Nunca digas, nunca jamás

never

Esta cultura nuestra,en la que nos socializamos, si algo nos graba a fuego es  ver dificultades, carencias o defectos en todo aquello sobre lo que ponemos el foco de atención.

Nos acostumbramos a aplicar tan sólo nuestra experiencia y lo que pensamos, como si fuera un remedio para todo, a cualquier aflicción, sin darnos cuenta de que estamos mediatizados por lo poco que vemos, leemos, escribimos y por cómo lo contamos.Sólo hacer esto nos mantiene siempre dentro de los mismos límites y nos impide crecer, innovar, ir más allá

Si a cualquiera de nosotros, nos invitan a pensar tres minutos para definir los rasgos fundamentales de la cultura de nuestra empresa, organización o familia. Aunque tengamos más y mejores cosas que decir, no desaprovechamos el momento para dar unas grandes pinceladas de lo que, a nuestro entender, debemos corregir, en la mayoría, lo que no tenemos, será lo fundamental. No sólo eso, incluso  si tuviésemos que partir de algo para mejorar, sería de esa lista de faltas.

Parece como si algún tipo de maldición se pudiese cerner  sobre nosotros si descarnadamente afirmamos que coincide con nuestros valores, que comparte nuestra misión, que nos gusta. Al segundo siguiente añadiríamos coletillas como “de momento” o “hasta ahora”. Qué  nos ocurre cuando hay que  apreciar  lo que uno tiene…

Qué conseguimos añadiendo a todas las frases “siempre” cuando de lo que vamos a hablar es algo que queremos corregir o “nunca” cuando queremos que sea el hábito. Reflexiona sobre estas palabras, es cierto, que siempre o que nunca. Piensa, cuántas veces, muchas, pocas. Cuantifica, quizá sean sólo una o dos.Que posibilidad de cambio hay en  un comportamiento  que se lleva a cabo siempre, y  nunca…

Qué nos hace ver un” problema” en cada cuestión. Sobre todo el lenguaje. No ser consciente de que almacenamos las cosas con las palabras que nos dirigimos. Por lo tanto, sólo comenzar a detectar qué palabras son nuestras habituales será un paso decidido en la buena dirección.

Si nuestro lenguaje no  nos faculta para buscar más soluciones, para utilizar nuestra imaginación de la mejor manera y lo usamos para torturarnos y decirnos “no irás a pensar  bien  y si luego todo va mal” o “siempre sale mal”. Nos boicoteamos a nosotros mismos constantemente.

Si  al menos,  almacenas la experiencia  apreciando lo bueno,  durante el lapso de tiempo que resta hasta el evento, estarás bien, eso significará que lo podrás encarar mejor, que no habrás minado tu autoestima y tus nervios con todo tipo de elucubraciones.

Es cierto, que para nuestras entrenadas mentes es más fácil recurrir a agoreros pensamientos que a otros más útiles.  Pero no puedes hacer que tu sistema de alarma se mantenga en el nivel  DEF CON 1, no llegarás a diferenciar una simple eventualidad de una catástrofe. Utilizarás la misma energía en ambos casos y todo se convertirá en un “problema” que alertará tu sistema.

Te propongo que esta semana analices los efectos de “siempre” y “nunca” en tus frases. La mayoría de las veces hacen daño. Desterrémoslas.

Generalizar  es “siempre” un error. Entrenas y te atreves a no hacerlo.

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