¿Desempleado? ¡Actívate!

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El coaching es un proceso para alcanzar las metas y objetivos que te propongas o para indagar sobre los cambios que quieres  hacer en tu vida.

Cuando estamos desempleados, aunque estemos rodeados, nos sentimos un poco solos  en  esta situación que  hace mella en nuestra autoestima y  mueve pilares fundamentales en nuestra  vida. Incluso evitándote que veas oportunidades que pasan cerca de ti y  tengas otras perspectivas.

Te tienes que enfrentar a situaciones familiares y personales nuevas para ti y a emociones negativas que nunca habías tenido antes. Tienes la sensación de no poder manejar la incertidumbre y la inseguridad que son habituales ahora en tu día.

Necesitas ser escuchado,  investigar por ti  mismo, todo eso,  qué es lo que sientes, escuchas y ves  y para qué te sirve.  Si necesitas ayuda, no lo dudes.  Actívate, identifica tus emociones para que tengas  las herramientas necesarias y te enfrentes con fuerza a este reto  y  recuperes la confianza y la seguridad en ti mismo.

El coaching ve las crisis personales como auténticas oportunidades de cambio. No es terapia psicológica, ni trata de resolver ningún trauma, por eso es más rápido que otras disciplinas y seguro que te ayudará.

Mi compromiso social  personal con quienes estén en esta situación es que, este proceso, que en principio sería demasiado costoso para ti, tendrá sólo el valor del 10% de mi tarifa habitual y por lo tanto podrás beneficiarte de él.

Te cuento la mecánica:

Es un proceso que dura entre 8 y 12 sesiones, depende de los avances que vayas haciendo y de lo que quieras trabajar.

 Las sesiones son una vez a la semana y duran  entre una hora y hora y media. Por lo que el proceso se extiende alrededor de dos o tres meses.

 Entre las sesiones tú mismo te propones un Plan de Acción para llevar a cabo la siguiente  semana,  entrenando  nuevas habilidades y  que posteriormente evalúas.

¿Estás harto de estar en casa castigándote?, ¿quieres empezar un nuevo camino?, ¿qué hoy sea un antes y un después en tu vida? . Da el primer paso, ponte en contacto conmigo a través de aruca@arucacoach.me 

Nice to coach you!! 😉

Algunos de quienes han hecho el proceso dicen de él:

«Con ayuda de Aruca durante un proceso de grandes cambios personales y profesionales he logrado canalizar mi potencial y fortalezas.
Las herramientas aprendidas con ella siguen siendo “clave” para estimular mis capacidades y desarrollo en todos los ámbitos de mi vida.
He disfrutado y aprendido mucho en esta fase de metamorfosis.
Coach ….. “ en continua evolución “…… lo recordaré siempre ¡¡¡

 R.M.

«Me sirvió para sentirme más segura, aumentar mi autoestima, reconocer mis defectos, ser más positiva, intentar ser más feliz cada día y por supuesto aprendí técnicas para lograr poco a poco todo esto. Aún me queda mucho por lograr.
Se lo recomendaría a todo el mundo. Y creo que sería muy recomendable para los directores de equipo de cualquier empresa.»

B.V.

«He tenido la suerte de contar con Aruca como coach. Es una profesional íntegra y honesta, que estableció confianza y cercanía desde la primera sesión. Ha sabido escucharme activamente y motivarme, marcándome y ayudándome a planificar unas metas para alcanzar los objetivos planteados. Promueve la autodisciplina y motivación para desarrollar las habilidades personales. Hoy en día no estaría donde estoy de no ser por ella»

A.C.

«Aruca proporciona un servicio de coaching muy interesante,intensivo y metódico basado en la búsqueda de respuestas a las dudas respecto de las capacidades personales y profesionales.Una reorientación en donde como interesado he logrado despejar en gran medida las inquietudes que enmarañan e impiden ver los deseos subyacentes de crecimiento profesional.»

D.P.

Tú, ¿cambias de idea?

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Me encanta debatir. Algunas personas creen, por mi insistencia, que quiero imponer mis planteamientos cuando pregunto y repregunto, pero nada más lejos de mi intención, lo único que pretendo es indagar en  la perspectiva de los demás y revisar mi proceso lógico para mejorar mi planteamiento y solución.

 Hace tiempo que entendí que lo que pienso es fruto de mis creencias, experiencias, emociones y sentimientos, por lo que de lo que yo veo o intuyo del asunto, es una infinitésima parte de lo que puede ser una realidad vista por muchas más miradas  gestadas en otras miles de circunstancias. No quiero tener razón, quiero ir limpiando mi mente de mis juicios y prejuicios para que pueda llegar a una idea compartida, común, porque sé que es en ese estadio, en el que ganamos todos.

 ¿Qué  cosas he descubierto con esta “afición”?

Hay quien asocia el debate con el conflicto y lo rechaza de entrada, les pone nerviosos, les parece que les hace vulnerables o que es demasiado agresivo y lo evitan.

Hay quien  no escucha, porque insiste una y otra vez en su planteamiento sin referirse a los argumentos del otro y cuando lo haces con los suyos, sintiéndose “acosado” cambia de tema o introduce un elemento disuasorio.

Hay quien no quiere un planteamiento holístico que vaya conectando unas cuestiones con otras y relacionando sus efectos, pero tampoco uno específico en el que haya que darle bastantes vueltas a detalles de la posición propia y a la ajena. Además de no querer reconocer, en algún caso, que en algunas cuestiones, o  no habíamos visto esa perspectiva, o necesitamos un tiempo para pensarlo.

 Cuando uno sabe que no tiene la verdad suprema y que su punto de vista es uno más, se enfrenta mejor a esta indagación a través de la palabra, sin miedos, sin tomarlo personal, sin sentirse mal, acosado, avergonzado o culpable.

 Cuando uno sabe que cambiar de opinión no sólo es sano y saludable, sino que también demuestra que utilizamos  nuestra cabeza para analizar, incorporar y matizar ideas, mejora. Lejos de entenderlo como una falta de seguridad y de confianza, cambiar de idea, significa más fortaleza, integridad y respeto por los otros, fruto del aprendizaje mutuo.

La fuerza, ocurre como con los metales, está más relacionada con la elasticidad y la flexibilidad que con la rigidez. Como decía el dramaturgo noruego Francis Picabla que  “nuestra cabeza es redonda para permitir al pensamiento cambiar de dirección”.

Tú, ¿utilizas tu cabeza?

Multiplicar el talento

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Cuando pensamos en trabajar para alguien, casi todos seguimos, en el mejor de los casos,  un proceso similar,  pensando primero en qué queremos hacer, es decir, en la tarea, después en el sector, y a partir de ahí seleccionamos las empresas que nosotros creemos que nos pueden interesar indagando sobre su misión y sus valores para ver si están alineados con los nuestros.

Comenzamos a elaborar nuestro curriculum para ser lo suficientemente atractivos, cuanta más formación, conocimientos y experiencia en la materia más seguros nos sentimos de que podemos estar cerca de ese puesto, pero lo que pocos piensan es para quién acabas trabajando, tu responsable directo,  y ésta puede ser una de las decisiones más importantes de tu vida.

Puedes trabajar para un genio, que tiene vastos conocimientos en la materia, sobrada experiencia en el área, y que es un lince, pero puede ser una persona de las que, precisamente por estas características, se convierte en  un “disminisher” al que le sobran todas las opiniones, se basta y sobra para saber lo que hay que hacer. Esto además lo deja claro cuando en la mayoría de las reuniones no escucha, infravalora o ridiculiza tanto las opiniones como el trabajo o los errores de los demás y vive en su atalaya sin mezclarse con la “pleble”.

Esto que aquí escrito hace que sólo tengas ganas de salir corriendo, en el mundo laboral a veces se aguanta durante años sin tener en cuenta ni el rendimiento de las personas a su cargo, ni su salud física y mental, que cada vez son peores, ni su efecto en su  productividad  y en el entorno de trabajo.

El mal clima laboral, la falta de compromiso con la empresa, la falta de motivación en muchos casos se hace patente con este tipo de personas dirigiendo, que además no dejan de colgarse medallas de todos los proyectos y de quejarse de la inutilidad de su personal o de la necesidad de más por su inoperancia.

Estos perfiles que eran premiadas hasta hace poco, son, en las compañías más vanguardistas,  algo del pasado. Creer en el potencial de tus empleados y servirles de entrenador para mejorar su talento es una responsabilidad de todos los managers con personas a su cargo, que además podrán, con el concurso de todos, hacer más, no con menos, como solía ser la exigencia hasta ahora, referida sólo al dinero, sino con el máximo desarrollo de la inteligencia de todos.

Piensa en hacer una  inversión en estas personas claves en tu compañía para prepararles y que integren en sus habilidades manejar el talento de su equipo y  que multiplicarlo  sea el objetivo:

Mejora el ambiente de trabajo con compromiso y confianza

Maximiza el potencial de los componentes del equipo

Eleva el rendimiento de todas las personas

¿Merece la pena la inversión  o piensas seguir con fórmulas retrógradas y excusas?

Lo que no se ve

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Cuando vemos a alguien que, a nuestro juicio, tiene una limitación física, rápidamente se mezclan en nuestra mente distintas emociones que se revuelven  y combinan, casi siempre basándose en lo obvio, lo que se ve,  para acabar compadeciéndola y  agradeciendo no estar en su misma situación.

Seguramente por miedo no hemos entablado una conversación con ella acerca de cómo ve y siente ella misma eso que nosotros desde nuestra “cómoda” posición, consideramos limitación. Si no, podríamos observar y reconocer cómo muchas de las limitaciones y miedos que pueden exteriorizar, coinciden con los que nosotros mismos tenemos  y a los que no damos demasiada importancia, sólo  porque a simple vista no se ven.

Lo que ocurre en ambos casos es que el efecto final, que nosotros vemos tan evidente en cuestiones físicas, es prácticamente el mismo, ejerce una limitación mental en nosotros y es, que al servirnos de excusa, ni siquiera lo intentamos.

En el elaborado proceso de esconder nuestros miedos tras estas “evidentes razones”, atacamos al contrario, desarrollamos comportamientos conservadores y no arriesgamos lo más mínimo para no enfrentarnos a lo que en nuestra mente está escrito en letrero luminoso que alerta ¡Fracaso! o al esfuerzo que conlleva conseguirlo.

Además esa conmiseración que desarrollamos al verlo desde nuestra exigua experiencia y sin ponernos en sus zapatos, nos hace ser excesivamente permisivos, no impulsar ni entusiasmar  a los demás porque pensamos que nosotros no podríamos hacerlo en su lugar. Sin ser conscientes de que hay muchas personas que, animadas por su entorno, han sido capaces de grandes gestas sólo porque creyeron en ellos.

Todo lo que se realiza con maestría lleva aparejadas miles de horas de entrenamiento que en caso de, no creer que puedes, no habrán tenido lugar, por lo que incluso no llegarás a ser siquiera aprendiz de nada.

Hay quienes  no queriendo ser partícipes de estas limitaciones se exceden en sus críticas y vapulean con la intención de mover a la acción sin empatía alguna, como si trasladar  a otros el discurso que ellos mismos  merecen mitigase su responsabilidad y sacase a empujones a los demás de su zona de confort.

Entre las dos posiciones  conseguir que volvamos a creer en nosotros mismos y desarrollemos un equilibrio que empodere a la persona, sin minar su autoestima y sin que se sienta agredida o amenazada es el reto.

 

¿Te atreves?

Diferencias fascinantes

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Hace más de veinte años, empecé mi aventura vital en solitario.Después de estar al calor de mi familia y protegida por mi entorno, sin la total convicción de mis padres, comenzó mi  viaje.

A ellos les agradezco su esfuerzo para darme la oportunidad de pasar un año a miles de kilómetros de distancia de mi casa, viviendo en otra familia, aprendiendo otro idioma y sacándome las castañas del fuego yo solita, con mis dieciséis añitos recién cumplidos.

Muchas son las andanzas e historietas que puedo contar de aquel maravilloso año y de lo mucho que aprendí, pero hoy quiero hablar de algo que me impactó desde el primer día, me fascinó, abrió mi mente y cambió mis creencias, las increíbles “diferencias” que vi.

Mientras yo no acostumbraba más que a ver blancos, católicos, casados o solteros, funcionarios o empleados, de repente un mundo de posibilidades se abrió ante mis ojos, compartía mis clases con  todo tipo de asiáticos,  afroamericanos, compañeros con “varios padres”, “varias madres” y “diferentes hermanos”, católicos, budistas, infinidad de variedades protestantes  evangélicos…además, casi todas las personas que me rodeaban eran autónomos y dirigían su propios negocios, numerosas combinaciones de muchos elementos, todas nuevas para mí.

Tuve la oportunidad de asistir y observar cómo estas religiones, con la mayor normalidad, compartían centro para sus ceremonias y celebraciones, colocando y recogiendo sus símbolos después de cada culto.

Me encantaba ver, que a pesar de las diferencias entre ellos y de lo distintos que a mí me parecían, eran capaces de unirse en cuestiones como la lengua para poder comunicarse.

Ahora, después de tantos años, todo aquello me parece casi «lo normal» pero entonces me impactó, tanto, que me hizo una defensora de las inmensas posibilidades de la diferencia y de que precisamente en ella, está nuestro avance, en conseguir enriquecer entre todas el “nosotros”.

 Nunca más tuve miedo de probar nada distinto, ni de hablar con nadie ajeno, ni de cuestionarme todo, de escuchar a todos, de confiar en personas muy distintas  y si algo aprendí  de aquella experiencia es, que lo fundamental es partir de lo que nos une. Entonces lo hice y aprendí  inglés para poder comunicarme con toda esa gente interesante que pensaba, actuaba y vivía de forma muy diferente a lo que yo estaba acostumbrada.

En el colegio, las asignaturas estaban mezcladas, como si fusionasen  la formación profesional y el instituto, algo que también me forjó  la idea de que cada uno es mejor que los otros en algo, no importa en qué, siempre hay que crear la idea del beneficio para “nosotros”,  la mayoría de las veces lo somos en algo diferente y  lo importante es sacar todo el potencial posible de cada uno para hacer algo bueno juntos. Y por fin, ¡a eso me dedico!

Por eso coincido con Karen Anderson en que lo importante no es la riqueza, ni todos los estupendos títulos que tengamos colgados, lo importante es que aprovechemos todas las diferencias para conectarnos, para enriquecernos y para ver que el mundo juntos, puede ser un lugar mucho mejor para todos.

 

Os dejo  su inspirador  TED por si quieres ser un «Opportunity maker» 😉 

¿Qué pasa con tu trigo?

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«Cuenta una  parábola antigua. Y debe ser muy antigua porque en aquellos días Dios acostumbraba a vivir en la tierra.

 “Un día un viejo campesino fue a verle y le dijo: ―Mira, tú debes ser Dios y debes haber creado el mundo, pero hay una cosa que tengo que decirte: No eres un campesino, no conoces ni siquiera el ABC de la agricultura. Tienes algo que aprender.

 Dios dijo: ―¿Cual es tu consejo?

El granjero dijo: Dame un año y déjame que las cosas se hagan como yo quiero y veamos que pasa. La pobreza no existirá más.

 Dios aceptó y le concedió al campesino un año. Naturalmente pidió lo mejor y solo lo mejor: ni tormentas, ni ventarrones, ni peligros para el grano.

 Todo confortable, cómodo y él era muy feliz. El trigo crecía altísimo. Cuando quería sol, había sol; cuando quería lluvia, había tanta lluvia como hiciera falta. Este año todo fue perfecto, matemáticamente perfecto.

 El trigo crecía tan alto….que el granjero fue a ver a Dios y le dijo:¡Mira! esta vez tendremos tanto grano que si la gente no trabaja en diez años, aún así tendremos comida suficiente.

 Pero cuando se recogieron los granos estaban vacíos. El granjero se sorprendió. Le preguntó a Dios :¿Qué pasó, qué  error hubo?.

 Dios dijo: Como no hubo desafío, no hubo conflicto, ni fricción, como tú  evitaste todo lo que era malo, el trigo se volvió impotente.

 Un poco de lucha es imprescindible. Las tormentas, los truenos, los relámpagos, son necesarios, porque sacuden el alma dentro del trigo.

 La noche es tan necesaria como el día y los días de tristeza son tan esenciales como los días de felicidad. A esto se le llama entendimiento. Entendiendo este secreto descubrirás cuán grande es la belleza de la vida, cuanta riqueza llueve sobre ti en todo momento, dejando de sentirte miserable porque las cosas no van de acuerdo con tus deseos.»

 ¿Cuántas veces al día te quejas de algo que deseas que cambie ?

¿Qué está en tu mano cambiar de ello?

 ¿Qué haces para cambiarlo?

¿Cómo afrontas lo que no crees que puedes cambiar?

 ¿Has pensado cómo sería tu vida si  todo lo que deseas se te concediese?

 ¿Qué impacto tendría en ti? y ¿en los demás?

 ¿Con qué condiciones sabes navegar por la vida?

Si lo piensas y «lo entiendes» es difícil que todavía te sientas miserable…

¿Realmente?

realmente

 

Piensa unos minutos si esta palabra, “realmente” o términos como “la realidad”, son frecuentes en tu vocabulario y qué quieres decir con ellas. Cuando alguien las incluye en sus mensajes hacia ti o en sus preguntas, ¿cómo la interpretas?, ¿qué quieren decir?

Por ejemplo si digo “la realidad es que no puedes seguir haciendo esa tarea”, ¿a qué me refiero? probablemente a que yo pienso que no puedes seguir haciendo esa tarea pero, ¿qué efecto produzco en mi interlocutor, aludiendo a algo que es “real”?, ¿puede alguien cuestionarlo?, o de hecho, ¿lo cuestiona?

¿Cómo percibimos esa realidad? Además de a través de los filtros de nuestra mente y nuestros sentidos, tendremos en cuenta que nuestra biología, nuestro lenguaje, nuestra cultura, nuestra historia personal, todo ello compone, lo que de un plumazo llamamos nuestra realidad, que no es más ni menos que nuestro modelo mental y que, sin analizarlo,  elevamos a un imperativo incuestionable y aplicable a todos los demás.

Que tengamos frío o calor es una cuestión real de temperatura o cada uno tiene su umbral. Si somos expertos en materiales o en plantas en un puente o en un jardín veremos cuando miramos la misma realidad. Si acabamos de perder nuestro trabajo o hemos tenido un ascenso, valoramos igual la realidad de la situación económica. Un ordenador es realmente un avance en medio de la selva y  un rifle en medio de la ciudad. Si observas un atraco desde ambos puntos de vista de los intervinientes es realmente  la misma experiencia y la de quien observa.

 ¿Qué queremos provocar cuando nos erigimos en narradores de algo llamado realidad?

¿Qué supuestos damos por hecho que compartimos?

“En realidad” no quiere decir nada y no es un lugar común para casi nadie. El filósofo Humberto Maturana, afirma que “es un recurso retórico que llama a la obediencia, una falta de respeto que le exige al otro que abandone su modelo mental y adopte el propio.” ¿Posible? Porque » todo lo dicho es dicho por alguien?

Piensa de qué está formado tu preconsciente, es decir, cuál es el modelo mental que rige tus pasos y después echa un vistazo a tu alrededor a ver si encuentras a alguien que lo pueda haber compuesto exactamente  igual y  entonces, podréis hablar de vuestra realidad. Difícil, ¿no?

El camino de Chuang Tzu

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 “Cuando el arquero dispara gratuitamente, tiene con él toda su habilidad.”

Cuando dispara esperando ganar una hebilla de bronce, ya está algo nervioso.

Cuando dispara para ganar una medalla de oro, se vuelve loco pensando en el premio y pierde la mitad de su habilidad, pues ya no ve un blanco, sino dos.

 Su habilidad no ha cambiado pero el premio lo divide, pues el deseo de ganar le quita la alegría y el disfrute de disparar.

 Quedan apegadas allí, en su habilidad, las energías que necesitaría libres para disparar.

 El deseo del triunfo y el resultado para conseguir el premio se han convertido en enemigos que le roban la visión, la armonía y el goce.”

                                             Pasaje de  “El camino de Chuang Tzu”

Qué cantidad de obstáculos, nosotros mismos nos ponemos en el camino para ralentizar nuestro desarrollo y el disfrute de nuestra actividad.

Pensad en cómo construimos nuestros deseos…de quienes hacemos depender nuestra seguridad, ¿qué parte es reconocimiento externo?

Podéis imaginaros a una flor preocupada por crecer hacia donde alguien la vea, por si tiene buen color, o necesita más fertilizante…o quizá sólo crece.

¿Qué pasa con nuestro arquero?, ¿cuál es nuestro diálogo interior? ¿con quiénes nos comparamos?, ¿a quiénes queremos impresionar?, ¿qué queremos demostrar?

¿Qué nos decimos para paralizarnos?, ¿para no vernos a la altura? ¿Cuál es el nivel al que debemos estar? , ¿quién lo marca?

¿Qué es lo peor que nos podría pasar si dejásemos que simplemente fluyera?

¿Cuántas personas que son líderes naturales y gustan de hablar en público cuando lo tienen que hacer sufren miedo escénico e incluso pánico?

Quienes tocan sus instrumentos en solitario con increíble virtuosismo y cuando tienen que hacerlo ante alguien quedan paralizados.

Me imagino múltiples ocasiones, a quienes les cuesta correr, hablar algún otro idioma, hacerse fotografías, bailar, cantar…te fijas y obsesionas con el objetivo y la carga se hace pesada.

Y si en lugar de pensar en para qué, pensásemos sólo en disfrutar concentrados  y consiguiésemos reservar esa energía para hacerlo conscientemente…sólo jugando…

Las armas del Mulá

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“Las armas del Mulá”

Este viejo cuento sufí me sirve para reflexionar sobre las «armas» que poseemos, que trabajamos, que entrenamos para enfrentarnos a la vida y sobre cómo la incertidumbre, el cambio y lo inesperado pueden hacer que, a pesar de que confiemos ciegamente en nuestra preparación, nos dejen sin esa vital “asistencia”.

“El Mulá Nasrudín inició un viaje hacia tierras lejanas, motivo por el cual se hizo con una cimitarra y una lanza. En el camino, un bandido cuya única arma era un bastón, se le echó encima y lo despojó de sus pertenencias. Cuando llegó a la ciudad más próxima, el Mulá contó su desgracia a sus amigos, quienes le preguntaron cómo había sucedido que él, estando armado con una cimitarra y una lanza, no hubiera podido dominar a un ladrón armado con un modesto bastón. Él replicó: El problema fue precisamente que yo tenía las dos manos ocupadas, una con la cimitarra y otra con la lanza. ¿Cómo creen ustedes que hubiera podido salir airoso?”

 

¿Cómo te estás equipando tú para enfrentar tu viaje?

¿Cómo te preparas para  una probable  vida llena de incertidumbre y cambio?, ¿qué sabes de ti y de tu forma de reaccionar, eres reactivo, proactivo, creativo?

¿En qué inviertes tu esfuerzo, tu tiempo, tu dinero, en tener, en hacer o en ser?

¿Cómo afrontas los hechos inesperados, lo que  no controlas?

 ¿Qué habilidades tienes o vas a adquirir para que no te sorprendan con las «armas» que no sirven o sin saber usarlas o sin saber desprenderte de las que te pesan y no te ayudan rápido?

 ¿Qué puedes hacer para mejorar tu preparación, para llenar tu ser de recursos útiles?

¿Eres de los que leen, se dicen a sí mismos esto ya lo sé yo y no lo entrenan?

¿Crees que sólo con saberlo funciona?

¿Qué hubieses hecho tú en el lugar del Mulá?

 

Houston, ¿tenemos un problema?

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Problema:

  Cuestión que se trata de aclarar.

  Proposición o dificultad de resolución dudosa.

  Conjunto de hechos o circunstancias que     dificultan la consecución de algún fin.

Estas son algunas de las acepciones que recoge el Diccionario de la RAE para esta palabra, pero si antes de leer las definiciones, hubiésemos pensado sobre el término y lo que nos evoca, seguramente a muchos, cuestiones como  imposible, incapacidad, ansiedad, nerviosismo, alerta, dificultad y miles más en sentido negativo, hubiesen brotado en su mente.

 Sin embargo los japoneses consideran un problema, un tesoro, que les sirve siempre para aprender y mejorar.

 Reflexionando sobre el término, podemos decir que  implica que, frente a una circunstancia que nos acontece, no tenemos muy clara o desconocemos la solución.

En muchas ocasiones la pereza, el miedo, el orgullo  o la arrogancia entre otros, nos obstaculizan y no permiten que  afrontemos estas circunstancias en las mejores condiciones y acabamos, procrastinando, abandonando la tarea, quejándonos, enfadándonos, echando balones fuera, buscando un culpable, etc.

 Sin embargo si reparásemos en que lo que a nosotros nos puede resultar un problema, a otras personas no, podríamos humildemente preguntar o pedir ayuda sin ningún reparo, para avanzar en nuestra tarea. Seríamos conscientes de las miles de cosas  que se pueden hacer en equipo, que nosotros solos no podemos.

 En un problema siempre hay multitud de factores inmersos y seguramente desconozcamos el efecto de alguno por inexperiencia, por no tener esa perspectiva o por no reparar en ello.

 Además también podemos comprobar que las soluciones tampoco son únicas y no siempre nuestra opción o nuestro análisis  es el correcto. Sin embargo escuchando, siempre podemos enriquecer nuestra  propuesta con otros matices.

 Si  en un equipo aparece un problema que sólo reconoce una parte, ¿qué podemos hacer? Dar prioridad a la efectividad en la resolución de los problemas en lugar de a la certeza, es un gran paso. Puesto que nuestra forma de pensar en muchos casos nos condiciona y limita.

 Es por lo que son tan útiles herramientas como  la “Tormenta de ideas” o Brainstorming en las que todos exploramos posibilidades juntos para intentar disolver  lo que Kofman denomina las “interpretaciones congeladas” que obstaculizan llegar a una solución de las posibles.

En ella deberán participar tanto quienes experimentan el problema, como quienes deberán ejecutar la solución. Nadie quiere cambios o soluciones impuestas, por lo tanto la participación y la comprensión de lo que se trata de dilucidar,  se hacen fundamentales para el respeto y ejecución del compromiso.

La única cuestión necesaria para  con este instrumento es, que nadie haga juicios críticos con lo que cada uno dice y aporta durante las sesiones. Por peregrina que parezca la aportación al principio, puede pasar más tarde a inspirar o a ser parte de la solución.

 Por lo tanto debe generarse un ambiente de confianza en el que todos se sientan libres para poder exponer sin ser cuestionados. Eso significa que “lo que pasa en la Tormenta se queda en ella”.

 Si además convenimos con nuestro equipo, acabar con la palabra problema y  empezar a denominarlo reto u oportunidad, algo que entusiasma y es positivo, habremos hecho bastante por cambiar nuestro estado interno para afrontarlo,  minorando el estrés y aumentando la capacidad creativa.

Houston tiene un problema pero ¿y Tokio?

¡Vive y ayuda a vivir!

vivir

No sé si existe una edad en que uno es más consciente de  que la vida se nos puede ir de entre las manos sin darnos cuenta, de un momento para otro, o si tiene que ocurrir algo cercano que nos haga reflexionar , o quizá todo esto es sólo un pensamiento extraño. Cuándo es cuando realmente sentimos que ese paso puede ocurrir, lo intuimos, lo sabemos, se presiente…

Nada de eso sé, lo que sí tengo claro es que no tener en cuenta el único final posible, mientras vivimos,  a cada instante, nos hace vivir diferente, no aprovechar cada minuto, condicionando nuestra felicidad a momentos posteriores que no tenemos asegurados.

Además, hace que dramaticemos en exceso, mucho de   lo que  nos acontece inesperadamente, como si lo normal en esta vida fuese que no  ocurriese nada, que los avatares continuos de vivir los pudiésemos minimizar  hasta no sentirlos ni sufrirlos apenas, creyéndonos que la edad, o cuidarnos, o no correr los riesgos que a cada uno de nosotros nos resultan «los innecesarios», fuese un salvoconducto de primera y que mientras, pudiésemos seguir haciendo planes.

A John Lenon le atribuyen una frase de contenido similar, algo así como que, la vida es lo que nos pasa mientras nos dedicamos a hacer planes, y es que tal sensibilidad no podía plasmarlo mejor.

Después siempre queda lo que pudiste decir y no dijiste, lo  que pudiste hacer y no hiciste, y un sinfín de lamentaciones que pesan sobre ti, dejándote poco espacio y poca energía para disfrutar de tu viaje.

Mientras estemos aquí, vivamos cada minuto. Agradeciendo a quienes tenemos y lo que tenemos, diciéndoselo a menudo, compartiendo alegrías y cariño. Haciendo de nuestros entornos lugares alegres, llenos de energía. Ayudando a quienes en  cada momento necesitan de nuestro impulso para remontar esos obstáculos que la vida nos pone a todos  en el camino, sabiendo que esa es nuestra mejor forma de contribuir.

Decididos a superarlos, contagiados de esas ganas de vivir que te da saber que no hay que perder tiempo en quejas y lamentos puesto que, en cualquier momento, a cualquier edad y en cualquier lugar se puede terminar nuestra aventura.

Seguro que si prefieres no pensarlo,  seguir disimulando, por miedo, no hablar de ello o esconderlo, la vida te sorprenderá igual pero, ¿en qué condiciones estarás para afrontarlo?

¡¡Vive y ayuda a vivir!!

¿Cómo cuidas tu invernadero?

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Piensa en tu equipo de trabajo, en tu organización, en tu familia, en tu grupo de amigos y reúnelos mentalmente en un invernadero, el espacio en el  que vas a construir.

Piensa en un lugar en el que ellos, como plantas, deben crecer  y vivir pero, hazlo desde tu perspectiva como  jardinero encargado de que todas lleguen a buen puerto.

Si te das cuenta, en casi todos los grupos hay muchas plantas que tú no has elegido y sin embargo están  ya situadas en tu invernadero, por lo tanto, ya son tu responsabilidad y por lo tanto parte de tu cuidado.

Si quisieses ser  un buen jardinero, qué te parece en primer lugar, informarte sobre qué tipo de plantas y cómo son los cuidados que requieren, las que tienes a tu cargo. En este caso te conviene escuchar y observar durante bastante tiempo cómo se desenvuelven “tus plantas” en ese  entorno.

Si esta fase la llevas a cabo minuciosamente podrás concluir, qué cuidados son los que hacen crecer a tus plantas, es decir, cuáles son los valores importantes para ellas en los que basan sus decisiones, qué les motiva e importa y cuáles son las circunstancias en las que mejor se desarrollan.

En este periodo es cuando tú  empiezas a valorar con qué plantas quieres contar en tu invernadero porque son compatibles, cuáles mejoran el ambiente y con cuáles no quieres contar por su toxicidad, por requerir excesivos cuidados y/o porque perjudican a las demás. Observando además si probando con otras técnicas  u otras instrucciones sobrevivirían o convivirían  sin ser perjudiciales para  el entorno.

Es tu responsabilidad, como jardinero, crear un entorno de apoyo y confianza en el que todas las plantas se sientan a gusto, por lo tanto, lo que no podrás hacer es imponer tus reglas o tus criterios sin tener en cuenta las peculiaridades de las especies que quieres que crezcan dentro.

Es decir, que puedes optar por escogerlas o hacerlas todas iguales a ti, por lo que algunas no podrían seguir allí, por elegir otras distintas que te puedan ayudar a innovar y a mejorar el desarrollo de las que tienes, aunque tú no seas el protagonista sino un mero observador. Puedes optar por las más sensibles y delicadas que te necesiten continuamente y te hagan sentirte imprescindible. Quizás por las que no necesitan casi cuidados, y entonces no decidirás en función de otros criterios a los que renunciarás porque necesitan más esfuerzo. Imagina alguna más de las infinitas situaciones posibles …

O quizá puedes poner el reto y el desafío en ti mismo y ser capaz de tener un invernadero con una buena representación de todas esas plantas que te gustan por distintas razones y querer ser tan buen jardinero que tu combinación y tus cuidados sean la clave de tu éxito.

Para ello tendrás que elegir y descartar muchas veces puesto que, algunas de esas plantas no podrán o no querrán vivir juntas, y dar gusto a todas, siempre,  no tendrá solución con abono y riego igual.

La adecuada temperatura, humedad,  las horas de luz, de dedicación, en conjunto los factores ambientales serán los que tengan que ser constantes. De ti depende hacer un buen análisis de lo quieres que en él viva, el placer que te reporten, lo que aprendas. lo que crezcas   y lo que acabes haciendo de él.

¿Has pensado alguna vez en cómo es tu invernadero?

¿Qué llave abre tu éxito?

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Estamos sometidos a tantos impactos sensoriales a lo largo de nuestro día, que en muchas  ocasiones conviene parar un poco, ver adónde vamos y para qué.

Una de las razones por las que merece la pena esta reflexión, es porque en muchas ocasiones, nuestro objetivo vital está demasiado matizado por lo que vemos y escuchamos hasta incluso desvirtuarse con respecto a lo que nosotros deseamos.

Amalgamamos las opiniones y consejos de nuestras madres, padres, amigos, medios de comunicación, gurús, etc, tejiendo una concepción de cuestiones tan importantes de delimitar como qué es el éxito para nosotros, haciéndolo con los modelos de los demás. Patrones, que no revisamos cada cierto tiempo para ver si son realmente nuestros deseos, con lo que conseguimos acabar lamentándonos, cuando  tenemos más tiempo para mirar atrás.

Si para ti el éxito se reduce a que consigas reconocimiento y dinero, quizás tengas una visión un tanto reduccionista, que pueda llevarte a un vacío existencial.

El éxito en “todo”, es prácticamente una quimera, así que llegar a un equilibrio personal que nos satisfaga, será nuestra conquista. Teniendo claro que nadie puede juzgar a nadie por su elección puesto que el objetivo de todos es nuestra felicidad y el camino para vivirla es personal e intransferible.

Si alguien prefiere su éxito profesional y para ello tiene que minorar otras dedicaciones de su vida, fenomenal. Si alguien decide que su vida familiar es lo que le satisface y es su misión, adelante. Quien la quiere dedicar a los demás, bienvenido sea. Lo que a ti te haga feliz, siempre que lo elijas tú e  independientemente de lo que digan, hasta tal punto, que ni te molestes en justificarte o explicarte porque lo tienes tan claro, que no lo necesitas.

Si algo aprendes cuando reflexionas sobre el éxito es que a veces no es nada fácil la elección, con tanta información contradictoria  y tanto “lo que deberías”, “lo que estás bien” o “lo que está mal”, se complica. Lo ideal es revisarla tú mismo, con tu perspectiva  y tan a menudo que siempre puedas identificarte con ella, a la vez que te encuentras  absolutamente incapaz de juzgar las elecciones de otros. A veces quien más juzga a los demás es quien más lucha interna tiene, eso lo acabarás concluyendo seguro por ti mismo. Incluso esta reflexión te va a hacer entender y comprender cada vez más las razones que les llevan a esas decisiones y te empujará a animarles en sus desarrollos vitales, sin cuestionarles.

Ese esfuerzo para hacer una elección, hace que les considere valientes  para querer conducir sus vidas hacia donde desean, para establecer esos objetivos.  Sin intentar mediar ni influir en sus decisiones, lo que a ti te sirve puede arruinar la vida de otro, infundiéndole miedos o prejuicios. No vendas consejos, cuando tú no los quieres y además no los necesitas.

Lo que realmente necesitamos es el  coraje suficiente para  mirarnos nosotros  mismos,  en nuestro interior y buscar las razones por las que nos merece vivir, trabajar,etc. Reconociendo  los valores que nos motivan y que  producen  nuestros comportamientos  para entonces actuar conforme a ellos, al margen de las actuaciones y  opiniones de los demás.

No compres versiones del éxito a otros.

¡Constrúyete la tuya!

Si necesitas inspiración escucha esta perspectiva del filósofo Alain de Botton

Guille

guillellora

 

 

Esta tira de mi admirada Mafalda ha sido una de las que ha perdurado durante años en mi memoria. Seguramente no es la más ingeniosa, ni la más conocida pero a mí me impactó,  y  hoy me gustaría reflexionar sobre ella.

 guille

Una de las cosas con las que más disfruto de las personas con las que trabajo es viendo como consiguen pasar de víctimas a protagonistas  de sus  propias vidas, sintiéndose y viéndose cada vez más capaces, más responsables y más fuertes para lidiar con las cuestiones que nos plantea la vida a diario.

En muchos de estos casos, observo como patrones y creencias establecidas en la infancia se incrustan en nuestra forma de pensar, haciéndonos adultos biológicamente pero dejándonos ser inmaduros emocional o intelectualmente.

Una de las cuestiones más interesantes para observar es cómo se traslada a la madurez  el concepto de  responsabilidad que cada uno vamos modelando  a lo largo de la vida.

Cuando somos pequeños nuestra socialización, a veces nos hace relacionar “ser responsable” con “ser culpable” y muchos de nosotros aprendemos a ocultar esto hablando de manera impersonal “se cayó”, “se rompió”, o culpando a otros de nuestros propios actos “alguien le pegó”, “le insulté porque él lo hizo primero”. Desde que se “hizo solo” hasta que “lo hice sin querer”, nuestro periodo infantil es un continuo pasar la pelota para no admitir la realidad de nuestra autoria, practicando el lenguaje de la irresponsabilidad.

 Un sinfín de justificaciones y excusas que esgrimimos y que sólo consiguen  que  no asumamos nuestra intervención en la acción. Esto que puede parecer inocuo, hace que muchas personas mantengan este patrón durante toda su vida, viéndose incapaces de sentirse a los mandos, y que continúan justificando lo que hacen con meras excusas externas.

“Fumo porque estoy nervioso», como si estar nervioso no dependiese de uno mismo o no pudiese derivar en otras miles de opciones para acabar con tus nervios.

“Estoy deprimido porque me dejó tal” como si esa otra persona tuviese el poder de deprimirte sólo con dejarte o tú no tuvieses una parte activa y otras miles de opciones para reaccionar.

El no sentirte protagonista  y pensar que cualquier excusa es buena, te lleva a no ser responsable y buscar justificaciones externas , algo que implicaría admitir que tu hábito de fumar es mayor que tu motivación para dejarlo y que te ves incapaz de hacerlo en lugar de achacarlo a un estado determinado. ¿Te pones nervioso porque quieres fumar o fumas porque estás nervioso?

Creer que no puedes reaccionar más que de una manera automática te hace sentirte al albur de los acontecimientos con los que te sorprende la vida y  pensar que tus estados emocionales,  sólo tienen motivaciones externas y no un origen en ti.

Si aprender a reaccionar como  tú quieres y no automáticamente, empezarás a sentirte poderoso y a ver que controlas la parte que depende de ti y de tu actitud, sin negar las influencias externas pero sabiendo que es bastante  más de la que piensas.

¿Quién es responsable de la caída de Guille?

1) Quien fabricó los dulces

2) Quien los compró

3) Quien  fabricó la silla

4) Quien la dejó a su alcance

5) Quien  le dejó solo

6) Quien le deje ser víctima, compadeciéndole

7) Guille

Yo lo tengo claro ¿y tú?

¿Sabelotodo o aprendiz?

sabelotodo

 

 

Hay dos conceptos que incluye  Fredy Kofman en su libro «Metamanagment» , » Sabelotodo» y «Aprendiz» que me han parecido  curiosos y quiero compartirlos contigo porque, seguro, van a ayudarte a  que te conozcas mejor.

Esta historia que narra te situará:

“Supongamos que un sabelotodo y un aprendiz caminan lado a lado hacia la oficina. Se larga un chaparrón que los empapa. Cuando llegan, la recepcionista les pregunta: «¿Qué pasó, por qué se mojaron?». El sabelotodo contesta «Nos sorprendió la lluvia en una zona sin resguardo»; el aprendiz, por su lado, replica «No pensé en traer paraguas». Uno se moja porque llueve y porque no tiene paraguas. El sabelotodo le echa la culpa a la lluvia, el aprendiz asume la responsabilidad de no haber tomado un paraguas. Las dos explicaciones son verdaderas, pero solo la segunda genera la posibilidad de modificar el efecto no deseado (mojarse) a pesar de las circunstancias incontrolables (la lluvia).”

Estas dos  categorías que Kofman aseguran conviven dentro de nosotros: el sabelotodo y el  aprendiz, se combinan de distintas formas en los distintos ámbitos de nuestra vida, en nuestra vida personal, familar, en el ámbito laboral.

Dice Kofman ahondando en el término que “El sabelotodo no es quien lo sabe todo. El sabelotodo es aquel que deriva su autoestima de estar en lo cierto. El sabelotodo es extremadamente frágil. Sin el reaseguro permanente de la certeza, se siente tremendamente expuesto y vulnerable. Su ego es como un cristal: duro, inflexible y quebradizo. No hay peor amenaza para él que las piedras de la incertidumbre que el mundo le arroja sin cesar.”

“Para salvaguardar su autoestima, el sabelotodo tiene que explicar los errores recurrentes sin asumir responsabilidades. Dado que él tiene siempre la solución correcta, la causa de los problemas, necesariamente, debe obedecer a algún tercero que no aplica en forma debida esa solución”

El sabelotodo da : “Explicaciones tranquilizantes” son aquellas que atribuyen exclusiva causalidad a factores que se encuentran fuera del control de quien explica. Permiten mantener la ilusión de la competencia personal frente a la realidad del fracaso. Explicaciones que llevan a cabo, como salida de emergencia,  los sabelotodo, para no sentir merma en su autoestima

“Por otro lado el Aprendiz es aquel que privilegia las explicaciones generativas. Reconoce la importancia de los factores que se encuentran fuera de su control, pero se concentra en las variables que puede modificar.

Para ser aprendiz, es necesario arraigar la autoestima en el éxito a largo plazo, más que en la gratificación inmediata de tener la razón.

El aprendiz comprende que todo resultado es consecuencia de la comparación entre un determinado desafío del entorno y su capacidad de respuesta (responsabilidad) frente a él.

Si quisiéramos expresar esto en una fórmula podríamos decir:

Resultado = Capacidad de respuesta – Desafío ambiental

Si el desafío es mayor que la capacidad, el resultado será negativo. Si la capacidad es mayor al desafío, el resultado será positivo. Para transformar un resultado negativo en uno positivo es necesario reducir el desafío ambiental o aumentar la capacidad de respuesta.”

En mi dedicación, me declaro aprendiz , y trabajo a diario aumentar mi capacidad de respuesta, sin infravalorar el desafío ambiental. Me encanta reflexionar sobre cuál es mi tendencia en otros ámbitos de mi vida para observar en qué extremo me sitúo en cada caso, conocerme mejor  y saber  cómo puedo equilibrarme.

Tú ¿te animas?

La sandalia

sandalia

La Sandalia

«Cuentan que un occidental viajaba por la India en tren en un vagón abarrotado. Un hindú
charlaba amigablemente con otros con los pies apoyados en la ventana abierta. En una
curva le cae una de las sandalias y de repente coge la otra que le quedaba y la lanza por
la ventana.

El occidental le dice:
– Pero qué haces hombre, por que tiras la sandalia que te quedaba.
Y el hindú sin alterarse responde:
– Qué haré yo con una sandalia. Al menos el que encuentre la primera que tenga
próxima la segunda.»

Tú, ¿qué hubieses hecho?

¿Qué crees que puedes extraer de esta metáfora hindú?

¿Qué cosas dejas ir? ¿A qué cosas te aferras? ¿Te son útiles?

¿Cómo afrontas los cambios? ¿ Te gustan? ¿Te asustan?

¿Cómo reaccionas ante los imprevistos? ¿Positivamente?¿Te enfadas? ¿Te bloqueas?

¿Qué eres capaz de aprender de lo que te ocurre sin haberlo planificado?, ¿eres activo o reactivo?

Merece la pena una reflexión para conocerse un poquito mejor. Buena suerte.

Aquelarre, ¿sí o no?

aquelarre

 

En una sala de espera, los minutos parecían horas, era tan pequeño el espacio que se hacía inevitable entablar conversación. Cinco personas, llega alguien que conoce a una de las otras cuatro. Comenzaban una animada charla acerca de la prisa que la persona tenía, entre las razones, debía atender a  su pareja.

Los nervios hicieron su aparición, insistentemente uno tras otro iban mirando el reloj, miraban hacia arriba, suspiraban y movían sus piernas y pies incansablemente, incluso a alguien que con sus dedos repiqueteaba en el brazo del sillón.

La conversación que empezó, y que tenía como argumento las necesidades de ayuda de la persona, era alimentada por todas  las demás, que intervenían sin tener apenas información y pensando sólo en ellas, comenzaban a decir, “ que se lo haga ella/él ”, “no sabe hacer nada”, “no puede vivir sin mí”, “estoy sacrificado/a todo el santo día”, “soy su esclavo/a”, “ahora me pasará algo por ir tan deprisa” “no tengo tiempo para mí”…

Los “invitados” a la reunión no dudaron en ir incrementando sus críticas hacia la pareja de la persona que hablaba, por sus caras yo pensé que tenían en mente a alguien en concreto de su alrededor y con esa inspiración se enfocaban en la persona, para  así liberarse de  sus propios pensamientos.

 

¿Qué podemos hacer ante tal aquelarre?

 

Ahora lo he integrado y practicado a raíz de mis aprendizajes y entrenamientos cotidianos,  pero aquella vez  fue instintivo, no podía lidiar con tal cúmulo de emociones y comentarios negativos, que iba subiendo como el suflé.

Le pregunté a la persona en cuestión, ¿qué le había hecho compartir su vida con esa persona? Entonces todo cambió, de repente, con una pregunta, como casi siempre…

La persona empezó a desgranar los cuidados, mimos y atenciones que había recibido de su pareja durante años, cómo se habían apoyado en los malos momentos y cómo habían disfrutado de los buenos, lo duro que, entre los dos, habían trabajado para  sacar una familia adelante, de la que estaban profundamente orgullosos.

Decidí entonces seguir ahondando en esas experiencias positivas, haciendo que la persona las enriqueciera con detalles y se dejase absorber por ella. Le invité a pensar en ambas emociones y a valorar cuáles pesaban más, esa experiencia negativa con la que llegó y que estaba alimentando o todas esas experiencias positivas que tenía en su vida. La persona orgullosa de sus logros y de su historia, se transformó, su cuerpo se abrió, su sonrisa apareció, sus ojos miraban con un brillo especial hacia arriba y la tensión de aquella pequeña habitación se esfumó.

De repente todo el mundo se contagió y  empezó a excusar sus anteriores opiniones amoldándolas a esa nueva versión de lo que había sido su vida. Enfocando en la cantidad de experiencias positivas que había vivido y vivía y que pasaba por alto a menudo, insistiendo en rememorar devastadores resúmenes negativos,  una y otra vez.

Todavía recuerdo una frase de un texto del gran Milton Erickson que ante un paciente que le decía convencido  “ya no quiero a mi mujer», él replicó, “ pues vaya y quiérala”.

Depende del resumen que hagas, así será tu historia.

 Tú decides, si aquelarre o no.

Buen fin de semana!!! 😉

 

 

El funambulista

funambulista

 

EL FUNAMBULISTA

 Quiero dejaros hoy esta reflexión para acabar el día. Es una metáfora que seguro os hará pensar, como a mí,  sobre muchas cuestiones:

 “En la ciudad de Varsovia un rabí se encuentra reunido con sus discípulos. De repente entra en la sala un joven y se dirige al maestro:

– Venid, venid rápido, quiero mostraros algo incomprensible.

 Sale todo el grupo y el joven les conduce a una de las hermosas plazas de la ciudad. Allí un funambulista está atravesando la plaza a muchos metros de altura. El discípulo

entonces le pregunta al maestro:

– Vos que lo sabéis todo, ¿cómo es que un hombre se gana la vida jugándosela?

 Podría hacer de peluquero, de zapatero, de labrador… pero ¿por qué se juega la vida cada día en las alturas?

 El maestro responde:

– No lo sé. Sólo sé que cuando está ejerciendo su trabajo no mira hacia abajo a ver si los espectadores le tiran monedas en el sombrero.”

 

Justo lo relacionaba con otro libro sobre el que estoy, cuyo título es “Eat-Q” de Susan Albers para comer concentrado y no presa de tus emociones. Dándole vueltas también lo he relacionado esta tarde con los ejercicios en el gimnasio. Todo concluye con la importancia de situar el foco de atención en lo que estás haciendo en ese momento, y de esa forma no sólo lo disfrutas el doble, sino que lo haces lo mejor que sabes.

 

 Imagínate, ¿comerás mejor, menos y más sano, si no estás poseído por emociones, ni positivas ni negativas?

 ¿Cuánto menos, te  lesionarás  al concentrarte en el músculo que quieres trabajar, controlando en todo momento el peso,  el movimiento, mejorando tu técnica y aprovechando más tu esfuerzo?

 ¿Cuándo estás pendiente de lo que estás haciendo?

 ¿Cuántas veces haces una cosa, rápido para pasar a otra, pensando en una tercera?

 ¿Cuándo haces algo estás pendiente de los demás? ¿De cuestiones como si te ven, te reconocen lo que haces,  sienten tu esfuerzo?

 ¿Qué te cuesta respirar tres veces profundamente antes de cambiar de actividad para prestar toda tu atención, con todos tus sentidos en  lo que vas a hacer? Seguro que  vas a ser capaz de concentrarte más y mejor.

 

¿Qué crees que le pasaría al funambulista si su foco estuviese en todas estas cosas y no en el paso que está dando?

Yo quiero

yo quiero

 

Escucho a una persona hablar de todos los “tengos” y “deberías” que tiene su día a día  y veo cómo físicamente todas esas cuestiones se le acumulan en  cabeza y hombros, haciendo  que para su cuello sea cada vez más difícil salir a flote y no desparecer, a medida que se encorva cada vez más.

Entre ellos se esconde lo que hemos oído o leído o nos han dicho que debe ser, por ejemplo  una madre o un padre, lo que debe hacer, lo que tiene que hacer para ser bueno, qué se supone que debe hacer un jefe, un empleado, qué deberías hacer si tienes que estar saludable, qué no, todos, tópicos y lecciones tienen algo en común, vienen del exterior.

Aún viniendo de ahí ejercen sobre nosotros una presión que difícilmente encajamos para bien, principalmente, porque la usamos para castigarnos con lo que deberíamos sin cuestionarnos si es lo mejor para nosotros.

¿Has reparado alguna vez en cuántas veces al cabo del día decimos “tengo que” o “debería esto o lo otro”?, acaso alguien mejor que nosotros sabe lo que queremos.

Esta presión en muchos casos acaba teniendo su consecuencia en que hagamos algo que no queremos o dejemos de hacer algo que sí. Implican una regla que hemos almacenado, sin pensar conscientemente en ello.

A veces incluso vamos más allá y se los imponemos a otros, “tendrías que” o “deberías hacer esto o lo otro” lo decimos sin reparar en las implicaciones que  tiene en los demás y en que, en la mayoría de los casos, lo recomendamos cuando ni siquiera nosotros los hacemos, aunque parece que sí tenemos claro cómo se debería.

“Debería hacer algo de ejercicio” ¿Qué posibilidades tiene de hacerse o de mantenerse en el tiempo?

“Tengo que perder peso”, esto seguro que lo diré para castigarme mientras me como algo hipercalórico.

“Debería cambiar de trabajo” lo pienso cuando me va mal y porque nadie en su sano juicio aguantaría lo que yo pero ¿lo voy a hacer?

“Para conseguir esto tengo que esforzarme” ¿quiere esto decir que a mí me costará ese esfuerzo o existe la posibilidad de que lo consiga de otra forma?

Cuando alguien “tiene que hacer algo” es una imposición externa que no viene de dentro, si no, decimos “quiero hacer esto o lo otro”. Cuando modificamos nuestro lenguaje y dejamos fuera esos términos, nuestra presión baja.

¿Quién dice realmente quién tiene qué ?

¿Tienes que o quieres?

¿Cuándo tienes más entusiasmo, cuando quieres o cuando tienes que o deberías?

 

¿Qué te parece transformar tus “debería”, “no debería” y “tengo que” o “no tengo que” por  “quiero” o no “quiero”? ¿Cambia o no, la película?

¡Ilumina a los demás!

happy

 

La mejor forma de disfrutar de la vida y ser felices es , como decía Baden Powell, hacer felices a los demás. Cuando te planteas este objetivo en tu vida, comenzar siempre merece un periodo de reflexión o nuestra meta se puede tornar en un hábito que nos agote la energía y no responda a su ulterior fin.

Imaginaos cuando alguien hace un enorme esfuerzo para realizar algo en favor de alguien y esta otra persona, no sólo no lo reconoce, sino que tampoco lo agradece. ¿Qué puede ocurrir en este caso?

Habréis seguro oído “con la de cosas que he hecho por él o por ella”, “siempre tratando de darle gusto”, » siempre dedicado a los demás”, “encima de que lo hago por él”. Todas estas lamentaciones a posteriori se podían haber evitado si hubiésemos pensado un poco en los demás y no sólo en nosotros mismos.

Amar o querer a los demás, con el significado de la amistad, implica ser conscientes de querer transmitir alegría y felicidad allá donde vamos, para hacerles menos pesada la carga a quienes tenemos cerca, incluso a los que están librando una batalla interior.

Para hacerlo, no podemos pensar en lo que a nosotros nos gusta o desagrada, no podemos ponernos en su situación siendo nosotros con nuestras circunstancias y experiencias sino ser capaces de, como dice el viejo proverbio indio, haber andado en sus mocasines durante días,

¿Cómo hacemos eso?, observando y escuchando a la persona para saber qué hacer, en qué ayudar, percibir su situación real que puede distar mucho de la que nosotros imaginamos, puesto que cada mente es un mundo en su configuración.

Podemos pasarnos años tratando de hacerlo a nuestra manera y no conseguir nada o todo lo contrario que alguien nos  ayude tanto y en cuestiones que no necesitamos, que nos haga dependientes.

Para hacer felices a los demás hay que comprenderles, llegar a esto a través de ver, escuchar y preguntar y además tiene otro efecto positivo y consiste en que cuando sabes el porqué de los comportamientos de los demás, ya no lo tomas como algo personal, te cuesta mucho menos entender y perdonar, sabiendo que no todos tenemos todos los recursos para resolver sobre  nuestras propias tribulaciones.

A partir de hoy, ¿qué te parece  hablar menos y escuchar más?, con atención, pudiendo llegar a comprender mejor  a quienes antes etiquetabas y agradabas según tu baremo. Adaptándote al suyo con sus experiencias y  patrones.

 

Hacer felices a los demás tiene un efecto en ti que te gustará comprobar, aunque para ello dejes de pensar precisamente en eso, en ti.