchar las trágicas noticias de quienes, empezando a vivir, han sufrido el brutal e inhumano acoso de otros en su entorno más cercano.

Cuando los medios ponen el foco sobre estos dramas, es cuando nos asustamos ante la barbarie que pueden protagonizar estos pequeños seres con apenas socialización,  aunque no somos capaces de observar la analogía entre esto y  otros muchos comportamientos que tenemos automatizados y ver las consecuencias de los mismos.

Me horroriza y lo veo a diario, que el sentimiento de vergüenza es lo primero que nos invade cuando nos “sentimos humillados” por alguien, como si hubiera alguna forma de evitar que alguien nos diga u opine sobre cuestiones que ni ha vivido ni comprende, taxativamente, culpándonos de algo y arrojando sonrojo sobre ello. Cuestiones como la orientación sexual, la raza, la forma de ser, episodios vividos en el pasado, todo sirve para la maldad.

Siempre he pensado, que este sentimiento, el de la vergüenza, debería morar solo y exclusivamente en quien voluntariamente agrede verbal o físicamente a otro  causándole un sufrimiento innecesario. Es una muestra clara de su debilidad e inflexibilidad, que hace que su inseguridad tenga que verse reforzada por lo que creen que es una victoria frente al otro, cuando realmente tanta violencia sólo aumenta su vacío.

Infligir un castigo de este tipo a otra persona, es algo que no entra en mi cabeza pero sí lo considero fruto de muchos de nuestros comportamientos más cotidianos. Seguro que habréis oído decirle  a alguien que se queja amargamente de ser víctima de esos comportamientos “no te dejes”, “dile tal cosa”, “dale tú también”, “habrás hecho algo” como si combatirlo con su mismo proceder o ira sirviese de algo y no formase parte de una peligrosa espiral con final incierto.

No acierto a comprender cómo algunos de quienes son  agredidos o “avergonzados” en algún momento de su vida, reproducen el comportamiento sin dudarlo cuando a ellos se  les presenta la ocasión, cuando les han hecho sufrir por ello hasta la saciedad.

Lo digo siempre que puedo, una sociedad basada en la vergüenza no es una sociedad sana y esto se convierte en un arma de doble filo, se traslada a que, cuando alguien observa lo que te avergüenza y sus intenciones son aviesas, rápidamente lo esgrime contra ti para enfrentarte a tus miserias, como si eso redimiese la verdadera cuestión, la vergüenza de las suyas.

De lo que sí podemos avergonzarnos es  de hacer y desear  el mal  a los demás, de disfrutar con el sentimiento de satisfacción con la desgracia ajena, de no ser un lenitivo para los demás y estigmatizarlos por contagio. De asistir a humillaciones, vejaciones y maldades como espectadores sin reconocer, que después seremos nosotros mismos quienes lo haremos con los que conocemos, sólo por ser diferentes en algún aspecto o por no reparar en que los capítulos de la vida, de cada cual, hay que conocerlos y entenderlos para conseguir sentir la batalla que la persona está luchando por dentro.

Avergonzarnos de que esto lo estarán viendo y viviendo nuestros pequeños, que están más atentos a lo que hacemos y al ejemplo que  damos, que a lo que repetimos sin practicarlo. Pequeños que acabarán asumiendo que liberar su ira de esta forma es normal y empatizar con el sufrimiento de los demás lo raro.

Algo que nos espeluzna cuando lo vemos o leemos, no somos capaces de reconocerlo en nosotros mismos, ni de pensar antes de hablar, cuando lo hacemos con personas que conocemos, a las que afectamos con nuestras miradas de desprecio o nuestra ignorancia sin inmutarnos, creyendo que es lícito y normal  actuar así. Cuando lo único que esto hace es dar muestras del tipo de persona que eres.

Es cierto que todos tenemos que aprender a dar la vuelta a todos los episodios que vivimos negativamente en nuestra vida para sacar una lección que aprender y no juzgar lo de entonces con lo que sabemos ahora. Si lo vamos entrenando, seremos capaces de acabar con ese perjudicial entretenimiento que es hablar mal de los demás. Además  porque sé fehacientemente que es una forma muy peculiar y dolorosa de expiar lo nuestro

¿Y si piensas que cada persona con la que te cruzas en la calle puede estar sufriendo por una cuestión así?  No es mejor ofrecerle tu sonrisa y una palabra cálida que le haga volver a creer en los demás o quizá sea mejor seguir propagando en el mundo el sufrimiento entre quienes rodean para luego asombrarnos cuando ocurre en los demás.

Tus decisiones definirán quien eres. No seré yo quien avergüence a quien soporta el acoso de los demás, ni contribuiré con mi comportamiento a avivar este fuego en mí o en los demás. Alegrarme de los éxitos de los demás y sólo hablar bien de ellos, es mi contribución, ¿y la tuya?

No te ates a tu piedra

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Hay veces, que acciones que lleva a cabo el ser humano me sorprenden porque son extraordinarias y me hacen sentirme orgullosa de mis semejantes ,aunque otras, me repugnan. Podéis estar seguro, pensando en barbarie y cuestiones de gran impacto y enjundia, que también,  pero no siempre es así, a veces el daño es más sencillo, más callado e igual de cruel. Me refiero a pequeñas maldades al alcance de todos, a las que no damos importancia y que las hacemos y publicitamos a diario,  sin pensar en sus consecuencias y efecto en los demás.

Es cierto que cuando hablamos de bullying en el colegio, de acoso escolar, todos nos ponemos en la situación de pequeños indefensos siendo atacados con crueldad y sin ninguna justificación y no nos cuesta empatizar con ellos para rechazarlo, denunciarlo y trabajar por desterrarlo.

Sin embargo hacerlo con personas mayores, espejo en el que se miran muchos niños, parece menos cruento. Por el simple hecho de tener ventaja sobre ellos en alguna cuestión, sofocar nuestras bajas pasiones, como la envidia y la ira, quedar por encima o ganar a alguien con sucias tretas, entonces, todo vale.

He tenido que asistir al vapuleo tuitero de varias personas en pocos meses. Personas, que si hay algo que las defina es su bondad y su dedicación a los demás. Por cuestiones que en 140 caracteres dijeron en el pasado y años después salen a la luz, con la intención que conlleva haberlos  buscado, descargado y guardado y lo peor, ni siquiera con la intención de dañarles a ellos, sino como armas arrojadizas para acabar con otros fines mayores.

Sin pensar ni un momento en esas personas, en sus mentes y corazones sufridores sin motivos, de un pasado remoto que no  pueden cambiar, del que sin embargo reniegan y que  pretende acabar con sueños, a pesar de considerarles sólo un daño colateral.

No todo vale, ni en política, ni en la vida, para salirte con la tuya. Una victoria que necesita de estos sacrificios no puede ser, ni celebrada, ni bien empleada, porque parte de un vicio de inicio, el engaño torticero, el sufrimiento vacuo y  la mentira.

Sólo ver las caras de estos jóvenes subidos en una montaña rusa, debatiéndose entre la tristeza y rendición más infinita y la ira más absurda me hace comparar esta serie de acciones con una imagen recurrente en mi cabeza.

Hacer reo a alguien de su pasado es como atarle una piedra, lanzarle al agua y dejarle conscientemente desaparecer. Te parece cruel, exagerado, rara la metáfora. Piensa en algo similar que te haya ocurrido a ti. Algo que ocurrió en tu vida desagradable. Algo que pensaste  y ya no piensas, algo que dijiste, hiciste y quieres olvidar y que tienes derecho a hacer.

Decía Nietzche que: “ Lo que no te mata te hiere de gravedad y te deja tan apaleado, que luego aceptas cualquier maltrato y te dices a ti mismo que eso te fortalece”.No sólo te lo digas, haz que te fortalezca. Escribe tu propia historia de resiliencia, aprendiendo del golpe para levantarte y seguir adelante. Eso te hará diferente.

No te ates a tu piedra, todos podemos cambiar, si queremos.

Seguro que ya ni siquiera eres la misma persona que la semana pasada, que el mes pasado. Crecer significa eliminar y analizar pensamientos y reacciones para poder cambiar y mejorar. El pasado no tiene remedio más que cambiando tu presente. Cada día es una nueva oportunidad para empezar, a pesar de todo, a pesar de todos…

 Tenemos esa posibilidad y nadie puede negarnos que ese crecimiento nos lleve a pensar distinto y a actuar distinto.La comprensión que pedimos a otros para con nuestros cambios, debe ser un primer paso para no juzgarles y atarles a los suyos.Necesitamos practicar la comprensión y la empatía con los demás. No sólo cuando no tenemos nada que perder sino cuando creemos que lo contrario nos haría ganar.

 Si queremos una segunda oportunidad, ¡qué menos que dársela a los demás!

 

 

 

¿Cómo está tu taza?

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La taza de té

«Cierta vez, el sabio Nan-in recibió a un vanidoso profesor universitario que lo visitaba para conocer sus enseñanzas. Nan-in le sirvió té. Llenó la taza de su visitante y cuando la misma rebalsó, siguió vertiendo la infusión. El profesor se quedó mirando cómo el líquido se derramaba y pensando que el sabio era un tonto. Finalmente no pudo contenerse: —Está colmada —exclamó—. ¡Ya no cabe más! —Como esta taza —dijo Nan-in—, usted está lleno de sus propias opiniones y prejuicios. ¿Cómo puedo mostrarle la verdadera sabiduría a menos que vacíe su taza antes?»

Cuántas veces cuando  escuchamos, lo que principalmente hacemos, es cotejar lo que oímos con lo  que conocemos o sabemos para preparar nuestra respuesta, sin ni siquiera pensar en que quizás lo que la otra persona nos está relatando es algo de lo que podemos aprender sin «a prioris».

Tenemos nuestra mente llena de creencias que heredamos, adquirimos y automatizamos sin cuestionarlas y sin darnos cuenta que son ellas las que condicionan nuestra vida y nuestro desarrollo.

Opiniones y prejuicios que mantenemos contra viento y marea, a pesar de que lo único cierto es que todo cambia, interpretando esta firmeza como una muestra de fortaleza, cuando es un grito desesperado de debilidad.

La próxima vez que inicies una conversación con alguien y manifiestes una opinión con la que tu interlocutor no esté de acuerdo y la rebata. Vacía primero tu taza.

Observa, escucha, comprueba tus argumentos,  los suyos, analízalos. Piensa en que su vida, su experiencia, y su análisis depende de su trayectoria vital y la tuya igual. No juzgues, escucha e intenta entender.

No dudes en matizar o cambiar de opinión. En eso consiste crecer.

Todo pasa por algo…

piedras

 

 

Después de muchos años todavía me pregunto que lleva a muchas personas a utilizar su energía, no para descubrir su potencial y mejorar su entorno, sino en destruir, criticar, atacar a otros, sus ideas o sus propias personas.

Es cierto que quien invierte en esto su tiempo produce varios efectos, primero muestra su propia debilidad, puesto que atacando cree que va a producir el mismo efecto que produciría en ellos. Además muestra sus armas al arrojar contra otros sus propias cuitas, decía Carl Jung que lo que no nos gusta de otros, en el fondo es algo que tenemos que revisar en nosotros, puesto que es algo que, en nosotros, no funciona. Y entre otros más, estas emociones negativas te hacen estancarte, volverte víctima, reactivo y no te dejan avanzar, ilusionarte y proponer. Vas pasos por detrás desde el principio, habiendo echado el ancla casi siempre en el pasado.

Sólo das información y aireas las miserias que puede haber detrás de ti, como detrás de cada ser humano que todavía no ha conocido la compasión, la empatía y otra forma de comunicarse que sea más asertiva y colaborativa. Manifiestas tus malos modos cuando el viento no te es favorable, lo que a la vez dice mucho de tu madurez.

Además pienso que los obstáculos que vamos encontrando en la vida, lejos de ser acontecimientos sólo, también son personas que nos enseñan sobre distintas cuestiones vitales. Bien podemos, con las piedras que lanzan, construir nuestros propios muros para elevarnos sobre ellos y ver más allá. No dejo de insistir en que cada uno de nosotros, lejos de ser tóxicos  por naturaleza, hemos, por nuestras experiencias, desarrollado distintas estrategias, que a veces no son las adecuadas para nosotros y nuestros objetivos, pero en cierto modo el hábito y la costumbre nos parece que no nos dejan más opción que el sufrimiento y la ira.

Quiero pediros que quien pueda, sea consciente y entienda que la mayoría de nosotros vive en su interior mil batallas de las que nada sabemos, aunque recibamos daños colaterales,  sea capaz  de ser paciente y empático, tanto, como para ir más allá de sus emociones negativas automáticas y salvándolas con una reflexión, ayude a que esas personas no repliquen su comportamiento allá donde van  y haciéndoles ver que a quien únicamente lastiman con ese proceder es a quien vivirá en su cuerpo para siempre, ellos mismos. Los demás, todo lo que harán será evitarles con cualquier excusa, pero quienes queramos ser diferentes seguiremos buscando esa fantástica persona que hay en su interior queriendo salir.

De acuerdo que es una gran gesta pero la satisfacción de saber controlarse uno mismo, poder pensar para elegir la respuesta y ver florecer a los demás, no tiene precio.No te rindas, si quieres ser distinto, no puedes actuar como los demás, no huyas, aprende y ayuda a aprender.

¡Todo y todos pasan por nuestra vida, por algo! 😉

Desconectado

desconectado

 

 

 

Leyendo sobre la detención de los tuiteros  catalanófobos, y de las ácidas y anónimas críticas políticas en las precampañas electorales, me pregunto ¿hay siempre un “ellos” y un “nosotros”?, ¿todo vale para «diferenciarse»?

La religión, la política, la sexualidad, la raza, nacionalidad, la opinión o la circunstancia personal o social. ¿Todo lo que diferencia, discrimina?,¿todo lo que diferencia, condiciona?,¿tan necesario es crecer o nacer frente a algo con anticipación del «anti»?

No me parece tan original esperar a que alguien haga, diga o construya algo para entonces declararse en contra.

Cuando alguien está conectado a los demás, todo lo superficial y diferente parece desvanecerse, las energías se juntan sin recelos para compartir, para conformar, para construir juntos.

Esas etiquetas que nos parecen dar seguridad, esas identidades, pertenencias, son al fin y al cabo miedos e inseguridades que nos unen frente a un enemigo común que no es real, que inventamos irónicamente para supuestamente unirnos.

Alguien a quien no consideramos de nuestra familia, de nuestro grupo, de nuestra tribu y al que por este hecho denostamos y evitamos, haciendo que nos perdamos los grandes matices que aportan las distintas vivencias y experiencias que nos modelan a cada uno.

Identificarse con un grupo, con un territorio, con una lengua es hacer nuestro mundo pequeñito y a nosotros mismos, seres inadaptados, incapaces de partir de un mínimo común denominador y de sobrevivir en otro entorno.

En estas etiquetas siempre hay quien a sabiendas o sin querer, gana en la diferencia, haciendo que en el de enfrente sólo encontremos  más de las siete diferencias del juego.

Esto hace que haya quienes estén  interesados en que tengamos ese filtro, el de la diferencia, como defensa, en lugar de tenerlo como enriquecimiento  social.

Si ahondas en “nosotros”  y “ellos”, acabarás solo, dentro del “yo”, no sólo gastarás raudales de energía para diferenciarte, sino que fomentarás la crítica exacerbada y personal y esto hará que seas incapaz de llegar a acuerdos por encima de las diferencias.

Puedes llegar hasta el absurdo de que nosotros y ellos, exista dentro de la misma familia, del mismo grupo, de compañeros de trabajo, de tu entorno más cercano…

Ese ego que muchas veces no nos permite ser felices, nos hace definir quién está con uno y quién no lo está, con la excusa de que nos protege y asegura cuando produce todo lo contrario, reducir nuestro mundo, perder todo y mantener nuestros miedos y ganar en la divisiónAbandonar la necesidad de sentirnos aislados de los demás es un triunfo que indica el grado de desarrollo personal de  cada uno. Comenzar a verse como miembro de la familia humana, de una tribu común es una liberación que permite acercarse a los demás para sumar. Piensa en global

Haz un ejercicio:

  • Sé consciente de cuántas veces dices “yo” en una hora y trata de eliminar algunos.
  • Deja de hablar de ti mismo,  pregunta a los demás, interésate por ellos.

Busca la conexión  y  las similitudes, te resultará mucho más fácil que lo que has hecho hasta ahora y tendrás mejores resultados.

Opiniones navideñas

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Se acercan las Navidades y las reuniones familiares. A veces no estamos acostumbrados  a compartir tanto tiempo con la familia y en otras ocasiones, son estas fechas las únicas que nos reunen, por lo tanto, de año en año vamos almacenando emociones de todo tipo asociadas a las personas que vemos tan poco, hasta hacerlas idénticas a las etiquetas que les hemos puesto desde  hace años, sin apenas cuestionarlas.

Una gran ayuda para combatir ese efecto es estar prevenido frente a estos mecanismos automáticos que hacen que, de una opinión inoportuna o desafortunada, pensemos que una persona es así o asá, sin darle una nueva  oportunidad.

Si por algo parece que reconocemos estas fechas es por el ambiente que promueven de generosidad y bondad, a pesar de que a más de uno les parezca caramelizar forzosamente unos días del año, ese espíritu puede ser el que nos ayude a mejorar nuestras relaciones familiares, algo que abundará en nuestra seguridad y confianza personal al poder extrapolarlo a nuestra vida cotidiana y laboral.

Recordar la diferencia que hay entre las observaciones y las opiniones, esto es lo que nos ayudará enormemente a no destruir nuestra felicidad, ni nuestra paz interior en estas fechas.

Las observaciones son hechos que se sostienen y comprueban por sí solos y se diferencian por esto de las opiniones que son juicios  que emitimos las personas, conforme a nuestra experiencia. A veces vertimos opiniones como si fuesen hechos irrefutables y esto produce un efecto decisivo en nuestro interlocutor, haciendo que empiece una discusión por cualquier frivolidad.

Seguro que con este simple ejemplo lo podemos entender, si yo digo “hace frío debemos subir la calefacción”, otro persona puede refutar esa opinión diciendo que “hay 23 grados, no puedes tener frío”. Esa simple introducción que parece inocua puede derivar en una conversación crucial que fastidie toda una noche al poder derivar en pensar que alguien quien imponer su criterio, en qué es lo que creemos que es cada uno, en qué gasta el dinero, en fin… en virtudes y  defectos que se convierten en una batalla campal, a cuenta de una simple opinión. Sin entender que el hecho es que “hace 23 grados” y a esa temperatura unos tienen frío y otros, calor, algo que depende  de múltiples variables, de si se está en movimiento, más o menos abrigado, alimentado…

Si conseguimos distinguir entre lo que es una opinión y lo que es observable podemos entender que lo primero es una cuestión exclusiva de la persona con su propia autoria, una interpretación personal que nada tiene que ver con nosotros o con querer ofendernos o molestarnos, es simplemente fruto de su análisis con los recursos que posea, que pueden ser más o  menos pero casi siempre distintos a los nuestros.

Muchas de estas opiniones que vertimos son automáticas y por lo tanto inconscientes, no nos damos ni cuenta de que entre nuestro público, hay personas a las que sin querer podamos aludir. Además lo escondemos con frases impersonales para no ser responsables de la opinión, no decimos “yo tengo frío” que sería lo correcto, sino «hace frío». Muchas de estas opiniones se convierten en juicios tóxicos. No añaden ni aportan nada, sólo molestan.

El no hacerlos, supone que pensamos antes de hablar. Reflexionar sobre si mostrar este tipo de opiniones merece la pena o quizá hacer este análisis previo, puede significar un aprendizaje definitivo en tu persona para saber opinar de forma productiva. Expresando «nuestra verdad», como una opción más, sin imposición y basándola en hechos que tampoco son definitivos para tener razón.

Además para que una opinión produzca un efecto en ti tienes que autorizar al emisor para que su evaluación te afecte. Ese es el momento  en el que va a hacer entrada tu espíritu navideño, encontrando mil razones por las que ese familiar tuyo ha hecho esa apreciación y por cuántas razones no te va a afectar, ni a tu humor,  ni a tu opinión sobre él. Si cambias tu actitud hacia él, cambiará la suya hacia ti.

Rompe el círculo tóxico. Diferénciate. Convierte tus Navidades en un gran aprendizaje.

Diferencias fascinantes

razas

Hace más de veinte años, empecé mi aventura vital en solitario.Después de estar al calor de mi familia y protegida por mi entorno, sin la total convicción de mis padres, comenzó mi  viaje.

A ellos les agradezco su esfuerzo para darme la oportunidad de pasar un año a miles de kilómetros de distancia de mi casa, viviendo en otra familia, aprendiendo otro idioma y sacándome las castañas del fuego yo solita, con mis dieciséis añitos recién cumplidos.

Muchas son las andanzas e historietas que puedo contar de aquel maravilloso año y de lo mucho que aprendí, pero hoy quiero hablar de algo que me impactó desde el primer día, me fascinó, abrió mi mente y cambió mis creencias, las increíbles “diferencias” que vi.

Mientras yo no acostumbraba más que a ver blancos, católicos, casados o solteros, funcionarios o empleados, de repente un mundo de posibilidades se abrió ante mis ojos, compartía mis clases con  todo tipo de asiáticos,  afroamericanos, compañeros con “varios padres”, “varias madres” y “diferentes hermanos”, católicos, budistas, infinidad de variedades protestantes  evangélicos…además, casi todas las personas que me rodeaban eran autónomos y dirigían su propios negocios, numerosas combinaciones de muchos elementos, todas nuevas para mí.

Tuve la oportunidad de asistir y observar cómo estas religiones, con la mayor normalidad, compartían centro para sus ceremonias y celebraciones, colocando y recogiendo sus símbolos después de cada culto.

Me encantaba ver, que a pesar de las diferencias entre ellos y de lo distintos que a mí me parecían, eran capaces de unirse en cuestiones como la lengua para poder comunicarse.

Ahora, después de tantos años, todo aquello me parece casi «lo normal» pero entonces me impactó, tanto, que me hizo una defensora de las inmensas posibilidades de la diferencia y de que precisamente en ella, está nuestro avance, en conseguir enriquecer entre todas el “nosotros”.

 Nunca más tuve miedo de probar nada distinto, ni de hablar con nadie ajeno, ni de cuestionarme todo, de escuchar a todos, de confiar en personas muy distintas  y si algo aprendí  de aquella experiencia es, que lo fundamental es partir de lo que nos une. Entonces lo hice y aprendí  inglés para poder comunicarme con toda esa gente interesante que pensaba, actuaba y vivía de forma muy diferente a lo que yo estaba acostumbrada.

En el colegio, las asignaturas estaban mezcladas, como si fusionasen  la formación profesional y el instituto, algo que también me forjó  la idea de que cada uno es mejor que los otros en algo, no importa en qué, siempre hay que crear la idea del beneficio para “nosotros”,  la mayoría de las veces lo somos en algo diferente y  lo importante es sacar todo el potencial posible de cada uno para hacer algo bueno juntos. Y por fin, ¡a eso me dedico!

Por eso coincido con Karen Anderson en que lo importante no es la riqueza, ni todos los estupendos títulos que tengamos colgados, lo importante es que aprovechemos todas las diferencias para conectarnos, para enriquecernos y para ver que el mundo juntos, puede ser un lugar mucho mejor para todos.

 

Os dejo  su inspirador  TED por si quieres ser un «Opportunity maker» 😉 

El bumerán de la amabilidad

boomerang

 

Es descorazonador como podemos llegar a ser tan inhumanas las personas, cómo incluso podemos sin rubor entrar en cualquier lugar o  pasar por el lado de muchos otros y comportarnos como si no hubiese nadie.

Podemos conformarnos con un mínimo de cortesía, buenos días  o tardes, gracias, por favor, adiós, y en nombre la buena educación hacer un esfuerzo, aunque no me refiero precisamente a esto, me parece un mínimo innegociable.

Hablo de ir más allá, de ver en cada persona con la que cruzamos nuestra vida un ser humano con los mismos ingredientes que nosotros, con más similitudes que diferencias,  aunque su trayectoria vital le  haya hecho combinarlos de otra manera.

Con algunas personas con las que charlo acerca de esto, piensan que siempre está en los demás y no en ellas mismas el tomar la iniciativa en el saludo, en la sonrisa, en esas palabras amables, en esa acción pequeña o grande que puede cambiar el curso de la historia personal de mucha gente, y ¿qué te cuesta?

Qué te cuesta ser proactivo y desplegar tu amabilidad con los demás, alegrarles la vida, al menos en su contacto contigo.  Parece un esfuerzo vacuo aunque si le das la oportunidad de ver su efecto, se convierte en un maravilloso bumerán que estarás encantado de que vuelva.

Un pequeño toque de calidez en la vida de otros puede ser mágico, sobre todo el aquellos con los que más cuesta hacerlo, quienes más lo necesitan, quienes por distintos avatares  están más que acostumbradas a que sean otras las formas con ellos o simplemente les ignoren, haciéndoles  invisibles y pequeñitos en su entorno.

Si realmente fuésemos conscientes de ese poder, en nosotros y en los demás, no escatimaríamos tanto y lo utilizaríamos  más a menudo.

Seguro que si lo piensas recuerdas algún episodio en tu vida en el que alguien fue amable contigo sin conocerte, te ayudó sin pedirlo, hizo algo por ti que te reconcilió con lo mejor de cada uno.

¿Qué te parece empezar hoy por alguna pequeña acción en la vida de alguien más?

Te invito a ver este video que seguro te inspirará

 

“La amabilidad es como una almohadilla, que aunque no tenga nada por dentro, por lo menos amortigua los embates de la vida”. Arthur Schopenhauer

Y si tuvieses el poder de evitarlas…

conversaciones

 

“Crucial Conversations Tools for Talking When Stakes Are High”, este libro conforma mi práctica para este verano y quiero compartirlo con vosotros.

El verano  es una época fantástica para entrenar la comunicación, sobre todo dentro de la familia, a veces la dinámica del  resto del año con el trabajo y las pocas horas que pasamos con ellos, hacen que pasar más tiempo juntos sea un reto para muchos, aunque sólo tienes que plantearte si quieres pasar un tranquilo periodo estival o no. Está en tu mano.

Si con alguien merece la pena hacer un esfuerzo es con la familia, en ese centro de interacciones que  muchas veces olvidamos que se basa en el amor y el sufrimiento que compartimos y que o bien nos hace crecer y fortalecernos, o puede que lo convirtamos en un infierno. De nosotros depende.

Uno de los puntos básicos que podemos tener en cuenta para mejorar nuestra comunicación es reflexionar  sobre quién es nuestro sujeto activo, a quien podemos controlar y supervisar el comportamiento, que no esté fuera de nuestro alcance, ni de nuestro control, es decir,  toda la responsabilidad recae en nosotros  mismos.

Si empezamos a tener esto en cuenta y no sólo nos centramos en el contenido y el receptor  de nuestros mensajes puede que mejoremos exponencialmente nuestras relaciones. Sólo ofrecer a nuestra mente otra perspectiva a tener en cuenta más allá de lo que decimos, al tener que observar  las condiciones en las que lo hacemos, nos lleva a ser  más conscientes de nuestro  impacto.

Si conseguimos poder “salirnos” de las conversaciones y vernos desde fuera, podremos llevar a cabo más acciones que nos lleven a retomar el diálogo y no nos conduzcan a una absurda y fútil discusión.

Cualquier amenaza o cuestión negativa que advertimos nos dura, sin hacer nada más, por el cortisol suministrado, 24 horas o más de recuerdo de este desagradable episodio, así que la próxima vez que vayas a decir algo que produzca este efecto por el mero hecho de salirte con la tuya, piensa en los efectos colaterales de seguir varios días con la misma molesta sensación.

Me encanta cuando  algunas personas se autoengañan  asegurando  que a ellos  los enfados se les pasan rápido, la mayoría de las veces, se refieren a los que ellos mismos provocaron por no callarse cuestiones cruciales para la otra persona  que sabía tendrían ese efecto. Sin embargo si se han sentido agredidas por otros, les dura lo que la neurociencia confirma.

Es lo bueno que tiene la convivencia que ya sabes las teclas que no tienes que tocar para  herir a la otra persona y sin embargo, ¿qué nos lleva a ello?, ¿qué nos hace herir a las personas a quienes más queremos y que forman parte de nuestro entorno más cercano, cuyo efecto en su humor influye directamente en el nuestro?

Primero, la falta de reflexión sobre la relación que nos une a esas personas, recordar qué nos hace quererlas tanto, no es más que amor y por lo tanto sus sufrimientos y su alegría es la misma que la nuestra, si ellos sufren, sufrimos y si ellos gozan, gozamos.

 

Segundo, que nos sentimos atacados en nuestra seguridad y cuando la cosa se pone fea, sólo pensar en “claudicar” hace que nos cuestionemos a nosotros mismos. No somos capaces de abstraernos del argumento o del contenido para tener una visión más amplia que tenga en cuenta nuestros sentimientos hacia la persona que tenemos enfrente y de lo que estamos provocando con lo que decimos, del daño que infligimos. Sólo pensamos en nosotros y en cómo nos sentimos.

Tercero, que cualquiera de las vías por las que solemos transitar en las discusiones, tanto el silencio como la violencia, tienen consecuencias no deseadas para todos.

 

Unas pautas que podemos seguir este verano para conservar nuestra tranquilidad en cualquier relación, son :

  • Ser conscientes, no sólo del contenido de lo que estamos diciendo, sino de las condiciones en las que lo hacemos.
  • Darnos cuenta de cuándo la cosa se pone seria y evitar continuar.
  • Tener en cuenta la seguridad de los que nos rodean y no torpedeársela.
  • Observar si se mueven hacia la violencia o hacia el silencio como estrategia personal.
  • Observar nuestra reacción en situaciones de estrés.

 

Seguramente tras una discusión o antes de empezar siempre pienses que la culpa es del otro, y que es un _______, pero éste seguro que pensará lo mismo de ti.

¿Y si tuvieses el poder de evitarlas?, ¿lo harías?

¡¡Empieza!!

foto:asociacioneducar

Mirarse el ombligo

ombligo

 

No sé si alguna vez habéis reparado en ello, porque conocéis a alguien en quien lo podéis ver reflejado o quizá os ocurra a vosotros mimos.

 Cuando estamos todo el tiempo pendientes de nosotros mismos, de qué no duele, qué nos pasa, cómo nos sentimos y quién nos presta atención o no, desarrollamos  un individualismo extremo que  nos dificulta salir de ese estado y disfrutar y ocuparnos de quienes están y lo que ocurre a nuestro alrededor.

Somos capaces de saber cuándo fue la última vez que nos dolió la cabeza, o el codo, cuando nuestro jefe o compañero nos hizo esto o lo otro, cuándo salió esa nueva cana o arruga o los gramos exactos que hemos ganado o perdido desde la semana pasada. Sin embargo no sabemos nada de las personas en nuestro entorno,  de las que se supone que queremos y nos importan.

Apenas podemos decir si alguien está más serio de lo normal o su cara o corporalidad nos dice si necesita de nuestra ayuda porque estamos tan ocupados preocupándonos de nosotros mismos que simplemente no tenemos tiempo ni  hemos desarrollado las habilidades necesarias para hacerlo.

 

En algunas ocasiones se forja esta forma de ser a la sombra de otras muchas personas que en su ansiedad por ocuparse de nosotros y con la mejor de las intenciones nos dejan si herramientas cuando, deciden por nosotros, intentan controlar  nuestras acciones en todo momento y nos excluyen de responsabilidades  familiares o personales que nos  incumben a todos dentro de nuestro propio entorno.

Al evitar que sean dueños y dueñas de su propia vida, estamos evitando que puedan desarrollar  empatía  con los demás, que se pongan en otras situaciones y que sepan comprender qué está pasando en otras personas, escucharlas  y ayudarlas

Acaban siendo incapaces de salir de sus propios reproches hacia lo que los demás no han hecho o no han tenido en cuenta sobre ellos. Da igual si ocurrió hace siglos, sigue siendo una defensa con la que callar a todo aquel que les intenta sacar de su ensimismamiento.

La peor de las noticias es que no conozco a nadie que ocupado y preocupado  en demasía por ellos mismos, sea feliz. Que pueda disfrutar de las alegrías propias y ajenas y que no acabe comparándose constantemente o enfocado en algo que le falta o le sobra para tener algo que lamentar.

Siempre habrá alguna novedad que interpretada como otra maldición te hará  no disfrutar del interesante y emocionante viaje que es vivir y apreciar lo que hay a tu alrededor en cada momento.

Recuerdas cuando fue la última vez que, hiciste algo y no lo apuntaste y reprochaste, que pediste perdón a alguien porque no le tuviste en cuenta, porque no pensaste en alguien más que en  ti para decidir hacer o decir algo, que agradeciste lo que alguien hizo por ti, que llamaste  para preguntar en lugar de para desahogarte.

Mirarse el ombligo es uno de los deportes menos interesantes que existen, se gasta  energía raudales  y no se recupera ni en forma física ni en salud mental. Es un hábito autodestructivo,

Si quieres que todo empiece a tener otro color en tu vida prueba a, cada vez que empieces a pensar en ti y en tus cosas de siempre, visualízate haciendo cosas por los demás y hazlas, sin esperar nada a cambio, pequeñas cosas, sé consciente de ellas y del efecto que producen en ti.

Ocupado en los demás, seguro que  minimizarás «tus cosas».

Relativiza tus necesidades y tus juicios de los demás, o acaso te  gustaría a ti que te hiciesen lo mismo.

 

Sal de ti mismo, tu alrededor puede ser un lugar maravilloso en el que vivir.