Juicios y perspectivas

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EL JUICIO

 

   Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de asesinato. El culpable era una persona muy influyente del reino, y por eso desde el primer momento se procuró hallar un chivo expiatorio para encubrirlo.

 

   El hombre fue llevado a juicio y comprendió que tendría escasas oportunidades de escapar a la horca. El juez, aunque también estaba confabulado, se cuidó de mantener todas las apariencias de un juicio justo. Por eso le dijo al acusado: «Conociendo tu fama de hombre justo, voy a dejar tu suerte en manos de Dios: escribiré en dos papeles separados las palabras “culpable” e “inocente”. Tú escogerás, y será la Providencia la que decida tu destino».

 

   Por supuesto, el perverso funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: «Culpable». La víctima, aun sin conocer los detalles, se dio cuenta de que el sistema era una trampa. Cuando el juez lo conminó a tomar uno de los papeles, el hombre respiró profundamente y permaneció en silencio unos segundos con los ojos cerrados. Cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y, con una sonrisa, tomó uno de los papeles, se lo metió a la boca y lo engulló rápidamente. Sorprendidos e indignados, los presentes le reprocharon.

 

   —Pero ¿qué ha hecho? ¿Ahora cómo diablos vamos a saber el veredicto?

 

   —Es muy sencillo —replicó el hombre—. Es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué.

 

   Con refunfuños y una bronca muy mal disimulada, debieron liberar al acusado, y jamás volvieron a molestarlo.

 

 

En su situación, ¿qué hubieses hecho?

¿Tienes siempre un plan B?

¿Cuántas opciones buscas antes de decidirte?

¿Cuándo eres más o menos creativo? ¿Depende de tu estado interno, de tu humor?

¿Eres de los que siempre ve posibilidades  o de los que lo ven todo negro o ponen pegas?

Si después de contestar a estas preguntas crees que necesitas entrenar, voy a proponerte un  ejercicio que cumple dos funciones:  fomentar la creatividad y mejorar la  toma decisiones, aprendiendo a valorar  varias perspectivas sobre el mismo tema.

Es de Edward de Bono :  Bueno/malo/ interesante.

Tienes que elegir un tema central o idea y pensar sobre ello:

1)qué es bueno,

2) qué es malo y

 3) qué es interesante.

 Trata de pensar sobre el máximo número de ejemplos de las tres opciones y ser proporcional. No se trata de encontrar la respuesta correcta, sino de ver todas las posibles interpretaciones de una idea.

Relacionándolo con el relato podemos poner el ejemplo de los juicios:

-Bueno: Consiguen impartir jusiticia y castigar al culpable

-Malo: Puede ocurrir que el declarado culpable sea inocente y condenado por algo que no ha hecho.

-Interesante: Observar cómo se articulan en ellos, la defensa y la acusación.

Haz este ejercicio con más opciones en cada versión y si puedes hacerlo cada día de esta semana con un tema, podrás comprobar tus avances. Poder ver más perspectivas de un mismo tema será una gran ayuda para cualquier cosa que hagas.

Si no crees que esto te puede ayudar, te invito a ver este Ted  de Roy Sutherland titulado “ La perspectiva lo es todo” que  seguro que te acaba de convencer:

Tus grandes éxitos

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Un sábado por la mañana cualquiera, pones pie a tierra. En realidad no recuerdas qué fue lo primero que pensaste pero ya es tarde. Te pesa el cuerpo y no te apetece hacer nada. Dando tumbos vas de la cama al sofá, sin saber por qué lo único que quieres es seguir aletargado y no pensar en nada. Como si eso fuese posible. Haces una rápida pasada sobre lo que te espera ese fin de semana. Cumpleaños, cine, ruta de senderismo. La lista está repleta y aún así, lo único que te pide el cuerpo es descansar.

Imagina que entras en una tienda de discos, de vinilos y que estás decidido a llevarte uno para probar ese gran dispositivo láser que te regalaron tus amigos. Por cierto, qué grandes sabiendo que es tu mejor colección, hicieron un esfuerzo y con la mayor de las ilusiones te regalaron ese caprichito. Deambulas por la tienda, echas un vistazo a todos esos increibles éxitos que son parte de tu vida. La primera canción que cantaste en inglés, la última que ponían en tu garito especial, aquella con la que recuerdas tu fiesta de fin de curso, aquel viaje fantástico, cuando conseguiste acabar esa carrera, tu canción poderosa que te llena de energía en el gimnasio, la que te relaja, la que te recuerda a tu madre, a tus hermanos, a aquella persona, la que bailaste sin parar por enésima vez o la que cantas a grito pelado en el coche cuando vas solo.

Todos esos grandes éxitos que te hacen vibrar, que te devuelven a la vida en momentos que ésta parece haberse disipado, todas esas notas que alguien escribió para que tú las dieses contenido, las llenases con tus grandes éxitos, todas esas veces que te has sentido invencible después de tener una pequeña victoria sobre ti. Te das cuenta de qué pocas veces los escuchas, qué hace que no tengas estos discos a mano para poder ponerlos una y otra vez rememorando esos buenos tiempos.

Sigues dando vueltas por la tienda y de repente te topas con ese disco que hace tiempo guardaste en el más recóndito armario de tu casa. Ese que te recuerda cuando aquella persona desapareció de tu vida, cuando los pasaste mal en aquel momento, cuando más echabas de menos a los tuyos, cuando tu seguridad faltaba, vivías esa injusticia o te preocupaba en exceso un mañana incierto. Ese viejo disco ahora estaba allí, podías coger cualquier disco que te inspirase buenos recuerdos de esas cajas de cristal y  sin embargo aquel, captaba toda tu atención.

Era imposible dejar aquella posición, que se iba inclinando sobre la portada, hombros caídos, gesto serio, todo pesaba entonces. Sin darle más vueltas cogiste ese disco y lo llevaste al tocadiscos que la tienda ponía a tu disposición para escucharlo, fue posar la aguja sobre él y comenzar a rememorar todo aquellos que habías conseguido superar, y sin embargo eras incapaz de quitar el disco. De repente era una y otra vez el mismo sonido, el disco rayado, que habías escuchado miles de veces. Ese torturador sonido que hacía que mi vida fuese un infierno y lo había sacado de su funda y puesto yo mismo. De nuevo.

¿Qué esperaba escuchando esto de nuevo?

¿Qué discos pinchas tú en tu mente? ¿tus grandes éxitos o tu tortura?

De tí depende que tu vida sea una lista de tus grandes éxitos. Si no sabes cómo pincharlos busca ayuda y deja de escuchar el ruido de siempre.

¿Y si empiezas por hacer una lista de todos esos éxitos?

Los pensamientos que alimentan tu mente, te harán infinitamente feliz o infeliz, tú decides.

TÚ, ¿QUÉ PREFIERES?

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Determinados términos, han llegado a tal grado de uso, que los significados para cada uno son totalmente distintos, para algunos se convierten en algo melifluo, ridículo, reiterado, absurdo, inalcanzable, para otros poseen un elemento motivador, de entusiasmo, que les empuja a explorar nuevos campos, ensayar y probar consejos, reglas y herramientas. Si algún concepto tiene todos estos condicionantes en su máxima expresión, ese es el de felicidad.

No creo que exista una definición que aglutine lo que es, o lo que no es, puesto que he llegado a comprobar que hasta la infelicidad puede llegar a ser una suerte de «felicidad», la forma de tener un protagonismo extremo en el entorno, en la que no importa el sufrimiento propio, sino lo bueno que te reporta como víctima que, a base de quejarse, dar pena y rebajar el ambiente de entusiasmo, consigue salirse con la suya.

Después de leer bastante literatura, a favor y en contra, lo único que me queda claro es, que tanto unos como otros, hacen de su dedicación una empresa al servicio del espíritu humano que les permite vivir. Además de recordar que desde los clásicos antiguos es reiterado el fondo y la forma de esta búsqueda. Lo que hago con lo que recomiendan es probarlo, practicar y ver, si a mí me sirve algo de lo que leo y tengo que admitir que a raíz de todo esto, mi visión y misión cambiaron de repente y por eso me dedico al coaching.

Ahora veo claramente por qué hay personas que tienen éxito, hagan lo que hagan, vayan donde vayan. Qué les hace ser líderes en sus grupos, queridos, respetados y seguidos. Principalmente porque reúnen unas características que a todos nos gustaría tener. Pero ocurre eso, que lo deseamos en modo condicional, lo que quiere decir que no estamos en absoluto dispuestos a poner entusiasmo alguno en entrenar las habilidades que nos llevarán cerca de ese objetivo deseado. No tener esa autodisciplina nos deja ya en una incómoda situación de partida.

Un sencillo ejemplo, a todos nos gusta que nos den la razón, que nos hagan caso, que no tengan en cuenta aunque no dudamos en querer obtener estos privilegios de los demás por cualquier método, desde interrumpir constantemente, hasta humillar, mentir, amenazar o insultar si no nos salimos con la nuestra.

En lugar de tratar de conocernos mejor, modificar nuestra estrategia y dar ejemplo de comprensión y proactividad, utilizamos las viejas herramientas que tenemos más que usadas, sin modificarlas para obtener resultados nuevos.

No me extraña que, como en este caso, liderados por nuestra ira interior, no consigamos más que reírnos de todos esos artículos y estudios que procuran una vida feliz lejos de estos sentimientos. Eso nos da una clara excusa para no tener que invertir nada para conseguirlo y sin embargo sí a estar dispuesto a invertir tu energía y por ende, tu humor, para trabajar más horas y conseguir un montón de cosas, que por sí solas nunca te harán feliz. Nunca serán suficientes, a no ser que tu interior esté sano y libre para poder albergar nuevos y potenciadores sentimientos.

Si algo he sacado claro en estos años de lo que puede estar cerca de la felicidad es conseguir “estar bien por dentro”. Como recomendaba el ancestral Oráculo de Delfos, conocerse a uno mismo y después entrenar para ser quien tú decidas ser.

Si sigue sin convencerte qué puede ser más beneficioso para ti, quizá debas preguntarte qué prefieres.

Vivir al lado de quien te enseña el lado positivo de las cosas y cómo aprender a verlo o con alguien a quien todo le parece mal, triste, injusto y que encima puede ir a peor.

Estar al lado de alguien que te impulsa, te ve capaz y te ayuda a mejorar o al lado de quien te dice lo que no le gusta de ti o lo que debes cambiar constantemente.

A alguien que te recibe y te despide con una sonrisa y te hace sentirme querido y bien o con alguien que siempre está melancólico, enfadado o serio que incluso se permite recordarte qué te hace estar tan bien con lo que te ocurre.

Entrenar consejos y recomendaciones de investigadores y expertos para mejorar tu visión de la vida o seguir con tus automatismos de siempre que se reducen a ser tan negativo que no sabes distinguir cuando te quejas.

Estar con personas con las que creces en conocimientos, con las que puedes analizar tus creencias, pudiendo cambiar de opinión o con quienes hablan de otros, la mayor parte del tiempo mal y no para construir precisamente.

Estoy segura de que después de estas reflexiones, te has decidido a ser ese alguien.
Busca ayuda y conócete. Será tu mejor inversión.

El rincón de pensar

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Utilizo mucho el verbo pensar, dar vueltas a los temas, reflexionar sobre ellos, ver distintas perspectivas, relacionar unas cuestiones con otras y adoptar distintas visiones y soluciones, me ha hecho más creativa, comprensiva y resolutiva.

Desde hace algún tiempo, observo que en muchas personas este verbo es tabú, molesto, puesto que implica, no sólo volver sobre lo mismo, una y otra vez, sino que esas cuestiones son todas negativas y les producen sensaciones físicas que detestan, complicando el concepto.

Es cierto que ahora, mandar a los niños al rincón de pensar cuando hacen algo no deseable, tampoco ayuda mucho para las nuevas generaciones, puesto que es fácilmente asociado con que pensar es un castigo, en lugar de una recompensa.

Muchos de nosotros cuando nos enfrentamos al mundo de nuestros pensamientos, no lo hacemos con gusto, puesto que muchos de ellos, no son precisamente agradables y estar a solas con nosotros mismos supone una tortura que aliviamos con ruidosos sustitutos como la televisión o camuflamos con todo tipo de productos relajantes o ansiolíticos.

Por muy raro que os parezca, estos pensamientos son fabricados, guardados y liberados por nosotros mismos. La gran diferencia es que los archivamos sin hacerlo conscientemente y los liberamos y usamos cuando nuestra mente cree que estamos en situaciones similares.

Quienes llevan tiempo practicando meditación o mindfulness son, quienes poco a poco a través de la consciencia y la concentración, van desentrañando su sistema de pensamiento para poder hacerlo trabajar para ellos mismos en lugar de rechazarlo y reconocerlo como un instrumento de tortura.

El primer paso para que estos pensamientos tóxicos empiecen a dejar de serlo es observarlos. Detectar cuando se producen, qué acciones o recuerdos los liberan y qué sensaciones corporales  producen.

Cuando queremos acabar con estos pensamientos, no son ellos en sí, los que importan, porque más adelante te darás cuenta de que son absolutamente falsos, no importa lo que son, o lo que sientes, sino lo que haces con ellos.
La mayoría de las veces cambiaremos de actividad y dejaremos de observarnos para no reconocerlos y trabajarlos. Para no acabar perdido en tus pensamientos y agredido por ellos.
Si prefieres no rendirte y empezar a trabajar para que tus pensamientos jueguen en tu favor, prueba estos pasos:

Busca tu “rincón de pensar”
Siéntate cinco minutos, sin distracciones, fuera móvil.
Ten cerca un papel para anotar
Enfócate en tu respiración, nota como inspiras y espiras.
Observa los pensamientos que surgen en tu mente, entonces recuerda que estás pensando.
Apunta dos palabras relacionadas con cada pensamiento.
No trates de controlarlos o cambiarlos, simplemente cuando te des cuenta vuelve a observar tu respiración.

Con este ejercicio te darás cuenta de todo lo que piensas en sólo cinco minutos, de lo repetitivo o variado que puede llegar a ser.
Lo importante es hacer este ejercicio con constancia para empezar a ser consciente de lo que piensas, si no lo ves o sientes, no lo puedes cambiar.
En unas semanas continuaremos con el siguiente.

Recuerda que para conseguir cualquier meta la regularidad es la llave.
¡Buen trabajo!

¿Buscáis la fama?

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Algo con lo que no cuentas, cuando tienes la suerte de dedicarte a lo que te gusta y que entrenas, practicas y trabajas tantas horas,  es que el resultado de ese esfuerzo o pasión, puede pasar de ser tu éxito y a convertirse en tu  fama.

No creo que nadie esté preparado para ella, para que te reconozcan en cualquier lugar al que vas, para que opinen sobre todas tus cuestiones, públicas o privadas, verdades o mentiras, alegremente o  creyéndose con derecho, o para que te traten, para bien o para mal, con ese exceso de confianza.

No estoy hablando de quienes buscan la fama por la fama, quienes buscan que las referencias y las opiniones externas llenen el vacío de no crecer desde el interior, con bases fuertes. Quienes creen que lo que le va a reportar este tipo de «conocimiento» es positivo y sin embargo, cuando se apagan las candilejas sigue padeciendo el mismo vacío interior.

Me refiero, a quienes de repente, por su dedicación, se encuentra con esta faceta sin buscarla. A quienes, estar en el juicio público constantemente le agota y abruma. A quienes les causa inseguridad verse escrutado por unos ojos donde quiera que van y agredidos en su intimidad, puesto que, a través de los medios, forman parte ya de nuestra cotidianeidad.

Esta cara de muchas dedicaciones requiere un entrenamiento arduo, un crecimiento interior a una velocidad envidiable y una concentración en el objetivo a prueba de todo.

Nadie se puede imaginar lo que llegas a escuchar, a leer sobre ti, cosas que no tienen nada que ver con tu dedicación, ni con nada que se le parezca. Sin querer, este «reconocimiento social» llega y es algo que no sabes, o no puedes manejar.
Si encima te consideras perfeccionista, si te afecta en demasía lo que digan los demás y no te gusta la fama, el sufrimiento acecha seguro.
No voy a hablar sobre el exceso que se produce en cuanto esta parte de la fama, nos toca a las mujeres ya que los apelativos y opiniones se quedan, la mayoría de las veces en algo tan básico y atávico, lo que se ve.

Si en realidad te motiva lo que haces, y dejas de actuar en automático, analizando que la felicidad que te proporciona tu dedicación, no puede irse al traste por la opinión de unos cuantos -que seguramente son los que más gritan pero no los más numerosos- podrás levantar el vuelo, y ver con distancia todas estas cuestiones. Con entrenamiento y esfuerzo, se consigue.

Si te ocurre algo así, es el momento de reconocer que necesitas alguien que te ayude, antes de que te rindas o renuncies a algo que te encanta hacer. Antes de que  adviertas sensaciones que intentando disimular y evitar, acabes por exteriorizar de manera agresiva en unas manifestaciones que nadie entenderá, puesto que pocos creen que te pueda estar ocurriendo eso en tu situación.

Incluso si le debes a alguien la oportunidad de estar ahí, lo mejor que puedes hacer es continuar con tu labor , haciéndola lo mejor posible, sin ponerte la presión de agradarle en cada momento.

El verdadero triunfo es sentirse bien con uno mismo, conseguir tu razón de vivir y llegar al compromiso con tu objetivo.

Si recuerdas a la Directora Grant en la serie de los 80 “Fama” decía: “Buscáis la fama, pero la fama cuesta, pues aquí es donde vais a empezar a pagar…con sudor”. Tened claro que entrenando puedes hacer de ella, de la fama, una aliada para tu éxito.

Puedes empezar por:

Enfocarte en tu propósito último.
Rodearte de personas que te impulsen y mejoren.
Y decidirte a pedir ayuda para crecer.

¡No te rindas!

 

¿Nos falta amor?

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Tengo una abuela cerca, genial, que casi todo lo que hacen las personas negativo, lo  achaca a la falta de cariño, al principio me parecía fruto de una trayectoria vital en la que el amor de su vida se fue pronto, ahora sé que hay mucha verdad en ese pensamiento.

A veces tenemos que buscar la excusa de San Valentín para reflexionar sobre algo que debería ser tan cotidiano como hablar de amor. Es cierto que me causa cierto rubor incluso proponérmelo  puesto que tenemos tendencia a reducirlo, como el día, al romántico sin disfrutar de todas sus múltiples variedades, por lo que este post no deja de ser un reto para mí misma.

Hoy leyendo una entrevista de Gerald Hüther, un neurobiógo e investigador alemán en la que decía que “el amor es nuestra única perspectiva de supervivencia en este planeta” recordaba las palabras de la abuela.

Las familias nos mantenemos juntas por el amor, tenemos hijos, nos involucramos en el desarrollo de los demás, en su evolución y educación. Se sostienen gracias a que el amor ha hecho que la colaboración, la comprensión y la empatía consigan disculpar cualquier cosa y ser la razón para continuar juntos.

Los amigos, sólo entendiendo, comprendiendo, ayudando, disculpando, abrazando, escuchando, animando, todas las acciones que implica el amor, podemos tenerlos y mantenerlos cerca y sentirlos como parte de nosotros.

Si reflexionamos sobre esto podemos ver que donde más a gusto nos sentimos es donde la imperfección no es un problema, donde equivocarse pasa por saber pedir perdón y saber perdonar, donde las debilidades no son objeto a destacar sino que lo son nuestras fortalezas y todo esto, ¿ qué lo hace? Simplemente el amor.

No me canso de repetir, que en la mayoría de las ocasiones a quienes más cuesta querer suelen ser quienes más lo necesitan. Algo que me ha hecho sin duda compasiva y empática. Me ha hecho comprender a quienes viven en ambientes totalmente diferentes a en los que reina el amor. Lugares en los que la tensión, la competitividad, la sensación de lucha por la escasez, hacen que la ansiedad y el estrés sean las notas predominantes. ¿qué podemos esperar entonces? ¿es normal que en lugar de darles amor y una oportunidad de vivir en otro lado, pagarles con su misma moneda?

Estoy segura de que igual que se acostumbraron a sobrevivir en ambientes donde faltaba el cariño, con el tiempo sabrán apreciar lugares donde sí y cambiarán muchos de sus agresivos e improductivos tics que sólo juegan en su contra.

Si empezamos a conectarnos con el amor seremos capaces de ir mucho más allá en nuestro crecimiento porque no tendremos miedo a arriesgar, a fallar, a intentarlo una y otra vez. Por eso nunca entenderé por muy naif que suene o parezca que los dirigentes y supuestos líderes en todos los ámbitos partan de otro sentimiento que no sea el fomento de la conexión entre todos, del amor, de lo que nos une, en lugar de lo que nos separa.

Por encima de políticas e ideas, todos queremos que nos vaya cada día mejor como sociedad, que mejoren su calidad de vida no sólo nuestros vecinos, nuestros compatriotas, sino todos los que hemos de vivir juntos en este mundo. Lo que no hemos entendido es, que de la colaboración y la cooperación, sacaremos mucho más que del enfrentamiento y la agresión.

La lucha por el poder y la dominación sin establecer nada nuevo, hace que desde los pensadores griegos pilares de nuestra civilización tengamos pendiente una evolución personal, individual pero no como hasta ahora, para mejorar nuestras posiciones materiales personales, sino para que nuestro crecimiento espiritual nos lleve a hacer algo grande juntos, algo que sólo podremos hacer, con amor.

 

Lo haces o no lo haces pero no lo intentes

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Muchas veces, haciendo depender nuestro destino de cuestiones externas y pensando  que es fruto, más del azar que de lo que nosotros podamos hacer o decir, eludimos la responsabilidad sobre, las decisiones que podemos tomar,  las herramientas que podemos usar y  la actitud que podemos adoptar, rindiéndonos antes, incluso, de haber empezado el camino.

Observando el «éxito» de los demás, es más fácil decirnos a nosotros mismos que nos faltan habilidades y capacidades, que reconocer que no estamos dispuestos a hacer ninguna inversión o esfuerzo para cambiar algo o hacer realidad el sueño.

Una de las acciones más fructíferas que podemos realizar, mejorar y perfeccionar es nuestro uso de lenguaje, qué cosas decimos y cómo lo hacemos para almacenarlas en nuestra mente.

¿Quién no ha escuchado a alguien hablando de lo “ilusionante” de su futuro en condicional? “Me gustaría estudiar chino, querría levantarme antes,  sería genial ser más paciente…». Cualquier deseo que manifestemos en condicional, lo vemos tan lejos que lo «condicionamos» mentalmente por si no encontramos las ganas, la motivación para hacerlo y no queremos decepcionarnos admitiendo un posible fracaso, permitiéndonos no invertir un ápice de energía.

Por si condicionarlo, no fuese suficiente, generalizamos con el lenguaje también lo negativo, para hacerlo tan pesado que mentalmente no nos apetezca retomarlo más. Eso lo hacemos, por ejemplo, con los devastadores “ siempre” y “ nunca”. Sobre todo  cuando a lo que nos referimos con ellos, seguramente, ha sucedido muchas menos veces de las que creemos.
“Siempre que he tratado de dejar de fumar, a los pocos meses he vuelto”. Seguramente te hará pensar que lo hiciste muchas más veces de las que han sido en realidad pero es tan impactante la frase, que la bandera blanca de rendición salta antes de incluso acabarla, considerándote un fracasado, algo que extrapolas a otros muchos ámbitos de tu vida sin apenas darte cuenta.

El otro extremo, «nunca», es tan demoledor como éste, “nunca he conseguido hablar bien inglés, nunca voy al gimnasio más de un mes, nunca consigo controlar mi ira, …”. Si lo piensas esto no es del todo cierto. Si no, haz la prueba.

Dibuja en un papel una línea larga que pueda representar los años de vida que puedes llegar a tener, sé optimista, fíjate la esperanza de vida de tu país, por ejemplo. Ahora dibuja en proporción dónde te encuentras en este momento y  cuándo y cuánto tiempo ha ocurrido eso que generalizas. De verdad, ¿es siempre?, ¿nunca?

Como entiendo que instalarse todas estas alarmas en nuestro lenguaje no es fácil y queréis empezar ya. Solo recordaros la frase del maestro Yoda  para hacer intensivo el entreno “lo haces o no lo haces pero no lo intentes”.

Así que no te digas una vez más que lo vas a intentar porque no va a funcionar. ¡Buen trabajo!

Carnaval, ¿te quiero?

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Seguro que no has pensado en que esto te pueda ayudar. Entiendo, que suena raro al principio. Sin embargo sé que después de reflexionar sobre ello, lo verás de modo diferente.

Aunque hasta ahora no lo hayas dado importancia, lo que piensas sobre ello,  lo que haces, es algo que refleja muy bien tu personalidad y que si  consigues sobreponerte  y dominarlo, en determinadas ocasiones, te puede aportar una gran victoria personal. Ese algo que, si tienes en demasía, puede ser un freno para tu proyección, que sin embargo puedes trabajar, es tu sentido del ridículo.

Por ejemplo, disfrazándote. A algunos les parece una actividad reservada a quienes les gusta  poner sal gorda a la vida, a otros les parece poco serio, hay a quienes verse feo o ridículo, les espanta nada más pensarlo. Sin embargo a otros, cualquier ocasión les parece estupenda para pasar de ser, desde una bailarina de ballet a alguien de la familia Potato y lo hacen entusiasmados.

Dándoles vueltas al tema, podemos pensar, entre otras miles de razones, que quienes se niegan a hacer este tipo de prácticas, suele ser porque realmente les importa demasiado lo que los demás piensan de la imagen que transmiten y que, de ninguna manera, pasarán por ser el centro de atención para ser el hazmerreír de los demás.Sin reparar en cuán pocas veces podemos ser causa de hacer pasar a los demás un buen rato.

Si os dais cuenta, incluso en las películas los grandes premios, son los que se llevan quienes caracterizados a peor, exhiben sin complejos todo tipo de imperfecciones en sus personajes. También hay algunas culturas que exacerban este sentimiento, siendo la vergüenza y que se rían de uno, a veces «delito de lesa majestad». Sin embargo otras, en las que en su educación, mantienen el día del pijama para ir a clase, ir con la ropa al revés o disfrazados muy a menudo, tienen esta habilidad harto trabajada y son capaces de reírse de sí mismos con mayor naturalidad.

Además cuenta con la creatividad que puedes desarrollar buscando el mejor atuendo para tu personaje, reciclando cosas del baúl o haciéndolas tú mismo. Incluso, aunque cuentes con las críticas de que ha sido poco el esfuerzo, solo con comprarlo y vestirlo, trabajarás más habilidades de las que crees.

Muchos de nosotros necesitamos el anonimato de las masas o  alguna  ayuda extra para poder mostrarle al mundo que su opinión, nos puede importar en mayor o menor medida pero que somos capaces de sobreponernos, confiar en nosotros mismos, tirar de autoestima y salir a la calle con llamativas pelucas y estridentes colores.

Pocas ocasiones tenemos para trabajar nuestro sentido del ridículo adrede como en esta época. La oportunidad para entrenar ese sentimiento que te atrapa cada vez que te expones a los demás con tan buen humor, es única, para no desaprovecharla. Familiarizate con esas sensaciones de miedo y ansiedad en entornos donde te sientas seguro y pueda ser divertido.

Como nos preguntamos siempre, ¿qué es lo peor que nos podría suceder?

Parece al principio que puede ser algo inadecuado, poco serio, que puede afectar a quien eres pero, piénsalo un momento. Y si esto te ayudase a dar un gran paso en ese avance para que las circunstancias externas te diesen un poco igual y te atrevieses a hacer, a decir, a pedir, a preguntar muchas más cosas.

Y si este entreno, sirviese para que poco a poco fueses haciendo y diciendo lo que quieres sin esperar la aprobación de nadie. Y si cada vez fueses un poco más libre, ¿no sería maravilloso ese pequeño- gran azoramiento tras esa máscara o bajo esa peluca?

No dejes que todos estos “y si” carcoman tu mente. No evites estas situaciones, afróntalas cuanto antes y gana en seguridad y confianza.

 Ten unos segundos de coraje y demuéstrate que puedes vencer tus miedos con humor.

¿Y si acompañas a Georgie Dann? ¡no será genial!  😉

Lo lees y ¿qué haces?

mobbing      bullying

 

Supongo que a muchos de vosotros como a mí, se os habrá encogido el corazón al leer o escuchar las trágicas noticias de quienes, empezando a vivir, han sufrido el brutal e inhumano acoso de otros en su entorno más cercano.

Cuando los medios ponen el foco sobre estos dramas, es cuando nos asustamos ante la barbarie que pueden protagonizar estos pequeños seres con apenas socialización,  aunque no somos capaces de observar la analogía entre esto y  otros muchos comportamientos que tenemos automatizados y ver las consecuencias de los mismos.

Me horroriza y lo veo a diario, que el sentimiento de vergüenza es lo primero que nos invade cuando nos “sentimos humillados” por alguien, como si hubiera alguna forma de evitar que alguien nos diga u opine sobre cuestiones que ni ha vivido ni comprende, taxativamente, culpándonos de algo y arrojando sonrojo sobre ello. Cuestiones como la orientación sexual, la raza, la forma de ser, episodios vividos en el pasado, todo sirve para la maldad.

Siempre he pensado, que este sentimiento, el de la vergüenza, debería morar solo y exclusivamente en quien voluntariamente agrede verbal o físicamente a otro  causándole un sufrimiento innecesario. Es una muestra clara de su debilidad e inflexibilidad, que hace que su inseguridad tenga que verse reforzada por lo que creen que es una victoria frente al otro, cuando realmente tanta violencia sólo aumenta su vacío.

Infligir un castigo de este tipo a otra persona, es algo que no entra en mi cabeza pero sí lo considero fruto de muchos de nuestros comportamientos más cotidianos. Seguro que habréis oído decirle  a alguien que se queja amargamente de ser víctima de esos comportamientos “no te dejes”, “dile tal cosa”, “dale tú también”, “habrás hecho algo” como si combatirlo con su mismo proceder o ira sirviese de algo y no formase parte de una peligrosa espiral con final incierto.

No acierto a comprender cómo algunos de quienes son  agredidos o “avergonzados” en algún momento de su vida, reproducen el comportamiento sin dudarlo cuando a ellos se  les presenta la ocasión, cuando les han hecho sufrir por ello hasta la saciedad.

Lo digo siempre que puedo, una sociedad basada en la vergüenza no es una sociedad sana y esto se convierte en un arma de doble filo, se traslada a que, cuando alguien observa lo que te avergüenza y sus intenciones son aviesas, rápidamente lo esgrime contra ti para enfrentarte a tus miserias, como si eso redimiese la verdadera cuestión, la vergüenza de las suyas.

De lo que sí podemos avergonzarnos es  de hacer y desear  el mal  a los demás, de disfrutar con el sentimiento de satisfacción con la desgracia ajena, de no ser un lenitivo para los demás y estigmatizarlos por contagio. De asistir a humillaciones, vejaciones y maldades como espectadores sin reconocer, que después seremos nosotros mismos quienes lo haremos con los que conocemos, sólo por ser diferentes en algún aspecto o por no reparar en que los capítulos de la vida, de cada cual, hay que conocerlos y entenderlos para conseguir sentir la batalla que la persona está luchando por dentro.

Avergonzarnos de que esto lo estarán viendo y viviendo nuestros pequeños, que están más atentos a lo que hacemos y al ejemplo que  damos, que a lo que repetimos sin practicarlo. Pequeños que acabarán asumiendo que liberar su ira de esta forma es normal y empatizar con el sufrimiento de los demás lo raro.

Algo que nos espeluzna cuando lo vemos o leemos, no somos capaces de reconocerlo en nosotros mismos, ni de pensar antes de hablar, cuando lo hacemos con personas que conocemos, a las que afectamos con nuestras miradas de desprecio o nuestra ignorancia sin inmutarnos, creyendo que es lícito y normal  actuar así. Cuando lo único que esto hace es dar muestras del tipo de persona que eres.

Es cierto que todos tenemos que aprender a dar la vuelta a todos los episodios que vivimos negativamente en nuestra vida para sacar una lección que aprender y no juzgar lo de entonces con lo que sabemos ahora. Si lo vamos entrenando, seremos capaces de acabar con ese perjudicial entretenimiento que es hablar mal de los demás. Además  porque sé fehacientemente que es una forma muy peculiar y dolorosa de expiar lo nuestro

¿Y si piensas que cada persona con la que te cruzas en la calle puede estar sufriendo por una cuestión así?  No es mejor ofrecerle tu sonrisa y una palabra cálida que le haga volver a creer en los demás o quizá sea mejor seguir propagando en el mundo el sufrimiento entre quienes rodean para luego asombrarnos cuando ocurre en los demás.

Tus decisiones definirán quien eres. No seré yo quien avergüence a quien soporta el acoso de los demás, ni contribuiré con mi comportamiento a avivar este fuego en mí o en los demás. Alegrarme de los éxitos de los demás y sólo hablar bien de ellos, es mi contribución, ¿y la tuya?

Libera a tu león

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“Fracasamos más por tímidos que por osados” David Grayson

Algunos tienen la suerte de encontrarse pronto con un pensamiento  parecido que les impacta e inspira, en sus primeros años, le echan arrestos y unos segundos de coraje. Otros, tardamos algunos años más en descubrir qué es lo que no nos está permitiendo llegar hasta donde queremos, e ir a la velocidad que nos interesa.

En muchas situaciones declaramos que “somos tímidos” con la intención de encontrar comprensión cuando erramos, buscando la aprobación de los demás, pero en realidad, no nos damos cuenta del verdadero perjuicio que nos estamos haciendo con esa aparentemente inocua declaración.

En realidad nos estamos dando permiso para que todo aquello que nos azora e incomoda, pase a formar parte de lo que aseguramos «no nos interesa», a la vez que descartamos y eliminamos, sueño tras sueño, el éxito de nuestro futuro.

Seguro que muchos de nosotros nos sentimos identificados con aquella frase de Ingrid  Bergman “ Yo era el mayor tímido jamás inventado, pero tenía un león dentro de mí que no se callaba” y entonces el sufrimiento es doble hasta que lo liberas, puesto que tu “yo interior” no dejará de decirte insistentemente,  la cantidad de cosas que te estás perdiendo y la de puertas que te cierras a ti mismo con esa definición estúpida, a la que no pones remedio.

Una de las cuestiones en las que más incide esa declarada timidez es, en tus relaciones con  los demás, en tu vida cotidiana, donde apenas consigues sobrepasar el círculo de siempre y sin embargo sí enrocarte más en tu interior, pero donde verdaderamente se empiezan a cerrar tus puertas y a mellarse tu autoestima es en la asignatura troncal de todo aquel que quiere triunfar debe aprobar, hablar en público.

No es posible que vendas un proyecto, un negocio, tu propia persona, una idea… lo que sea, si no eres capaz de enviar tu mensaje.  Capaz de levantarte y decidir que ha llegado el momento de que se escuche tu voz para que produzcas ese impacto que quieres ver en el mundo.

A lo primero que te vas a enfrentar, casi seguro, es a la pregunta de ¿qué pensarán los demás de ti cuando te escuchen?, sin ser consciente de a qué poca gente le preocupa lo que tú hagas en tu vida. Sin embargo si practicas y lo haces bien, serás capaz de atraer su atención hacia tu mensaje sacándoles de su ensimismamiento.

Desear agradar y desconfiar de poder hacerlo, a veces es todo uno, pero si encima, las posibilidades de entrenamiento son mínimas, esa explosión en la autoconfianza que es, poder hablar en público, que yo aseguraría es de las cosas que más influyen en tu éxito, se esfuma.

Esto es  lo mismo que aprender a nadar sin meterte en el agua. Imposible. Hay estrategias, técnicas que puedes aprender, cursos y libros que puedes leer pero sin remover los obstáculos mentales y mantener el entusiasmo y la perseverancia,  te va a costar el doble para acabar, en el mejor de los casos, con un discurso artificial.

Te has dado cuenta de que en muchas ocasiones cuando hacemos esfuerzos para salir de nuestras zonas de confort necesitamos la coartada de las masas, elixires o de otras ayudas artificiales. De eso se trata esto, de entrenar para no buscar excusas  y poderlo hacer cuando lo necesites, sin más.

Comienza hoy mismo. Oblígate  a decir algo, en voz alta, en cualquier reunión a la que pueda asistir, asume el riesgo de que alguien te contradiga, de que  piense diferente, tu objetivo es romper esa barrera que te impide ser protagonista por unos minutos. Empieza ya solo  o consigue ayuda para entrenar.

Seguro que no es la primera vez que piensas en esto. Todo el mundo quiere empezar el año, yendo al gimnasio, comiendo bien, aprendiendo idiomas, dejando de fumar, comiendo sano… todavía no he escuchado a nadie que haga esta magnífica inversión en su futuro y en su vida:aprender a hablar en público.

Libera tú a tu león y será algo de lo que estarás profundamente orgulloso toda su vida.  

Nervios, sudor y lágrimas

danza

Hace tiempo que quería escribir sobre esto. En primer lugar, porque la mayoría de nuestras creencias acerca de ello son erróneas, nos bloquean y hacen que perdamos oportunidades de crecer y de tener éxito. En segundo lugar porque algo tan fisológicamente normal, inserto en nuestro ADN desde los anales de nuestra Historia, no puede parecer una debilidad, cuando es todo lo contrario. En tercer lugar, porque cada vez tenemos que ser más los que trabajemos sobre la frase de Mandela: “Aprendí que el valor no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. Un hombre valiente no es aquel que no siente miedo, sino el que se sobrepone a él”.

Nervios, sudor y lágrimas. Emulando el gran discurso de Churchill, quiero reivindicar estas tres cuestiones que a veces se entrelazan entre sí en nuestros cuerpos. Que lejos de significar que sea algo de lo que tengamos que sentir avergonzados, pueden estar diciéndonos lo valientes que somos al sobreponernos a nuestros peores miedos y salir adelante.

No es la primera vez que escucho hablar con desdén de las muestras de esfuerzo y nervios que se manifiestan en el sudor de una persona, el constante movimiento, temblor o lágrimas. Hace tiempo que leí, a Nadal precisamente, que para él el sudor era el brillo de su esfuerzo y me pareció tan genial la frase, que ahora cada vez que lo reconozco en mí misma o en alguien más, veo el resplandor de quien se está superando a sí mismo en algo y  que por ello no sólo merece todos mis respetos sino también mi admiración.

En esta sociedad tan perfectamente artificial que estamos creando, el absurdo llega a tal grado que preferimos a alguien tan atiborrado de tranquilizantes que parezca que tenga horchata en las venas, a alguien que ante una situación a la que no está acostumbrado decide afrontarla con valentía, además de nervios, esperando que la práctica y el entrenamiento le ayuden en el futuro.

Simular esa seguridad, no sólo nos hace menos humanos, sino que además, es ridículo. Todos tenemos miedo. Cada uno de cosas diferentes, de distintas cuestiones que nos causan ansiedad. Bichos, agua, animales, entrevistas de trabajo, hablar en público, bailar… cada uno tenemos lo nuestro. Es cierto que el miedo de los demás, si no lo pensamos con detenimiento, nos puede parecer incluso ridículo pero si lo asemejamos al nuestro, parece que entender a los demás se hace más fácil.

Temblores, aumento de los latidos del corazón, sudor, en las manos, la cara… secarse la boca, en resumen ponerse en marcha automática nuestro sistema nervioso es una reacción natural y ancestral para ayudarnos a sobrevivir. Ahora ya no nos atacan animales en medio de nuestro entorno, pero sin embargo otras cuestiones han suplido estos “peligros” que nos atenazan igualmente.

Si no fuese porque esas opiniones vertidas en contra de quienes, a pesar de estos síntomas, siguen adelante, son tan negativas y no son inocuas, ni siquiera escribiría sobre ellas pero, qué ocurre cuando tú haces esas apreciaciones y alguien a tu lado tiene esos síntomas. Que lejos de ponerse el miedo por montera, dejará de hacer muchas cosas que supondrían salir de su zona de confort, crecería y se superaría a sí mismo y sin embargo deja de hacerlo porque cree que quienes sienten eso no están en condiciones de triunfar.

A partir de ahora, haz que tu miedo te ayude a hacer muchas más cosas, a superar tus límites. Todos lo sentimos, aunque lo exterioricemos en mayor o menor grado. Sobre todo cuando nos enfrentamos a cosas o situaciones nuevas, diferentes. Quienes no se atreven a hacerlo y prefieren seguir siempre haciendo lo mismo, siempre podrán seguir opinando negativamente desde sus obtusas posiciones pero quienes estamos deseando ser y hacer un cambio en el mundo queremos vivir entre nervios, sudor y lágrimas.

Anima siempre a quien tengas al lado a atreverse, a superarse.

Todo lo increible que puedes hacer está al otro lado del miedo.

No te ates a tu piedra

piedrass

 

Hay veces, que acciones que lleva a cabo el ser humano me sorprenden porque son extraordinarias y me hacen sentirme orgullosa de mis semejantes ,aunque otras, me repugnan. Podéis estar seguro, pensando en barbarie y cuestiones de gran impacto y enjundia, que también,  pero no siempre es así, a veces el daño es más sencillo, más callado e igual de cruel. Me refiero a pequeñas maldades al alcance de todos, a las que no damos importancia y que las hacemos y publicitamos a diario,  sin pensar en sus consecuencias y efecto en los demás.

Es cierto que cuando hablamos de bullying en el colegio, de acoso escolar, todos nos ponemos en la situación de pequeños indefensos siendo atacados con crueldad y sin ninguna justificación y no nos cuesta empatizar con ellos para rechazarlo, denunciarlo y trabajar por desterrarlo.

Sin embargo hacerlo con personas mayores, espejo en el que se miran muchos niños, parece menos cruento. Por el simple hecho de tener ventaja sobre ellos en alguna cuestión, sofocar nuestras bajas pasiones, como la envidia y la ira, quedar por encima o ganar a alguien con sucias tretas, entonces, todo vale.

He tenido que asistir al vapuleo tuitero de varias personas en pocos meses. Personas, que si hay algo que las defina es su bondad y su dedicación a los demás. Por cuestiones que en 140 caracteres dijeron en el pasado y años después salen a la luz, con la intención que conlleva haberlos  buscado, descargado y guardado y lo peor, ni siquiera con la intención de dañarles a ellos, sino como armas arrojadizas para acabar con otros fines mayores.

Sin pensar ni un momento en esas personas, en sus mentes y corazones sufridores sin motivos, de un pasado remoto que no  pueden cambiar, del que sin embargo reniegan y que  pretende acabar con sueños, a pesar de considerarles sólo un daño colateral.

No todo vale, ni en política, ni en la vida, para salirte con la tuya. Una victoria que necesita de estos sacrificios no puede ser, ni celebrada, ni bien empleada, porque parte de un vicio de inicio, el engaño torticero, el sufrimiento vacuo y  la mentira.

Sólo ver las caras de estos jóvenes subidos en una montaña rusa, debatiéndose entre la tristeza y rendición más infinita y la ira más absurda me hace comparar esta serie de acciones con una imagen recurrente en mi cabeza.

Hacer reo a alguien de su pasado es como atarle una piedra, lanzarle al agua y dejarle conscientemente desaparecer. Te parece cruel, exagerado, rara la metáfora. Piensa en algo similar que te haya ocurrido a ti. Algo que ocurrió en tu vida desagradable. Algo que pensaste  y ya no piensas, algo que dijiste, hiciste y quieres olvidar y que tienes derecho a hacer.

Decía Nietzche que: “ Lo que no te mata te hiere de gravedad y te deja tan apaleado, que luego aceptas cualquier maltrato y te dices a ti mismo que eso te fortalece”.No sólo te lo digas, haz que te fortalezca. Escribe tu propia historia de resiliencia, aprendiendo del golpe para levantarte y seguir adelante. Eso te hará diferente.

No te ates a tu piedra, todos podemos cambiar, si queremos.

Seguro que ya ni siquiera eres la misma persona que la semana pasada, que el mes pasado. Crecer significa eliminar y analizar pensamientos y reacciones para poder cambiar y mejorar. El pasado no tiene remedio más que cambiando tu presente. Cada día es una nueva oportunidad para empezar, a pesar de todo, a pesar de todos…

 Tenemos esa posibilidad y nadie puede negarnos que ese crecimiento nos lleve a pensar distinto y a actuar distinto.La comprensión que pedimos a otros para con nuestros cambios, debe ser un primer paso para no juzgarles y atarles a los suyos.Necesitamos practicar la comprensión y la empatía con los demás. No sólo cuando no tenemos nada que perder sino cuando creemos que lo contrario nos haría ganar.

 Si queremos una segunda oportunidad, ¡qué menos que dársela a los demás!

 

 

 

En el mismo bando

fuego

 

Parejas, hermanos, socios, amigos, compañeros, jefes y empleados, ¿cuántas veces nos descubrimos en una discusión estúpida que comenzó por una trivialidad y se ha convertido en un asunto de estado?

¿Cuántas veces inmersos en esa conversación buscamos y rebuscamos argumentos que nos hagan tener razón, olvidando para qué podría servir semejante debate y cuál podría ser su finalidad ?

¿Qué nos hace obcecarnos,  mimetizarnos con nuestros argumentos y atacar cruelmente cualquier posición en contra?

Acaso no empezamos hablando con quienes queremos, con quienes trabajamos, con quienes vivimos, ¿qué ocurre con esa emoción que es la ira y nos devuelve a estados primarios en los que no somos capaces de ser conscientes de lo que pensamos, y lo que es peor, de lo que decimos.

Ocurre también en la  mayoría de los debates políticos y discusiones, en los que la única opción es hundir al contrario con argumentos que le impacten y le hagan vulnerable, entre quienes lo que deberían hacer, es cooperar desde las distintas posiciones para llegar a un entendimiento cordial  y una mejor solución.

Estos arrebatos iracundos en los que lo único que se expone es el niño que todos llevamos dentro y quienes lo ven desde fuera sólo ven eso, inmadurez  en actitud pueril. Consiguiendo rencores y divergencias que acaban siendo insalvables.

Es cierto que el autocontrol es una capacidad que tienen mayormente los grandes líderes, en los que es habitual, antes de lanzarse contra el otro, mirarse críticamente , hacia dentro y después  hablar y juzgar a los demás.

¿Cuántas veces te has arrepentido de algo que has dicho con la única intención de quedar por encima, de anteponer tu ego al de los demás, te creerte diferente, único, distinto…mejor y has conseguido lo contrario?

¿Cuántas de esas veces atreverte a decir eso que pensaste sólo para hacer daño, te ha compensado? ¿Cuánto te ha durado la emoción de sentirte bien, al dejar mal a alguien?

Y si en lugar de hablar, consigues respirar y convencerte de que en realidad estáis en el mismo bando, ¿o no es cierto que en tu casa estéis todos en el mismo bando? , ¿en el trabajo, o  entre tus amigos?

¿Cuándo pensaremos antes de alterarnos que nos une algo más, querernos, ayudarnos, y que a pesar de que oigamos algo que no deseamos o que no pensamos, estamos en el mismo bando?

A veces la mejor respuesta es el silencio y escuchar, pero no de cualquier manera sino con compasión, con la intención de que esa ira que arde en el cuerpo y la mente de quien quieres, se apague sola, sin acelerantes, ni más leña en ella.

Es  Thich Nhat Hanh quien define esta situación como : “Cuando estás enojado sufres porque te estás abrasando en las llamas del infierno. Cuando sientes una gran desesperanza o envidia, estás en el infierno”

Te dejo una selección de un texto suyo para practicarla.

“Escuchar compasivamente alivia el sufrimiento

Cuando una persona habla llena de ira, es porque está sufriendo mucho. Y al estar sufriendo tanto, se llena de amargura. Siempre está dispuesta a quejarse y a culpar a los demás de sus problemas. Por eso te resulta tan desagradable escucharla e intentas evitarla. Para comprender y transformar la ira, debemos aprender la práctica de escuchar compasivamente y de hablar con afecto.

Hay un Bodhisatva – un Gran Ser o un Despierto ñ que es capaz de escuchar profundamente y con una gran compasión. Se llama Kwan Yin o Avalokitésvara, el Bodhisatva de la Gran Compasión. Todos debemos aprender a escuchar atentamente como hace este Bodhisatva. Así podremos orientar de forma muy concreta a los que acuden a nosotros para pedirnos ayuda para restablecer la comunicación perdida.

 Si escuchas con compasión a una de esas personas, quizá· alivies un poco el sufrimiento que siente; sin embargo, aunque lo hagas con la mejor intención del mundo, no podrás escucharla profundamente hasta que no hayas practicado el arte de escuchar compasivamente.

Si eres capaz de sentarte en silencio y escuchar con compasión a esa persona durante una hora, podrás aliviarla de mucho sufrimiento. Escúchala con un único objetivo: para que pueda desahogarse y sufra menos. Durante todo el tiempo que la escuches, mantén viva tu compasión.

 Mientras lo hagas, has de estar muy concentrado. Debes centrarte en la práctica de escuchar con toda tu atención y todo tu ser: con ojos, oídos, cuerpo y mente. Porque si solo finges estar escuchando sin poner el cien por cien de ti mismo, esa persona lo sabrá y no podrás aliviar su sufrimiento.

Si sabes cómo practicar el respirar conscientemente y puedes mantenerte centrado en el deseo de calmar su sufrimiento, podrás conservar tu compasión mientras la escucha. El escuchar compasivamente es una práctica muy profunda. No escuchas para juzgar o culpar, sino simplemente porque deseas que esa persona sufra menos, sea tu padre, tu hijo o hija o tu pareja. Aprender a escucharla la ayudar de veras a transformar su ira y su sufrimiento.”

 

 

Recuerda que estáis en el mismo bando, ¿no?

 

No tendrás que trabajar ni un día de tu vida

 

trabajar

 

“Tú, Adán trabajarás la tierra, y ganarás el pan con el sudor de tu frente.”

Pienso en la palabra trabajo, directa e inexcusablemente entroncada con la maldición bíblica y que no parece que en breve vaya a cambiar, así que estoy buscando una palabra para que defina la actividad que llevas a cabo en tu vida diaria que te permite desarrollarte como persona, tener un objetivo que te sobreviva, con la que busques dejar una huella más allá de ti, y que además puedas decir de ella que es divertida.

Una palabra que puedas definir como reconfortante y estimulante sin tener que sonrojare o pedir perdón por disfrutar y recrearte en ella. Algo que no condicione los lunes como un  día infernal y desees que llegue el viernes sin vivir todos y cada uno de los días de la semana.

Que no haga honor a frases como la de Facundo Cabral :“Mira si será malo el trabajo, que deben pagarte para que lo hagas.”

Una actividad, sea la que sea, que no tenga que tener unas determinadas características ideales para poder, a través de ella, dar lo mejor de ti  mismo. Cooperar y colaborar con todos los que te rodean para mejorar esa idea, ese día, esa tarea.

O quizás debas hacer que te guste lo que haces, como aconsejaba Tolstoi. Si es así, empieza por no quejarte de lo temprano que te levantas y del frío o caluroso día que hace, de tus compañeros, de tu jefe, de lo poco que cobras y lo mucho que trabajas. Piensa mejor en cómo ese día puede ser y  hacerte mejor, cómo pequeñas victorias personales sobre tus negativos hábitos, te van a hace fuerte, diferente, grande.

Observa cómo de camino a tu lugar de trabajo puedes hacer del mundo un lugar mejor, sin hazañas, ni grandilocuencias, con pequeños detalles que mejoran la vida de los demás: sonríe y saluda a conocidos y  extraños, con calidez, deja tu sitio en el autobús, comparte algo, permite que otra se incorpore a tu carril, deja unos céntimos en la máquina del café o invita a alguien a tomarlo.

Son las primeras horas de la mañana, tan importantes como en las que resuelves cuestiones o enfrentas tensiones, por lo tanto ir engordando tu fondo de armario con emociones positivas de pequeños detalles te harán ver la vida con otros ojos durante todo el día.

Piensa en para qué haces tu trabajo, qué proporcionas a los demás, quiénes son tus clientes últimos, en qué favoreces su vida, cómo lo puedes hacer mejor, qué puedes hacer distinto hoy que te haga sentirte orgulloso se ti mismo.

 Cuando leemos frases como la de Confucio “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”, siempre pensamos en otro trabajo, en cambiar el actual, en buscar, en cuál sería esa idílica labor sin antes detenernos y pensar que quizá nuestros propios pensamientos y actitudes están amargando un trabajo que sí nos gusta y que hace tiempo no vemos con objetividad  lo que nos aporta.

Empieza a cambiar tu visión de la tarea que llevas a cabo para vivir y no te conviertas en su esclavo sino en alguien comprometido con el mundo que quieres vivir y cambiar.

Comienza el día con esta pregunta y observa lo que ocurre.

¿Qué puedo hacer hoy en mi trabajo para mejorar mi mundo?

¡Mucha energía para no rendirte nunca!

¿Aceptas la responsabilidad de tu vida?

balsa

 

Decía Churchill que “el precio de la grandeza es la responsabilidad” y cuando lo leo no puedo más que  pensar que, ese esfuerzo gustoso, se considere un precio, no  es justo para  la  responsabilidad.

Ser responsable tiene anejo tantas virtudes que llegar a ser grande, si lo practicas, es un efecto directo de entrenarlo y no un precio que pagar.

Incorporar a tu vida el autoliderazgo, conseguir ser consciente de tus elecciones, de lo que dices y lo que haces en cada momento, poder decidir y saber que eres tú mismo quien dirige tu día, es ser responsable. Si hasta ahora contestabas lo primero que pensabas, hacías lo que te pedía el cuerpo y  luego buscabas excusas y culpables, fuera de ti, para justificarte. Eso ha sido hasta hace un momento. A partir de ahora eres responsable.

Pregúntatelo: ¿soy responsable de mi vida?, ¿voy a trabajarlo en serio?, ¿ estás decidido a cambiar?,¿prefieres seguir igual?

La responsabilidad del líder es al mismo tiempo fuerte, flexible y adaptable. Consiste en responder a las distintas situaciones de manera diferente a como lo harían los demás, sin  dejarse llevar por el miedo, la ira, el ego y su estado de ánimo en cada momento. Estando abierto a comprender y entender a los demás por encima de nuestras creencias y pensamientos. Sin procurar que sin tener nuestra mente y nuestra vida, piensen como nosotros, incluso sin explicarnos.

Que aquellas emociones negativas sean los motores de tu vida puede hacer que parezca al principio hayas ganado esa batalla. Poniendo todos tus recursos a su disposición, siendo reactivo, contestando lo que te pide tu primitivo, pero su naturaleza compulsiva y temporal harán que las recomendaciones y acciones que lleves a cabo bajo su influjo, sean lamentadas al poco tiempo o incluso produzcan efectos nocivos a largo plazo que requerirán el doble de tu atención.

Un ser maduro y responsable, tiene claro que su acción y su inspiración le trascienden y por ello procura que su ejemplo sea el mejor posible. Y si no es así no duda en reconocer su vulnerabilidad, su falibilidad,  pide perdón, enmienda y continúa con su crecimiento y su mejora.

Su ejemplo va antes que sus consejos y sus opiniones.

Un líder responsable ve el potencial que tienen los demás y piensa en cómo utilizar el suyo propio en su ayuda, para sacarlo a la luz de la mejor manera posible. Sin avasallar, ni dar lecciones con afán de superioridad. No antepone su ego y sus conocimientos a los demás, insistiendo en sobresalir, dejar clara su autoría y hacer de menos a quienes le rodean. Todo lo contrario.

Ser responsable es ir más allá y tener unas palabras de aliento, productivas que enciendan en los demás la llama de su autoestima con generosidad. Practicando esto, uno también se hace mejor porque desactiva lo peor de sí mismo, poniendo el foco en tocar la vida de los demás para infundir esperanza, ilusión, entusiasmo.

¿De dónde nace esta responsabilidad?

  • Del poder personal que te dan el autoconocimiento y el autoliderazgo, de estudiarte, analizarte, quererte y mejorarte cada día.
  • De evitar excusas para asumir las consecuencias de tus actos, las de tus equipos, las de tu familia, de tu vida. Aprender de lo que te ocurre y seguir adelante.
  • De acabar con la pereza, los dramas, las críticas, la resistencia al cambio, la terquedad y los lamentos.

Seguro que alguna vez te has planteado ser un líder y te ha parecido tan grande que lo has dejado, no lo has imaginado o te has rendido sin empezar.

Si decides llevar a cabo el intento definitivo, comienza por ser responsable. Potencia la acción y los resultados productivos y no busques excusas.

Buena semana!!!

¿Afilas tu hacha?

hacha

«En cierta ocasión, un joven llegó a un campo de leñadores con el propósito de obtener trabajo. Habló con el responsable y éste, al ver el aspecto y la fortaleza de aquel joven, lo aceptó sin pensárselo y le dijo que podía empezar al días siguiente.

Durante su primer día en la montaña trabajó duramente y cortó muchos árboles.
El segundo día trabajó tanto como el primero, pero su producción fue escasamente la mitad del primer día.
El tercer día se propuso mejorar su producción. Desde el primer momento golpeaba el hacha con toda su furia contra los árboles. Aun así, los resultados fueron nulos.

Cuando el leñador jefe se dio cuenta del escaso rendimiento del joven leñador, le preguntó:
-¿Cuándo fue la última vez que afilaste tu hacha?
El joven respondió:
-Realmente, no he tenido tiempo… He estado demasiado ocupado cortando árboles…»

Compartir con vosotros este cuento oriental que leí hace tiempo y que recuerdo con frecuencia, me sirve para pensar en la poca importancia que damos a reflexionar sobre muchos de los pensamientos que tenemos y el poco tiempo que dedicamos a aprender cuestiones nuevas.

La mayoría de las veces nos conformamos con seguir utilizando las mismas estrategias de siempre a pesar de que seguimos consiguiendo los mismos resultados. Sin mejorar nuestras elecciones o buscar opciones nuevas.

A veces creemos que, por obvias que sean nuestras cualidades y capacidades, nos van a ser útiles, sin más desarrollo durante toda la vida, sin tener que esforzarnos en afilar nuestro hacha. Con lo que aprendimos en los primeros años, de estudios, de vida, de trabajo.

Si te cuestiones hace cuánto que leíste algo diferente, nuevo, que aprendiste algo por primera vez, que pusiste en marcha otra manera de enfrentarte a las cosas, serás consciente de la poca importancia que das a mantener tu mente activada y tu cerebro en marcha.

Si a esto le sumas que cada vez desarrollas más rutinas para vivir de manera automática sin ser consciente de la mayoría de tus decisiones podrás ver lo poco que entrenas para mejorar.

Cuando te levantas, haces siempre lo mismo y en el mismo orden, vas al trabajo por el mismo sitio, usando el mismo transporte y allí desarrollas las mismas rutinas, así continúas durante todo el día, hasta que regresas a casa.

Toda esa disciplina monónota hace que tus autopistas cerebrales sean cada vez menos y menos transitadas. De ahí la importancia de afilar tu hacha siempre que puedas, es en estas sencillas cosas, en las que puedes empezar a trabajar para hacerlo.

Acostumbra a tu mente a la decisión consciente y a la novedad. Eso será un buen primer paso.

 

¿Has decidido que quieres crear tu futuro?

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A veces cuando imaginamos nuestro futuro lo hacemos con tintes dramáticos, oscuros, poniéndonos en las peores situaciones y con los finales más aterradores.

Es en esas situaciones, cuando nos damos cuenta de la nula diferencia que encuentra nuestra mente entre lo real y lo imaginario cuando nos empeñamos en ello.

Si esto es posible, si esas pesadillas y malos augurios nos producen nerviosismo, ansiedad y todos sus síntomas, ¿qué nos impide utilizar este mecanismo para que juegue a nuestro favor?

Si pensamos en la célebre frase de Drucker: “La mejor forma de predecir el futuro es crearlo” ¿Cómo podemos crear nuestro futuro?

Hace poco leía la historia de un gran orador que nació en un pequeño pueblo, y su gran meta en la vida, desde que era muy joven y acompañaba a su padre al campo, había sido precisamente eso, hablar bien en público.  Pasaba horas enteras ensayando frente a encinas y piedras a modo de interesados espectadores, haciendo que incluso el sonido de las ramas de los árboles se asemejase al aplauso del gran público. Cuando hubo crecido, llevaba tantas horas de vuelo que el objetivo que se había trazado y que entonces, a todas luces era inimaginable, tomaba forma por momentos, colocándole en esa zona en la que los sueños empiezan a tornarse en realidad.

Seguro que en algún momento has pensado ser el protagonista de una historia similar cuando has visto a ese cantante, a ese político, a ese abogado, actor, ingeniero y has pensado en ser él y a pesar de haber disfrutado intensamente esos segundos, no te has atrevido a recrearlos mucho tiempo más.

Si hay algo que realmente te ha producido esos segundos de felicidad, merece la pena mantener esa intención y ponerla en marcha. ¿Qué es lo peor que podría pasar?

Hace algunos años quizás alguien pudiese pensar que estabas loco, ahora loco es quien piensa que no tiene oportunidades de ser y de hacer muchas cosas que quiere y está determinado a hacer a lo largo de  su trayectoria vital.

Si realmente estás decidido a ser el protagonista de tu futuro y a utilizar sabiamente tu cabeza, prueba estos pasos:

  • Crea la idea en tu mente. Tu mente la grabará y a partir de esa alerta comenzará a construir.
  • Piensa en tu idea muy a menudo. Lo grabarás una y otra vez, así será más fácil actuar.
  • No pares. Imagina resultados. Recaba todas las habilidades y capacidades que tienes y necesitas para llevarlo a cabo.
  • Los obstáculos comienzan a destruirse con la fuerza de tu meta. Tus neuronas trabajan creciendo en la idea.
  • Repítelo una y otra vez. Tus neuronas se conectarán entre sí aumentando las autopistas de tu mente.

Si eres capaz de construir ese ciclo, que se alimenta una y otra vez con la ilusión y el entusiasmo, serás capaz de llevarlo a cabo.

Esa intención es la fuerza de la creación.

A partir de aquí, ¡tú decides!

¿Pintas tu mente para ser feliz?

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La clave para ser feliz, es tener una mente feliz y para tener una mente feliz, nuestros pensamientos tienen que ser los adecuados para este fin.

¿Quiere eso decir que no podemos enfadarnos, estar tristes, pensar mal? No, no  sólo podemos sino que mientras entrenamos nos descubriremos pensando  esto muy a menudo. Nuestros pensamientos automáticos son el producto de muchos años de práctica por lo que un poco nos costará deshacernos de ellos o encontrar la forma de que jueguen a nuestro favor.

A veces es nuestra cultura, nuestros amigos, padres, entorno, lo que hace que nuestros pensamientos sean muy semejantes a los suyos y por eso es tan importante ser conscientes de que podemos pensar lo que queramos, no estamos atados a nuestras creencias de siempre si éstas no nos dejan crecer.

Hoy os propongo un ejercicio para esta semana, con el que podremos observar claramente de qué color es nuestra mente y cómo ésta pinta nuestro día a día.

Imagina que tienes tres colores: uno que pinta los pensamientos positivos, por ejemplo en mi caso sería el naranja, pero seguro que tú también tienes el color que le da alegría a tu vida; otro que pinta los pensamientos  neutros, como por ejemplo el gris para mí y otro para los pensamientos negativos, el negro en mi caso.

Cada vez que te sorprendas pensando algo, pinta en tu agenda un círculo del color que corresponda a tu pensamiento en ese momento.

Al final del día te darás cuenta de cómo tu mente, hace tu día y al final de tu semana podrás tener una primera impresión de cómo y cuánto ayuda tu mente a tu felicidad.

Si lo consigues hacer durante un mes, poco a poco irás comprobando cómo lo que piensas es lo importante para animarte o bloquearte, para seguir o rendirte, para actuar o preferir permanecer inmóvil.

Cuando seas consciente de esto, algo que lleva su tiempo, podrás ir más allá  ver cómo te afecta tu entorno, pintando las conversaciones con las personas con las que más tiempo pasas. Podrás ir viendo si son positivas o negativas, si son creencias potenciadoras, que te hagan crecer y creer en los demás y en ti mismo  o por lo contrario son demoledoras, te desaniman, abaten y sólo hacen que cada vez te veas menos capaz de hacer  y lo pintes todo negro.

Si estás decidido a trabajar para que tu vida sea cada día mejor y crees que mereces poner en marcha, los avances de la neurociencia, en ti, no eches en saco roto esta práctica.

Todo lo que piensas, se ha almacenado en algún momento en tu cabeza, ahora incluso no sabrás ni cómo, ni a quién pertenece pero poco a poco irás dándote cuenta de lo importante que es para tu felicidad, lo que escuchas, lo que lees  y lo que ves.

Si quieres seguir igual siempre puedes pensar que todo esto es una chorrada. ¡Tú decides!

¿Eres rígido o flexible? «Circular en las rotondas»

rotonda

“Hacía poco tiempo que me había decidido a conducir de nuevo. Siempre había sido una buena conductora pero aquel accidente, me impactó en demasía. Fuí incapaz de aplacar el sudor frío de mis manos, la aceleración de mi corazón y mi sofocada respiración. Creí que no iba a superarlo nunca. Lo hice, lo conseguí, quince años después, una vida de otros quince, espoleó mi miedo y me hizo ponerme al volante de nuevo. ¿Qué descubrí? Que eso también había cambiado…”

Un mundo en el que lo único constante es el cambio y lo que eran ayer certezas inmutables son cuestionadas hoy y descartadas mañana. Un mundo en el que la incertidumbre es una de las carecterísticas fundamentales. A ese mundo es, al que muchos nos tenemos que adaptar, aún cuando la mayoría de las creencias que tenemos proceden de nuestros padres y abuelos y nos conducimos por la vida con licencias obtenidas cuando las rotondas no eran ni siquiera una opción para distribuir el tráfico.

Si algo que ocurre, literalmente, al otro lado del mundo, acaba impactando en nuestras vidas a través de nuestras inversiones, en el precio de los carburantes, en movimientos migratorios, en el excedente o déficit de algún producto en pocas horas. Cómo podemos seguir con creencias anticuadas que nos impiden adaptarnos a cualquier situación que surja a la velocidad que este mundo requiere.

Antiguamente la rigidez en los planteamientos, en las ideas, en las opiniones era considerado sinónimo de seguridad en uno mismo, de liderazgo, de algo envidiado por quien dudaba. Ahora quienes no están dispuestos a cambiar o al menos a valorar o integrar otros pensamientos y a analizar las diferentes cuestiones con nuevas perspectivas, siendo flexible, su tranquilidad, tienen los días contados.

Ser rígido, hoy en día, significa romperse cada vez que hay que cambiar o modificar un pensamiento o creencia. Sufrir pensando en que este cambio es renunciar a uno mismo, a esa seguridad que tanto ha costado construir y que tanta energía exige para defender.

En esa rigidez apenas cabe la empatía, principalmente porque ponerse en la piel de los demás exige que dejemos todos los a prioris que tenemos heredados y grabados en nuestro interior para entender, otra vida, con otra experiencia, otras creeencias y que comprender, no es compatible con alguien que no cede un ápice en sus planteamientos y se niega a albergar la posibilidad de estar equivocado y mejorar.

Mejorar implica cambiar, es una constante revisión de todas esas cuestiones que creemos con fervor y que con el tiempo quedan obsoletas y nos hacen sufrir, esos pensamientos que nos dicen como era una madre ideal en los 70 o un jefe seguro y firme en esos mismos años y que ya no tienen cabida en el nuevo milenio, al menos como lo hemos conocido.

Es como si la ciencia se empeñase tozudamente en seguir aplicando recetas y certezas del siglo pasado para resolver enfermedades de nuestra época. Como si se negase a avanzar para no perder autenticidad. Sin saber que lo auténtico es lo que tiene unos principios firmes pero modifica las creencias y las soluciones con lo que aprende. Su finalidad sigue siendo curarnos y prevenir pero no de la misma forma. Mejora, avanza, cambia…

“La extrema rigidez es buena en las piedras pero no en los seres humanos”

¿Piensas seguir siendo una o convertirte en un ser humano de tu tiempo?

 

 

¿Tienes estrategia para tu paz interior?

ira

El hombre que escupió a Buda
«En una ocasión, un hombre se acercó a Buda e, imprevisiblemente, sin decir palabra, le escupió a la cara. Sus discípulos, por supuesto, se enfurecieron.
Ananda, el discípulo más cercano, dijo dirigiéndose a Buda:
-¡Dame permiso para que le enseñe a este hombre lo que acaba de hacer!
Buda se limpió la cara con serenidad y dijo a Ananda:
-No. Yo hablaré con él.
Y uniendo las palmas de sus manos en señal de reverencia, habló de esta manera al hombre.
-Gracias. Has creado con tu actitud una situación para comprobar si todavía puede invadirme la ira. Y no puede. Te estoy tremendamente agradecido.
-También has creado un contexto para Ananda; esto le permitirá ver que todavía puede invadirlo la ira. ¡Muchas gracias! ¡Te estamos muy agradecidos! Y queremos hacerte una invitación.
-Por favor, siempre que sientas el imperioso deseo de escupir a alguien, piensa que puedes venir a nosotros.Fue una conmoción tan grande para aquel hombre… No podía dar crédito a sus oídos. No podía creer lo que estaba sucediendo. Había venido para provocar la ira de Buda. Y había fracasado. Aquella noche no pudo dormir, estuvo dando vueltas en la cama y no pudo conciliar el sueño. Los pensamientos lo perseguían continuamente. Había escupido a la cara de Buda y éste había permanecido tan sereno, tan en calma como lo había estado antes, como si no hubiera sucedido nada… A la mañana siguiente, muy temprano, volvió precipitado, se postró a los pies de Buda y dijo:-Por favor, perdóname por lo de ayer. No he podido dormir en toda la noche.Buda respondió:
-Yo no te puedo perdonar porque para ello debería haberme enojado y eso nunca ha sucedido.
-Ha pasado un día desde ayer, te aseguro que no hay nada en ti que deba perdonar.
-Si tú necesitas perdón, ve con Ananda; échate a sus pies y pídele que te perdone. Él lo disfrutará.
Conseguir mantener la calma en cualquier situación… Siempre sacar el lado positivo a las cosas… Cuándo podemos perdonar a una persona… Aceptar el perdón de otra persona puede engrandecer el ego…»

Una de las principales cuestiones que influyen en nuestra vida y que nos anulan y hacen que nuestras decisiones sean erróneas es la ira. Su manifestación a través de la impaciencia, del henchido y herido ego, el resentimiento o la hostilidad suelen acarrearnos, lejos de lo que creemos, muchos inconvenientes.

Son emociones muy fuertes en nuestro organismo que nos obligan a invertir mucha energía en el lugar inadecuado, dejándonos exhaustos para el resto del día.

Muchas de estas respuestas son las que hemos aprendido en nuestro entorno y que a pesar de jugar en nuestra contra, ponemos en marcha a la menor ocasión en la que nos sentimos atacados. Da igual si es porque ocurre algo que no esperábamos, alguien se comportó de un modo grosero o desagradable con nosotros, etc.

Parece que ser reactivo y encender la llama que desata esta emoción en nuestro interior está autorizado para aplacar al primitivo que llevamos dentro y pide venganza o restitución del honor perdido.

A veces se convierte en una estrategia para conseguir las cosas o simplemente para que los demás te dejen en paz. La cuestión es que antes de que nos demos cuenta nuestro carácter iracundo hace su aparicición sin apenas avisar.

Esta falta de autocontrol, no es gratuita, en muchas ocasiones te cerrará más puertas de las que crees, del amor, del trabajo, de los amigos, sólo donde seas capaz de controlarte, tendrás éxito. La mayoría suele hacerlo en sus trabajos mientras su posición no le permite hacer otra cosa, por lo que en otros ámbitos de su vida la explosión retardada es infinitamente mayor.

Si esto te ocurre muy a menudo, quizá deberías pensar en que el autocontrol es una victoria sobre tí mismo digna de alcanzar para liderarte  y después para hacerlo con los demás.

Empezar a analizar las situaciones que hay detrás de tu enfado, las motivaciones y causas que te llevan a ello, aunque empiece siendo a posteriori, acabarán dándote muchas pistas sobre tu carácter.

Cambiar este rasgo puede hacerte invencible, aunque al principio no valores que tu paz interior es lo fundamental, cuando consigas ir manteniéndola cada vez más tiempo vas a comprobar lo importante que es para tu salud física y mental.

No dejes tu humor en manos de los demás.Cada uno debemos buscar nuestra estrategia para mejorar. Si no te animas a entrenar con un coach, prueba tu propia receta. Hay una lapidaria pregunta que acaba con todo tu enfado seguro si eres capaz de hacértela : Si te fueses a morir mañana, ¿realmente esto te enfadaría?
La frase que yo misma me repito siempre y me ayuda es: ¡Qué más da!

Busca cuál es la tuya y empieza a trabajar tu paz.