Tú, mis reglas

reglas

Cuanto más indago en el comportamiento humano y en cómo vivimos las experiencias, más creo que la mayoría de las veces la comunicación es inexistente y la convivencia, un milagro. Milagros que se producen cuando las personas que se unen por azar o porque se buscan, comparten modelo y reglas, o lo más lógico, lo acuerdan y explican. Tú y yo, nuestras reglas.
Casi todos nosotros tenemos claro lo que soportamos o no soportamos de los demás. A veces esto es, lo que nos recuerda a nosotros mismos y no nos gusta, como asegura Jung, y otras veces es que intentamos imponer nuestras reglas para todo, sin ni siquiera tratarlo o negociarlo. Pretendiendo que las otras personas posean poderes de adivinación e interpretación sobre las nuestras, que por supuesto son las obvias, las de todos, las de siempre, las normales. NO son las tuyas!!.
Quién no ha tenido una amistad que se ha deteriorado con el tiempo o directamente se ha roto, por esperar de la otra persona comportamientos que nosotros dábamos por hecho que debían ser de determinada forma y no fueron así. Muchos de nosotros tenemos cánones, reglas o modelos de lo que deben hacer los demás, anejos a determinados roles. Yo mis reglas, tú mis reglas.

El colmo en estos casos es cuando la persona exige las reglas del rol a los demás pero ella no los cumple en la misma situación. No se da por aludida. La versión yo sin reglas, tú mis reglas. Esta insostenible versión necesita una bondad y amor  infinitos  para mantenerse…

Las madres deben escuchar y ayudar, los amigos deben estar para todo, los hermanos son de esta o de la otra forma. Ser hermano, madre o amigo para cada uno significa una cosa, en la mayoría de los casos parecida, pero casi nunca igual. La vida está llena de matices diferenciadores. Por lo tanto es poco probable que las personas se adapten a nuestro modelo y a las expectativas añadidas, si nosotros no lo explicamos.
Si cada uno tenemos nuestro propio perfil genético y hemos sido socializados en diferentes ambientes, con diferentes creencias políticas, religiosas, culturales, sociales, económicas, cómo demonios vamos a tener concepciones iguales sobre todo, sería mágico, telepático.
Hay quien piensa que un amigo debe estar ahí en los momentos malos, para ser un hombro sobre el que llorar, pero hay otras personas que piensan que en esos momentos son menos necesarios que  cuando necesitan impulso y entusiasmo para compartir sueños, proyectos y alegrías. En estos casos tan distintos, si ambas personas son amigos, o expresan sus deseos, o quedan decepcionadas cada una por su lado, sin ni siquiera saber qué pasó, qué hicieron mal o qué ocurrió. La amistad languidece hasta quedar extinta y parecer completos extraños.

Lo mismo podemos observar en otros roles como jefes, compañeros, de los que esperamos unas determinadas habilidades y un trato específico y lejos de trasladárselo, vamos acumulando malestar hasta que el hastío nos hace verles y conectar la furia interior. En estos casos se suma que tampoco conseguimos ser lo suficientemente asertivos como para ir diciendo aquello que no nos gusta y agradecer y manifestar lo que sí. De modo que de la acumulación de emociones sale nuestro yo primitivo cada vez que oímos su nombre, vemos su cara, o hacemos algo que tenemos imprimado.
Cada vez que lo rememoramos y contamos, si nadie nos da otra perspectiva o nos contraviene, vamos reafirmando la historia e incluso manipulándola a nuestro antojo para asumir con creces el papel de víctima. En el que sufrimos con inmensas dosis de bondad los ataques de los demás, sin merecerlos.

Sepan ustedes que la otra persona al otro lado de la relación está pensando exactamente lo mismo que nosotros. Con lo que la relación no tendrá ningún futuro, puesto que el ego hará el resto, impidiendo ser los primeros que nos disculpemos, los primeros que preguntemos cómo hemos llegado hasta aquí y sin embargo dediquemos más tiempo a cuestiones como de quién fue la culpa, comparando situaciones a lo largo de toda la relación para establecer puntuaciones en el marcador y pensando que nuestra defensa está asegurada no dando nuestro brazo a torcer.

Pues malas noticias. Si es una amistad o relación que valoras o que al menos valorabas, no te será tan fácil dejarlo. Tendrás una conversación pendiente, que te asaltará a lo largo de los años.
Siempre podemos elegir. Haya pasado el tiempo que haya pasado. Seguro que nos sentiremos mejor si lo aclaramos, aunque sólo sea para que nuestra mente descanse. El perdón es la base de la felicidad, todo lo demás pertenece al miedo, la culpa y la vergüenza .
Como asegura Jampolsky “en el terreno de las decisiones, la mente ego quiere hacernos creer que a menos que todo sea exactamente como creemos que debe ser, no podemos ser felices”

Si ésta es tu mente y pretendes convivir y relacionarte con tus reglas, al menos explícalas.

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